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JURAMENTADA (EL ARCHIVO DE LAS TORMENTAS 3)

Brandon Sanderson

5


Fragmento

PRÓLOGO

Montreal, 2009

Aquella tarde hacía frío, frío canadiense. Teníamos un tiempo muerto y entonces mi amigo pronunció una oferta irrechazable.

—¿Me acompañas a buscar una librería?

Siempre que viajo, y más si es fuera de España, busco un nuevo libro que incorporar a mi colección. Mis presas suelen ser libros de cocina local —cuanto más raros, mejor—, joyas que no puedo conseguir en mis librerías habituales o internet. Pero hay algo que me anima a hacer el esfuerzo de viajar de vuelta a casa con un nuevo ejemplar, o varios, bajo el brazo o en la maleta. Primero, el conocer librerías de todo el mundo, en especial aquellas que desprenden un aroma a papel viejo en cuanto abres la puerta y la campanilla tintinea sobre tu cabeza. Esas en las que uno sabe que las baldas han soportado el peso de infinidad de libros que han ido saliendo para dejar sitio a otros nuevos. A veces me gusta imaginar qué libros han podido estar apoyados en según qué estanterías, cosas mías.

Hablo de lugares sagrados. No de supermercados de libros. Tú ya me entiendes.

Segundo, me encanta tener la oportunidad de cruzar unas palabras con quien me atienda, buscar la recomendación, el consejo, el contacto humano que nunca se separará del volumen que adquiero. Aportarle alma e historia a un libro que va a formar parte de mi biblioteca particular, a un libro que voy a ver, a veces sin darme ni cuenta, muchos de los días de mi vida.

Y tercero, tengo por costumbre pedir que estampen en una de sus primeras páginas, en las que suele figurar el título, autor o dedicatoria, el sello identificativo del establecimiento. Eso le confiere una especie de huella o cicatriz, una trazabilidad —en las cocinas utilizamos mucho este término— que va a figurar junto a mi ex libris, que voy a poner en esa misma página en cuanto llegue a casa.

Me gusta que sea así.

Pero ese día, no iba a serlo.

El que había pronunciado la oferta irrechazable era Antonio Saura, gran amigo y gran conocedor y lector de ciencia ficción y fantástica. Yo iba al tuntún, sin saber bien lo que buscaba más allá de algún recetario de cocina canadiense o algún volumen culinario que llamase mi atención. Antonio iba buscando una nueva entrega de un autor de literatura fantástica llamado Brandon Sanderson.

—No me suena de nada.

Antonio meneó la cabeza con incredulidad y me puso en las manos —en inglés— el primer tomo de la trilogía Nacidos de la Bruma.

—Vete a la caja y no peques más —dijo, como si aquel simple acto pudiera remediar el que, a su juicio, era un pecado de omisión injustificable.

Antonio me conoce bien. Sabe que siempre hago caso de los consejos de un amigo, y que cuando un autor me gusta, me compro todo lo que haya publicado. Menos mal que en aquella época Sanderson solo tenía tres libros en castellano: esta anécdota podría haber ocurrido años después, y al ritmo de producción de Sanderson adquirir todos sus volúmenes disponibles en castellano hubiese supuesto un dispendio considerable.

Y fue entonces, en 2009, cuando arranqué con Elantris.

Yo trabajaba a turno partido en el restaurante, es decir que por la tarde me quedaban unas horas libres para descansar un rato hasta que llegase el momento de volver a la cocina para afrontar las cenas.

Cada minuto que tenía libre en el trabajo del restaurante lo dedicaba a viajar a Elantris.

Pero se me acabó enseguida. Menos de dos días, y eso que lo había leído en inglés, en el que todavía no me manejaba como ahora, y tenía que hacerlo con el diccionario al lado.

Así que hice lo que tocaba, empezar El imperio final, continuar con El pozo de la ascensión, y me pasó lo mismo. A los pocos días estaba esperando impaciente que se publicase en castellano El héroe de las eras. Exactamente igual que le había pasado a mi amigo.

Sanderson se dibujó para mí como un autor fresco, diferente, original y sorprendente, capaz de sumergirme en un mundo que era suyo, pero donde yo tenía cabida: el Cosmere, un universo fantástico creado por su autor, suyo y solo suyo, que se rige por sus normas inalterables, aunque no por eso estáticas. Ahí es donde se alojan los mundos en los que ocurren sus novelas.

Yo no sé a ti, pero a mí solo de pensarlo se me eriza el vello de la emoción.

Los mundos que se alojan en el Cosmere son únicos, no se parecen en nada al resto de los que los lectores de fantástica estamos acostumbrados. Los escenarios son diferentes, están construidos desde una concepción distinta de los lugares, los espacios o los escenarios habituales y ya tan manidos.

Algunos son traslaciones de nuestro planeta, magnificadas o minimizadas, modeladas o transformadas, y otros han nacido directamente de la imaginación prolífica de Brandon Sanderson, quien no para de observar nuestro universo para construir el suyo y devolvérnoslo como nuestro.

Esa es para mí una de las mayores capacidades del autor: crear mundos a partir de lo conocido, pasar este por su tamiz y medir con una exactitud milimétrica la cantidad exacta de magia, fantasía, mitología y realidad que crean ese espacio literario único que no quieres abandonar. En el que descubres más y más cualidades que Sanderson se va encargando de enseñarte poco a poco. Sin nunca contradecirse, sin hacer trampas ni aplicar decorados que no tengan sentido ni razón.

Si bien el Cosmere está en constante construcción y desarrollo, voy a poner este universo en situación conforme a lo que sabemos hasta ahora.

No es necesario tener conocimientos acerca de cómo se creó el Cosmere o cómo se rige, pero toda información ayuda a anticipar el disfrute de lo que vamos a consumir, de la misma forma que un sumiller puede anticipar de forma astuta los matices de una añada de especial bouquet que pone delante del comensal.

El punto primigenio de creación es Adonalsium —llámalo Dios, llámalo energía—, que contenía el poder de crear, transformar y destruir tanto energía como cantidades ingentes de Magia.

