Loading...

ÉL, YO Y LA GRAN IDEA DE ENCENDER PARíS (VALIENTES)

Cherry Chic  

0


Fragmento

Prólogo

Hace muchos años, en una urbanización llamada Sin Mar

Observo a Charo recoger el primer premio por su brownie con chocolate y trufas, y frunzo el ceño. Papá dice que mi tarta de arándanos es mejor. Que lo sabe él y lo sabe todo el barrio.

—Le han dado el premio porque se está muriendo —dice mientras salimos del bar de Paco.

—¡Alejandro! —La voz de mi madre suena seria, pero luego se pone la mano en la boca, como hace siempre que intenta no reírse.

—Tú no te preocupes, chaval —me dice él guiñándome un ojo—. El año que viene, que ya estará bajo tierra, ganas seguro.

—Dios, eres único dando consejos —murmura mi madre en tono raro, porque no sé si está enfadada o sigue intentando aguantarse la risa.

—¿Qué...?

Ellos se adelantan discutiendo un poco sobre los consejos que deberían o no darme y yo suspiro y los sigo arrastrando los pies. No es por el premio. Me da igual el dinero que dan. Es porque siento que esto no ha sido justo. Si, como dice papá, mi postre era mejor, ¿por qué no puedo ganar? Yo no tengo la culpa de que Charo se esté muriendo.

—Eh, Óscar —miro a mi tía Julieta, que me sujeta por los hombros y deja que toda la familia se adelante. Ellos lo hacen sonriendo y felicitándome como si hubiese ganado, pero eso no es raro. Creo que me felicitarían, aunque quedara el último.

La tía Julieta mete la mano en su mochila y saca un trofeo. Frunzo el ceño y se ríe.

—¿Se lo has robado a Charo? —pregunto un poco nervioso—. Tita, te lo agradezco, pero no creo que robarle un trofeo a una señora que se está muriendo sea...

—¡No lo he robado, Óscar! —exclama ella en medio de una carcajada—. ¿Te imaginas? Tu tío se hubiese muerto de un infarto.

—¿Entonces?

—Lee la placa.

Bajo la mirada y lo hago: «Para Julieta, por no rendirse nunca».

Alzo la cabeza de inmediato y la miro con los ojos como platos.

—¿Dónde lo ganaste?

—No lo gané. Lo encargué yo misma. —La miro boquiabierto y se ríe—. Esto, pequeño, es lo que hice para recordarme que merezco lo que tengo y que, aunque no siempre gane, lo importante es que no me pienso rendir. No pienso dejar de tener sueños e intentar cumplirlos.

—¿Y por qué me lo das?

—Porque cuando seas un chef famoso y trabajes en París, como sueñas, quiero que recuerdes este día y pienses en lo que has logrado.

Me abrazo a su cuerpo con fuerza y cierro los ojos un segundo para inspirar su olor. ¡La tía Julieta siempre huele tan bien! A chuches y un poquito a locura, como dice papá, pero de la buena, de esa que se contagia y provoca sonrisas, como dice mamá.

—Te prometo que no voy a rendirme nunca —le digo.

Su sonrisa es como otro premio. Voy corriendo a casa, subo las escaleras hasta mi dormitorio y coloco el trofeo al lado de la hucha con la foto de París que me compró papá.

—Ya queda menos para estar contigo —susurro.

Luego corro hacia la barbacoa que mi familia ha hecho en mi honor, porque en Sin Mar siempre hemos sido más de celebrar los sueños que las victorias.

Hace los mismos años, en París

Ladeo la cabeza frente al escaparate en el que se encuentra el libro de mi padre con un cartel inmenso de la portada anunciando la gran presentación que acaba de llevarse a cabo.

—¿Qué crees que dirían tus personajes si se vieran aquí, papá? —pregunto. Acaba de terminar la firma, ya nos vamos a casa, pero no puedo quitarme esta pregunta de la cabeza—. Quiero decir, ¿crees que les gustaría estar aquí, donde todos pueden verlos? A mí no me gustaría vivir en un escaparate. Sería supertriste ver a todo el mundo pasar de un lado a otro sin poder moverme. Esperar que alguien entrase en esta librería y me llevase a casa. ¿No te parece algo increíblemente triste y solitario?

Mamá rodea mis hombros con sus brazos y sonríe con dulzura.

—Emma, cariño, esos personajes no existen. No tienen sentimientos de verdad.

La respuesta me provoca tantas ganas de llorar que tengo que morderme el labio con fuerza.

—Qué triste e injusto, ¿verdad?

—¿El qué, mi vida? —pregunta mi padre preocupado mientras sostiene a mi hermano Martín en brazos.

—Que los personajes de los libros no tengan sentimientos, cuando provocan tantos en las personas.

Mis padres se miran y hacen eso que tan bonito me parece; cuando hablan, pero sin hablar. Cuando mantienen una conversación solo con las miradas. Es precioso que, siendo mi padre escritor, no necesite palabras para comunicarse con mi madre.

Después de unos segundos, mi padre le pasa a Martín a mi madre y me coge en brazos, aunque protesto porque creo que ya soy muy mayor para ir en brazos.

—Yo creo que, si los personajes existieran, estarían felices de acompañar a tantas personas y provocarles todo tipo de sentimientos. Además, este libro acaba bien, así que gracias a ellos mucha gente se sentirá satisfecha al acabar de leerlo.

Pienso en ello un poco y asiento, intentando convencerme de que los personajes de papá no llorarán esta noche. Él, que me conoce, hace lo único que puede animarme ahora mismo: me lleva hacia un puesto ambulante de flores y me compra un enorme ramo de todos los colores porque recuerda al arcoíris y nada puede salir mal con un arcoíris entre brazos, según me dice papá. Yo sonrío y le doy la razón. Inspiro con fuerza para oler mi nuevo ramo mientras mis padres sonríen y me siento un poco mejor.

