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IRIS

Edmundo Paz Soldán  

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Fragmento

Índice

 

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Citas

Xavier

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Reynolds

Capítulo 1

Yaz

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Orlewen

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Katja

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Agradecimientos

Sobre el autor

Créditos

Grupo Santillana

A Liliana Colanzi, por el viaje

A Raúl y Lucy, mis padres

A Pachi, Marcelo y Roxana, mis hermanos

A Gabriel y Joseph

But they weren’t aliens, I had to remind myself—we were.

JOE HALDEMAN, The Forever War

 

A qué esperas,

confía en la piedad química.

WISLAWA SZYMBORSKA, «Prospecto»

Xavier

1

 

Una voz metálica en la radio del jipu les informó de una emergencia en el templo de Xlött en el anillo exterior. Song enfiló hacia allá. Xavier levantó la vista y lo golpeó la luz del día, rojiza como en un atardecer constante. Nubes harinosas inmóviles sobre la planicie. Se le vino la imagen plácida de Soji tirada en la cama mientras dormía, los aros de colores refulgiendo fosforescentes en los tobillos y el cuello; quiso perderse en ella pero no pudo. No le gustaba ir al anillo exterior, plagado de seguidores de Orlewen, el irisino que con sus arengas y su impermeabilidad a la muerte había logrado convertir una pequeña molestia para SaintRei en una fatigosa insurrección.

Los soldados en la parte trasera hablaban en un lenguaje desconocido. Pakis, decidió Xavier, sin mucho interés en que el Instructor le tradujera lo que decían, y malayos los del jipu que los seguía. Cada vez más shanz asiáticos y también centroamericanos y de las republiquetas mexicanas. A SaintRei le costaba reclutar en otras partes.

Song condujo por calles angostas. El fengli soplaba con fuerza; la sha golpeaba los cristales del jipu, entorpecía la visibilidad. Xavier había creído que con el tiempo se acostumbraría al color de la luz, a la presencia constante del fengli, al clima seco. Podía vivir con ellos, pero era como si a un habitante del trópico lo trasladaran a una zona polar. Su bodi reaccionaba de otra forma, vivía aletargado. En el pod debía encender las lámparas flotantes que aplacaban la intensidad de la luz y replicaban el color de Afuera.

Una oleada de aire frío recorrió su pecho; tosió y le dolió la garganta. Hacía tiempo que se ponía así cada vez que le tocaba salir. Debía luchar contra un ataque de pánico cuando llegaba a una de las puertas del Perímetro y esperaba su turno. Era como si una dushe de piel helada fuera despertándose en la boca del estómago y se extendiera a través de la cavidad torácica para asomar la lengua entre sus labios. La tensión se acumulaba en los músculos de la frente. Los shanz dejaban atrás la seguridad —las altas murallas de concreto reforzado, los rollos de alambre electrificado—, ingresaban a las calles de una ciudad que no los quería. Se exponían a las bombas sembradas en el camino, a los irisinos que en nombre de sus dioses se acercaban a inmolarse junto a ellos.

Jóvenes de rostros hostiles escupían al paso de los jipus. En las paredes de las casas se desplegaban consignas de Orlewen. Xavier sonrió al encontrarse una vez más con Nos prometieron jetpacks. Le llamaron la atención Quiero tomar el Perímetro y Desocupemos a los que nos ocupan. Si uno de los shanz se quejaba de algo, él respondía A mí me prometieron un jetpack tu.

No debía relajarse. En esas frases se encontraba el poder letal de Orlewen, el trabajo sin descanso de la insurgencia. Se persignó: los atavismos no lo abandonaban.

Edificios que por milagro no se habían derrumbado, manchas de moho en las paredes, hierba negruzca en la entrada. Vivían irisinos ahí, entre las ruinas. Llegaban en busca de un lugar para hacer suyo, se apoderaban de terrazas, pasillos, piscinas vacías. Hombres y mujeres en las galerías hexagonales del Centro de la Memoria, durmiendo al lado de anaqueles abrumados por el polvo; en las oficinas semidestruidas de la Corte Superior; en los balcones y en la platea del Hologramón.

Callado, di.

No hay mucho que contar.

El humor de Song era cambiante, Xavier se había acostumbrado a que a veces lo tratara como si fuera un desconocido. Era de rango inferior y dormía en el cuartel. Se le había caído casi todo el pelo y no cesaba de lamentarse: sus rizos negros atraían a las chicas. Xavier tocaba la suave pelusa que seguía ahí como un resto del naufragio, qué quieres di, al menos neso todos somos iguales ki. Compartían la pasión por juegos de estrategia como Yuefei; Song era más agresivo que él, que prefería ganar territorios de a poco, avanzar con cautela, utilizar maniobras envolventes como las de su padre cuando luchaba en el cuadrilátero, allá en la infancia, y se proclamaba campeón nacional de muaytai en Munro, antes de que otras cosas lo distrajeran.

Al cruzar por un mercado los golpeó el olor a vómito de la basura acumulada en las esquinas (en el Perímetro casi todo carecía de olor; una pátina aséptica invadía hasta los rincones más alejados). Sabía por el Instructor que el protectorado de Iris tuvo días mejores. Que las pruebas nucleares de mediados del siglo pasado habían convertido a los iri

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