En un momento (y sin que aún sepamos el porqué) Adonalsium estalla violentamente, se rompe en 16 fragmentos y estos van a parar a algunos de los diferentes mundos que formaban parte del sistema galáctico del Cosmere. Estos 16 pedazos se llaman Esquirlas de Adonalsium y se han repartido por la galaxia, teniendo cada uno de ellos diversas cualidades y poderes que precisan de diferentes personajes para dominarlas. Estos personajes que portan los fragmentos obtuvieron una parte del poder de la Divinidad asociada a las cualidades del poder de Adonalsium. Este punto de partida permite a Brandon Sanderson desarrollar distintos espacios, los mundos, diferentes reglas en cada uno de ellos y diversos personajes que lo habitan y hacen avanzar la historia.

La obra de Sanderson en lo que a la creación de mundos se refiere es absolutamente mastodóntica y plagada de líneas secantes, tal y como nos muestra en sus tablas mágicas, para que se relacionen entre sí y todo funcione.

No existe el azar en el Cosmere, siempre hay una razón para todo, un motivo y un respeto reverencial a las normas que rigen el mundo en el que Brandon Sanderson nos sumerge. Él es el Dios de su mundo y todo ocurre bajo su tutela, pero no por esto es caprichoso, sino audaz; no es tramposo, sino eficaz.

Conoceremos seres increíbles, innumerables razas con capacidades, orígenes e historias diversos y apasionantes. Algunos de esos seres habitaban el Cosmere antes del estallido de Adonalsium y otros no, algunos recibieron unos fragmentos determinados y otros no, la magia está presente en algunos planetas o no lo está, y así ocurren cosas diferentes en los mundos.

Cualquiera de los reinos es válido para que Sanderson cree una especie, un ser, un motivo o una razón para existir y formar parte de una obra gigantesca. Ninguno de los personajes pasa inadvertido ni está sin cumplir una función, que, aunque aparentemente no sea de importancia en un principio, siempre termina teniendo su sentido.

La magia reside y fluye en el Cosmere, ¡¡y cómo!!

Estas vienen definidas por el fragmento de Adonalsium que cayó en cada uno de los mundos.

Las magias de los metales de Nacidos de la Bruma en el planeta Scadrial (Alomancia y Feruquimia), o la de los colores en El aliento de los dioses (íntimamente ligada a cierto personaje y que también aparece en Palabras radiantes), o de las piedras cargadas con energía de las tormentas en El camino de los reyes, magias nunca antes vistas y sorprendentemente cercanas, entendibles y casi reconocibles.

La magia en manos de Brandon Sanderson no es una excusa, no es un recurso para hacer que las cosas pasen sin tener que explicar nada —A wizard did it!—. La magia tiene sus reglas, sus normas, y estas están ahí puestas por su creador desde el principio, a la vista, para que nada quede más escondido de lo que debe.

La magia dibuja al personaje, complementa y hace más comprensible el mundo en el que estamos, y, sobre todo, dota de voluntad y magnificencia a muchos de los protagonistas, forma parte de la construcción del mundo en el que nos movemos. Es un todo con el resto. Los mundos del Cosmere no se entienden sin magia, y a su vez no se entiende la magia fruto de la imaginación de Sanderson sin sus mundos únicos y diría que casi posibles, al menos en parte.

Existe una magia que me parece aún más alucinante, la magia de que los lectores podamos «vivir» en el Cosmere, sentir que el espacio fantástico no lo es tanto, que nos es cercano y reconocible, si hasta casi parece que podamos haber pisado sus calles, donde las haya, o mirado al fondo de sus abismos. Es todo tan familiar que parece que hayamos hablado alguna vez con los habitantes que pueblan las páginas de la saga, que hayamos acariciado sus ropajes y oteado sus horizontes.

Y por fin llega a las librerías la esperada continuación de El Archivo de las Tormentas.

La gran obra monumental de Brandon Sanderson.

Esa obra en la que todos sus admiradores queremos degustar, descubriendo página a página los destinos y aventuras de nuestros personajes favoritos.

Ya tenemos en nuestras manos Juramentada.

Si estás leyendo este prólogo es que ya acompañaste a Kaladin, Shallan, Jasnah, Eshonai, el Asesino Blanco y el resto de personajes en los dos volúmenes anteriores, El camino de los reyes y Palabras radiantes, y también que conoces la historia de la ladronzuela Lift, que acontece en Danzante del Filo, novelita incluida en Arcanum ilimitado. Supongo que has visitado Roshar, el mundo donde discurre esta monumental historia. Que ya conoces y has visto, en las magníficas ilustraciones que Brandon Sanderson ha decidido utilizar para salpicar sus novelas, a los principales personajes que nos llevan de lado a lado, incluidos Hoid, las razas y especies de seres, la ecología que compone este entramado. Que ya has explorado los misterios de las llanuras quebradas, o al menos alguno de ellos, y has disfrutado del poder de las hojas y armaduras esquirladas.

Relájate, tómate tu tiempo. Lo que viene ahora es... No. No escribiré nada más.

Da un paso adelante, viajero, y descubre por ti mismo lo que te espera.

Alberto Chicote

Abril, 2018

INTRODUCCIÓN Y AGRADECIMIENTOS

¡Bienvenidos a Juramentada! He dedicado mucho tiempo a escribir este libro y os agradezco que hayáis tenido paciencia. Los libros de El Archivo de las Tormentas son unos proyectos inmensos, como quizá podáis colegir de la larga lista de nombres que tenéis más adelante.

Si no habéis tenido ocasión de leer Danzante del Filo, una novela corta de El Archivo de las Tormentas que transcurre entre el segundo y este tercer libro, os recomiendo que lo hagáis ya. La encontraréis en la antología Arcanum ilimitado, compuesta de novelas cortas y relatos ambientados por todo el Cosmere (el universo en el que tiene lugar esta serie y también», Elantris, El aliento de los dioses y otras).

Dicho eso, como de costumbre mencionaré que cada serie está escrita para poder leerla y disfrutarla por sí misma, sin necesidad de tener conocimientos sobre otras series o novelas. Si os intriga el Cosmere, tenéis una explicación más larga escrita por mí en <brandonsanderson. com/cosmere>.

¡Y vamos con la ristra de nombres! Como digo muy a menudo, aunque sea mi nombre el que figura en la portada, es necesaria la participación de muchísima gente para ofreceros estos libros. Todos ellos merecen mi más sentido agradecimiento, y también el vuestro, por su esfuerzo incansable durante los tres años que ha costado escribir esta novela.

