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INTERFAZ

Neal Stephenson  

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Fragmento

Título original: Interface

Traducción: Pedro Jorge Romero

1.ª edición: diciembre, 2015

© 2015 by Stephen Bury

© Ediciones B, S. A., 2015

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-320-9

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

Créditos

 

Presentación

Dedicatoria

Primera parte. El estado de la unión

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Segunda parte. El viaje

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Tercera parte. Vox Pópuli

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Cuarta parte. Sinfonía resurrección

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El autor

Presentación

A mediados de mayo de 1999 se divulgó en la prensa la existencia de un enfermo que podía «hablar» por medio de un implante situado en su cerebro. El nuevo «telépata» era John, un jornalero de cincuenta y dos años que había quedado tetrapléjico a causa de una hemorragia cerebral en enero de 1998. John aprendió (aunque sólo muy precariamente) a utilizar el pensamiento para controlar el cursor de un sistema informático y «hablar».

El doctor Philip Kennedy fue el creador de la tecnología que permitía a John, encerrado en la prisión de su propio cuerpo, algo muy cercano a la telepatía: actuar sobre la realidad por medio del pensamiento. El electrodo neurotrópico implantado en el córtex de John era un cono de cristal vacío de 1,5 milímetros de largo y diámetros de 0,1 a 0,4 milímetros. En ese cono se alojaban dos filamentos de oro que eran capaces de registrar una corriente eléctrica de baja impedancia. El término «neurotrópico» se refiere a las sustancias orgánicas contenidas en el electrodo que, una vez insertado, ayudan a los tejidos a reconstituirse. Esa reconstitución se extendió durante los tres meses posteriores a la implantación, cuando el tejido nervioso adyacente se vinculó al electrodo por medio de dendritas que habían de permitir que el implante «sintiera» las descargas de las neuronas vecinas.

Tal y como se expuso en un congreso de neurocirujanos en Seattle, el implante fue realizado quirúrgicamente por el doctor Roy Bakay precisamente en la zona del córtex que se activaba cuando el enfermo John quería mover la mano derecha. El sistema se activaba cuando las dendritas neuronales influían sobre el electrodo neurotrópico al imaginar John ciertos movimientos. Las señales recogidas por el electrodo se amplificaban y transmitían a un ordenador, que las traducía en movimientos del cursor en una pantalla donde se alineaban las letras del abecedario.

Un sistema no por precario menos sorprendente que enlaza con algunas de las ideas más típicas de la ciencia ficción moderna. Si bien hay algo que sugiere la telepatía o la telequinesia (ese actuar sobre las cosas físicas por medio del pensamiento), la situación de John se parece mucho más a la idea de los implantes cibernéticos.

No era una idea original. Ya en 1977, en la facultad de Medicina de la Universidad de Utah, se implantaron una serie de electrodos permanentes en el cerebro de un paciente ciego y éste, convenientemente estimulado, llegó a identificar las líneas captadas por una cámara de televisión. Una aplicación pasiva, de fuera hacia dentro, que contrasta con la sorprendente actividad, de dentro hacia fuera, de la que al parecer hizo gala John con su flamante electrodo neurotrópico.

En la ficción, fue posiblemente Norman Spinrad quien, en Jinetes de la antorcha (1974), imaginó la posibilidad de un sistema de comunicación basado en una tecnología activada sólo mediante el pensamiento que permitiera la comunicación directa entre cerebros humanos. Spinrad le asignó el nombre de senso, un término mucho menos atractivo que el ciberespacio que acuñó William Gibson precisamente en ese Neuromante (1983) con que se iniciaba la corriente ciberpunk, tan en boga en los últimos años. Muy pronto, la ciencia ficción imaginó todo tipo de implantes cerebrales, incluso implantes-chip que pueden alterar la personalidad de sus portadores, como imaginara George Alec Effinger en la serie iniciada en Cuando falla la gravedad (1986), donde aparece nada menos que un «implante James Bond» de quita y pon con sus más que previsibles efectos.

Pero hay otras maneras de analizar estas nuevas posibilidades que puede ofrecernos la tecnología. Una de ellas es asociarla a la política, a la democracia y a las posibilidades de que ese novedoso «interfaz» sea usado en un moderno proceso electoral, incluso en el que conduce a la elección del ser humano más poderoso del mundo: el presidente de los Estados Unidos de América.

