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KANT Y EL VESTIDO ROJO

Lamia Berrada-Berca  

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Fragmento

1

Al principio pasó por delante sin verlo.

En realidad sin querer ver.

Seguramente por el velo, que la hace diferente.

Al día siguiente volvió a pasar por delante, y entonces tuvo lugar un cambio sorprendente. Sintió que lo deseaba.

El deseo es algo olvidado sobre lo que se han acumulado días, meses y años de perfecto mutismo. Un deseo irrisorio, se da cuenta, culpable de existir porque no hunde sus raíces en nada loable.

Pero ¿cómo distinguir lo loable de lo que no lo es?

Sí, a sus treinta años siente la necesidad, por primera vez sabría y podría expresarlo más o menos así: necesita ese vestido rojo.

No es un deseo.

No es solo por el vestido.

Pero el hecho de que sea rojo basta por sí mismo.

Entonces piensa que se ha vuelto loca y corre a refugiarse en su casa.

2

Esa misma noche su marido vuelve tarde pero la cena está lista. Y lo espera. Como ella.

Su pequeña hija está en la cama.

Esa misma noche es una noche anormalmente tranquila.

Como si después de la tormenta, aunque fugaz, el cielo no pudiera recuperar su rostro impasible.

El marido, también impasible, come en silencio escuchando la tele, que berrea. La niña duerme al lado, y ella no hace ruido. Nada ni nadie hace ruido, por lo demás.

Aquí el silencio es una evidencia que la joven mujer ni siquiera se plantea eliminar o modificar.

La evidencia está ahí.

Todo en orden en una noche que llega a su fin y ni una palabra para decir lo que ha pasado. Porque a pesar de todo ha pasado algo: el rostro tranquilo de la mujer conserva la huella del deseo.

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