Mi principal agente para esta serie (y para todo lo demás) es el maravilloso Joshua Bilmes, de JABberwocky. Entre las demás personas de la agencia que han trabajado en ella están Brady McReynolds, Krystyna Lopez y Rebecca Eskildsen. También querría dar las gracias en especial a John Berlyne de Zeno, mi agente en el Reino Unido, y a todos los demás subagentes que trabajan con nosotros a lo largo y ancho del mundo.

Mi editor en Tor para este proyecto fue el siempre brillante Moshe Feder. Muchísimas gracias a Tom Doherty, que cree en el proyecto El Archivo de las Tormentas desde hace años, y a Devi Pillai, que me proporcionó una importantísima ayuda editorial durante la creación de esta novela.

También en Tor me ayudaron, entre otros, Robert Davis, Melissa Singer, Rachel Bass y Patty Garcia. Nathan Weaver fue nuestro gerente de producción, Irene Gallo nuestra directora artística y Carly Sommerstein nuestra revisora de estilo.

De Gollanz/Orion, mi editorial en Reino Unido, muchas gracias a Gillian Redfearn, Stevie Finegan y Charlotte Clay.

Nuestro corrector para este libro ha sido Terry McGarry, que ha hecho un trabajo excelente en muchas de mis novelas. El libro electrónico lo prepararon Victoria Wallis y Caitlin Buckley en Macmillan.

Mucha gente de mi propia empresa ha trabajado largas horas para crear este libro. Una novela de El Archivo de las Tormentas siempre es hora de dar el callo aquí en Dragonsteel, de modo que, por favor, levantadles el pulgar (o regaladle una cuña de queso, en el caso de Peter) la próxima vez que los veáis. Nuestra gerente y directora ejecutiva es mi encantadora esposa, Emily Sanderson. El vicepresidente y director editorial es el insistente Peter Ahlstrom. El director artístico es Isaac St3wart.

Nuestra gestora de envíos (y gracias a quien os llegan todos nuestros libros firmados y camisetas desde la tienda de brandonsanderson.com) es Kara Stewart. La editora de continuidad (y guardiana sagrada de nuestra wiki interna de continuidad) es Karen Ahlstrom. Adam Horne es mi asistente ejecutivo y director de publicidad y marketing. La asistente de Emily es Kathleen Dorsey Sanderson y nuestra secuaz ejecutiva es Emily «Mem» Grange.

El audiolibro está leído por mis narradores de audiolibros favoritos personales, Michael Kramer y Kate Reading. ¡Gracias otra vez a los dos por hacerle un hueco en vuestras agendas!

Juramentada mantiene la tradición de que El Archivo de las Tormentas incluya unas ilustraciones preciosas. De nuevo, tenemos una cubierta fantástica realizada por Michael Whelan, cuya atención al detalle nos ha traído una interpretación increíblemente exacta de Jasnah Kholin. Me encanta que Jasnah tenga un lugar donde brillar en la portada de este libro, y no dejo de sentirme honrado y agradecido de que Michael robe tiempo a su trabajo de galería para ilustrar el mundo de Roshar.

Es necesario contar con distintos artistas para recrear los estilos que pueden hallarse en la parafernalia de otro mundo, por lo que en esta ocasión hemos trabajado incluso con más ilustradores que en los libros previos. Dan dos Santos y Howard Lyon son los responsables de los cuadros de los Heraldos que hay en las guardas delantera y trasera del libro. Quería que el estilo de esas ilustraciones evocara los cuadros clásicos del Renacimiento y el romanticismo tardío, y tanto Dan como Howard superaron con creces mis expectativas. Sus ilustraciones no son solo grandes obras de arte para un libro, sino grandes obras de arte y punto, merecedoras de un lugar en cualquier galería.

Debo mencionar que Dan y Howard también aportaron su talento a las ilustraciones interiores, y también por ello les estoy agradecido. Las ilustraciones sobre moda de Dan son de tal calidad que perfectamente podrían haber ocupado la portada, y el trabajo en tinta de Howard para algunos de los nuevos iconos de capítulo es algo que espero ver más a menudo en futuros volúmenes.

Ben McSweeney vuelve a colaborar con nosotros y nos ofrece nueve ilustraciones del cuaderno de bocetos de Shallan. Pese a haberse mudado a otro continente, pese a tener otro trabajo muy exigente y pese a las necesidades de una familia en crecimiento, Ben siempre ha entregado unas ilustraciones de primera. Es un gran artista y un mejor ser humano.

También prestan su talento a este volumen con ilustraciones a página completa Miranda Meeks y Kelley Harris. Ambas han realizado un trabajo fantástico para nosotros en el pasado, y creo que esta vez también os encantarán sus contribuciones.

Además, una gran variedad de personas maravillosas han ayudado entre bambalinas como asesores o facilitando otros aspectos artísticos del libro. The David Rumsey Map Collection, Brent de Woodsounds Flutes, Angie and Michelle de Two Tone Press, Emily Dunlay, David y Doris Stewart, Shari Lyon, Payden McRoberts y Greg Davidson.

Entre los miembros de mi grupo de escritura para Juramentada (que a menudo han leído entregas semanales de entre cinco y ocho veces el tamaño normal) están Karen Ahlstrom, Peter Ahlstrom, Emily Sanderson, Eric James Stone, Darci Stone, Ben Olsen, Kaylynn ZoBell, Kathleen Dorsey Sanderson, Alan «Leyten del Puente Cuatro» Layton, Ethan «Cikatriz del Puente Cuatro» Skarstedt y Ben «No me pongas en el Puente Cuatro» Olsen.

Un agradecimiento muy especial para Chris «Jon» King por sus comentarios sobre unas escenas particularmente complicadas de Teft, a Will Hoyum por su asesoramiento sobre la paraplejia y a Mi’chelle Walker por sus consejos para unos pasajes relacionados con unos problemas de salud mental concretos.

