Loading...

JUEGOS DE PASIóN (PSI/CAMBIANTES 9)

Nalini Singh

0


Fragmento

1

Indigo se limpió la lluvia de la cara, despejándola apenas una fracción de segundo. El aguacero continuaba con incesante furia, golpeando como balas de hielo contra su piel y haciendo impenetrable el oscuro bosque nocturno. Agachó la cabeza para hablar por el micrófono resistente al agua que llevaba sujeto al cuello de su camiseta negra.

—¿Le tienes en tu campo de visión?

La voz que le respondió era profunda, familiar, y en aquel instante mostraba una concentración letal.

—Noroeste, a ochocientos metros. Voy hacia ti. —Noroeste, a ochocientos metros —repitió Indigo para cerciorarse de que había entendido bien.

El oído de los cambiantes era muy agudo, pero la lluvia era torrencial y repicaba contra su cráneo de tal forma que hasta en el auricular de alta tecnología que llevaba en el oído se escuchaba ruido.

—Indy, ten cuidado. Se comporta como un lobo feroz. En circunstancias normales le habría gruñido por utilizar ese ridículo apodo. Esa noche estaba demasiado preocupada.

Recibe antes que nadie historias como ésta

—Lo mismo digo. En ese primer encontronazo ya te ha herido.

—Es una herida superficial. Voy a callarme ya.

Indigo se retiró el pelo de la cara, inspiró hondo en aquel húmedo ambiente y comenzó a moverse hacia su presa. Su colega cazador tenía razón; una maniobra envolvente era su mejor opción de atrapar a Joshua sin causar daños. A Indigo se le encogió el estómago y su corazón se llenó de pesar. No quería tener que hacerle daño. Ni tampoco el rastreador que seguía la pista del chico..., razón por la que el lobo más grande y fuerte había resultado herido en el enfrentamiento previo.

Pero tendría que hacérselo si no conseguía que Joshua se apartara del precipicio; el chico estaba tan sumido en la angustia y el tormento que había sucumbido a su lobo. Y el lobo, joven y fuera de control, había cogido esas emociones y las había transformado en cólera. Joshua era ahora una amenaza para el clan. Pero también era uno de los suyos. Derramarían su sangre por él, se ahogarían en aquella incesante lluvia por él, pero no lo ejecutarían hasta que hubieran agotado todas las opciones.

Una rama le arañó la mejilla al no moverse con suficiente rapidez bajo la incesante lluvia.

«Intenso. Hierro. Sangre.»

Indigo maldijo entre dientes. Joshua captaría su olor si no se andaba con cuidado. Levantó la cara y dejó que la lluvia le limpiara la sangre del corte. Pero el olor era demasiado penetrante, demasiado característico. Haciendo una mueca de dolor —su sanadora le arrancaría la piel por aquello— se agachó y se untó barro en la herida superficial. El olor se atenuó, se saturó de la tierra.

Eso serviría. Joshua estaba tan concentrado que no detectaría el sutil matiz que aún persistía.

—¿Dónde estás? —susurró sin emitir sonido alguno mientras atravesaba la lluviosa noche.

Joshua no había arrebatado ninguna vida aún, no había matado ni mutilado. Podían hacerle volver... si su dolor, el intenso y abrumador dolor de un joven al comienzo de la edad adulta, le permitía regresar.

Sopló una ráfaga de viento que llevó hasta ella el olor de su presa. Indigo aceleró el paso, confiando en los ojos de la loba que era su otra mitad, pues su vista era mejor en la oscuridad. Estaba aproximándose cuando el aullido de un lobo colérico rasgó el aire.

Gruñidos, el nauseabundo rechinar de los dientes, de nuevo un olor ferroso en el aire.

—¡No!

Adoptando una velocidad peligrosa, saltó sobre troncos caídos y los recién formados riachuelos de lodo y agua sin verlos en realidad, dirigiéndose hacia el lugar en que se estaba librando esa lucha. Tardó veinte segundos, tal vez; toda una eternidad.

Un relámpago restalló en el mismo instante en que llegó al pequeño claro en que luchaban y los vio recortados contra el negro y eléctrico cielo; dos cambiantes en forma de lobo, enzarzados en un combate. Cayeron al suelo cuando el relámpago se apagó pero todavía podía distinguirlos y siguió la pelea con absoluta concentración.

