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ISABEL I

Margaret George  

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Fragmento

Título original: Elizabeth I

Traducción: Sonia Tapia

1.ª edición: octubre 2011

© Margaret George, 2011

© Ediciones B, S. A., 2011

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN: 978-84-666-5039-7

Depósito legal: B. 24.791-2011

Conversión Digital: O.B. Pressgraf, S.L.

Roger de Llùria, 24, bxs.

08812 Sant Pere de Ribes

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright , la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Agradecimientos

Como siempre, mi familia —mi marido Paul, mi hija Alison, mi yerno Robert, mi hermana Rosemary— me ha apoyado y ayudado. Mi agente Jacques de Spoelberch y mis editoras Carolyn Carlson y Beena Kamlani confirieron un nuevo brillo al libro cuando pasó por sus manos. Quiero dar las gracias al profesor William Aylward, del Departamento de Clásicos en la Universidad de Wisconsin-Madison, por su ayuda con las traducciones latinas; a la doctora Mary Magray, catedrática de Historia de Irlanda, del Departamento de Estudios y Artes liberales de la Universidad de Wisconsin-Madison, por sus conocimientos y su ayuda con las complejidades de la historia irlandesa durante el período de Isabel I, y a mi amigo Miki Knezevic por sus meditadas ideas sobre los personajes. La doctora Lynn Courtenay y el doctor Nathaniel Alcock buscaron las palabras exactas inscritas en el panteón de la familia Dudley en Warwick, una ayuda valiosísima para la historia. Mi padre, Scott George, fue el primero que me habló del viejo Parr cuando buscaba su tumba en la abadía de Westminster. La amistad y apoyo de mis hermanas del SCC —Lola Barrientos, Patsy Evans, Chris Thomas, Beverly Resch, Mary Sams, Diane Hager y Margaret Harrigan— ha significado mucho para mí a lo largo de los años. Y finalmente doy las gracias a mis compañeros isabelinos Jerry y Nancy Mitchell, que aparecieron una noche en Hatfield House e hicieron mágico el banquete.

Estoy convencida que el espíritu de Isabel I flotaba sobre el libro mientras éste cobraba forma, y lo iba guiando en susurros.

Contenido

Agradecimientos

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Epílogo

Nota de la autora

1

El Vaticano, marzo de 1588

Felice Peretti, conocido también como el papa Sixto V, se balanceaba ante la pila de bulas enrolladas, ordenadamente dispuestas como un montón de leña, alternándose las cortas con las largas, los sellos de plomo colgando como si fueran rabos de cachorros de perro.

—Ah —dijo, contemplándolas con enorme satisfacción. Parecían irradiar poder. Pero faltaba una cosa: su bendición.

Alzó pues la mano derecha y pronunció en sonoro latín:

—Oh, Dios soberano, escucha la oración de tu siervo Sixto. Actuando de acuerdo con mi oficio como vicario de Cristo, su representante en la tierra, que ostenta el poder de hacer y deshacer, de perdonar los pecados o negar el perdón, he pronunciado sentencia sobre esa maligna mujer de Inglaterra, usurpadora del trono de reina. Por la presente queda excomulgada del cuerpo de la Cristiandad hasta el momento en que se arrepienta de sus pecados. Con objeto de que los que viven bajo su reinado no se hundan con ella en la condenación, bendecimos la empresa de Inglaterra. A bordo de los barcos de la Gran Armada irán estas bulas de excomunión y la sentencia de Isabel, usurpadora del trono de Inglaterra, en la que se pide su destronamiento, para que sus súbditos puedan ser rescatados de su impiedad y su perverso gobierno. Súbditos que verán la gloriosa luz del día cuando los vengadores de Cristo pongan pie en suelo inglés. Allí serán distribuidas a los fieles. Misericordioso Dios, te lo pedimos en nombre del Salvador, y por su Santa Iglesia.

El papa de sesenta y ocho años rodeó entonces lentamente la pila, haciendo el signo de la cruz y rociándola con agua bendita. Luego señaló con la cabeza al enviado español que aguardaba a un lado.

—Ya las podéis transportar. La Armada parte de Lisboa, ¿no es así?

