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LA AMANTE SECRETA (AMANTES 3)

Mary Balogh  

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Fragmento

1

Lady Angeline Dudley se encontraba junto a la ventana de la taberna de la posada La Rosa y la Corona, al este de Reading. Una actitud escandalosa, ya que estaba sola, pero ¿qué iba a hacer? La ventana de su habitación solo tenía vistas al paisaje rural. Aunque fuese pintoresco, no era la vista que ella quería. Solo la ventana de la taberna tenía la vista en cuestión, ya que estaba orientada hacia el patio interior, el lugar por el que tenían que aparecer todos los recién llegados.

Angeline estaba esperando, con una impaciencia apenas reprimida, la llegada de su hermano y tutor legal, Jocelyn Dudley, el duque de Tresham. Debería haber estado esperándola, pero cuando llegó hora y media antes, no había ni rastro de él. Era muy irritante. Una larga sucesión de institutrices, la última de la cuales era la señorita Pratt, había insistido en que una dama jamás mostraba una exaltación de sus emociones, pero ¿cómo no hacerlo cuando iba de camino a Londres para la temporada social, su presentación, y estaba ansiosa por llegar? ¿Cuando su vida de adulta por fin iba a comenzar, pero su hermano al parecer había olvidado su mera existencia e iba a dejarla languideciendo para siempre en una posada apenas a un día de distancia del resto de su vida?

Claro que había llegado tan pronto que era ridículo. Tresham lo había organizado de tal manera que ella hizo esa parte del trayecto bajo la protección del reverendo Isaiah Coombes, de su esposa y de sus dos hijos, tras lo cual la familia puso rumbo hacia otro lugar para celebrar algún tipo de aniversario con los parientes de la señora Coombes, y Angeline supuestamente quedaba al cuidado de su hermano, que tenía que llegar desde Londres. Los Coombes se levantaban todos los días al rayar el alba, incluso antes, pese a las protestas adormiladas de sus hijos, de modo que el día de viaje se completó casi antes de que cualquier persona normal hubiera comenzado el suyo.

El reverendo y la señora Coombes habían estado más que dispuestos a esperar como mártires en la posada hasta que su preciosa carga estuviera en manos de Su Excelencia, pero Angeline los convenció de que prosiguieran. Al fin y al cabo, ¿qué podría pasarle en la posada La Rosa y la Corona? Era un establecimiento muy respetable… Tresham lo había escogido personalmente, ¿verdad? Y tampoco podía decirse que estuviera sola. Contaba con Betty, su doncella; dos fornidos mozos, procedentes de los establos de Acton Park, la propiedad que Tresham tenía en Hampshire; y dos robustos criados de la casa. Y Tresham estaba a punto de llegar.

El reverendo Coombes se había dejado convencer, en contra de su buen juicio, por el razonamiento… y por la ansiedad que sentía su mujer ante la idea de que no terminasen el viaje antes del anochecer, así como por las quejas y los lloriqueos de la señorita Chastity Coombes y del señorito Esau Coombes, de once y nueve años respectivamente, por no poder jugar con sus primos si tenían que quedarse esperando allí para siempre.

La paciencia de Angeline se había resentido al verse obligada a viajar con esas dos criaturas en un carruaje.

Se había retirado a su habitación para cambiarse de ropa y para que Betty le cepillara y le recogiera el pelo. Después, le había ordenado a la exhausta doncella que descansara un poco, algo que la muchacha había obedecido de inmediato, aprovechando el camastro que se encontraba a los pies del lecho de Angeline. Mientras tanto, ella se había dado cuenta de que a través de su ventana no recibiría aviso alguno de la llegada de su hermano, de modo que abandonó la habitación en busca de otro punto de observación más satisfactorio… y descubrió que los cuatro fornidos criados de Acton Park habían reunido su amenazadora corpulencia junto a su puerta, como si quisieran protegerla de una invasión extranjera. Los había confinado a los aposentos de la servidumbre a fin de que descansaran y tomaran un refrigerio, convenciéndolos con el argumento de que no se había percatado de ningún salteador de caminos, de ningún ladrón ni de ningún malhechor de cualquier tipo en la posada. ¿Ellos sí?

Después, una vez sola, descubrió la ventana que buscaba… en la taberna de la posada. No era decoroso que estuviera allí sola, pero como la estancia estaba desierta, ¿qué problema había? ¿Quién iba a enterarse de su pequeña indiscreción? Si aparecía alguna persona antes de que Tresham llegara, ella se limitaría a regresar a su habitación hasta que dicha persona se marchara. Cuando Tresham apareciera, ella correría a su habitación, de modo que, cuando él entrase en la posada, la observara bajar las escaleras como la viva estampa de la respetabilidad, seguida por Betty, como si su intención fuera preguntarle al posadero por él.

