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JUSTO DESPUéS DEL MIEDO

Jorge Alberto Gudiño Hernández  

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Fragmento

Primera parte:
El bar de Flint


1

El bar de Flint es un galpón deteriorado al que se accede por medio de una ruinosa puerta de goznes herrumbrosos. Está perdido a la mitad de la nada, en medio de un muro que tiene algo de muralla. Se dice que en otra época, antes de que la ciudad se fuera al carajo por primera vez, era un sitio obligado para los taxistas. No puede ser cierto. Salvo por el arbotante fundido que apenas se distingue alzando la mirada, nada hay en este sitio que pudiera interesar a los viajeros.

Al traspasar la puerta abatible, por ejemplo, es como cualquier establecimiento de su tipo: algunas mesas recubiertas, bancos frente a la barra, dos pantallas sintonizando siempre canales deportivos, una mesa de carambola, dos dianas de tiro y una esquina en la que Lorna y Fiona, con sus nombres de princesas, desgranan sus vidas en volutas de humo mientras esperan algún cliente.

Ninguno de los habituales va con ellas salvo que la urgencia sea muy acuciante. Tú has pasado un buen rato con las dos en una noche estival de la que apenas obtienes imágenes aisladas: cuerpos fofos y sonrisas desdentadas unidos al estruendo del alcohol; quizá también la mirada lasciva de alguno de los presentes luchando por traspasar el ridículo cortinaje; una profunda melancolía durante el resto de la noche y las siguientes visitas en que no sabías cómo comportarte.

La verdad es que ignoras de qué viven pero eso mismo podrían preguntarse de ti. Lo poco que ganas en los dardos lo gastas en tarros de cerveza que Flint te hace llegar en una cadencia lenta pero constante. Embotar los sentidos, olvidar. Nadie tiene por qué saber los detalles del fideicomiso o el valor de la casa heredada, de sus muebles y sus cuadros. Prefieres dejarlos con la duda y el automatismo de los tragos servidos casi por inercia. Olvidar, aflojarse, dejar al tiempo hacer su trabajo.

Aunque eso fue varias semanas después de haber entrado por primera vez. Aquí no le sirven a cualquiera. No lo dejan estar sin más. Es un derecho que debiste ganarte tras volverte un habitual.


2

Llegaste al bar de Flint impulsado por el desprecio de Ilya. Al menos es lo que responderías si alguien te preguntara. No es que fuera mentira o, al menos, no del todo. El desprecio tiene múltiples carices; sus facetas se multiplican vítreas. Ilya escapó de tus brazos pero quizá nunca te había prometido nada. Si tú lo consideraste desprecio, no había razón para discutirlo.

Saliste casi corriendo de casa pero Ilya ya no estaba. La lluvia tenue, los pies descalzos sobre los charcos. Tu mirada se perdía a los lados de la calle. Apenas distinguías sombras, manchas, algún reflejo. Todos inmóviles. Volviste cuando el frío te hizo tiritar. Tal vez fue mejor no encontrarla. ¿Qué le habrías dicho bajo la lluvia? No le rogarías. Te bastaba con una explicación.

Adentro olía a Ilya. Su aroma impregna

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