Ése es el camino que siguieron el novelista Neal Stephenson (autor de La era del diamante, Criptonomicón, o El Ciclo Barroco) y su tío, el doctor George F. Jewsbury, académico especializado en la Unión Soviética y los países de Europa del Este. Parece ser que mientras Stephenson escribía Snow Crash (1992), se le ocurrió la idea de colaborar en un thriller político con un especialista como su propio tío y, así, escribieron a dúo un interesante tecnothriller que se publicó en 1994. Stephen Bury fue el seudónimo común de los dos autores.

Tras el gran éxito de Stephenson con las tres magnas obras antes citadas, la novela se reeditó ya con el nombre explícito del autor de Criptonomicón, aunque su tío decidió usar un nuevo seudónimo: J. Frederick George. La primera novela fruto de esa colaboración es la que hoy presentamos: Interfaz (1994, NOVA, número 203).

Digamos, de pasada, que el éxito de Interfaz (pese al desconocido nombre de su «autor»: Stephen Bury) llevó a Stephenson y Jewsbury a escribir otro thriller, también con implicaciones políticas, que se publicó poco después, The Cobweb (1996) y que, evidentemente, también les ofreceremos en NOVA a su debido tiempo.

Interfaz es, pues, un complejo y ameno tecnothriller sobre la amenaza de manipulación tecnológica de la democracia. Un interesante thriller político y tecnológico sobre la contienda electoral estadounidense, con la visión actual de las fuerzas ocultas que orientan la elección presidencial. Una novela que viene a ser la versión moderna de los famosos The Making of the President, en los que Theodore H. White analizó el trasfondo de las elecciones que llevaron a John F. Kennedy o Lyndon B. Johnson a la presidencia estadounidense.

Pero, por las posibilidades de manipulación que ofrecen las tecnologías de la información asociadas a las neurociencias, la obra es también, como ha señalado acertadamente el Seattle Weekly, una versión moderna del viejo clásico de Richard Condon: «Esta obra es El mensajero del miedo de la era del ordenador.»

La trama parece sencilla, pero las implicaciones son muchas y la habilidad narrativa de Stephenson y los conocimientos de Jewsbury la dotan de gran interés.

El gobernador Cozzano sufre una apoplejía poco antes de iniciarse el largo camino de las primarias para la nueva elección presidencial estadounidense. Como parte del tratamiento, se le propone la implantación en el cerebro de un novedoso biochip con el que, además, va a estar conectado a un sofisticado sistema de encuestas electorales. De esta forma tiene acceso a la información sobre las reacciones, deseos y sentimientos de los electores, que le son comunicados directamente al cerebro, y se convierte inevitablemente en el candidato perfecto.

Ante este sofisticado y poderoso desarrollo de la tecnología, ¿qué va a ocurrir con la democracia? ¿Es independiente y libre la voluntad de una persona equipada con un biochip como ése? ¿Puede ser libre la política en la nueva era de las omnipresentes tecnologías de la información y de las neurociencias?

Como en la famosa novela de Richard Condon El mensajero del miedo, la manipulación política por la tecnología vuelve de nuevo a la palestra. En las dos versiones cinematográficas que se han hecho ya de la obra de Condon (la de John Frankenheimer protagonizada por Frank Sinatra en 1962, y la más reciente, en 2004, de Jonathan Demme, con Denzel Washington en el papel principal), la tecnología cambia, pero el objetivo central de la manipulación política pervive, ya que es el eje fundamental de la trama.

Es cierto que en Interfaz se habla de una nueva tecnología, pero siempre para lograr parecidos objetivos. Y la manipulación política, ya sea de las masas o del individuo que las gobierna y conduce, no deja de ser una corrupción directa de la democracia, una forma de fascismo. Un fascismo que imaginamos lejano, pero que puede estar más cerca de lo que nos parece y del que ya nos advertía en 1994 (el mismo año de publicación de Interfaz, curiosa coincidencia...) el historiador europeo Jacques Julliard en su ensayo Ce fascisme qui vient.

Fascismo o no, la novela de Stephenson y Jewsbury nos advierte claramente de los peligros que la tecnología puede representar para la democracia tal y como la entendemos hoy. Y que conste que la tecnociencia presente en Interfaz no es tan de ciencia ficción como podría parecer: la historia del jornalero John es real, como lo ha sido el experimento con el implante de su electrodo neurotrópico, para mitigar los efectos, como en la novela que ahora nos ocupa, de una apoplejía… Como suele decirse, la ficción a veces es tan real como la realidad misma.

