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LA BELLEZA ES UNA HERIDA

Eka Kurniawan

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Fragmento

Preludio

Según una vieja canción, antaño cualquier cosa que se plantase en una isla indonesia se convertía en un árbol repleto de flores y frutos.

Creíamos que el país era nuestro, pero un mal día llegaron los holandeses y vivieron aquí durante mucho tiempo, con sus soldados, su dinero y, sobre todo, su avaricia. Hasta nos pusieron un nombre (las Indias Orientales Neerlandesas) y nos obligaron a plantar productos que solo querían para sí mismos, desde nuez moscada hasta cacao. Aquello lo encendió todo, incluida nuestra lucha por la independencia.

Con la ayuda de los japoneses, finalmente logramos deshacernos de los holandeses, pero nuestra vida no mejoró. Los japoneses enviaron a nuestros hombres a la guerra y a campos de trabajo, y vimos cómo mandaban a nuestras mujeres a trabajar en los burdeles.

Dewi Ayu, la protagonista de La belleza es una herida, fue testigo de todo: allí estaba, joven y hermosa, cuando los holandeses y los japoneses creían que nuestra tierra era suya, cuando estas islas lograron por fin la libertad en 1945, después de la Segunda Guerra Mundial (a saber por qué la llaman segunda si no tuvimos una primera), y cuando dimos el nombre de Indonesia a nuestro país y a nuestro mar, solo para demostrar que la avaricia ya era también nuestra.

Después de la guerra revolucionaria empezamos a luchar entre nosotros. Los comunistas, los nacionalistas, los islamistas e incluso los rufianes trataron de ocuparlo todo en beneficio propio, en nombre de la nación. Y entonces, en 1996, llegó al poder un general fuerte que acabó con las vidas de todos estos guerrilleros en lucha permanente.

Dewi Ayu y sus hijas volvieron a ver la brutalidad de la que era capaz el hombre, vieron las calles de su pueblo convertidas en ríos de sangre y los ríos en fosas comunes.

Esta es la historia de nuestro país. Una historia de fantasmas... Pasen y disfruten.

1

Una tarde, un fin de semana de marzo, Dewi Ayu se levantó de su tumba tras haber pasado veintiún años muerta. Un pastor que estaba echando la siesta a la sombra de un franchipán se despertó, se meó en los pantalones cortos y chilló, y sus cuatro ovejas salieron corriendo cada una por su lado, entre las lápidas de piedra y de madera, como si alguien hubiera soltado un tigre. El alboroto empezó con un ruido procedente de una tumba vieja, cubierta de hierba hasta la altura de la rodilla, cuya lápida no tenía inscripción, aunque todo el mundo sabía que era la de Dewi Ayu. Había fallecido a los cincuenta y dos años, resucitó tras haber estado muerta durante veintiuno y, a partir de aquel momento, ya nadie supo cómo calcular su edad.

Los habitantes del barrio que rodeaba el cementerio acudieron a la tumba cuando el pastor advirtió de lo ocurrido. Recogiéndose los bajos del sarong, cargando niños, agarrando escobas y manchados del barro de los campos, se congregaron detrás de los cerezos y de las jatrofas, y en las cercanas plantaciones de plátanos. Nadie se atrevió a aproximarse demasiado; se quedaron escuchando el estrépito que salía de aquella sepultura antigua como si se hubieran reunido en torno al vendedor ambulante de medicinas, que voceaba su mercancía en el mercado todos los lunes por la mañana. Los presentes disfrutaron a sus anchas del desconcertante espectáculo, sin pensar en que un horror de tal calibre los habría espeluznado si hubieran estado solos. Esperaban, incluso, una especie de milagro y no unos simples ruidos procedentes de una tumba vieja, puesto que la mujer que yacía en esa tierra había sido prostituta de los japoneses durante la guerra y el kiai, su líder religioso, siempre decía que la gente manchada por el pecado recibiría con seguridad su castigo en la tumba. El sonido debía de proceder del látigo de un ángel torturador, pero los lugareños pedían más, esperaban algún otro prodigio, por pequeño que fuera.

Cuando se produjo, fue de la forma más extravagante. La tumba tembló y se resquebrajó, y la tierra reventó como si la hubieran hecho estallar por debajo, lo cual provocó un pequeño terremoto y un vendaval que hizo volar la hierba y las lápidas; y, por detrás de la tierra que empezó a llover cubriéndolo todo como una cortina, apareció la figura de una anciana agarrotada y con cara de pocos amigos, envuelta todavía en una mortaja, como si acabaran de enterrarla la noche anterior. Cundió la histeria y la gente salió corriendo de forma aún más caótica que las ovejas, con gritos que retumbaban contra las paredes de las lejanas colinas. Una mujer lanzó entre los arbustos a su hijo recién nacido, y el padre lo tapó con un tallo de plátano para que no chillara. Dos hombres se arrojaron a una zanja, otros se desplomaron inconscientes a los lados del camino, y otros más salieron disparados y recorrieron quince kilómetros seguidos sin detenerse.