Entre nuestros lectores beta se cuentan (respirad hondo) Aaron Biggs, Aaron Ford, Adam Hussey, Austin Hussey, Alice Arneson, Alyx Hoge, Aubree Pham, Bao Pham, Becca Horn Reppert, Bob Kluttz, Brandon Cole, Darci Cole, Brian T. Hill, Chris «Jon» King, Chris Kluwe, Cory Aitchison, David Behrens, Deana Covel Whitney, Eric Lake, Gary Singer, Ian McNatt, Jessica Ashcraft, Joel Phillips, Jory Phillips, Josh Walker, Mi’chelle Walker, Kalyani Poluri, Rahul Pantula, Kellyn Neumann, Kristina Kugler, Lyndsey «Lyn» Luther, Mark Lindberg, Marnie Peterson, Matt Wiens, Megan Kanne, Nathan «Natam» Goodrich, Nikki Ramsay, Paige Vest, Paul Christopher, Randy MacKay, Ravi Persaud, Richard Fife, Ross Newberry, Ryan «Drehy» Dreher Scott, Sarah «Saphy» Hansen, Sarah Fletcher, Shivam Bhatt, Steve Godecke, Ted Herman, Trae Cooper y William Juan.

Las coordinadoras de comentarios de los lectores beta fueron Kristina Kugler y Kellyn Neumann.

Entre nuestros lectores gamma repiten muchos de los lectores beta, además de: Benjamin R. Black, Chris «Gunner» McGrath, Christi Jacobsen, Corbett Rubert, Richard Rubert, el doctor Daniel Stange, David Han-Ting Chow, Donald Mustard III, Eric Warrington, Jared Gerlach, Jareth Greeff, Jesse Y. Horne, Joshua Combs, Justin Koford, Kendra Wilson, Kerry Morgan, Lindsey Andrus, Lingting Xu, Loggins Merrill, Marci Stringham, Matt Hatch, Scott Escujuri, Stephen Stinnet y Tyson Thorpe.

Como podéis ver, un libro como este supone un esfuerzo enorme. Sin la colaboración de todos los anteriores, tendríais en las manos un libro muy inferior a este.

Y como de costumbre, termino dando las gracias a mi familia: Emily Sanderson, Joel Sanderson, Dallin Sanderson y Oliver Sanderson. Les toca soportar a un marido/padre que pasa mucho tiempo en otro mundo, pensando en altas tormentas y Caballeros Radiantes.

Por último, ¡gracias a todos vosotros por apoyar estos libros! No siempre salen todo lo deprisa que me gustaría, pero eso se debe en parte a que quiero que sean tan perfectos como lo puedan ser. Sostenéis un volumen que llevo preparando y esbozando durante casi dos décadas. Espero que disfrutéis de vuestra estancia en Roshar.

Viaje antes que destino.

SEIS AÑOS ANTES

Eshonai siempre había dicho a su hermana que estaba segura de que les esperaba algo maravilloso más allá de la siguiente colina. Y luego, un día, había coronado una colina y hallado seres humanos.

Siempre había imaginado a los humanos, por la manera en que se cantaba sobre ellos, como monstruos oscuros y amorfos. En cambio, eran unas criaturas portentosas y estrambóticas. Hablaban sin ningún ritmo discernible. Llevaban ropajes más brillantes que el caparazón, pero no les crecía su propia armadura. Tenían tanto pavor a las tormentas que incluso para viajar se ocultaban dentro de vehículos.

Y lo más extraordinario de todo era que solo tenían una forma.

Al principio supuso que los humanos debían de haber olvidado sus formas, como una vez también hicieron los oyentes. Aquello le inspiró una afinidad instantánea hacia ellos.

Más de un año después de ese primer encuentro, Eshonai estaba canturreando al Ritmo del Asombro mientras ayudaba a descargar tambores del carro. Habían recorrido una gran distancia para visitar la patria humana, y con cada paso que daba iba notándose más y más abrumada. La experiencia culminaba allí, en la increíble ciudad de Kholinar y su espléndido palacio.

El cavernoso muelle de carga, en el lado occidental del palacio, era tan inmenso que ya acogía a los doscientos oyentes que habían llegado, y sin llenarse. De hecho, la mayoría de los oyentes no había podido asistir al banquete de arriba, donde estaba ratificándose el tratado entre los dos pueblos, pero de todos modos los alezi se habían ocupado de atenderlos, proporcionando una enorme cantidad de comida y bebida al grupo que había tenido que quedarse abajo.

Eshonai bajó del carro y contempló el muelle de carga, canturreando a Emoción. Cuando había asegurado a Venli que estaba decidida a cartografiar el mundo, había imaginado una vida de descubrimientos naturales. Desfiladeros y colinas, bosques y laits rebosantes de vida. Y durante todo ese tiempo, aquello había existido allí fuera, esperando justo más allá de su alcance.

Y también existían más oyentes.

Cuando Eshonai conoció por primera vez a los humanos, había visto a los pequeños oyentes que llevaban con ellos. Eran una desdichada tribu atrapada en la forma gris. Eshonai había dado por hecho que los humanos estaban cuidando de esas pobres almas sin canciones.

Ay, qué inocentes habían sido aquellos primeros encuentros.

Los oyentes cautivos no eran solo una pequeña tribu, sino representantes de una población inmensa. Y los humanos no habían estado cuidando de ellos.

Los humanos eran sus propietarios.

Un grupo de aquellos parshmenios, como los llamaban, se había congregado alrededor del círculo de trabajadores de Eshonai.

—Intentan ayudar todo el tiempo —dijo Gitgeth a Curiosidad. Negó con la cabeza y en su barba relucieron unos rubíes que casaban con los tonos rojos predominantes en su piel—. Los pequeños sinritmos quieren estar cerca de nosotros. Sienten que algo anda mal en sus mentes, te lo digo yo.

Eshonai le pasó un tambor del fondo del carro y empezó a canturrear a Curiosidad ella también.

—No os necesitamos —dijo a Paz, extendiendo los brazos a los lados—. Preferiríamos manipular nosotros los tambores.

Los carentes de canciones la miraron con ojos apagados.

—Marchaos —dijo al Ritmo de la Súplica mientras señalaba las celebraciones de alrededor, con oyentes y siervos humanos riendo juntos, pese a la barrera del idioma. Los humanos daban palmadas para acompañar las antiguas canciones que entonaban los oyentes—. Disfrutad.

Unos cuantos miraron hacia los festejos y ladearon la cabeza, pero no se movieron.

—No te harán caso —dijo Brianlia a Escepticismo, apoyando los brazos en un tambor cercano—. Sencillamente, no son capaces de imaginar siquiera lo que es vivir. Son propiedades, posesiones con las que comerciar.