—Sí, Su Santidad. El mes que viene.

Sixto asintió.

—Deberían llegar pues con tiempo de sobra. ¿Tenéis para guardarlas recipientes herméticos?

—Estoy seguro de que nos los proporcionarán. El rey Felipe está en todo.

2

Costa sur de Inglaterra, abril de 1588

El viejo eremita salió de su refugio, como todas las mañanas. Dormía en las ruinas de la capilla de San Michael, cerca de la punta del cabo que se adentraba en Plymouth Sound. Se detuvo al borde del acantilado, muy por encima del mar, para mirar a un lado y otro. El reflejo del sol de la mañana en el agua le cegaba. Se protegió los ojos con la mano, escudriñando el horizonte en busca de alguna vela. Nada. Hoy no.

Se volvió mascullando para atender a sus otros asuntos: preparar el faro. Había encontrado un dolmen abandonado, un monumento antiguo, en la cima del monte, y llevaba varios días acumulando allí ramitas, paja y madera. El fuego que se alzaría en el soporte que había montado en forma de cono se vería desde varios kilómetros, hasta el siguiente faro. Y aquél sería probablemente el primero. Aquél sería el lugar desde donde se divisaría por primera vez la Armada. Y él, el ermitaño de San Michael, mantendría la vigilancia mientras quedara un atisbo de luz que le permitiera ver.

Dio unas palmaditas en el dolmen. Un monumento pagano, construido mucho tiempo atrás por un pueblo desaparecido. ¿Pero qué más daba, si ayudaba en la lucha contra el enemigo español?

3

La Torre de Londres, mayo de 1588

—¡Silencio! —Philip Howard hizo una seña al sacerdote.

Alguien se acercaba. La guardia hacía su ronda. Los pasos en las piedras del exterior eran un sonido que Philip oía incluso en sueños. Agachó la cabeza para apoyarla entre las rodillas, dejando que las manos le colgaran yertas. Debía hacerse el dormido. El sacerdote le imitó, envolviéndose bien en su capa. El resto de los presentes en la sala guardó silencio, convertidos en estatuas.

Los pasos se detuvieron y se alzó el postigo de la rejilla de hierro de la puerta. Volvió a cerrarse con un chasquido y los pasos prosiguieron.

Philip se quedó quieto unos minutos más, para estar seguro, hasta que por fin susurró:

—Se ha ido. No volverá a hacer la ronda en otras dos o tres horas. Comencemos. Comencemos con la obra de Dios.

Los demás empezaron también a moverse. El sacerdote se descubrió la cabeza.

—En nombre de la Santa Madre Iglesia, voy a realizar la sagrada misa.

Philip meneó la cabeza.

—Debe estar dedicada a otra intención. Yo no era un traidor hasta que quisieron convertirme en tal. Y ahora, prisionero cinco años aquí en la Torre, he visto de primera mano la maldad de la reina y de su pretendida iglesia. Y debe perecer. La reina debe morir. Y mi padrino, el rey Felipe, se asegurará de ello.

Los ojos del sacerdote relumbraron en la penumbra.

—¿Y a qué dedicaremos pues la misa?

—¡Al éxito de la Armada! ¡Para que descargue la venganza sobre esta nación de paganos!

—¡Por el éxito de la Armada! —entonaron todos.

El sacerdote comenzó a colocar sus sagrados implementos, una copa de arcilla como cáliz, un plato de madera como patena, una tosca bufanda a modo de estola.

—Oremos —comenzó—. Oh, Altísimo, tú que miras apenado la blasfemia y el sacrilegio aquí, en Inglaterra, otrora tu obediente sierva y ahora una renegada. Igual que antiguamente, cuando utilizabas la vara del castigo si una nación se prostituía ante los falsos dioses, envías ahora a tu hijo, el rey Felipe de España, un devoto de la Auténtica Fe, para que caiga sobre ella. Igual que no hubo clemencia para los amorreos, los filisteos o los cananeos, no puede haber clemencia para estos descarriados. Si debemos morir junto a ellos, estamos dispuestos. Contempla lo que tu siervo Philip, conde de Arundel, ha tallado aquí en el muro de esta miserable prisión. Observa sus buenas palabras: Quanto plus afflictionis pro Christo in hoc saeculo, tanto plus gloriae cum Christo in futuro. «Cuantas más aflicciones soportemos por Cristo en este mundo, mayor será la gloria que obtengamos con Cristo en el próximo.» Sabemos, oh, Señor, que esto es verdad.

