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INVENCIBLE

Pascal Ruter  

5


Fragmento

1

A sus ochenta y cinco años, mi abuelo Napoléon decidió que tenía que renovarse. Arrastró a mi abuela Joséphine hasta los tribunales. Como ella nunca le había negado nada, se dejó llevar.

Se divorciaron el primer día del otoño.

—Quiero rehacer mi vida —le dijo al juez encargado del caso.

—Está en su derecho —respondió este.

Nosotros, mis padres y yo, los habíamos acompañado al juzgado. Mi padre esperaba que Napoléon se echara atrás en el último momento, pero yo sabía que estaba equivocado, pues mi abuelo era de ideas fijas.

Mi abuela Joséphine lloraba sin parar. Yo la sujetaba del brazo e iba pasándole pañuelos de papel que en cuestión de segundos ya estaban empapados de lágrimas.

—Gracias, Léonard, querido —dijo—. Hay que ver, ¡menudo pájaro, este Napoléon!

Se sonó la nariz, suspiró y sus labios formaron una sonrisa muy dulce, muy indulgente.

—En fin, qué se le va a hacer —añadió—, cosas de tu abuelo. Menudo pájaro…

Mi abuelo hacía honor a su nombre. En la escalera del juzgado, con las manos en los bolsillos de sus pantalones blancos recién estrenados, tenía el porte altivo y el gesto imperial de quien acababa de conquistar un reino. Paseó una mirada satisfecha por la calle y los transeúntes.

Yo lo admiraba. Me decía a mí mismo que la vida tenía sus secretos y que mi abuelo los conocía todos.

Ese primer día de otoño era suave y húmedo. Joséphine sintió un escalofrío y se subió el cuello del abrigo.

—¡Vamos a celebrarlo! —declaró Napoléon.

Mis padres no estaban de acuerdo y Joséphine menos aún, así que nos dirigimos hacia el metro, sin más.

—¿No quieres un helado de vainilla? —me preguntó Napoléon delante de un puesto ambulante.

Tendió un billete al joven vendedor.

—Dos helados, uno para mí y otro para mi Coco. ¿Con nata montada? Sí. Eh, Coco, ¿lo quieres con nata?

Me guiñó un ojo. Yo respondí que sí con la cabeza. Mi madre se encogió de hombros. Mi padre se quedó como un pasmarote, atónito.

—¡Pues claro que quiere nata, mi Coco!

Coco… Siempre me llamaba así. No sabía por qué, pero me gustaba imaginar que en los gimnasios y en los rings de boxeo que él frecuentaba en los viejos tiempos todos se llamaban Coco.

Nada que ver con Léonard. Léonard Bonheur. Tenía diez años, el mundo todavía me parecía indescifrable, misterioso, un poco hostil, y muchas veces me invadía el sentimiento de que mi persona no se imprimía en la retina de aquellos con los que me cruzaba. Napoléon me tranquilizaba diciéndome que un boxeador no necesitaba estar cachas y que la mayoría de los campeones habían sido grandes sobre todo por su clase y su talento. Pero es que yo no era boxeador. Yo era el hombre invisible.

Llegué a este mundo una tarde de tormenta. Las bombillas del paritorio se habían fundido y mis primeros berridos brotaron en la oscuridad. Así, el pequeño Bonheur nació en penumbra y diez años no habían bastado para disipar del todo la oscuridad.

—¿Está bueno, Coco? —me preguntó Napoléon.

—¡Buenísimo! —respondí yo—. Gracias.

La abuela se había serenado un poco. Me crucé con su mirada pálida y me sonrió.

—Disfrútalo —me susurró.

El vendedor tendió el cambio a Napoléon, y este le preguntó:

—¿Qué edad tiene?

—Veintitrés años, señor. ¿Por qué?

—Por nada, por saberlo. Quédeselo. Sí, sí, de verdad. ¡Hoy estamos de celebración!

—Lo que faltaba por oír —murmuró la abuela.

En el tren que nos llevaba de vuelta a casa íbamos todos callados, sentados entre la gente que volvía de trabajar. Mi abuela había recobrado un tanto el aplomo; se había empolvado otra vez las mejillas y yo me había acurrucado a su lado, como si me fuesen a separar de ella al poco tiempo. Ella, con la frente apoyada en la ventanilla, iba viendo pasar el paisaje. La tristeza le confería una belleza muy digna. De vez en cuando lanzaba una mirada rápida al hombre con el que había compartido su vida. Sus ojos tenían el color de las hojas muertas que volaban por los aires. Yo me preguntaba qué pensamientos podían provocarle las sonrisas fugaces que le asomaban a los labios de tanto en tanto.

Yo pensaba que mi abuela era capaz de comprender todo.

Mi abuelo, por su parte, tenía un bigote blanco de helado de vainilla. Había apoyado los pies en el asiento de enfrente. E iba silbando.

—¡Qué día tan bueno hemos pasado! —exclamó.

—Me

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