¡Qué idea tan extraña! ¿Esclavos? Klade, una de los Cinco, había acudido a los esclavistas de Kholinar con la intención de comprar una persona, para comprobar si de verdad era posible. Ni siquiera había adquirido un parshmenio, porque había alezi a la venta. Al parecer, los parshmenios eran caros y se consideraban esclavos de calidad. Habían explicado ese hecho a los oyentes como si debiera inspirarles orgullo.

Eshonai canturreó a Curiosidad y señaló con el mentón a un lado, mirando hacia los otros. Gitgeth sonrió y emprendió el Ritmo de la Paz, haciéndole un gesto para que se marchara. Todos estaban acostumbrados a que Eshonai desapareciera en pleno trabajo. No era que no fuese fiable... o bueno, quizá sí, pero al menos era consistente.

De todos modos, pronto la reclamarían en la celebración del rey; no en vano era una de las mejores oyentes en el apagado idioma humano, que había aprendido casi como una segunda lengua materna. Era una ventaja que le había valido un puesto en aquella expedición, pero también suponía un problema. Hablar el idioma humano la volvía importante, y la gente que cobraba demasiada importancia no tenía permitido marcharse en pos del horizonte.

Dejó el muelle de carga y subió los escalones del palacio en sí, tratando de fijarse en los ornamentos, en el arte, en la abrumadora maravilla que era el edificio. Hermoso y terrible. El lugar lo mantenían personas compradas y vendidas, pero ¿era eso lo que concedía a los humanos el tiempo para crear grandes obras de arte, como las tallas de las columnas que iba dejando atrás o el taraceado en el mármol del suelo?

Pasó junto a soldados que llevaban sus caparazones artificiales. Eshonai no tenía armadura propia en ese momento: llevaba la forma de trabajo y no la de guerra, porque le gustaba su flexibilidad.

Los humanos no tenían elección. No era que hubieran perdido sus formas, como había supuesto al principio, sino que ¡solo tenían una! Estaban siempre en forma carnal, forma de trabajo y forma de guerra al mismo tiempo. Y las emociones asomaban a sus rasgos mucho más que en los oyentes. Sí, el pueblo de Eshonai sonreía, lloraba, reía, pero no como los alezi.

El nivel inferior del palacio se componía de amplios salones y galerías, iluminados por gemas talladas con esmero que hacían destellar la luz. Había candelabros colgados del techo, soles partidos que derramaban su luz por todas partes. Quizá la apariencia llana de los cuerpos humanos, con su insulsa piel en distintos tonos de moreno, era otro motivo de que anhelaran adornarlo todo, desde sus vestimentas hasta aquellas columnas.

«¿Podríamos hacer esto nosotros? —se preguntó, tarareando a Apreciación—. ¿Si conociéramos la forma correcta para crear arte?»

Las plantas superiores del palacio se parecían más a túneles. Angostos pasillos de piedra y estancias que eran como refugios tallados en la ladera de un monte. Se dirigió hacia el salón del banquete para averiguar si la necesitaban, pero iba deteniéndose de vez en cuando para echar vistazos rápidos a las habitaciones. Le habían dicho que podía ir allá donde quisiera, que el palacio estaba abierto a ella exceptuando las zonas con guardias en la entrada.

Pasó frente a una sala con pinturas en todas las paredes, y luego frente a otra con una cama y muebles. Otra puerta abierta le reveló un excusado interior con agua caliente, una maravilla que seguía sin comprender.

Curioseó en una docena de estancias. Mientras llegara a la celebración del rey a tiempo para la música, Klade y el resto de los Cinco no se quejarían. Eran igual de conscientes de sus costumbres que todos los demás. Eshonai siempre vagabundeaba, siempre lo investigaba todo, siempre escrutaba por las rendijas de las puertas...

... ¿y encontraba al rey?

Se quedó petrificada, junto a la puerta entreabierta que le permitía ver una lujosa sala con una gruesa alfombra roja y las paredes cubiertas de estanterías con libros. ¡Cuánta información dejada por ahí de cualquier modo, sin hacerle mucho caso! Pero lo más sorprendente era que en la sala estaba el rey Gavilar en persona, señalando algo en una mesa y rodeado de otras cinco personas: dos oficiales, dos mujeres con largos vestidos y un anciano con túnica.

¿Por qué no estaba Gavilar en el banquete? ¿Por qué no había guardias en la puerta? Eshonai armonizó al Ritmo de la Ansiedad y retrocedió, pero no antes de que una de las mujeres llamara la atención de Gavilar y señalara hacia ella. Con la Ansiedad atronando en su mente, tiró de la puerta para cerrarla.

Al momento, salió al pasillo un hombre uniformado.

—Al rey le gustaría hablar contigo, parshendi.

Eshonai fingió confusión.

—¿Señor? ¿Palabras?

—No seas tímida —dijo el soldado—. Eres una intérprete. Pasa. No estás en apuros.

Sacudida por la Ansiedad, se dejó acompañar por el hombre al interior de la sala.

—Gracias, Meridas —dijo Gavilar—. Dejadnos todos a solas un momento.

Los demás se marcharon, dejando a Eshonai en la puerta armonizando a Consuelo y canturreándolo en voz alta, aunque los humanos no fuesen a captar su significado.

—Eshonai —dijo el rey—, tengo una cosa que enseñarte.

¿El rey sabía cómo se llamaba? Eshonai se internó en la pequeña y cálida sala, con el torso rodeado con firmeza por sus brazos. No entendía a ese hombre. No era solo su forma de hablar ajena y muerta. No era solo el hecho de que no pudiera anticipar las emociones que podían bullir en su interior, donde competían las formas de guerra y carnal.

Más que ningún otro humano, aquel hombre la desconcertaba. ¿Por qué les había ofrecido un tratado tan favorable? Al principio había parecido un simple acomodo entre tribus. Pero eso había sido antes de ir a aquel lugar, de ver la ciudad y los ejércitos alezi. El pueblo de Eshonai una vez había poseído ciudades propias y legiones dignas de envidia. Lo sabían por las canciones.

Pero eso había sido mucho tiempo atrás. Los oyentes eran un fragmento de un pueblo perdido, traidores que habían abandonado a sus dioses para ser libres. Aquel hombre podría haber aplastado a los oyentes. En otra época habían dado por sentado que sus esquirlas, las armas que hasta el momento habían mantenido ocultas a los humanos, bastarían para protegerlos. Pero ya había visto más de una docena de hojas y armaduras esquirladas entre los alezi.