El rastreador, el cazador, era más grande; su empapado pelaje plateado, por lo general impresionante, parecía negro, pero era el lobo más pequeño, de pelaje rojizo, el que iba ganando... porque el cazador se estaba reprimiendo, tratando de no matar al otro. Consciente de que le resultaría difícil desvestirse al tener la ropa empapada, Indigo se transformó tal y como estaba. Su ropa se desintegró en medio de un ardiente dolor y una dicha agónica, y su cuerpo se convirtió en una miríada de luces antes de adoptar la forma de una elegante loba con un cuerpo creado para correr.

Se metió de un salto en la pelea justo cuando el lobo rojizo —Joshua— le abría un tajo en el costado a su oponente. El lobo más grande agarró al adolescente del pescuezo.

Podría haberlo matado entonces, igual que antes, pero solo intentaba someterlo. Joshua, que estaba demasiado desquiciado como para hacer caso, lanzó un zarpazo en un intento de desgarrar la panza del cazador. Indigo saltó, enseñando los dientes. Sus patas aterrizaron sobre el lobo más pequeño, que no dejaba de forcejear y gruñir, sujetando su cuerpo contra el suelo.

Indigo no sabía cuánto tiempo estuvieron así, inmovilizando al violento lobo, negándose a dejar que diera aquel definitivo salto al precipicio. Los ojos del cazador se clavaron en los suyos. De un intenso color cobre en forma animal, eran tan poco corrientes que jamás había visto unos ojos parecidos en ningún otro lobo, cambiante o no. Se vislumbraba una profunda inteligencia en esa mirada, una inteligencia que la mayoría pasaba por alto debido a que era un hombre de risa fácil, encanto a raudales y una picardía descarada.

Muchos en el clan de los SnowDancer ni siquiera se daban cuenta de que era su rastreador, capaz de seguir la pista de lobos renegados en medio de la nieve, el viento y, como esa noche, de una lluvia torrencial. Y aunque no tenían por costumbre llamarlo cazador, también lo era, y su misión consistía en ejecutar a aquellos a los que no podían salvar. Pero Joshua comprendió a quién se enfrentaba. Porque se quedó inmóvil por fin, con el cuerpo laxo debajo de ellos.

Indigo le soltó con cuidado pero el chico no se levantó, ni siquiera cuando el lobo más grande hizo lo mismo. Preocupada, adoptó de nuevo forma humana y el cabello se le pegó a la espalda desnuda al instante. El rastreador se mantuvo en guardia a su lado, frotando su pelaje empapado contra su piel.

—Joshua —dijo agachándose para hablar con el chico, resuelta a arrancárselo de las garras al lobo que habitaba dentro de él—. Tu hermana está viva. La llevaste a tiempo a la enfermería.

No había ninguna señal de reconocimiento en aquellos ojos amarillo oscuro, pero si Indigo era teniente de los SnowDancer no era por rendirse con facilidad.

—Ha preguntado por ti, así que más vale que espabiles y te levantes. —Con la siguiente orden imprimió en su voz todo su instinto dominante—: Ahora. —El lobo parpadeó, ladeando la cabeza. Mientras Indigo observaba, se levantó con las patas temblorosas. Y cuando acercó la mano al lobo, este agachó la cabeza, gimoteando—. Chis —dijo agarrándole el hocico y mirando a esos brillantes ojos lobunos. Él apartó la mirada. Joshua era demasiado joven, demasiado sumiso en comparación con su fuerza como para desafiarla de ese modo—. No estoy enfadada —declaró asegurándose de que él escuchaba la verdad en sus palabras, en la forma en que le sujetaba, con firmeza aunque no con tanta fuerza como para causarle dolor—. Pero necesito que te transformes en humano.

El chico siguió sin establecer contacto visual. Pero la escuchaba, porque al cabo de un instante el aire se llenó de chispas de luz y, una fracción de segundo más tarde, arrodillado sobre la tierra había un joven, de catorce años casi recién cumplidos, con la cabeza gacha.

