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INTRODUCCIóN A LA PSICOLOGíA EN VIñETAS

Grady Klein   Danny Oppenheimer  

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Fragmento

PRÓLOGO

Él tenía treinta y un años y su vida, una vez más, volvía a dar un giro.

Habían transcurrido más de dos años desde que había dejado atrás aquellas calles que le habían regalado tantos momentos, pero su barrio seguía tan vivo en su mente como en su corazón.

Escondido allí, había algo que le hacía recordar una y otra vez.

Aunque creyó que nunca volvería, un suceso inesperado lo obliga a hacerlo, y el miedo se apodera de él otra vez , como le sucede siempre que tiene que volver.

El viento del pasado regresa para llevarlo. El mismo que siempre le trae los mismos recuerdos.

Ella tenía veintitrés años y continuaba como siempre.

Seguía recorriendo las mismas calles una y otra vez y, pese a los años transcurridos, seguía sintiendo que su vida aún no había logrado completarse.

Si miraba hacia atrás, solo había un momento en el pasado en el que se había sentido parte del mundo que la rodeaba, pero eso ya no era más que un antiguo recuerdo.

Desde hacía más de dos años paseaba por las calles de la ciudad en busca de la emoción perdida, a la espera de volver a encontrarla tras alguna esquina.

No podía evitar pensar que el aire que ahora respiraba había dejado de ser el mismo.

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO 1

David apuró el último trago de whisky y dejó el ancho vaso vacío sobre la mesa. Apagó el cigarrillo y respiró hondo. Todo estaba sumido en la oscuridad y el silencio reinaba a su alrededor.

Consultó su reloj de pulsera. Faltaban veinte minutos para que las manecillas marcaran las dos de la madrugada. La noche era cálida para ser septiembre, pero la madrugada había traído con ella una fresca brisa marina.

Se puso de pie y abrió un poco más el gran ventanal que separaba la pequeña terraza de la sala de estar. Ya en el interior, agradeció el calor que envolvía la sala.

Al encender la luz todo se transformó. Lo que hasta hacía escasos segundos no eran más que sombras que reptaban por las paredes, eran ahora sus enseres y recuerdos. Pudo ver el sofá negro que había apoyado contra la pared y, frente a él, el mueble de estilo moderno de color ceniza que contenía dos fotografías, una en la que posaba junto a su amigo Damián y otra de él mismo cuando era un niño, una maqueta de un coche antiguo a escala y un gran televisor de plasma.

Recorrió la sala de estar en unos pocos pasos y llegó hasta el estrecho pasillo que separaba el cuarto de baño de su habitación. El piso era tan pequeño que podía recorrerlo en menos de un minuto; pero no le importaba, era suficiente para él, además desde las ventanas podía ver el mar y con eso le bastaba.

Se lavó los dientes frente al espejo y contempló su imagen con cierta desidia. En los últimos meses había ganado algo de volumen y sus músculos eran ahora más robustos y definidos. Las horas que pasaba en el gimnasio practicando boxeo daban sus frutos.

Apagó la luz y su imagen se perdió en el espejo, formaba ahora parte de la oscuridad. Caminó hasta su habitación. A través de la ventana, se colaba la luz procedente de las farolas que había en la calle y, aunque era una tenue claridad, pudo distinguir sin problema la gran cama de dos por dos que presidía la habitación, las dos mesillas que había a cada lado y en las que ahora no podía distinguirse el color chocolate que las bañaba. La silueta del televisor que colgaba de la pared parecía querer fundirse con los gráciles reflejos brillantes y blanquecinos de la luz.

Se metió en la cama y se desprendió de la ropa que llevaba. Se quedó solo vestido con su ropa interior blanca. Cerró los ojos cuando el reloj digital marcaba las dos.

La alarma lo despertó como cada día. Eran las nueve de la mañana. Se quedó unos minutos tumbado en la cama, enredándose entre las sábanas y sintiendo la irresistible tentación de cerrar los ojos de nuevo y dejarse llevar por las olas del sueño.

Al final, y no sin esfuerzo, se levantó de la cama despacio. Subió la persiana y sonrió cuando vio que el sol brillaba esplendoroso. Abrió la ventana y recibió el sonido del mar que se encontraba a tan solo unos metros. El mismo mar que escuchaba cada mañana al despertar, que le gustaba contemplar cada noche antes de dormir, el que llevaba un par de años regalándole el aroma salino que tanto le gustaba.

El mismo olor que lo recibía cada mañana al salir a la calle. Caminó escasos metros hasta que llegó a su coche, aparcado frente al bloque de apartamentos. El Opel Astra negro que hacía tantos años lo acompañaba. El mismo que esperaba que lo escoltara en todos los viajes que estaban por venir.

Poco más de diez minutos después, llegó frente a la tienda de recambios de vehículos en la que trabajaba desde hacía más de un año. Aparcó su coche en el pequeño aparcamiento que había junto a la trastienda y saludó con un movimiento de cabeza a su compañero que también acababa de llegar.

—Vamos a ver qué hacemos con este lunes. —El chico sonreía, pero unas marcadas ojeras azules bajo sus ojos parecían indicar que el día sería duro y que el fin de semana debía haberlo sido aún más.

David sonrió. Llevaba trabajando con ese chico desde el primer día. Rubén tenía veinticinco años y llevaba más de siete trabajando en aquella tienda que era propiedad de un familiar. Nunca había mostrado demasiado interés en los estudios, y todos siempre supieron que allí estaría su futuro. Era un joven alegre, de mirada traviesa y pícara sonrisa. Divertido y amante de la fiesta, también era un chico responsable y cariñoso con el que David había entablado una amistad casi desde el primer minuto. Cuando lo miraba no podía evitar ver a la misma persona que él había sido algún día y de la que no conseguía desprenderse del todo.

Miró el reloj. Eran casi las diez de la mañana. Su jornada laboral estaba a punto de empezar. Los casi diecisiete meses que llevaba trabajando allí lo habían convertido en todo un experto sobre la materia, además, su desparpajo innato y su simpatía le encumbraban como uno de los mejores vendedores de la tienda, motivo por el que su jefe, Ramón, siempre accedía a todo lo que David le pidiera; lo cierto es que era un buenazo, bajo su apariencia de hombre robusto y barrigón se escondía uno de los corazones más grandes que David se había encontrado en toda la vida, era tranquilo y sosegado, aunque podía hacer temblar al más valiente cuando arrugaba su frondoso bigote, síntoma inequívoco de que su paciencia se había agotado.

A las dos y cinco de la tarde se dirigió al almacén. En uno de los extremos, en una pequeña sala que entre ellos habían habilitado con un par de viejos sofás, un antiguo televisor y una estrecha mesa de madera que ya nadie usaba, pasaban los ratos de descanso.

Se dirigió a la máquina que había junto a la puerta y cogió un refresco de cola y un sándwich de jam

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