Entonces alzo los ojos y lo veo: París dando paso a la noche y sus luces encendiéndose para alumbrar las calles y jardines. Miro hacia atrás, a lo lejos, al escaparate de la librería alumbrado con focos amarillentos, sonrío y tiro de la mano de papá.

—¿Sabéis una cosa?

—Di, cariño —contesta mi padre.

—Creo que, en el fondo, tus personajes no estarán tan tristes. Al menos los de ese escaparate.

—¿Y eso?

—Bueno, si yo tuviera que estar encerrada en algún lugar, no se me ocurre ninguno mejor que un escaparate con vistas a París. ¿No os parece?

Ellos sonríen y reemprenden el camino hacia casa dándome la razón. Yo huelo una vez más mi ramo y sonrío, porque estoy segura de que las flores son bonitas en todas partes, pero en ningún sitio huelen como en París.

1

Rodeo la mano temblorosa de Solange, intentando animarla un poco. Me sabe mal verla así, no solo por el hecho de que sea la gerente general de mi restaurante, sino porque es, ante todo, una amiga. Por eso, y porque es muy raro ver a Solange derrumbarse. Aguanta como nadie la presión. A veces pienso que, de no ser por ella, ya habría tenido un ataque al corazón en algún que otro momento. Es un faro irrompible en medio de una tormenta y eso siempre me ha conquistado de ella, por eso no sé cómo gestionar esta imagen.

Su pelo, que normalmente está perfectamente peinado, ahora está suelto y sucio. De hecho, me sorprende darme cuenta de que le llega un poco más abajo de la barbilla, porque siempre lo lleva recogido. Las bolsas oscuras bajo los ojos también me asombran. Eso, y percatarme de que tiene algunas manchas rojas en la piel. Y no lo digo como una crítica, todo lo contrario. Solange siempre va tan impoluta y perfectamente maquillada que no había podido ver su verdadera piel hasta que se presentó esta etapa.

Una etapa feliz, en realidad. O debería serlo, al menos. El caso es que ella dice que nunca ha querido a nadie como quiere a Adrien. Y la creo, pero estoy casi convencido de que hay algo más. Jérôme, su marido, también lo cree. Y confío en su palabra, no por nada es mi sous chef, aunque a mí me gusta más decir que es uno de mis mejores amigos.

—Necesita distraerse. Salir de casa. Pero no quiere ni oír hablar del tema —me dijo hace un par de noches—. ¿Por qué no vienes a verla? Se alegrará de hablar de trabajo.

Y aquí estoy. Aprovechando que es lunes, día que cierro el restaurante, junto con el domingo, para hacerle una visita. Durante el día he trabajado un poco en algunas recetas nuevas, he comprado algunos menesteres que me gusta supervisar personalmente y he ido al gimnasio. Estoy cansado, pero en cuanto he llegado a casa he soltado la mochila con la ropa deportiva y me he venido con tiempo suficiente para parar en uno de los restaurantes que nos hacen la competencia directa y comprarle la cena. Pensé que le animaría imaginarme comprando en Les Couleurs, porque mi amiga es un poco retorcida, pero todo lo que he obtenido ha sido una mueca y un escueto «gracias» antes de echarse a llorar porque yo huelo a limpio y ella, a leche agria. Palabras textuales.

—¿Sabes qué? Creo que es buena idea que te des una ducha —le digo después de un ratito hablando de trabajo, que es lo único que parece mantenerla estable—. Jérôme y yo nos ocupamos del bebé.

—Claro que sí, mon amour.

Sus lágrimas vuelven ante el apelativo cariñoso con que mi amigo la llama siempre. Él hace una mueca y la abraza.

—Estoy hecha un desastre.

—Todo está bien, estás preciosa —susurra él de vuelta, antes de mirarme—. La ayudo a ir al baño y vuelvo.

Asiento y observo cómo salen del salón. Ya no camina encorvada. Hace semanas que puede hacerlo bien, pues la cesárea ha cicatrizado de maravilla, al menos lo que se ve desde fuera. El problema de Solange, según parece, no es su cuerpo, sino sus emociones. Sus sentimientos. Adora a su hijo, de eso no tengo ninguna duda, pero es una mujer fría, calculadora y organizada en extremo. Imagino que estar a cargo de un bebé que no atiende a ningún patrón fijo debe estresarla. El parto fue complicado y acabó en una cesárea de urgencia que le ha dejado malos recuerdos. Las noches sin dormir. Las grietas en los pechos que, según Jérôme, están haciéndole pasar un infierno. En fin, hay muchos factores ayudando para que no consiga levantar cabeza del todo y creo que lo mejor sería que saliera a pasear, tomara aire fresco y se diera todo el tiempo del mundo, pero en el poco tiempo que llevo aquí ya me ha preguntado dos veces cuándo puede volver y si voy a dejarla llevar a Adrien consigo. Yo me río, porque los dos sabemos que esto último es complicado. Además, prefiero que coja la baja maternal completa. Que sí, que para mí es más difícil, porque hago muchos malabares, pero tengo un personal muy cualificado en el restaurante, nos apañamos y creo, de verdad, que Solange necesita tiempo para asimilar esta nueva situación.

Adrien llora y me asomo a la minicuna de inmediato, intentando calmarlo para que mi amiga no salga del baño desnuda y sin importarle lo más mínimo que yo esté aquí. Dios, casi parece que la estoy viendo.

—Chist, eh, colega, ¿qué tal si dejas de llorar para que mami pueda darse una ducha tranquila?

El niño se calla el tiempo justo de oírme. Luego, como si tuviese conocimiento suficiente, arranca a llorar de nuevo. Lo

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta