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INSTRUCCIONES PARA SALVAR EL MUNDO

Rosa Montero  

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Fragmento

Índice Portadilla Índice Cita Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Capítulo 6 Capítulo 7 Capítulo 8 Capítulo 9 Capítulo 10 Capítulo 11 Capítulo 12 Capítulo 13 Capítulo 14 Capítulo 15 Capítulo 16 Capítulo 17 Capítulo 18 Capítulo 19 Capítulo 20 Capítulo 21 Capítulo 22 Capítulo 23 Capítulo 24 Capítulo 25 Capítulo 26 Capítulo 27 Capítulo 28 Capítulo 29 Capítulo 30 Capítulo 31 Capítulo 32 Capítulo 33 Capítulo 34 Capítulo 35 Capítulo 36 Capítulo 37 Agradecimientos Sobre la autora Créditos

Si ya no te quedan más lágrimas, no llores, ríe.

SHLOMIT LEVIN

(abuela de Amos Oz)

La Humanidad se divide entre aquellos que disfrutan metiéndose en la cama por las noches y aquellos a quienes les desasosiega irse a dormir. Los primeros consideran que sus lechos son nidos protectores, mientras que los segundos sienten que la desnudez del duermevela es un peligro. Para unos, el momento de acostarse supone la suspensión de las preocupaciones; a los otros, por el contrario, las tinieblas les provocan un alboroto de pensamientos dañinos y, si por ellos fuera, dormirían de día, como los vampiros. ¿Has sentido alguna vez el terror de las noches, el ahogo de las pesadillas, la oscuridad susurrándote en la nuca con su aliento frío que, aunque no sepas el tiempo que te queda, no eres otra cosa que un condenado a muerte? Y, sin embargo, a la mañana siguiente vuelve a estallar la vida con su alegre mentira de eternidad. Ésta es la historia de una larga noche. Tan larga que se prolongó durante varios meses. Aunque todo comenzó un atardecer de noviembre.

Por la mañana había estado lloviznando aguanieve, pero a esas horas el cielo era una seca lámina plomiza. El frío subía de las lápidas y de la tierra dura y lamía los tobillos como una lengua de hielo. El sepulturero de más edad se enjugó subrepticiamente la agüilla de las narices con la manga. Era el último muerto del día, le dolían los riñones a pesar de la faja y estaba deseando acabar. Además era uno de esos entierros de mierda a los que no iba nadie, apenas tres o cuatro personas, una tristeza, y peor con ese día horrible, con esa oscuridad, con ese frío. Los entierros solitarios y los entierros de niños, eso era lo más duro. El viejo sepulturero tomó aire y le dio un empellón lateral al féretro para enderezarlo sobre las guías y que entrara bien recto en el nicho. Qué frío, demonios, se dijo, aterido. Claro que más frío tendrán los muertos ahí dentro, añadió rutinariamente, como siempre. Le echó una ojeada a su joven compañero, que era fuerte como un buey y sudaba y resoplaba con su cara de bruto. Éste sí que no tiene problemas, se dijo con inquina; él, en cambio, estaba cada día más cerca de la fosa. Qué jodido era ser viejo. Colocó las manos sobre sus lastimados riñones y se dirigió al deudo.

—¿Procedemos?

La pregunta no obtuvo contestación: el tipo parecía estar petrificado. El sepulturero miró con gesto inquisitivo al otro hombre, que se sintió obligado a hacer algo y sacudió suavemente el brazo del viudo.

—Matías... Matías...

—¿Eh?

—Que dicen los hombres que si pueden proceder.

—¿Que si pueden... qué?

—Que si cierran —aclaró con incomodidad el primo de Rita.

—Ah, sí, sí.

Matías hizo un esfuerzo por concentrarse en lo que veía. El primo pateando el suelo para entrar en calor; un sepulturero grandullón guardando los útiles; otro poniendo argamasa en la boca del nicho. La paleta raspaba contra la piedra. Un pequeño ruido desquiciante. El de la funeraria se le acercó susurrando algo incomprensible; llevaba unos papeles en la mano y un bolígrafo que le introdujo expeditivamente entre los dedos. Matías supuso que tenía que firmar e hizo dos garabatos allí donde la uña del hombre señalaba. Le resultó difícil porque todo lo veía lejos, muy lejos, al otro lado de un túnel oscuro, en el extremo equivocado de un catalejo. Desde esa distancia, los nichos parecían taquillas de la consigna de una estación. Rita se iba a reír cuando se lo dijera.

—Lo siento mucho, Matías.

—Sí, sí.

—Era una mujer estupenda.

—Sí.

Los sepultureros ya habían desaparecido y ahora se estaban marchando los demás. La enfermera. El primo. La jefa de Rita en la gestoría. Incómodos, con prisas. Ansiosos de escapar de la gran noche helada que estaba cayendo sobre el viudo. Avergonzados de ser tan pocos. «Si lo llego a saber, me habría encargado yo de avisar a la gente, pero es que este hombre no se deja ayudar», se justificaba el primo ante la enfermera mientras se iban; se sentía obligado a salvar la honra de la familia. Por entonces ninguno de ellos sabía que no iba a volver a ver a Matías. Y aunque lo hubieran sabido probablemente tampoco les habría importado: la pena posee una carga magnética negativa, es como un imán que repele en vez de atraer. Allá iban los tres a todo correr, saliendo escopetados del camposanto.

Sin embargo, Matías no sentía pena. No. En realidad no sentía nada. Ni el frío que subía a bocanadas de la tierra húmeda. Parpadeó y miró el cielo. Que estaba negro como... Negro como... No consiguió encontrar un símil para ese cielo, porque era más negro que lo más negro que nunca había visto, más negro que la palabra negrura. La noche había caído muy deprisa. ¿Dónde estoy?, se preguntó de pronto, desconcertado, con un súbito sobrecogimiento, un pellizco de pánico, un mareo. En el cementerio, se contestó. Acabo de enterrar a Rita. Y de nuevo la tranquila nada en su interior. Ni un latido en el pecho, ni un pequeño recuerdo en la memoria. La quietud de la muerte sosegándolo todo.

Salió de la Sacramental sin pensar, sus pies buscando el camino y moviéndose solos. Se metió en el taxi, arrancó y condujo hasta la cercana M-30 con el mismo entumecido automatismo. La ciudad brillaba alrededor, toda encendida y viva, abarrotada de coches. Matías se sumergió en el río metálico y se dejó llevar. Conducir siempre le había gustado. Conducir sin tener en cuenta lo que hacía, amparado por su costumbre de taxista. Mientras sus manos se aferraban al volante, pensó en un tren. O, mejor, en un metro. En el retumbar del convoy que se acerca, en el vagón precipitándose sobre él, bufando y rechinando y sin poder pararse, en ruedas que machacan y laceran. Y en la muerte como un lugar tranquilo en el que refugiarse, un escondite al que uno podía ir. También pensó en la navaja que siempre llevaba en la guantera; e intentó imaginar el breve y frío dolor que causaría su filo al tajar el cuello. Pero luego, por primera vez en muchas horas, recordó a Chucho y Perra.

Salió de la ca

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