¿Por qué le sonreía de aquel modo? ¿Qué ocultaba al no cantar a ritmos que la tranquilizaran?

—Siéntate, Eshonai —pidió el rey—. No temas, pequeña exploradora. Llevo un tiempo queriendo hablar contigo. ¡Tu dominio de nuestro idioma no tiene igual!

Eshonai se sentó en una silla mientras Gavilar se inclinaba y sacaba algo de una carterita. Era una construcción de gemas y metal, trabajada con un diseño hermoso y brillando de luz tormentosa roja.

—¿Sabes lo que es esto? —preguntó el rey, pasándoselo con suavidad sobre la mesa.

—No, majestad.

—Es lo que llamamos un fabrial, un artilugio accionado por luz tormentosa. Este genera calor. Solo un poco, por desgracia, pero mi esposa está convencida de que las eruditas podrán crear uno que caliente una habitación entera. ¿No sería maravilloso? Se acabarían los fuegos humeantes en los hogares.

A Eshonai le parecía un objeto inerte, pero no lo dijo. Tarareó a Alabanza para que Gavilar se alegrara de hablarle del objeto y se lo tendió de vuelta.

—Fíjate bien —dijo el rey Gavilar—. Mira en sus profundidades. ¿Ves lo que se mueve dentro? Es un spren. Así es como funciona el artilugio.

«Cautivo como en una gema corazón —pensó ella, armonizando a Asombro—. ¿Han construido aparatos que imitan nuestra manera de aplicar las formas?» ¡Cuánto lograban los humanos, pese a sus limitaciones!

—Los abismoides no son vuestros dioses, ¿verdad?

—¿Cómo? —preguntó, armonizando a Escepticismo—. ¿Por qué esa pregunta?

«Qué giro más extraño en la conversación», pensó.

—Ah, es tan solo algo en lo que he estado pensando. —El rey recuperó el fabrial—. Mis oficiales se creen muy superiores porque creen que no tenéis secretos para ellos. Os toman por salvajes, pero se equivocan del todo. No sois salvajes. Sois un enclave de recuerdos, una ventana al pasado.

Se inclinó hacia delante y la luz del rubí escapó entre sus dedos.

—Necesito que transmitas un mensaje a vuestros líderes. ¿Los Cinco, se llaman? Tú puedes acercarte a ellos y a mí se me observa. Necesito su ayuda para lograr una cosa.

Eshonai canturreó a Ansiedad.

—Venga, venga —dijo él—. Voy a ayudaros, Eshonai. ¿Sabías que he descubierto cómo devolveros a vuestros dioses?

«No. —Musitó al Ritmo de los Terrores—. No.»

—Mis antepasados —continuó él, sosteniendo en alto el fabrial— fueron los primeros en averiguar cómo retener a un spren dentro de una gema. Y con una gema muy especial, puede contenerse incluso a un dios.

—Majestad —dijo ella, atreviéndose a coger la mano del rey. Él no podía sentir los ritmos. No lo sabía—. Por favor. Ya no adoramos a esos dioses. Los dejamos, los abandonamos.

—Ah, pero esto es por vuestro bien y por el nuestro. —Gavilar se levantó—. Vivimos sin honor, pues vuestros dioses una vez trajeron a los nuestros. Sin ellos, no tenemos poder. ¡El mundo está atrapado, Eshonai! Atrapado en un estado gris y sombrío de transición. —Miró hacia el techo—. Hay que unirlos. Necesito una amenaza. Solo el peligro logrará unirlos.

—¿Qué... qué estás diciendo? —preguntó ella a Ansiedad.

—Nuestros parshmenios esclavizados una vez fueron como vosotros. Luego, de algún modo, nosotros los despojamos de su capacidad de experimentar la transformación. Lo hicimos capturando a un spren, a uno antiguo e importantísimo. —La miró con los ojos verdes iluminados—. He visto cómo puede revertirse el proceso. Una nueva tormenta que hará salir de sus escondrijos a los Heraldos. Una nueva guerra.

—Un disparate. —Eshonai se puso de pie—. Nuestros dioses intentaron destruiros.

—Las antiguas Palabras deben pronunciarse de nuevo.

—No puedes... —Eshonai dejó la frase en el aire, reparando en que una mesa cercana estaba cubierta por un mapa. Era extenso, mostraba una tierra circundada por océanos... y estaba trazado con un arte que dejaba por tierra sus propios intentos.

Se acercó a la mesa, boquiabierta, con el Ritmo del Asombro vibrando en su mente. «Qué preciosidad.» Ni siquiera los grandiosos candelabros y las paredes talladas se le aproximaban. Aquello combinaba conocimiento y belleza en una fusión perfecta.

—Pensaba que te alegraría saber que somos aliados en buscar el regreso de vuestros dioses —dijo Gavilar. Eshonai casi pudo oír el Ritmo de la Reprimenda en sus palabras mortecinas—. Afirmáis temerlos, pero ¿por qué temer lo que os confirió la vida? Mi pueblo necesita unirse, y yo necesito un imperio que no se deshaga en luchas intestinas cuando yo no esté.

—¿De modo que buscas la guerra?

—Busco un final para algo que nunca hemos completado. Los míos fueron Radiantes una vez, y los tuyos, los parshmenios, fueron vibrantes. ¿A quién beneficia este mundo apagado en el que mi pueblo lucha contra sí mismo en inacabables escaramuzas, sin luz que los guíe, y tu pueblo está compuesto de cadáveres?

Eshonai volvió a mirar el mapa.

—¿Dónde... dónde están las Llanuras Quebradas? ¿Son esta parte de aquí?

—¡Eso que señalas es toda Natanatan, Eshonai! Las Llanuras Quebradas son esto. —Señaló una extensión poco más grande que su uña, cuando el mapa completo ocupaba toda la mesa.

Verlo le trajo una repentina y mareante perspectiva. ¿Aquello era el mundo? Había supuesto que en su viaje a Kholinar había recorrido casi la extensión completa del terreno. ¿Por qué no le habían enseñado aquello antes?

Le flaquearon las piernas y armonizó a Duelo. Volvió a dejarse caer en su silla, incapaz de mantenerse en pie.

«Qué inmenso.»