¡Qué difícil era contener la impaciencia y la emoción! Tenía diecinueve años, y podía decirse que era la primera vez que se alejaba más de veinte kilómetros de Acton Park. Había llevado una vida muy protegida, por culpa de un padre rígido y superprotector, y tras él por culpa de un hermano ausente y superprotector, y también por culpa de una madre que nunca la había llevado con ella a Londres, a Bath o alguno de los otros lugares que solía frecuentar.

Angeline esperaba ser presentada en sociedad a los diecisiete años, pero su madre murió inesperadamente en Londres antes de que ella pudiera esgrimir todos sus razonamientos y de que pudiera convencer y quejarse a todas las personas que controlaban su destino, de modo que se vio obligada a soportar todo un año de luto en Acton Park. Y el año anterior, a la correctísima edad de dieciocho años, se rompió una pierna, y Tresham, que era más insufrible que nadie, se negó en redondo a que apareciera ante la reina con muletas para ser presentada y poder acceder por fin al mundo adulto de la alta sociedad y el mercado matrimonial.

A esas alturas era una antigualla, un fósil, pero aun así era un fósil esperanzado, nervioso e impaciente.

¡Caballos!

Angeline apoyó los codos en el alféizar y el pecho, en los brazos, mientras pegaba la oreja al cristal.

¡Y ruedas de un carruaje!

Ay, era imposible equivocarse.

Y no lo hacía. Un tiro de caballos, seguido de un carruaje, enfiló la puerta y traqueteó sobre los adoquines de la parte más alejada del patio.

Sin embargo, Angeline se dio cuenta al punto de que no se trataba de Tresham. El carruaje estaba demasiado estropeado y era demasiado viejo. Y el caballero que se apeó incluso antes de que el cochero desplegara los escalones no se parecía en nada a su hermano. Antes de que pudiera verlo con claridad para decidir si merecía la pena mirarlo, se distrajo con el estruendo ensordecedor de un cornetín, y casi de inmediato otro tiro de caballos y otro carruaje aparecieron de repente y se detuvieron junto a la puerta de la taberna.

Tampoco ese era el carruaje de Tresham. Fue evidente desde el primer momento. Se trataba del coche de postas.

Sin embargo, Angeline no experimentó una decepción tan grande como cabría esperar. Ese bullicio de actividad era novedoso y emocionante para ella. Observó cómo el cochero abría la portezuela y desplegaba los escalones, y cómo los pasajeros se apeaban del interior y de los asientos superiores, en ese caso gracias a una tambaleante escalera de madera. Por supuesto, se dio cuenta demasiado tarde de que todas esas personas estaban a punto de entrar en busca de refrigerios y de que ella no debería estar allí cuando lo hicieran. La puerta de la posada se abrió mientras ella lo pensaba, y el alboroto de unas cuantas voces que hablaban a la vez precedió a sus dueños, que no tardaron en aparecer.

Si se marchaba en ese momento, pensó Angeline, su presencia sería mucho más evidente. Lo mejor era quedarse donde estaba. Además, le gustaba la escena. Y además, si subía y esperaba a que el coche de postas reemprendiera el camino, podría perderse la llegada de su hermano, y se le antojaba de cierta importancia verlo nada más aparecer. Llevaba dos años sin verlo, desde el funeral de su madre en Acton Park.

Se quedó donde estaba y apaciguó su conciencia mirando por la ventana, de espaldas a la estancia, mientras los recién llegados pedían con diferentes grados de amabilidad y paciencia cerveza y pastas. Más de uno le ordenó a alguien que se diera prisa, y dicho alguien replicó con descaro que solo tenía dos manos y que no era culpa suya que el coche de postas llevara una hora de retraso y que los pasajeros dispusieran de diez minutos de descanso en vez de media hora.

Ciertamente, a los diez minutos de la llega del coche de postas, llamaron a los pasajeros para que regresaran a sus asientos si no querían quedarse atrás, de modo que estos salieron, unos corriendo y otros con más parsimonia, y otros protestaron a voz en grito que habían tenido que dejar su cerveza a medio beber.

La taberna se quedó tan vacía y en silencio como antes. Nadie había reparado en Angeline, un detalle por el que ella estaba sumamente agradecida. La señorita Pratt, que llevaba más de un año en otro puesto, se habría caído redonda al suelo si hubiera visto a su antigua pupila en la taberna atestada, sola junto a la ventana.

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