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JEFAZO

Martín Sivak  

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Fragmento

LUNES 12

Los presidentes bolivianos gobiernan desde el Palacio Quemado.

En 1875 los opositores a Tomás Frías arrojaron antorchas encendidas a la casa de gobierno desde la catedral contigua. Provocaron un gran incendio que no les permitió llegar al poder. Reconstruido el edificio, la fórmula Palacio Quemado parece referirse a un país inflamable desde su fundación en 1825. Sobre ochenta y tres gobiernos, treinta y seis no duraron más de un año, treinta y siete fueron de facto y hasta el momento ningún historiador ha sabido precisar la cantidad exacta de golpes de Estado e intentonas militares.

Evo Morales Ayma llegó a la presidencia gracias a la primera revolución democrática del siglo XXI. Una novedad que no se tradujo en modificaciones en la arquitectura ni en la decoración del Palacio Quemado. Su estética permanece casi inalterable, sin que le importe a ninguno de sus nuevos habitantes. Ni las chicas del protocolo que corren detrás de una agenda presidencial modificada a cada hora, desde las cinco de la mañana hasta la doce de la noche; ni las señoras de pollera y sombrero que recorren los pasillos; ni los campesinos que pisan las alfombras y el parquet.

Una escala cromática lleva hasta Morales. El salón de los espejos se divide en dos sectores, uno rosa y otro dorado. Entre telarañas y un piano negro que ya nadie toca, se exhiben espejos con marcos dorados en los que muchos buscan mirarse, una alfombra persa en tonos rojos, banquetas de mármol y cortinas grises con pompones, mientras una estufa eléctrica de la última década del siglo pasado irradia el calor que la calefacción central ya no irradia.

Una antesala blanca precede al despacho presidencial. La noche en que empezó este libro, los vidrios ahumados apenas si dejaban ver las siluetas que se movían por la oficina principal. Después de que los hombres del Presidente salieran por una puerta, Evo entró en aquella antesala blanca.

—Hola, jefazo —me dijo.

En su idioma, jefazo es un halago, una muestra de respeto. Pero el jefazo, el que manda, es él.

Saludó a la boliviana: las manos se estrechan y después los hombres se prodigan un medio abrazo.

—Gracias por todo. Tú me has apoyado mucho para que yo esté aquí. Gracias, hermano.

Intuyo que ha repetido esa frase muchas veces desde que es Presidente.

Nos habíamos conocido en Buenos Aires, en agosto de 1995, cuando asomaba en su país como un dirigente cocalero de peso. En los casi once años siguientes lo entrevisté para diarios, revistas y documentales. Fundaba su confianza en mí en los libros que publiqué sobre Hugo Banzer y sobre el asesinato de Juan José Torres, pero también en las conversaciones que habíamos tenido.

Aquella noche, vestía zapatos negros bien lustrados, pantalones oscuros de traje y la chompa —como llaman en Bolivia al suéter— más famosa: roja, azul y blanca, de escote redondo. Con ella recorrió el mundo como presidente electo y fue noticia internacional. Se transformó en un símbolo desmesurado, porque ni sus colores ni su textura tienen relevancia alguna para él ni para su presidencia ni para sus bases. En junio, el cuello de la chompa ya estaba raído.

Al entrar en su despacho, indicó: “Siéntate ahí, donde lo hice sentar al embajador americano. No se dio cuenta y estaba bajo del retrato del Che”. Enfrente colgaba, simétrico, uno de Evo: ambos son de hoja de coca y se miran. Pero en ese ambiente no prevalece el verde, sino el azul chillón de los sillones.

—¿Cómo está la relación con los Estados Unidos? —le pregunté.

—Grave: han entrado marines disfrazados de estudiantes. Tengo informes confidenciales. Ya te mostraré.

Su vocero, Alex Contreras, avisó que una docena de fotógrafos entrarían al despacho. Pidieron que nos diésemos un abrazo.

—Como si estuviéramos en La Bombonera —me dijo y contó que quería organizar un acto en el estadio de Boca durante su próximo viaje a Buenos Aires.

—Voy a escribir un libro sobre vos. Necesito entrevistarte muchas veces, mucho tiempo, como aquella vez en 1995.

—Viaja conmigo por el país. Hablemos entre las concentraciones, los actos. Y ahora ven a ver a mi equipo de fulbito: jugamos contra los compañeros mineros.

A la media hora, lucía un uniforme celeste y su remera llevaba el número 16. El equipo presidencial parecía el de los Pitufos.

Mientras entraba en calor aleteando con los brazos, dio algunas indicaciones. Desde las gradas de cemento, unas cien personas seguían cada uno de sus gestos. No tiene mucha cintura, pero le pega bien a la pelota y a veces con potencia. Esa noche le alcanzó para hacer dos goles que apenas festejó. Sus rivales, cooperativistas mineros, parecían más atentos al besamanos previo que al partido. Tuvo su consecuencia: perdieron 7 a 2.

A la medianoche Morales estaba extenuado. Al día siguiente debía levantarse a las 4.30 para volar a Quito, donde asumiría como presidente de la Comunidad Andina de Naciones (CAN). Allí pasaría un sofocón con el presidente de Perú, Alejandro Toledo.