—¿De verdad está bien? —preguntó con voz ronca, con el lobo impreso en ella.

—¿Alguna vez te he mentido?
—Tenía que vigilarla, pero yo...
—Tú no has tenido la culpa. —Le puso los dedos bajo la mandíbula, centrándole mediante el tacto, con el contacto del clan—. Ha sido un desprendimiento de rocas; no habrías podido hacer nada. Tiene un brazo y dos costillas rotos y una cicatriz bastante guay en la ceja de la que ya está presumiendo.

El recital de heridas pareció estabilizar a Joshua.
—Eso es típico de ella. —Esbozó una sonrisa trémula, dirigiéndole una rápida y desconfiada mirada antes de volver a bajarla.

Con una sonrisa en los labios —pues si estaba asustado por las consecuencias de sus actos era porque ya había regresado—, Indigo sucumbió al alivio y le dio un suave mordisco en la oreja al cachorro. Este gritó. Luego sepultó la cara contra el cuello de ella.

—Lo siento.

Indigo le acarició la espalda con la mano.
—No pasa nada. Pero si vuelves a hacerlo, te arrancaré la piel a tiras y la usaré para hacerme unos nuevos cojines para el sillón. ¿Lo entiendes?

El chico esbozó otra sonrisa temblorosa, asintiendo con rapidez.

—Quiero irme a casa. —Tragó saliva y se volvió hacia el rastreador—. Gracias por no matarme. Siento haberte hecho salir bajo la lluvia.

El enorme lobo situado junto a Indigo, con la cola alzada en un gesto dominante, cerró sus peligrosísimas mandíbulas alrededor del cuello del chico. Joshua se mantuvo quieto, inmóvil, hasta que el rastreador le soltó. Disculpas aceptadas.

Haciendo un esfuerzo inútil para sacudirse la lluvia del pelo, Indigo miró al muchacho.

—No quiero que te transformes en lobo hasta dentro de una semana. —Al ver su expresión desolada, le tocó el hombro—. No es un castigo. Esta noche has estado muy cerca del límite. Es una estupidez correr riesgos.

—Vale, sí. —Hizo una pausa, con una sombra de vergüenza en los ojos—. Me está resultando difícil controlar al lobo. Como si fuera un crío otra vez.

Eso, pensó Indigo, explicaba su irracional reacción al accidente de su hermana. Tomó nota mental de patearle el culo a alguien. Los adolescentes y los jóvenes a veces tenían problemas de control; los profesores de Joshua tendrían que haber visto las señales.

—A veces pasa —le dijo con tono sereno y despreocupado—. A mí me sucedió cuando tenía más o menos tu edad, así que no hay por qué avergonzarse de ello. Acude directamente a mí si sientes que el lobo se está haciendo con el control. —Cambió a su forma animal, ante el evidente alivio del chico.

El trayecto hasta la guarida —una enorme red de túneles oculta en las entrañas del subsuelo de Sierra Nevada, California, lejos de los ojos de los enemigos— fue tranquilo; la lluvia había amainado al cabo de diez minutos. Un humano podría haberse escurrido y caído cien veces en el resbaladizo terreno pero la loba pisaba con firmeza, ya que sus patas estaban diseñadas para aumentar la estabilidad... y buscó la ruta más fácil para Joshua.

Indigo, con el rastreador situado detrás del chico, condujo a Joshua hasta la puerta abierta de par en par a un lado de lo que, por lo demás, parecía ser una escarpada cara rocosa, donde su temblorosa madre le esperaba con otro lobo, uno de pelaje plateado y dorado, con los ojos de un azul tan pálido que eran casi de hielo.

El chico se hincó de rodillas ante el alfa de los SnowDancer. Indigo y el rastreador se alejaron, con la tarea ya cumplida. El cachorro estaba a salvo... e iban a cuidar de él. En esos momentos necesitaban correr para deshacerse de parte de la tensión de esa noche. Por un instante llegó a pensar que tendrían que matar a Joshua. El chico había perdido la cabeza casi por completo cuando lograron acorralarle. Mirando hacia su acompañante al recordar aquello —el lobo de mayor tamaño había mantenido su ritmo sin esfuerzo— se dio cuenta de que él estaba sangrando.

I ...