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LA ACúSTICA DE LOS IGLúS (CABALLO DE TROYA 2016, 5)

Almudena Sánchez

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Fragmento

La señora Smaig

Existe una teoría, de sobra conocida, pero poco comprobable, sobre el poder psíquico de los animales. De la mayoría de animales. De cómo detectan campos magnéticos, alteraciones eléctricas, embarazos y divorcios y predicen lunas llenas. De cómo se quedan mirando, sin respiración, absortos y erizados, una pared blanca, completamente blanca, donde no hay vida, ni suspiro más profundo que se le pueda dedicar a una pared espantosamente blanca.

Un día estaba saltando a la comba. Me acuerdo de eso. Cuando salto a la comba, el tiempo se para. Solo existe una cuerda que aparece y desaparece como las olas del mar. Y llamaron a mis padres, entre algunos de mis saltos. Los llamaron para decir, para avisarles de que algo-no-marchaba-bien. Hay que deletrearlo. En mi cuerpo. Una zona devastada. Una anomalía, gen o bacteria. Todavía no estaba claro. Los marcadores, las cosas de la salud y la mala suerte. Y sobre todo, y con la debida consideración:

qué terrible es mirar al cielo por las noches.

Fue entonces cuando los animales empezaron a interesarme. Y yo a ellos. Me miraban sin pestañear, durante largo rato, como se mira a un gusano moribundo. Me había convertido en un ser humano de su interés, que se balanceaba entre la vida y la muerte. Un extraño helicóptero que volaba sin hélice. Se acercaban a mí para detectar algo tan abstracto y sensible como una enfermedad prematura. Me olfateaban con gusto, con placer, con rabia. Anatómicamente. Era su nuevo descubrimiento. Llevaba una materia flotante dentro de mi cuerpo, una sustancia indefinible. Con el tiempo, amplié mi información:

Los animales, especialmente los perros y los gatos, tienen un olfato diez mil veces superior al de las personas.

La mayoría de las frases eran informativas. El resto eran historias fantásticas o leyendas urbanas sobre perros y gatos extraordinarios. Los que se acercaban a mí, sin embargo, eran animales vulgares, con una mancha descontrolada alrededor del cuello. Lo cierto es que una enfermedad —esa cosa flamígera que mantiene a un cuerpo medio vivo— no deja espacio para moverse. Se me olvidaban las palabras: ¿qué es la yugular? De vez en cuando, hay que reservar fuerzas para saltar a la comba, porque se para el tiempo. Es una afirmación contundente. Aunque las teorías que le interesen a una sean, casi siempre, poco comprobables.

Todas las grandes historias tienen dos versiones: mientras me documentaba sobre los animales, el aparato psíquico, los componentes del átomo y el escalofrío de las tormentas, estaba rodeada de paredes espantosamente blancas, en un hospital blanco, abrigada por sábanas blancas. La muerte, mi muerte, no viste de negro. Yo que la he visto de cerca, puedo describirla: es joven y pálida como un azucarero roto.

Me hice un esquema con todas las teorías. La mano, con un suero clavado, se vuelve robótica; escribe a toda velocidad. El tiempo interno es superior al tiempo externo. Quería que mis pensamientos quedaran para la posteridad, si es que yo tenía derecho a alguna posteridad. La posteridad, pensaba yo, debía de ser como un tatuaje descolorido en el cerebro.

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