Gavilar se sacó algo del bolsillo. ¿Una esfera? Era algo oscuro, pero aun así, de algún modo brillaba. Como si tuviera... un aura de negrura, una luz fantasmal que no era luz. De un violeta tenue. Parecía absorber la luz de cuanto había alrededor. El rey lo dejó en la mesa, delante de ella.

—Lleva esto a los Cinco y explícales lo que te he contado. Diles que recuerden lo que fue una vez vuestro pueblo. Despertad, Eshonai.

Le dio una palmadita en el hombro y abandonó la sala. Eshonai se quedó contemplando aquella luz terrible, y recordando las canciones supo lo que era. Las formas de poder habían estado asociadas a una luz oscura, una luz procedente del rey de los dioses.

Recogió la esfera de la mesa y salió corriendo.

Cuando hubieron colocado los tambores, Eshonai insistió en unirse a los percusionistas. Una vía de escape para su ansiedad. Tocó al ritmo de su cabeza, con tanta fuerza como pudo, intentando con cada compás desterrar de su mente lo que le había dicho el rey.

Y las cosas que acababa de hacer.

Los Cinco habían estado sentados en la mesa principal, con los restos del último plato sin terminar.

—Pretende traer de vuelta a nuestros dioses —había dicho a los Cinco.

«Cierra los ojos. Concéntrate en los ritmos.»

—Puede hacerlo. Sabe muchísimo.

Los furiosos compases palpitando en su alma.

—Tenemos que hacer algo.

El esclavo de Klade era un asesino. Klade afirmaba que una voz, una voz que hablaba a los ritmos, la había llevado hasta el hombre, que le había confesado sus destrezas al interrogarlo. Al parecer, Venli había estado con Klade, aunque Eshonai no había visto a su hermana desde muy temprano aquel día.

Tras un debate encendido, los Cinco habían acordado que aquello era una señal de lo que debían hacer. Mucho tiempo atrás, los oyentes habían hecho acopio de valor para adoptar la forma gris y así poder escapar de sus dioses. Habían ansiado la libertad a cualquier precio.

Aquel día, el precio de conservar esa libertad sería alto.

Tocó los tambores. Sintió los ritmos. Sollozó quedamente, y no miró cuando el extraño asesino, con los ropajes amplios y blancos que le había proporcionado Klade, abandonó la sala. Había votado igual que los demás, a favor de aquella medida.

«Siente la paz de la música —decía siempre su madre—. Busca los ritmos. Busca las canciones.»

Se resistió cuando los demás se la llevaron. Sollozó al dejar atrás la música. Sollozó por su pueblo, que podría terminar destruido por los actos de aquella noche. Sollozó por el mundo, que quizá nunca supiera lo que los oyentes habían hecho por él.

Sollozó por el rey, a quien había condenado a muerte.

El sonido de los tambores fue cesando a su alrededor y la música moribunda resonó por los pasillos.

Sin duda, habrá quien se sienta amenazado por esta narración. Quizá unos pocos se sientan liberados. La mayoría, simplemente, sentirá que no debería existir.

De Juramentada, prólogo

Dalinar Kholin apareció en la visión de pie junto al recuerdo de un dios muerto.

Habían transcurrido seis días desde que sus fuerzas llegaran a Urithiru, la sagrada ciudad-torre de los Caballeros Radiantes. Habían huido de la llegada de una nueva y devastadora tormenta, buscando refugio a través de un antiguo portal. Estaban asentándose en su nuevo hogar oculto en las montañas.

Y aun así, Dalinar tenía la sensación de no saber nada. No era capaz de comprender la fuerza que combatía, y mucho menos la forma de derrotarla. Apenas comprendía la tormenta y su significado en el retorno de los Portadores del Vacío, antiguos enemigos de la humanidad.

De modo que acudía allí, a sus visiones. Pretendía extraer secretos al dios, llamado Honor o el Todopoderoso, que los había abandonado. Aquella visión concreta era la primera de todas las que había experimentado Dalinar. Comenzaba con él de pie junto a una imagen del dios en forma humana, ambos en lo alto de un risco desde el que se dominaba Kholinar, el hogar de Dalinar y sede del gobierno. En la visión, la ciudad había sido arrasada por una fuerza desconocida.

El Todopoderoso empezó a hablar, pero Dalinar le hizo caso omiso. Dalinar se había convertido en Caballero Radiante al vincular al mismísimo Padre Tormenta, al alma de la alta tormenta, el spren más poderoso de Roshar, y había descubierto que a partir de entonces podía reproducir sus visiones a voluntad. Ya había escuchado el monólogo tres veces, y lo había recitado al pie de la letra a Navani para que lo transcribiera.

En esa ocasión, Dalinar fue hasta el borde del precipicio y se arrodilló para contemplar las ruinas de Kholinar. El aire de allí tenía un olor seco, polvoriento y cálido. Forzó la vista, intentando captar algún detalle significativo entre el caos de edificios derrumbados. Incluso las hojas del viento, que una vez fueron majestuosas formaciones rocosas en forma de pico, con incontables estratos y variaciones, estaban hechas añicos.

El Todopoderoso siguió pronunciando su discurso. Aquellas visiones eran como un diario, una sucesión de mensajes inmersivos dejados atrás por el dios. Dalinar agradecía su ayuda, pero en ese momento le interesaban los detalles.

Escrutó el cielo y descubrió una ondulación en el aire, como calor alzándose de una piedra lejana. Un titilar del tamaño de un edificio.

—Padre Tormenta —dijo—, ¿puedes llevarme ahí abajo, a los escombros?

No se supone que debas bajar. Eso no forma parte de la visión.

—Olvida un momento lo que se supone que debo hacer —pidió Dalinar—. ¿Puedes hacerlo? ¿Puedes transportarme a esas ruinas?

El Padre Tormenta rugió. Era un ente extraño, conectado de algún modo con el dios muerto, pero no del todo lo mismo que el Todopoderoso. Por lo menos, ese día no estaba usando la voz que sacudía todos los huesos del cuerpo de Dalinar.

En un abrir y cerrar de ojos, Dalinar fue transportado. Ya no estaba en la cima del risco, sino en la llanura, ante las ruinas de la ciudad.

—Gracias —dijo Dalinar, mientras cruzaba a zancadas la escasa distancia que lo separaba de los escombros.