—Verdad... verdad... verdad —murmuraron Philip y sus compañeros de celda.

—Oh, Armada, acude pronto a salvar a Inglaterra. Benditos todos sus hijos exiliados que van a bordo, que han tomado las armas para liberar a su patria.

Los acalorados gritos resonaron en la húmeda mazmorra de piedra.

4

Isabel

Mayo de 1588

El látigo chasqueaba y restallaba buscando a su víctima, y yo veía al mozo de cuadra acobardado entre los matorrales para luego escapar a gatas cuando el látigo arrancaba las hojas de una rama justo sobre su cabeza. Le siguió una retahíla en español, tachándole de inútil desgraciado. Luego la cara de su perseguidor se volvió hacia mí, enrojecida por el esfuerzo.

—Majestad, ¿por qué sujetáis mi látigo?

Era un rostro que no pensé volver a ver jamás: el de don Bernardino de Mendoza, el embajador español a quien había expulsado de Inglaterra cuatro años antes, por espía. Ahora se me acercaba sin dejar de toquetear su látigo.

Me incorporé en la cama oliendo todavía el cuero del látigo, oyendo su restallido en el aire. Y viendo aquella mueca en el rostro de Mendoza, que enseñaba los dientes como marfil tallado amarillento. Me estremecí ante su frío rictus.

Era sólo un sueño y tuve que sacudir la cabeza para despejarlo. Últimamente me rondaban mucho por la mente los españoles, eso era todo. Pero... ¿No me había dejado Mendoza un látigo? ¿O nos lo habíamos encontrado en sus aposentos después de su precipitada marcha? Lo había guardado en alguna parte. Era más pequeño que el que aparecía en el sueño, útil únicamente para azuzar a los caballos, no para azotar a los mozos de cuadra. Era negro, trenzado, y flexible como uno de nueve colas. El cuero español era famoso por su suavidad y su fuerza. Tal vez por eso me lo había quedado.

Todavía no había amanecido. Era demasiado temprano para levantarme. Me quedaría en la cama, pensando. Sin duda los devotos católicos, en secreto aquí en Inglaterra y abiertamente en Europa, ya habrían acudido a una misa temprana. Seguramente algunos protestantes ya se habrían levantado para estudiar las escrituras. Pero yo, su reticente cabeza visible, conversaré a solas con el Señor.

Yo, Isabel Tudor, reina de Inglaterra durante treinta años, he sido destinada por mi nacimiento al papel de defensora de la fe protestante. Las malas lenguas sostienen que Enrique VIII rompió con el papa y fundó su propia Iglesia sólo para poder casarse con Ana Bolena. Mi padre les dio argumentos con su burlón comentario: «Si el papa me excomulga, lo declararé un hereje y haré lo que me plazca.» Y así la conciencia del rey se convirtió en algo risible. Pero de ahí surgió la necesidad de abrazar el protestantismo, y a partir de ahí nació una iglesia nacional que ahora tiene sus propios personajes, sus propios mártires y su propia teología. Para la Iglesia católica yo era una bastarda y una usurpadora. Y así puedo decir que mi nacimiento me impuso el protestantismo a la fuerza.

¿Por qué debe Inglaterra, una nación pobre, subvencionar a otras tres —Francia, Holanda y Escocia— y enfrentarse a España, el Goliat del catolicismo? Por Dios bendito, ¿es que no tenía suficiente con defender y gestionar mi propio reino? Nuestro papel era una esponja que absorbía todos nuestros recursos y nos dirigía, lenta pero inexorablemente, a la bancarrota. Ser el soldado de Dios era un gasto que no me hacía ninguna falta.

Soldado. Dios se debe de estar riendo desde que me entregó este estandarte, cuando el mundo entero sabía, o debía saber, que una mujer jamás podría dirigir a las tropas en la batalla.

