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JACK NICHOLSON, LA BIOGRAFíA

Marc Eliot  

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Fragmento

En memoria de Andrew Sarris, lamentando la pérdida

de nuestro gran maestro, amigo, crítico e historiador.

Dedicado también a la fallecida Karen Black, por su enorme

contribución y su cooperación infatigable.

Y siempre, para baby cocoa bear.

 

Están James Cagney, Spencer Tracy, Humphrey Bogart y Henry Fonda. ¿Quién más después, si no Jack Nicholson?

MIKE NICHOLS[1]

Marlon Brando influyó muchísimo en mí. Hoy en día a la gente que no vivió esa época le cuesta entender el impacto de Brando sobre el público […] Siempre fue el santo patrono de los actores.

JACK NICHOLSON[2]

Él es nuestro Bogart. Representa ese período histórico igual que Bogart representaba el cine de los años cuarenta y cincuenta.

HENRY JAGLOM[3]

Cuando empecé, había unas veinticinco personas deambulando por Los Ángeles enfundadas en chaquetas rojas que eran exactamente iguales a James Dean, porque él era muy extremado y muy fácil de imitar, algo que no servía absolutamente de nada.

JACK NICHOLSON[4]

Siente muchísimo respeto por las mujeres, y yo diría que está a favor de la liberación femenina.

BRUCE DERN[5]

¿Cómo sería follarse a Britney Spears? Yo puedo responder esa pregunta: monumental. ¡Un cambio total de vida!

JACK NICHOLSON[6]

Introducción

En realidad, uno jamás se recupera de su propio nacimiento.

JACK NICHOLSON[1]

John Joseph «Jack» Nicholson Jr. nació el 22 de abril de 1937 en su casa, en New Jersey, según consta en su certificado de nacimiento oficial, en el que también se dice que sus padres fueron John y Ethel May Nicholson. Con el tiempo, Jack comenzó a llamar Mud a Ethel May, abreviatura de mudder (mother o «madre») en el idioma jack.[2]

Ethel May era el sostén de la familia. Durante muchos años trabajó como peluquera en una habitación del segundo piso de la pequeña casa donde vivían, en Neptune City, hasta que logró reunir dinero suficiente para expandir su negocio, trasladar a la prole a un barrio mejor y abrir una modesta aunque rentable cadena de salones de belleza.

John J. Nicholson era la antítesis de su mujer: no tenía un centavo y tampoco le sobraba ambición. Trabajaba esporádicamente como mano de obra barata. Cuando Jack todavía era un bebé, la afición de John J. Nicholson por la bebida se volvió insoportable para Ethel May, que optó por echarlo de casa. A partir de entonces, el padre de Jack empezó a vivir de forma precaria: casi siempre dormía en los bancos de los parques y a veces en la calle. Solía presentarse en casa de Ethel May los fines de semana y ella le permitía comer en familia. Aunque Jack raras veces lo veía, siempre creyó que ese hombre era su verdadero padre.

Muchos otros hombres entraban y salían de su casa en aquella época, entre ellos Don Furcillo-Rose, un joven de cabello negro y elegancia natural, siempre bien vestido y con una bonita sonrisa. Llegó a ser novio de la hermana mayor de Jack, June, poco antes de que ella abandonara de repente la casa familiar en pos de su sueño de triunfar en el mundo del espectáculo. El encantador y guapo Furcillo-Rose, diez años mayor que June, era un músico aficionado que tocaba con varias bandas improvisadas en la costa de New Jersey, donde probablemente se habían conocido.[3]

A Ethel May no le agradaba que Furcillo-Rose rondara a June y cada vez que los pillaba juntos le advertía que se mantuviera alejado de su hija, todavía menor de edad, amenazándolo con que acabaría en la cárcel. Cuando June se marchó, Furcillo-Rose siguió apareciendo de vez en cuando por la casa. Pero jamás fue bien recibido por Ethel May, y tampoco por Lorraine y Shorty, su segunda hija y su yerno, respectivamente. No obstante, como Mud sabía que Furcillo-Rose y su hija mayor habían intimado, a veces le permitía dormir en la habitación de June. A su manera, a fin de cuentas formaba parte de la familia.

