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JóVENES POETAS REBELDES

Matthew M. Quick  

5


Fragmento

1. Él era un adulto y yo seguía siendo una niña

En la última pausa para el almuerzo antes de Navidad en mi tercer y penúltimo año de instituto, cuando llegué a la clase del señor Graves, él se encontraba lleno de una jovialidad festiva y mucho más sonriente de lo habitual. Llevábamos meses comiendo juntos y a solas. Aquel día, su mujer me había preparado un plato de galletas pizzelle; eso me hizo preguntarme qué le habría estado contando sobre mí. Las galletas parecían unos copos de nieve gigantes y sabían a regaliz negro. Nos tomamos una cada uno y, a continuación, el señor Graves me entregó una cajita envuelta en un papel azul salpicado con las siluetas de unos renos que lucían unas cornamentas enormes. No había recibido nunca un regalo de un profesor. Parecía importante.

—Solo una bobada de parte de alguien que evita la cafetería para otra persona que hace lo mismo.

Rasgué el envoltorio.

Dentro había una novela titulada La parca de chicle, escrita por Nigel Booker, encuadernada en rústica. La tapa estaba pegada al lomo del libro con papel celo, y las páginas se habían puesto amarillas. Olía como una tienda de campaña vieja que se hubiera tirado húmeda cincuenta años. Sobre la cubierta blanca había una de esas guadañas largas que lleva la muerte encapuchada, con la hoja curva en lo alto, salvo que estaba hecha entera de bolas irisadas de chicle, como si alguien las hubiera dispuesto así sobre un mármol blanco. La imagen era de lo más rara. Daba miedo y atraía al mismo tiempo.

Abrí el libro por la primera página.

La dedicatoria decía: «Para el foso de los arqueros».

«Estrafalario», pensé.

Pasé rápidamente aquellas hojas que tenían las esquinas dobladas y vi que alguien había subrayado muchísimos párrafos por todo el libro.

—Yo lo leí cuando tenía tu edad, y me cambió la vida —dijo el señor Graves—. Está descatalogado. Tal vez valga un dinero, pero no es el típico libro que uno vendería. Hace un tiempo lo escaneé entero y creé un archivo digital, y me prometí a mí mismo que le pasaría mi ejemplar al alumno apropiado cuando él o ella apareciese. Seguramente no será la obra más elevada de la literatura universal, quizá se haya quedado un poco anticuado, pero es un clásico de culto, y tengo la sensación de que podría ser la lectura perfecta para ti. Quizá, incluso, un rito de paso para gente como nosotros. Sea como sea, feliz Navidad, Nanette O’Hare.

Cuando le di un abrazo de agradecimiento al señor Graves, se quedó muy rígido y dijo:

—No es necesario todo eso —luego soltó una risa nerviosa mientras me apartaba con delicadeza.

En aquel momento me irritó que lo hiciese, pero después comprendí, más o menos, el motivo de sus precauciones. Vio antes que yo lo que se avecinaba, porque él era un adulto, y yo seguía siendo una niña.

Esa noche empecé a leer.

2. La historia estaba sin terminar

La parca de chicle trata de un chico que se hace llamar Wrigley porque es adicto a los chicles Wrigley, los dobles de menta. Dice que le calman los nervios, y los masca con tal furia (y tanta frecuencia) que los dolores de mandíbula son para él habituales e incluso sufre algún ataque ocasional de «mandíbula rígida». Nunca llega a decirte su verdadero nombre mientras lo sigues a lo largo de un año de instituto.

Wrigley se dedica sobre todo a observar a sus compañeros, de cuya compañía él no disfruta, y habla de «abandonar» constantemente, salvo que no sabes qué es lo que quiere «abandonar» a fin de cuentas. Busqué el libro en Google, y encontré teorías, páginas web enteras dedicadas a responder a esa pregunta. Hay quien piensa que Wrigley quiere suicidarse, y así «abandonar» la humanidad. Algunos creen que solo quiere dejar los estudios. Otros piensan que Wrigley está hablando de Dios y que en realidad quiere dejar de creer en un poder superior; creo que eso no lo pillo, porque el narrador no menciona a Dios ni una sola vez. Hay otros que especulan que Wrigley quiere abandonar Estados Unidos y que todo el libro trata del comunismo, pero, vuelvo a decir, no estoy segura de creer eso tampoco.

El problema es que Wrigley se enamora de una de las dos hermanas gemelas idénticas que se llaman Lena y Stella Thatch, salvo que no sabe a cuál de las dos ama. Esto sucede porque a una de ellas le gusta hablar con su tortuga, un macho que toma el sol en una piedra que asoma del agua del arroyo cerca del instituto al que asisten. Wrigley llama a esta tortuga Ted el Improductivo, porque se pasa todo el día plantado en la piedra sin hacer nada más que tomar el sol (cuánto me gusta ese apodo, me encanta: Ted el Improductivo). Oculto tras un roble, Wrigley escucha cómo una gemela le habla a la tortuga sobre sus temores y preocupaciones al respecto de algo horrible que ha hecho su padre, pero nunca llegas a saber con certeza de qué se trata. Lo que sí es seguro es que esta chica se pasa todo el rato al borde de las lágrimas. Wrigley escucha con paciencia todo cuanto la chica necesita expresar, y después, una vez se deja ver y ella se da cuenta de que ha oído hasta la última palabra, de inmediato intenta tranquilizar a la gemela: «Eso que acabas de decir. Todo. Lo comprendo. De verdad que sí. A mí también se me ocurren las mismas cosas… bueno, la mayoría». En un principio, ella se enfada por «el espionaje». Pero luego, Wrigley y ella tienen una charla increíble sobre la vida, sobre el instituto, sobre cómo no pueden ser sinceros «fuera del bosque» y sobre «abandonar sin más».

La tragedia se pone de manifiesto cuando Wrigley se marcha y la deja. De camino a casa, para su horror, se percata de que no le ha preguntado su nombre a la chica y que, por t

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