Mendoza... Su rostro todavía me atormenta, como si el sueño estuviera anclado en mi mente. Sus ojos negros e inquisitivos, su enjuto rostro de serpiente, su piel brillante, su calva incipiente... Si no era un villano, bien lo parecía. Se dedicó a conspirar y espiar aquí en Inglaterra, hasta que fue descubierto y expulsado. Sus últimas palabras al subir a bordo fueron:

—Decid a vuestra señora que Bernardino de Mendoza no ha nacido para trastornar reinos, sino para conquistarlos.

A partir de entonces se asentó en París como embajador del rey Felipe, creando una red de espionaje e intriga que se extendió por toda Europa.

Pero encontró la horma de su zapato en nuestro gran espía nacional, Sir Francis Walsingham. Si Mendoza contaba con cientos de informadores, Walsingham tenía al menos quinientos que llegaban incluso hasta Constantinopla. Si Mendoza era un católico devoto hasta el fanatismo, Walsingham mostraba la misma pasión hacia la fe protestante. Si Mendoza no tenía escrúpulos, Walsingham se guiaba por el lema de que la información nunca es demasiado cara. Y desde luego se mostraba dispuesto a pagar cualquier precio. Ambos estaban convencidos de librar una batalla espiritual y no sencillamente una guerra política.

Y el gran enfrentamiento, el Armagedón tanto tiempo pospuesto entre Inglaterra y España, era inminente. Yo había hecho cuanto estaba en mi mano por evitarlo, sin considerar demasiado baja o indigna ninguna argucia: negociaciones de matrimonios, subterfugios, ofuscaciones o claras mentiras, como cuando aseguré a Felipe que yo sólo era protestante por necesidades políticas, pero no por convicción. Cualquier cosa que nos hiciera ganar algo de tiempo, que nos permitiera fortalecernos para soportar el golpe cuando finalmente se produjera. Pero a mí se me habían terminado los recursos, y a Felipe, la paciencia. Sí, incluso a él, el hombre de quien se decía que si la muerte viniera de España, todos viviríamos un largo tiempo.

Por fin había amanecido. Ya podía levantarme.

Mi astrólogo, John Dee, confería una importancia a los sueños y los augurios. En este caso no se equivocaba. Apenas me había vestido cuando me informaron de que William Cecil, lord Burghley, mi primer ministro, deseaba verme por un asunto de urgencia.

Debía de ser urgente, en efecto, puesto que bien sabía que yo no me ocupaba de ningún asunto antes del mediodía.

Le di la bienvenida a pesar de temer sus noticias. Era un hombre al que apreciaba, y si alguien debía ser portador de malas nuevas, prefería que fuera Burghley.

—Perdonadme, majestad —comenzó, con una reverencia tan marcada como su reumático espinazo le permitía—. Pero era de la mayor importancia que vierais esto. —Entonces me puso un rollo de papel en la mano—. Es de Felipe.

—¿Dirigido a mí? Qué considerado. —Sostuve el pergamino en la mano, sintiendo su importancia en su propio peso.

—Difícilmente, su majestad.

—Ha utilizado el mejor vellón —intenté bromear.

Pero Burghley no sonrió.

—Pretendía ser ingeniosa. ¿He perdido cualidades?

Él forzó entonces una sonrisa.

—No, su majestad. Me maravilla que todavía podáis encontrar sentido del humor en un asunto como éste. —Recuperó el pergamino—. Se cuentan por centenares. Van cargados en las bodegas de la Armada para ser sembrados, como semillas del mal, aquí en Inglaterra.

—A diferencia de la pelusa de diente de león, que flota con el viento, éstos no podrán plantarse a menos que las botas españolas pisen nuestro suelo. Y no lo pisarán.

—Los agentes del secretario Walsingham lograron robar éste, así como la copia de una carta redactada por uno de los consejeros del rey Felipe. Casi parecería que no hay nada que no pueda conseguir, o descubrir.

La carta estaba en español, por supuesto, pero eso no era impedimento para mí. Mientras la leía, sin embargo, casi deseé no haberla entendido. Era un memorándum muy bien planeado, una recomendación al rey español sobre lo que debería hacerse una vez hubiera conquistado Inglaterra. A mí debían capturarme viva para entregarme al papa.