Al pequeño Jack tampoco le agradaba Furcillo-Rose: apestaba a whisky y a tabaco y siempre andaba susurrándole cosas a Ethel May para que nadie más pudiera oírlo. Por su parte, Furcillo-Rose no prestaba atención al niño. Jack adoraba a Lorraine y George W. «Shorty» Smith. «Yo tenía a Shorty, el mejor padre que cualquiera podría tener o desear», diría en más de una ocasión.[4]

Lorraine era lo opuesto de June en todos los sentidos. No era extrovertida ni soñadora; prefería ser una buena ama de casa. Se había casado con Shorty en cuanto tuvo la edad legal requerida. Eran inseparables desde que ella tenía siete años y él, once. En su tiempo libre —que era mucho, dado que le resultaba difícil encontrar un empleo estable—, Shorty le enseñaba a Jack todo lo que un padre de verdad le enseñaría normalmente a un hijo: a levantar la tapa del váter antes de orinar o a hacer una parada en los terrenos baldíos donde los muchachos jugaban al béisbol. «Mantén las rodillas cerradas cuando bateen la pelota. Deja que se acerque, y luego atrápala con el guante con la otra mano.» En sus buenos tiempos, Shorty había ido a clases de baile con June, por insistencia de su cuñada, que quería un compañero que no intentara manosearla todo el tiempo, y eso le había dado una agilidad extraordinaria. Aunque en el instituto había jugado un poco al fútbol, era demasiado bajo para destacar. Se había ganado la vida como guardabarreras de Conrail, pero lo habían despedido demasiadas veces para considerarlo un oficio en toda regla. Así las cosas, en plena Segunda Guerra Mundial decidió unirse a la marina mercante a cambio de las tres comidas, un lugar donde dormir y una paga regular que enviaba religiosamente a Lorraine.

Jack no guardaba memoria de June, pero recordaba las historias que se contaban en torno a la mesa familiar. «Mi hermana June era otra cosa —dijo en una entrevista concedida a la revista Rolling Stone—. Se fue de casa a los dieciséis —el año en que Jack nació. Y añadió—: Fue bailarina de varietés en la compañía de Earl Carroll y conoció a Lucky Luciano. Se casó con uno de los pilotos de pruebas del equipo estadounidense que rompió la barrera del sonido […] Luego viajó a California, consiguió algunos trabajos interesantes, conoció a algunas personas interesantes. Y murió. Muy joven. De cáncer.»

Jack declaró esto en la entrevista como si fuera el texto de un guión cinematográfico, una fantasía que terminaba en tragedia. June, la bella princesa condenada. Jack era un adolescente cuando decidió también marcharse de su casa rumbo a la Costa Oeste, deseoso de cumplir sus propios sueños de gloria en el mundo del espectáculo. Decía que quería ser actor. Al igual que June, tenía una imaginación muy fértil, pero de hecho, una absoluta falta de oportunidades.

Al llegar a Los Ángeles pasó una corta temporada en casa de ella, hasta que consiguió un trabajo estable y se mudó. Después de recibir clases de interpretación, trabajó en algunas películas del cine independiente. Sus primeros personajes como «rebelde» lo llevaron a interpretar otros papeles más importantes con mejores guiones y, aunque le costó muchos y difíciles años de trabajo arduo, se convirtió en una estrella. Jack enloquecía por igual a fans y críticos con su seductora presencia ante la cámara y porque siempre parecía estar interpretándose a sí mismo, más allá del personaje que encarnara. La gente llenaba los cines para verlo, además de para ver la película. El público adoraba a Jack… o al personaje que creía que era Jack.

Para él, actuar era algo natural, y no le faltaban razones para ello. Su infancia típicamente americana había sido un diorama de engaños. Nada en el hogar de Neptune City era lo que parecía. Todas las personas que formaban parte de su infancia habían representado un personaje, y lo habían hecho bien. Jack no aprendió a actuar viendo a Marlon Brando, ni siquiera estudiando el método Stanislavski. Aprendió de June, de Lorraine, de John, de Shorty, de Don… y sobre todo de Ethel May.

Todas las grandes estrellas de cine, y Jack es indiscutiblemente una de las más grandes, son en realidad dos personas: el ser humano cuya vida transcurre al margen de la cámara y el actor famoso que interpreta a los personajes por los cuales el público lo adora. Esta dualidad hace que al público, y a veces también a los críticos e historiadores del cine, les cueste distinguir entre los personajes que el actor encarna y la personalidad del actor que los interpreta. El gran truco de los actores consiste en convencernos de que son quienes no son y no son quienes son; la contradicción radica en que el actor busca revelar «la verdad» al público fingiendo ser lo que no es. La actuación es el arte del artificio.

Los rasgos de

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