Ante todo aquello, Dewi Ayu se limitó a toser un poco y a carraspear, fascinada al encontrarse en mitad de un cementerio. Ya había deshecho los dos nudos superiores de la mortaja y se puso a aflojar los dos inferiores para liberar los pies y poder andar. Le había crecido el pelo no se sabe cómo, de modo que, cuando con una sacudida se lo soltó de la pañoleta de percal, se agitó con la brisa de la tarde, rozó el suelo y resplandeció cual liquen negro en el lecho de un río. Tenía la piel arrugada, pero la cara blanca y reluciente, y los ojos cobraron vida dentro de las órbitas para observar a los curiosos, que abandonaban sus escondrijos detrás de los arbustos: la mitad de ellos salía huyendo y la otra mitad se desmayaba. Se quejó, a nadie en particular, de que la gente era muy mala por haberla enterrado viva.

Lo primero en lo que pensó fue su hija recién nacida, que por supuesto ya no era una recién nacida. Veintiún años antes, Dewi Ayu había muerto doce días después de dar a luz a una niña horrenda, tan horrenda que la comadrona que ayudó en el parto no estaba segura de si realmente era una criatura y pensó que quizá fuera un montón de mierda, dado que los agujeros por los que salen los niños y la mierda están a solo dos centímetros de distancia. Pero entonces aquello se retorció y sonrió, y por fin la comadrona se convenció de que sí era un ser humano, y anunció a la madre, tendida en diagonal en su cama, debilitada y sin deseo aparente de ver a su retoño, que la criatura había nacido, estaba sana y parecía cariñosa.

—Es niña, ¿verdad? —preguntó Dewi Ayu.

—Sí —contestó la comadrona—, igual que las tres anteriores.

—Cuatro hijas y las cuatro hermosas —soltó Dewi Ayu con tono de absoluto fastidio—. Tendré que montar una casa de putas por mi cuenta. Dime, ¿cómo es esta de guapa?

La niña, bien envuelta en un pañal, empezó a revolverse y a llorar en brazos de la comadrona. Una mujer entraba y salía del cuarto para llevarse los trapos sucios, empapados de sangre, y deshacerse de la placenta, y por un momento la comadrona no contestó, porque se negaba a decir que un bebé que parecía un montón de mierda era hermoso. Para cambiar de tema, comentó:

—Ya eres vieja, no creo que puedas darle el pecho.

—Es verdad. Me desgastaron las tres niñas anteriores.

—Y cientos de hombres.

—Ciento setenta y dos. El mayor tenía noventa años; el más joven, doce, una semana después de su circuncisión. Me acuerdo bien de todos.

La niña volvió a llorar. La comadrona dijo que tenía que ir a buscarle leche materna. Si no había, le tocaría buscar leche de vaca, o de perra, o incluso de rata.

—Sí, anda —contestó Dewi Ayu.

—Pobre niñita, qué mala suerte —dijo la comadrona, mirándole la inquietante carita.

No se veía capaz de describirla, pero pensó que parecía un monstruo infernal afectado por una maldición. Tenía todo el cuerpo negro azabache, como si la hubieran quemado viva, y con una forma extraña e irreconocible. Por ejemplo, no estaba segura de si la nariz era eso, una nariz, porque en la vida había visto una que se pareciera más a un enchufe de pared. Y la boca le recordaba a la ranura de una hucha, y las orejas parecían las asas de una cacerola. Estaba convencida de que no había en la tierra una criatura más horrorosa que aquel espanto, y de haber estado en la piel de Dios, probablemente la habría matado de inmediato en lugar de dejarla vivir; el mundo iba a maltratarla sin piedad.

—Pobre bebé —insistió la comadrona, antes de salir en busca de alguien que la amamantara.

—Sí, pobre bebé —repitió Dewi Ayu, dando vueltas en la cama—. Hice todo lo que pude para matarte. Tendría que haberme tragado una granada de mano y haberla hecho estallar dentro de mi vientre. Ay, desdichada: igual que los malhechores, los desdichados son duros de pelar.

Al principio la comadrona trató de ocultar la cara de la niña a las vecinas que acudieron. Sin embargo, cuando dijo que iba a buscarle un ama de cría, se abrieron paso a codazos para verla: a quienes conocían a Dewi Ayu siempre les hacía gracia conocer a sus encantadoras hijitas. La comadrona fue incapaz de evitar la embestida de aquellas mujeres, decididas a apartar la tela que tapaba la cara del bebé, pero, una vez que la vieron y chillaron movidas por el horror, la mujer se sonrió y les recordó que había hecho todo lo posible para no mostrarles aquel rostro infernal.

Después de aquel arrebato, cuando la comadrona ya se alejaba a toda prisa, las vecinas se quedaron quietas un momento, con cara de idiota, como si de golpe y porrazo les hubieran borrado la memoria.

—Habría que matarla —propuso una, la primera en liberarse de aquella amnesia repentina.

—Ya lo he intentado —dijo Dewi Ayu, haciendo su entrada ent

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