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JAQUE AL CORAZóN (FAMILIA REID 2)

Johanna Lindsey  

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Fragmento

1

Era toda una distinción ser la debutante más hermosa y deseable del mercado matrimonial del siglo, a la vez que la mujer más odiada de Inglaterra. Curiosamente, Ophelia Reid se había esforzado en ganar ambas distinciones. Era su perdición ser tan bella, porque las personas que la rodeaban se comportaban como consumados idiotas.

Los reunidos en Summers Glade, la finca rural del marqués de Birmingdale, no eran diferentes. Ophelia se detuvo en lo alto de la gran escalinata. Esperaba encontrar el vestíbulo vacío, pero no hubo suerte. Al parecer, muchos de los que habían venido para asistir a su boda con el heredero del marqués estaban congregados allí abajo y algunos, que por lo visto ya sabían que la boda se había cancelado, se disponían a partir. Otros parecían confusos y charlaban animadamente. Sin embargo, en el instante en que Ophelia apareció todas las miradas se volvieron hacia ella y, como de costumbre, empezaron los murmullos.

Quizá la gente allí abajo tuviera la impresión de que ella se disponía a hacer su gran entrada. Le gustaba hacerlo y tenía mucha práctica en ello. Pero esta vez no. Se trataba más bien de una gran salida, aunque no por decisión propia. Hubiera preferido pasar inadvertida.

—¿Cuándo me contarás lo que pasó? —preguntó su doncella, Sadie O’Donald, apostada a su lado.

—Nunca —respondió Ophelia con rigidez.

—Pero se supone que hoy os casabais.

Como si Ophelia pudiera olvidar ese hecho espantoso. Ése, no obstante, no era el momento apropiado para hablar del tema. Dijo:

—Calla, tenemos público, por si no te has dado cuenta.

Sadie no expresó nada más y siguió a Ophelia escaleras abajo. El murmullo se intensificó. Ophelia llegó a oír algunos retazos de conversaciones.

—Primero se prometen, luego ya no, después vuelven a estar prometidos y ahora resulta que han cambiado de opinión otra vez. Ella es demasiado inconsecuente, si quieres saber mi opinión.

—El novio dijo que cancelaron la boda de mutuo acuerdo.

—Lo dudo; ella es muy exigente, aunque yo también lo sería si tuviera su aspecto.

—Estoy de acuerdo. Es un pecado ser tan bella.

—Cuidado, querida, se te notan los celos.

—... una malcriada, si me lo preguntas.

—¡Chitón, te va a oír! Ya sabes que tiene una lengua viperina. No te conviene que hable mal de ti.

—Santo Dios, qué hermosa es. Un ángel, un...

—... de vuelta a la lista de casaderas. No me importa admitir que estoy encantado. Esto me da una segunda oportunidad.

—Creía que te rechazó antes de empezar la temporada siquiera...

—A mí y a un sinfín de otros pretendientes, pero no sabíamos que ya se había prometido con MacTavish.

—No pierdas el tiempo. Tu título no es lo bastante importante para ella. Conseguiría casarse con un rey, si se lo propusiera.

Y más voces, sin cara:

—Me sorprende que sus padres no apuntaran tan alto. Son unos arribistas espantosos, ¿sabes?

—Y ella ¿no?

—Acaba de rechazar al heredero de un marqués. ¿Qué te sugiere esto?

—Que sus padres estarán furiosos con ella, como lo estuvieron cuando...

—Aunque Locke, allí, podría tener una oportunidad, como futuro duque de Norford. Me sorprende verlo de vuelta en Inglaterra.

—No le interesa el matrimonio. ¿O no sabías que se fue de Inglaterra sólo para escapar de las casaderas...?

Ophelia fingía no oír ninguno de aquellos cuchicheos pero la mención de Raphael Locke, vizconde de Lynnfield, la impulsó a buscarlo con la mirada. Ya sabía que se encontraba allí, en el vestíbulo, despidiendo a algunos conocidos o, posiblemente, disponiéndose a marchar él también. Fue el primero que vio al alcanzar la escalinata. Evidentemente, un hombre tan apuesto como el heredero de Norford había atraído su atención desde el primer momento de conocerlo.

Hasta había considerado brevemente la posibilidad de tomarlo por esposo antes de volver a prometerse con Duncan MacTavish. Locke, sin embargo, se había pasado irremisiblemente al campo enemigo, el campo de los que la tenían en muy baja estima. ¿Cómo la había llamado? «Una cotilla maliciosa.» Incluso amenazó con arruinarla si le contaba a alguien que creía que él se acostaba con Sabrina Lambert.