—Oye, Evo. La CAN no es un sindicato y tú no me vas a enseñar de Economía a mí —le dijo cuando su colega habló de exclusión y pobreza.

—Y si tú sólo puedes enseñar lo que dice el Banco Mundial.

—¿Cómo me dices eso? —se enfadó aún más Toledo.

—Sí, de aquí tú te vas a trabajar al Banco Mundial.

La reunión terminó ahí.

De martes a miércoles Evo durmió bien, como cada vez que duerme en la llanura o en el trópico.

MIÉRCOLES 14

A las 5.03 de la mañana un grupo de ministros y viceministros llenó la pequeña sala de entrada del Palacio Quemado. Había reunión de Gabinete con el Presidente. Pero mientras intentaban despertarse, se enteraron de que Morales no había podido salir de Iquitos, en la Amazonía peruana, por la niebla. “Habrá Gabinete igual”, informó la recepcionista, una policía de pelo rojizo y ondulado. Hubo tiempo, entonces, para que discutieran sobre un tema que les incumbe por igual: cómo levantarse a las 4.30. Un viceministro le explicó a un ministro que para despertarse en hora duerme con la televisión encendida y dormita hasta que suena el reloj-alarma. Bostezaban mientras se movían para calentar sus cuerpos: hacían dos grados centígrados de temperatura. Unos quince soldaditos, de uniforme rojo y blanco, mochila blanca y bayoneta, entraron al hall central repiqueteando.

Subí al baño del tercer piso. Había objetos que nada tienen que ver con este gobierno, como un cuadro con las banderas de los Estados Unidos y Bolivia que dice “Unidos en la lucha contra el narcotráfico”, y otros que sí, como banderas del Movimiento Al Socialismo (MAS) y máscaras de carnaval.

Tatiana, la jefa de Gabinete del Presidente, me dijo que habría lugar para mí en el avión con Morales hasta Villamontes, en el departamento de Tarija, pero no en el helicóptero que volaría hasta La Higuera, el pueblo donde fue asesinado Ernesto Che Guevara.

—Pero coordinaremos —agregó Tatiana.

Coordinaremos significa intentaremos arreglarlo. Habría que añadir: aunque resulte complicado. En general, no hay coordinación, pero los afanes gastados en que las cosas se arreglen forman parte integral de la bolivianidad.

Cuando faltaban quince minutos para las seis de la mañana, Álvaro García Linera, el vicepresidente de la República, entró en la oficina de Tatiana. Rígido en su traje negro sin corbata y con gabardina gris. Un mechón de pelo lacio y canoso que caía sobre la frente le daba un aire de skater maduro.

Tatiana le pasó una llamada del Presidente. Todavía no había salido de Iquitos.

—Jefazooo —se escuchó.

—Hola, hermano —contestó su vice—. Los periódicos salieron bien: le dan buena cobertura a tu viaje… Sí, esos dos grupos mineros están en pugna. Lo que tenemos que hacer es buscar un punto intermedio. Bueno, hermano, abrazo.

Después de cortar, contó que había pedido dos cosas: que le llevaran jean y zapatillas y que yo viajara en su avión. Antes de perderse en un pasillo, le preguntó a Tatiana qué decretos debía firmar. La sencillez hacía que la oficina pareciera una casa de correos o un club de fútbol, nunca esos cien metros cuadrados donde se toman las mayores decisiones de Estado.

Al rato decidieron un cambio de planes con los aviones. Evo viajaría en el 01 (el más grande de la flota presidencial), pero yo no podría subir en la escala de El Alto, donde cargaría combustible. Álvaro y los ministros usarían el avión 03. Me tocaría volar, junto a otras sesenta personas, en el Hércules.

En el trayecto al aeropuerto, un mayor de la policía indicó que los Hércules son seguros, pero ofreció un contraejemplo. “Hace diez años uno se cayó a un río o una laguna a minutos de despegar. Un almirante salió a flote, pero luego buceó para rescatar su billetera. Venía de vender algo o iba a comprar algo. Tenía tantos dólares que a los del equipo de rescate nos dio doscientos a cada uno.” La anécdota, de todos modos, no ayudó a que le perdiera miedo al Hércules.

El avión pertenece a la flota de Transporte Aéreo Boliviano. Un detalle lo singulariza: unos alambres unen la aleta de la cola del avión con las alas y la parte de adelante. Adentro parece una pequeña fábrica de metal con ventanas inalcanzables y tres filas de bancos con redes rojas de las que usan los paracaidistas. Su temperatura es de frigorífico. Los pasajeros (ministros, generales, coroneles, agentes de inteligencia, una enfermera y periodistas) se taparon con mantas hasta que los motores lo transformaron en un horno.

Algunos miembros de seguridad llevaban heladeras de telgopor.

—¿Es armamento, capi? —le pregunté al encargado de la seguridad del vicepresidente.

—No, es para el pescado que traeremos de Tarija. De regreso, el avión vendrá cargado con ese pescado que es una maravilla.

Dos horas después el Hércules aterrizó en Villamontes. E

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