—No tengo que esforzarme mucho para saber qué decretará su santidad —dije—. La bula establece que... —chasqueé los dedos indicando a Burghley que me la diera otra vez para encontrar la cita exacta—, que mis actos y defectos son tales que «algunos la incapacitan para reinar, otros la declaran indigna de vivir». Me despoja de toda autoridad y dignidad real, declarándome ilegítima y eximiendo a mis súbditos de su obligación de obedecerme. De manera que su santidad, anterior gran inquisidor de Venecia, me prepararía una buena hoguera. —Me estremecí. No era un asunto de broma. Aquel documento llegaba a ordenar a todo el mundo que se aliara con el «ejército católico» del duque de Parma y del «rey católico», esto es, Felipe II de España. Concluía prometiendo indulgencia plenaria a todos aquellos que ayudasen a destronarme.

Por fin me eché a reír.

—¡Indulgencias! ¡Eso sí que es algo que el mundo todavía desea! —Eran los abusos con las indulgencias lo que había llevado a Martin Lutero a su rebelión contra la Iglesia católica—. No son muy creativos a la hora de encontrar nuevas recompensas, ¿eh?

—También ofrece un millón de ducados a los españoles como incentivo para que invadan Inglaterra.

Me quedé mirando a Burghley.

—¿Ha puesto precio a nuestra cabeza?

Burghley hizo un gesto desdeñoso.

—El papa campesino, como le gusta hacerse llamar, es un astuto político. El dinero no se entregará hasta que los españoles pongan el pie aquí. No habrá ningún pago por adelantado.

—Así que pase lo que pase, sale ganando. —El viejo zorro. ¿Esperaba convertir a Inglaterra en una carroña en la que hurgar? ¡Jamás!—. Convocad al secretario Walsingham y al duque de Leicester. Debemos discutir la situación antes de que se reúna el Consejo de Estado. Los tres sois los ejes principales del gobierno.

Burghley meneó la cabeza.

—No quiero falsas modestias —le reproché—. Sabéis que es cierto. Vos sois mi espíritu, Leicester, mis ojos, y Walsingham, mi guardaespaldas. La reunión será para esta tarde.

Me levanté entonces dando por terminada la charla. Guardé con cuidado los condenatorios documentos en el cofre de mi correspondencia y lo cerré con llave.

Era hora del almuerzo. Por lo general comía en mi salón privado, con unos pocos acompañantes, aunque siempre había preparada una mesa de ceremonias en el Gran Salón. Allí comían los cortesanos de más bajo rango y los criados de la casa, pero mi sitio permanecía vacío. Me pregunté por un instante si no debería hacer una aparición pública ese día. Habían pasado dos semanas desde la última. Pero me decidí en contra. No quería exhibirme en ese momento. La bula papal y la llamada a las armas contra mí me habían perturbado más de lo que hubiera querido admitir.

—Comeremos juntas aquí mismo —informé a mis damas de compañía.

Las tres más cercanas a mí eran Catherine Carey, mi prima; Marjorie Norris, una amiga desde mis días de juventud; y Blanche Parry, mi niñera desde hacía aún más tiempo.

—Abrid las ventanas —le pedí a Catherine. Era un día despejado y cálido, de esos que impulsan a danzar a las mariposas. Algunos años el mes de mayo no era más que un invierno verde, pero aquél era fresco y perfumado. Cuando las ventanas se abrieron, el mundo exterior entró como una vaharada.

La pequeña mesa estaba dispuesta en mitad de la sala, y aquí podíamos prescindir de ceremoniales y rituales, excepto el del catador. Los criados presentaron los platos deprisa, y seleccionamos los que queríamos sin más preámbulos.

La bula papal me había quitado el hambre, pero puesto que por lo general no comía mucho, el hecho de que dejara mi plato sin tocar no llamó la atención.

Marjorie, una robusta mujer del campo, de Oxfordshire, comía siempre con ganas. Hoy atacaba un sustancioso guiso de cerdo, que regaba con una jarra de cerveza. Catherine, que era bajita y regordeta, jamás pasaba de un simple picoteo, de manera que la razón de su cara redonda era un misterio.

Marjorie era unos quince años mayor que yo, Catherine, quince años más joven. La anciana Blanche Parry había visto pasar ochenta años. Sin embargo, ya no los veía, puesto que recientemente había perdido la vista y tuvo que renunciar a su deber como guardiana de las joyas de la Corona, del que se hizo cargo Catherine. Ahora en la mesa comía sólo por costumbre y a tientas, con una mirada perdida en sus ojos nublados.

De pronto tuve el impulso de inclinarme para darle unos golpecitos en la mano. Ella se sobresaltó.

—No quería asustaros —le dije. Pero el contacto con su mano era para mí tranquilizador.

—¡Debería daros vergüenza asustar así a una anciana! —me reprendió.

—Blanche, vos no sois una anciana.

—Si con ochenta años no soy una anciana, ¿cuándo lo seré?

—La vejez está siempre a unos cuantos años de distancia de la edad que tenga una —repliqué—. En vuestro caso, está en los noventa. —¿Quedaba alguien en la corte con noventa años? No se me ocurría nadie. Así pues, era una apuesta segura.

—Bueno, milady, hay quien dice que vos sois vieja —me espetó.

—Tonterías. ¿Desde cuándo los cincuenta y cinco años son la vejez?

—Dejaron de serlo cuando los cumplisteis —terció Catherine.

—Voy a tener que daros un puesto de embajadora. Estáis hecha toda una diplomática. Pero, querida prima, no podría soportar perderos. ¿Y de verdad querríais vivir con los franceses o los daneses?

—Con los franceses por la moda, con los daneses por la bollería —opinó Marjorie—. No es mala elección.

Pero yo apenas la oí.

—La Armada va a zarpar —solté a bocajarro—. No tardará en caer sobre nosotros.

Marjorie y Catherine dejaron las cucharas con un gesto rígido.

—¡Lo sabía! —exclamó Blanche—. Lo veía venir. Desde hace mucho tiempo. Os lo dije. Como el rey Arturo.

—¿De qué estáis hablando? —preguntó Marjorie—. ¿Más necedades galesas? Y no me vengáis con las tonterías de la clarividencia.

Blanche se irguió en la silla.

—Yo sabía que iba a llegar el legado del rey Arturo. La reina desciende de él, eso lo sabemos todos. Mi primo, el doctor Dee, lo ha demostrado. Arturo dejó asuntos sin concluir. Una batalla final. Una gran prueba para la supervivencia de Inglaterra.

—Esto no tiene nada que ver con el rey Arturo —objetó Catherine—. Los astrólogos predijeron hace mucho tiempo que 1588 sería un año de grandes eventos. Lo único que ha hecho Dee es confirmarlo.

—La predicción, realizada hace casi doscientos años por Regiomontano, decía que 1588 sería un año de absoluta catástrofe para el mundo entero —informó Blanche muy tranquila—. Las palabras exactas eran «los imperios se desmoronarán y en todos los bandos habrá grandes lamentaciones».

—Sí, ¿pero qué imperios? —dije yo—. ¿Acaso no le dijo el oráculo de Delfos al rey Creso que si invadía Persia un gran imperio sería destruido? Pues resultó que fue el imperio de Creso, no el de los persas.

—Se supone que este año habrá tres eclipses —prosiguió Blanche impertérrita—. Uno del sol y dos de la luna. Ya hemos tenido el del sol, en febrero.

—Pues que vengan —concluí. Como si pudiera hacer algo por evitarlo.

Necesitaba estar sola. Ni siquiera mi fiel trío me calmaba. Cuando terminó la cena salí al jardín de la reina. Whitehall era un palacio enorme que había crecido a partir de una mansión junto al río para convertirse en casi una ciudad en la que incluso había una calle y dos garitas. Con sus telas de justas, los corrales de peleas de gallos, las pistas de tenis y los jardines de faisanes, era difícil encontrar un rincón apartado. Pero el jardín, contenido entre los muros de ladrillo de otros edificios, me protegía de miradas curiosas.

Los caminos de hierba, flanqueados de barandillas bajas de rayas blancas y verdes, formaban patrones geométricos por todo el jardín. Todo

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