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JOSEPH ANTON

Salman Rushdie  

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Fragmento

Prólogo

EL PRIMER MIRLO

Más adelante, cuando el mundo estallaba en torno a él y los mortíferos mirlos se apiñaban en el trepador del patio del colegio, se enfadó consigo mismo por haber olvidado el nombre de la periodista de la BBC que le anunció que su antigua vida había terminado y una existencia nueva, más tenebrosa, estaba a punto de empezar. Lo telefoneó a casa por su línea privada sin explicarle cómo había conseguido el número. «¿Qué siente uno –preguntó la periodista– al saber que el ayatolá Jomeini lo ha condenado a muerte?» Era un martes soleado en Londres, pero esa pregunta extinguió la luz. Esto fue lo que él dijo, sin saber en realidad qué decía: «Uno no se siente bien». Esto fue lo que pensó: Soy hombre muerto. Se preguntó cuántos días de vida le quedaban y concluyó que la respuesta era probablemente un número de una sola cifra. Colgó el auricular y corrió escalera abajo desde su cuarto de trabajo en la estrecha casa adosada de Islington donde vivía. Las ventanas del salón tenían postigos y, absurdamente, los cerró y atrancó. Luego echó el cerrojo a la puerta de entrada.

Era el día de San Valentín, pero desde hacía un tiempo no se llevaba bien con su mujer, la novelista estadounidense Marianne Wiggins. Seis días antes ella le había dicho que no era feliz en su matrimonio, que «ya no se sentía a gusto con él», pese a que llevaban casados poco más de un año, y también él sabía ya que aquello había sido un error. En ese momento ella lo miraba con extrañeza mientras él, nervioso, iba de un lado a otro de la casa, corriendo cortinas, comprobando los pestillos de las ventanas, galvanizado todo él a causa de la noticia como si circulara por su cuerpo una corriente eléctrica, y tuvo que explicarle qué ocurría. Ella reaccionó bien: empezó a plantear qué debían hacer a continuación. Empleó la primera persona del plural. Eso fue una demostración de valor.

Llegó un coche a la casa, enviado por la CBS. Tenía una cita en los estudios de la cadena norteamericana en Bowater House, Knightsbridge, para una aparición en directo, vía satélite, en su programa de entrevistas matutino. «Debo ir –dijo él–. Es en directo. No puedo dejar de presentarme sin más.» Un rato después, esa misma mañana, tenía lugar el oficio conmemorativo por su amigo Bruce Chatwin en la iglesia ortodoxa de Moscow Road, en Bayswater. Menos de dos años antes él había celebrado su cuadragésimo cumpleaños en Homer End, la casa de Bruce en Oxfordshire. Ahora Bruce había muerto de sida, y la muerte llamaba también a su puerta. «¿Y el oficio?», preguntó su mujer. Él no tenía una respuesta para ella. Abrió la puerta de la calle, salió, subió al coche y se lo llevaron, y si bien él aún no lo sabía –razón por la cual no atribuyó un significado especial al momento de abandonar su hogar–, no regresaría a esa casa, donde vivía desde hacía un lustro, hasta pasados tres años, y para entonces ya no era suya.

En Bodega Bay, California, los niños cantan en el aula una canción sin sentido. «She combed her hair but once a year, ristle-te, rostle-te, mo, mo, mo.» Fuera del colegio sopla un viento frío. Un solo mirlo desciende del cielo y se posa en el trepador del patio. La canción de los niños es un rondel. Tiene principio pero no fin. Da vueltas y vueltas. «With every stroke she shed a tear, ristle-te, rostle-te, hey bombosity, knickety-knackety, retroquo-quality, willoby-wallaby, mo, mo, mo.» Hay cuatro mirlos en el trepador, y llega un quinto. Dentro del colegio los niños cantan. Ahora hay centenares de mirlos en el trepador y millares inundan el cielo, como una plaga de Egipto. Ha empezado una canción para la que no hay final.

Cuando el primer mirlo baja a posarse en el trepador, parece individual, particular, específico. No es necesario inferir de su presencia una teoría general, un orden de cosas más amplio. Más tarde, cuando se ha desatado ya la plaga, para la gente es fácil ver ese primer mirlo como un augurio. Pero cuando llega al trepador, no es más que un pájaro.

En los años posteriores él soñará con esta escena, comprendiendo que su propia historia es una especie de prólogo: el relato del momento en que se posa el primer mirlo. Al principio, trata solo de él; es individual, particular, específico. Nadie tiende a extraer conclusiones de ello. Transcurrirán una docena de años y más antes de que la historia crezca hasta colmar el cielo, como el arcángel Gabriel de pie en el horizonte, como un par de aviones en pleno vuelo incrustándose en altos edificios, como la plaga de pájaros asesinos de la gran película de Alfred Hitchcock.

Ese día, en las oficinas de la CBS, él era la gran noticia de cabecera. En la sala de redacción y en varios monitores, la gente empleaba ya la palabra que pronto sería su cruz. La usaban como si fuera sinónimo de «pena de muerte», y él deseó precisar, pedantemente, que no era ese su significado. Pero a partir de entonces significaría eso para casi todo el mundo. Y también para él.

Fetua.

«Comunico al orgulloso pueblo musulmán del mundo que el autor del libro Los versos satánicos –libro contra el islam, el Profeta y el Corán– y todos los que hayan participado en su publicación conociendo su contenido están condenados a muerte. Pido a todos los musulmanes que los ejecuten allí donde los encuentren.» Alguien le entregó una copia del texto mientras lo acompañaban al estudio para la entrevista. Una vez más su antiguo yo deseó plantear un reparo, ahora con relación a la palabra «condenados». Aquello no era una condena decidida por un tribunal que él reconociese como tal,

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