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JUSTICIA CIEGA (DETECTIVE WILLIAM MONK 19)

Anne Perry  

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Fragmento

1

Hester dejó que pasara el coche de punto, cruzó Portpool Lane y entró en la clínica para prostitutas enfermas y heridas.

Ruby la vio y se le iluminó el rostro.

—¿Está la señorita Raleigh? —preguntó Hester.

Ruby dejó caer los hombros.

—Sí, señora, pero no tiene buen aspecto. Creía que estaba hecha para este trabajo, ¿no?, pero esta mañana cualquiera hubiese dicho que la habían dejado plantada en el altar. Llora sin parar, es algo increíble.

Hester quedó atónita. Josephine le había dicho que no tenía novio ni intenciones de abandonar la enfermería.

—¿Dónde está? ¿Lo sabe? —preguntó.

—Ha venido una mujer que había recibido una buena paliza, cubierta de sangre. Imagino que estará atendiéndola —contestó Ruby—. Aunque de eso debe de hacer una media hora.

—Gracias.

Hester se adentró en el pasillo por la puerta del fondo, preguntando por Josephine cada vez que topaba con alguien. Finalmente la encontró en la antigua despensa donde ahora guardaban las medicinas y demás provisiones, moviéndose entre las estanterías, contando y clasificando. Era una muchacha bonita, aunque tal vez su rostro tuviera demasiado carácter para ser convencionalmente guapa. Tenía las mejillas surcadas de lágrimas, la mirada perdida y los labios tan apretados que se le veían los músculos de la mandíbula y el cuello. Ni siquiera oyó entrar a Hester.

Hester cerró la puerta para asegurarse la máxima privacidad antes de hablar. Como siempre, fue directa. La medicina no es un arte que permita andarse con demasiados rodeos.

—¿Qué sucede? —preguntó con amabilidad.

Josephine se dio un susto y se volvió hacia Hester, pestañeando deprisa mientras las lágrimas incontrolables le resbalaban por el rostro.

—Perdón. Enseguida estaré bien.

Era obvio que la avergonzaba haber sido sorprendida dando rienda suelta a su aflicción cuando su cometido era aliviar el sufrimiento de los demás.

Con suma ternura, Hester apoyó una mano en el brazo de Josephine.

—Algo debe de ir muy mal para que esté tan disgustada. Ha visto heridas espantosas y cuidado a agonizantes. Algo que le haga padecer tanto no se resolverá en unos minutos. Cuénteme de qué se trata.

Josephine negó con la cabeza.

—En esto no puede ayudarme —respondió, con un nudo en la garganta—. Tengo que trabajar, en serio...

Hester no le soltó el brazo.

—Nadie puede hacer nada —prosiguió Josephine, tratando de zafarse.

Hester titubeó. ¿Sería impertinente insistir? Aquella joven le gustó desde el principio, pues era como si volviera a verse a sí misma y además conocía a la perfección los pesares y la soledad de los comienzos en aquella profesión. Había sentido una impotencia abrumadora cuando las cosas dejaban de tener remedio, dando paso a la realidad física de la agonía y la muerte, cuando lo único que se puede hacer es mirar. Todo eso se sumaba a los sinsabores normales de la juventud y la vida.

—Cuéntemelo de todos modos —dijo amablemente.

Josephine vaciló pero enseguida se irguió, aunque no sin esfuerzo. Tragó saliva y sacó un pañuelo para sonarse la nariz.

Hester aguardó, manteniendo la puerta cerrada. Nadie más podría entrar sin disponer de una llave.

—Mi madre murió hace mucho tiempo —comenzó Josephine—. Mi padre y yo estamos muy unidos. —Respiró hondo y procuró adoptar un tono de voz sereno, casi impasible, como si estuviera contando cifras para hacer un cálculo, algo sin la menor carga personal—. Desde hace poco más de un año asiste a una iglesia Inconformista. Hizo varios amigos entre la congregación. Encontró un grado de calidez que lo atrajo mucho más que el ritual de la Iglesia de Inglaterra, que le resultaba... frío. —Volvió a tragar saliva.