Lo cierto es que lo creía. ¿Por qué, si no, prestaba tanta atención a la tonta de Sabrina? Aunque pudo, simplemente, decirle que se equivocaba en lugar de insultarla. Y ojalá hubiera sido cualquier otro menos él quien la encontró llorando en el piso de arriba.

—¿Cómo iremos a casa? —susurró Sadie cuando alcanzaron el último escalón.

—En mi carruaje, por supuesto —respondió Ophelia.

—Tu carruaje no tiene cochero. Ese condenado aún no ha vuelto.

Ophelia lo había olvidado. El cochero, hombre de su padre, desde el principio no quería conducirla a Yorkshire y, una vez allí, después de mucha persuasión por parte de ella, había insistido en que perdería su empleo si no regresaba a Londres en el acto para informar a sus padres de adónde había ido. Como si ella no pensara enviarles una nota. Todo a su debido tiempo, sin embargo. Cuando se le pasara la rabia por la bofetada que le había dado su padre cuando Duncan rompió el primer compromiso y los echaron a todos de Summers Glade.

—Supongo que tenemos que tomar prestado a uno de los lacayos del marqués. Ese mismo servirá, el que está bajando mi equipaje. Puedes decírselo mientras espero en el salón —dijo Ophelia.

Hubiera preferido esperar fuera, lejos del resto de los invitados del marqués pero, aunque ya llevaba puesto su abrigo de viaje, la prenda estaba diseñada para realzar su silueta y no para proporcionarle calor y, hallándose en pleno invierno, sencillamente hacía demasiado frío para estar al aire libre, por breve que fuese la espera. No obstante, puesto que parecía que la mayoría de los invitados aguardaba la llegada de su propio coche en el vestíbulo, Ophelia confiaba en que el salón estuviera vacío.

Entró en la sala. No estaba vacía. La ocupante era Mavis Newbolt, la única persona que desearía no volver a ver jamás, la que solía ser su mejor amiga y era ya su peor enemiga. Y era demasiado tarde para buscar otro lugar donde esperar. Mavis ya la había visto.

—¿Huyes con el rabo entre las piernas? —se burló Mavis.

Ay, Dios, otra vez no. ¿No había dicho ya bastante su ex amiga cuando llegó para impedir un matrimonio que todos los implicados consideraban un trágico error? Parecía que no.

—Claro que no —repuso Ophelia, manteniendo el control de sus emociones. Su vieja amiga no conseguiría hacerla llorar otra vez—. Debió de resultarte mortificante hacerme ese favor hoy para que no tuviera que casarme con el escocés.

—Ya te dije que no lo hacía por ti. Eres la última persona a la que quisiera ayudar —aclaró Mavis.

—Ya, ya lo sé, te hacías la heroína únicamente por Duncan. Aun así, me salvaste de tener que casarme con él. Supongo que debo agradecértelo.

—¡No lo hagas! —gruñó Mavis agitando los rizos de su cabello—. Deja de fingir, Ophelia. Tú y yo nos odiamos...

—¡Basta! —Ophelia la interrumpió antes que reabriera la herida—. Aquí no tienes a tu público para envilecerme a sus ojos, de modo que digamos la verdad. Eres la única amiga verdadera que he tenido y lo sabes. ¡Te quería! Si no te quisiera, no habría intentado protegerte de Lawrence mostrándote la verdad acerca de él. Tú, en cambio, preferiste culparme a mí de su perfidia. ¿Qué fue lo que dijiste? ¿Que la única razón por la que seguías tolerando mi presencia era porque esperabas ser testigo de mi caída? Y me llamaste maliciosa, ¿a mí?

—Te dije que ya apenas me reconozco —contestó Mavis a la defensiva—. Pero eso es culpa tuya. Me volviste tan resentida que ni siquiera me gusto a mí misma.

—No, no fui yo, fue él. Tu precioso Lawrence, que te utilizó para acercarse a mí. Ahí está, por fin lo he dicho. También intenté ahorrarte esto. Me suplicaba que me casara con él mientras te hacía la corte, pero ya no pretendo protegerte de la verdad, Mavis.

—¡Qué mentirosa eres! Y me tildaste de mentirosa a mí delante de tus amigas.

—Ah,

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