Solo habían pasado seis días desde que descubrieran Urithiru. Seis días desde el despertar de los parshendi, que habían obtenido extraños poderes y unos brillantes ojos rojizos. Seis días desde la llegada de la nueva tormenta, la tormenta eterna, una tempestad de truenos oscuros y relámpagos rojos.

Entre sus tropas había quienes la consideraban extinta, pasada, un acontecimiento catastrófico puntual. Pero Dalinar sabía que no era así. La tormenta eterna volvería, y no tardaría en alcanzar Shinovar, en el lejano oeste. Después de hacerlo, recorrería de nuevo la tierra.

Nadie daba crédito a sus advertencias. Los monarcas de lugares como Azir y Thaylenah reconocían que había aparecido una tormenta inusual por el este, pero no creían que fuese a volver.

No podían adivinar lo destructivo que sería el regreso de esa tormenta. En su primera aparición, había impactado contra la alta tormenta, generando un cataclismo único. Con un poco de suerte, por sí misma no sería tan destructiva, pero no dejaría de ser una tormenta que soplaba desde el lado contrario. Y despertaría a los siervos parshmenios del mundo para transformarlos en Portadores del Vacío.

¿Qué esperas descubrir?, preguntó el Padre Tormenta mientras Dalinar llegaba a los escombros de la ciudad. La visión se construyó para llevarte al risco y que hablaras con Honor. Todo lo demás es un escenario, un cuadro.

—Honor puso aquí estos cascotes —respondió Dalinar, señalando las murallas destruidas que se apilaban ante él—. Escenario o no, su conocimiento del mundo y de nuestro enemigo no pudo sino afectar a la forma en que creó esta visión.

Dalinar escaló los restos de las murallas exteriores. Kholinar había sido... ¡Tormentas! Kholinar era una gran ciudad, como muy pocas en el mundo. En vez de acurrucarse a la sombra de un acantilado o cobijarse en la protección de un abismo, Kholinar confiaba en sus enormes murallas para resguardarla de los vientos de las altas tormentas. Desafiaba a los vientos y no se plegaba a las tormentas.

En esa visión, algo la había destruido de todos modos. Dalinar coronó los restos y estudió sus alrededores, tratando de imaginar cómo habría sido asentarse en aquel lugar hacía milenios. Cuando aún no había murallas. Los constructores de la ciudad habían sido una gente robusta y tozuda.

Vio raspones y hendiduras en la piedra de las murallas caídas, como los que haría un depredador en la carne de su presa. Las hojas del viento estaban destrozadas, y desde cerca distinguió marcas de zarpas también en una de ellas.

—He visto criaturas capaces de hacer esto —dijo, arrodillándose junto a una piedra y palpando el basto tajo en su superficie de granito—. En mis visiones, vi a un monstruo de piedra que se desgajaba de la roca subyacente.

»No hay cadáveres, pero imagino que será porque el Todopoderoso no pobló la ciudad en esta visión. Solo quería un símbolo de la destrucción que se avecina. No creía que Kholinar fuese a caer frente a la tormenta eterna, sino frente a los Portadores del Vacío.

Así es, confirmó el Padre Tormenta. La tormenta será una catástrofe, pero ni por asomo en la misma escala de lo que seguirá. De las tormentas puedes refugiarte, hijo de Honor. De nuestros enemigos, no.

Dado que los monarcas de Roshar se habían negado a escuchar la advertencia de Dalinar de que la tormenta eterna los alcanzaría pronto, ¿qué otra cosa podía hacer? Según los informes, la auténtica Kholinar era presa de las revueltas, y la reina había dejado de comunicarse. Los ejércitos de Dalinar habían salido cojeando de su primer enfrentamiento con los Portadores del Vacío, y hasta muchos de sus propios altos príncipes habían rechazado unirse a él en esa batalla.

Se avecinaba una guerra. Al despertar la Desolación, el enemigo había reavivado un conflicto que databa de milenios atrás, entre criaturas antiguas con motivaciones inescrutables y poderes desconocidos. Se suponía que debían aparecer los Heraldos para dirigir la carga contra los Portadores del Vacío. Los Caballeros Radiantes ya deberían estar establecidos, preparados y entrenados, dispuestos a enfrentarse al enemigo. En teoría, debían poder confiar en la guía del Todopoderoso.

Pero en vez de eso, Dalinar solo contaba con un puñado de nuevos Radiantes y no había la menor señal de que fuese a llegar ayuda de los Heraldos. Y, para colmo, el Todopoderoso, el mismísimo Dios, estaba muerto.

Y de algún modo, de todas formas, Dalinar debía salvar el mundo.

El suelo empezó a sacudirse: la visión concluía con la tierra hundiéndose. En lo alto del risco, el Todopoderoso habría terminado su discurso hacía pocos instantes.

Una última oleada de destrucción recorrió el terreno como una alta tormenta. Se trataba de una metáfora diseñada por el Todopoderoso para referirse a la oscuridad y la devastación que se cernían sobre la humanidad.

«Vuestras leyendas dicen que ganasteis —había dicho—. Pero la verdad es que perdimos. Y estamos perdiendo.»

El Padre Tormenta retumbó. Es hora de irnos.

—No —replicó Dalinar, alzándose sobre los escombros—. Déjame.

Pero...

—¡Déjame sentirlo!

La oleada de destrucción lo alcanzó y cayó contra Dalinar, que bramó en un gesto de desafío. ¡No se había inclinado ante la alta tormenta y no se inclinaría ante aquello! La afrontó con la frente bien alta, y en la descarga de poder que desmenuzó la tierra, vio algo.

Una luz dorada, brillante y aun así temible. De pie frente a ella, una silueta oscura con armadura esquirlada negra. La figura tenía nueve sombras, cada una extendida en una dirección distinta, y sus ojos refulgían en rojo.

Dalinar miró al fondo de esos ojos y notó que lo inundaba una sensación gélida. Aunque lo rodeaba una furiosa devastación que vaporizaba las rocas, aquellos ojos le daban aún más miedo. Percibió algo terriblemente familiar en ellos.

Era un peligro que superaba con mucho al de las tormentas.

Era el campeón del enemigo. Y se acercaba.

ÚNELOS. DEPRISA.

Dalinar dio un respingo mientras la visión se resquebrajaba. Se encontró sentado al lado de Navani en una tranquila sala de piedra en la ciudad-torre

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