Hester no la interrumpió. Hasta ahí no había nada raro, y mucho menos desastroso. Jamás se le había ocurrido pensar que a Josephine le importara la religión que abrazase su padre mientras fuese más o menos cristiana. Una buena enfermera, y Josephine lo era, debía mostrarse pragmática y no poner objeciones a esa clase de cosas.

—Me explicó que hacen un montón de buenas obras —prosiguió Josephine tras soltar un suspiro—, tanto aquí, en Inglaterra, como en el extranjero. Necesitan dinero para suministrar alimentos, medicinas, ropa y demás entre quienes se hallan en circunstancias desesperadas.

Escrutó el semblante de Hester en busca de aprobación.

—Se diría que es algo muy cristiano —dijo Hester para llenar el silencio—. ¿Acaso no lo usaban para eso?

Josephine se mostró sorprendida.

—¡Sí, claro! Seguro que sí. ¡Pero pedían mucho! No paraban de insistir para que les diera más. No es un hombre acaudalado, pero siempre hablaba bien, vestía bien... No sé si entiende lo que quiero decir. Tal vez creían que era más rico de lo que realmente es.

Hester comenzó a comprender adónde conduciría todo aquello.

Josephine la miraba de hito en hito, como si se aferrara a una esperanza a pesar de lo que había dicho. Prosiguió con voz temblorosa.

—Le pedían dinero una y otra vez y a él le daba vergüenza rehusar. No es fácil admitir que no puedes permitirte dar más, sobre todo cuando te dicen que hay gente que pasa hambre y tú eres consciente de que puedes comer cada vez que quieras, aunque sea una comida sencilla.

Hester veía el sufrimiento que traslucía el rostro de la joven, sus ojos, las manos apretando el pañuelo. Estaba asustada, avergonzada y atormentada por la compasión.

—¿Insistían en que les diera más de lo que podía permitirse? —preguntó Hester en voz baja.

Josephine asintió, apretando la mandíbula con fuerza para dominar la emoción que crecía en su fuero interno.

—¿Es muy abultada la deuda? —prosiguió Hester.

Josephine asintió de nuevo, volviendo a adoptar una expresión de impotencia. Bajó la vista, evitando la mirada condenatoria que esperaba ver en los ojos de Hester.

De repente, un recuerdo desgarrador asaltó a Hester: el de su propio padre tal como lo había visto antes de marcharse a Crimea, una docena de años antes, cuando aquella muchacha era una niña. Había estado muy orgulloso de ella, viéndola emprender tan noble empresa. Olió otra vez el salitre del viento, oyó las gaviotas chillando y el crujir de cuerdas cuando el peso del barco tensaba las amarras al subir y bajar con la marea.

Aquella fue la última vez que lo vio. El motivo de su endeudamiento era diferente del de John Raleigh aunque también estuviera vinculado a la compasión y el honor, pero el sufrimiento que su deuda infringió a su familia fue el mismo. A él también lo habían presionado, para luego engañarlo. La vergüenza que sintió le llevó a quitarse la vida. Hester estaba entonces en Crimea, cuidando a hombres a quienes no conocía, y su familia se había enfrentado a esa pesadumbre sin ella. Su madre había sido incapaz de soportarlo y murió poco tiempo después, tras recibir la noticia de la muerte de su segundo hijo en Crimea.

Hester había llegado a Inglaterra para enfrentarse al dolor del único hermano que le quedaba y a su ira por no haber estado allí cuando tanto la necesitaban, en lugar de dedicar su tiempo y su compasión a desconocidos.

Todavía se mantenían distantes, tan solo se mandaban tarjetas por Navidad y alguna que otra carta formal y poco espontánea.

Hester conocía el pesar, la culpabilidad, la impotencia y la carga letal de las deudas mucho más de cerca de lo que Josephine Raleigh podía imaginar.

Cayó en la cuenta de que no había escuchado la respuesta de Josephine a su última pregunta. Se sintió tonta.

—Perdón —dijo con amabilidad—. Estaba pensando en una persona a quien amaba... que también sufrió una situación parecida. No tuve ocasión de ayudarlo porque estaba en Crimea con el ejército. No regresé a casa hasta que fue d

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