Finalizaré diciéndoles que, gracias al buen hacer novelístico de un autor como Stephenson, la novela es a la vez «compleja, entretenida y muy a menudo divertida», tal como reconocía el crítico del afamado Publishers Weekly.

O, también, según el comentarista del San Diego Union-Tribune: «La nada frecuente variedad de un thriller de ciencia ficción que evoca risas genuinas mientras mantiene al mismo tiempo el nivel de suspense acelerado al máximo.»

Intriga, diversión, inteligente especulación tecnopolítica... ¿qué más se puede pedir?

Que ustedes lo disfruten.

Miquel Barceló

 

 

 

 

 

Para Wilbur

Primera parte

El Estado de la Unión

1

El despacho de William Anthony Cozzano era un escándalo. Eso se susurraba en los altos consejos de la Sociedad Histórica de Illinois. Durante más de un siglo, bajo docenas de gobernadores, había tenido el mismo aspecto. Luego había llegado Cozzano y había llevado todo el mobiliario antiguo a un almacén (Abraham Lincoln era el hombre más impresionante de la historia, decía Cozzano, pero su escritorio era una basura, y el sillón de Stephen Douglas tampoco era ninguna maravilla). Cozzano se había atrevido a introducir electrónica en la bóveda pintada al fresco del despacho del gobernador: ¡una Trinitron de treinta y seis pulgadas con imagen superpuesta para poder ver C-SPAN y el fútbol americano al mismo tiempo! Y la silla no era una antigüedad, sino un objeto de alta tecnología con más opciones ajustables que huesos tiene el cuerpo humano. Afirmaba que ya había sufrido suficientes maltratos en Vietnam y en los terrenos congelados de Soldier Field, y que no se merecía que una silla antigua le destrozase un día sí y otro también; que le diesen a la Sociedad Histórica de Illinois. La silla era todo lo que no era Cozzano: rellena de almohadillas y reluciente, tapizada con cuero suave como un pétalo; en cambio, Cozzano era delgado, de facciones marcadas y erosionadas, un hombre que había esperado toda una vida para tener el aspecto que tenía ahora, como si lo hubiesen tallado a partir de un bloque de roble blanco con algunos golpes rápidos de azuela.

Cozzano estaba sentado en su silla una noche de enero, sosteniendo en la mano izquierda una pluma tan grande como un perrito caliente sin cocer. Cozzano volvía todos los fines de semana a su casita de Tuscola para cortar el césped, limpiar las hojas o palear nieve, por lo que los callos producían un sonido áspero a medida que la mano se movía sobre el papel.

La pluma parecía cara y se la había regalado algún prohombre mucho tiempo atrás; Cozzano había olvidado quién había sido. Su difunta esposa, Christina, solía llevar la cuenta de quién le regalaba qué y se encargaba de enviar las notitas de agradecimiento, tarjetas de Navidad y demás, pero desde su muerte todas esas amabilidades sociales se habían ido directamente al desagüe, aunque en general se lo disculpaban. Cozzano había descubierto que el volumen de la pluma se le ajustaba muy bien a la mano, con los dedos situados alrededor del cuerpo sin tener que apretarlo como si fuese un bolígrafo barato, y la tinta fluía con facilidad sobre el papel a medida que la punta rasgaba y los callos rozaban, mientras firmaba el torrente interminable de leyes, proclamas, resoluciones, cartas y felicitaciones que pasaban sobre su mesa como las células sanguíneas atravesaban en fila india los capilares de los pulmones: la procesión majestuosa que mantenía la vida del cuerpo político.

Tenía el despacho en el segundo piso del ala oeste, directamente sobre la entrada principal del Capitolio, mirando a un césped amplio decorado con una estatua de Lincoln ofreciendo su discurso de despedida en Springfield. La estancia sólo tenía dos ventanas altas y estrechas mirando al norte, que ni siquiera recibían el sol de finales de la tarde a causa del ala norte y la altiva cúpula del Capitolio. Cozzano lo llamaba el «círculo ártico»: la única zona de Illinois sumida en la oscuridad durante seis meses al año. Se trataba de un chiste algo complejo y técnico, sobre todo en estos días de ignorancia geográfica endémica, pero la gente se reía de todas formas, porque él era el gobernador. Tenía la lámpara de la mesa encendida durante todo el día, pero a medida que el cielo se oscureció y él siguió trabajando, no se había molestado en encender las

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