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LA BIBLIA PERDIDA

Igor Bergler  

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Fragmento

Prólogo

Intentó abrir los ojos, pero no pudo. Volvió a intentarlo. Los párpados parecieron moverse, pero no cambió nada. Con esfuerzo, levantó el brazo y un agudo pinchazo casi le paralizó el hombro de dolor. Se llevó la mano a los ojos: estaban abiertos. Los párpados, levantados. Sentía las pestañas. Cuando las tocó. Pero entonces ¿por qué no veía nada? Intentó concentrarse. ¿Estaba soñando? El dolor del hombro le subió por el cuello y se le fijó en la coronilla. Se llevó la mano atrás, donde le pareció palpar una aguja larga y fina que penetraba directamente en su cerebro. ¿Qué demonios estaba pasando? Le asaltó un intenso pinchazo. Sintió que se mareaba. Alejó la mano y la sensación pareció remitir, se volvió más difusa. Notaba algo húmedo y pegajoso en los dedos. «Es sangre», se dijo. Los ojos empezaron a adaptarse poco a poco a la oscuridad. ¡Qué oscuridad! Nunca se había encontrado en una negrura tan profunda. Los ojos se le fueron acostumbrando. Poco a poco. Hizo un esfuerzo: movió la cabeza y buscó con la mirada una fuente de luz, la más mínima, una ventana, un difuso haz que pudiera vislumbrarse bajo alguna puerta o por algún resquicio. Nada.

Estaba tumbado de espaldas. Aunó fuerzas e intentó poner orden en sus pensamientos. No recordaba nada. Tanteó con las manos a su alrededor. Tierra. Inspiró profundamente y un olor fétido le llenó las narices. «Estoy enterrado vivo», se dijo. Luego levantó los brazos y las manos en el vacío hasta donde le permitió el dolor, en un intento de alcanzar la tapa del ataúd. Nada. Por lo menos tenía aire. Se alegró por poder respirar a pesar de que le dolían las costillas. No estaba enterrado. Para convencerse se levantó sobre un codo, se dio la vuelta y se puso a cuatro patas. No se atrevió a más. No tenía ninguna referencia espacial, la desorientación era total. Podía estar en el sótano de una casa antigua, aunque no apreciaba dónde estaban las paredes ni la altura del techo. Tenía miedo de golpearse.

Debía acostumbrarse lo más rápido posible a la oscuridad. Se dijo a sí mismo, con toda la fuerza con la que podía pensar, que tenía que utilizar los demás sentidos. Inspiró otra vez: el mismo olor acre de tierra fresca mezclado con un aire enrarecido, húmedo. Y había algo más, algo que no reconocía, algo espantoso. El sentido del olfato no le servía para averiguarlo, así que aguzó el oído. Las manos y las piernas le temblaban. Le dolían las palmas y las rodillas: unas piedrecitas se le clavaban en la piel de las manos y sentía como si hubiera apoyado las rodillas, que aguantaban el considerable peso de su cuerpo, encima de cáscaras de nueces. Se volvió de nuevo de espaldas y escuchó. Nada. Como la oscuridad, el silencio era absoluto. Ningún ruido de la calle, si es que había alguna por los alrededores.

¿Dónde estaba? ¿Y cómo había llegado allí? ¿Qué era lo último que recordaba? Estaba en casa. Se preparaba para ir a dormir. La cama estaba hecha. El lado de su esposa estaba vacío, intacto. Su mujer le había abandonado hacía tiempo, pero él siempre la buscaba antes de acostarse. La luz del baño estaba encendida y la puerta algo entornada. Una antigua costumbre, desde que tenía uso de razón; desde los tiempos en que tenía mucho miedo a la oscuridad. La encendía sistemáticamente antes incluso de que anocheciera. Dejaba el pequeño taller de carpintería para subir a encender la luz y luego volvía con sus muebles. La oscuridad pesaba mucho. Sobre todo allí, en su ciudad. Y sobre todo desde que se había quedado solo. Hacía esfuerzos para recordar, pero no le venía nada a la memoria. ¿Se habría quedado dormido enseguida? Quizá estaba soñando. Sin embargo, el dolor de la coronilla parecía muy real. Intentó agarrarse a otra cosa, otro recuerdo. Tal vez había soñado algo. Empezó a tener mucho frío. Temblaba bajo el edredón y una sombra se deslizaba sobre la pared del dormitorio. Una sombra larga y deforme que se acercaba a su cama. Y aquel olor. Una mano le había cogido la cabeza como un torno. Algo le arañó el rostro en varios puntos. Empezó a sangrar. Algo, un trozo de tela, le cubrió la boca y la nariz. Respiraba cada vez con más dificultad.

¡Qué raro! Se llevó la mano a la mejilla para convencerse de que todo había sido real. Se sobresaltó al tocarse. Los surcos de la mejilla derecha le escocían: la sangre coagulada empezaba a transformarse en costra. Entonces era verdad. Se concentró. Si los surcos de la mejilla tenían costra, significaba que había pasado algo de tiempo. ¿Cuánto llevaba allí? ¿Cuánto había dormido? ¿Desde cuándo estaba inconsciente?

Un ruido interrumpió el hilo de sus pensamientos. Parecía estar cerca, pero venía de fuera del habitáculo donde se encontraba. Un chirrido. Otro más. ¿Quizá unos pasos? Era un ruido extraño. Parecían unas piernas que se arrastraban, como si alguien anduviera tocando ligeramente la tierra, a intervalos regulares. Un cojo que levitaba. Luz, algo de luz. Como por un reflejo se volcó hacia ella, aunque era lo bastante tenue como para herirle los ojos acostumbrados a la oscuridad. Vio una especie de ranura en la pared, pero, en vez de ventana, había unos barrotes de hierro. Rejas. La luz llegaba desde fuera, desde algún corredor, cada vez más intensa. Por un instante se paró. Volvió la mirada. Se le heló la sangre en las venas. Justo a su lado, casi tocándole la sien, vio unas piernas. Se retiró hacia atrás instintivamente, de lado. El dolor era inaguantable; cualquier movimiento brusco era terriblemente doloroso. Hizo un esfuerzo para incorporarse y se apoyó en un codo. Aquellas piernas se prolongaban en un cuerpo desnudo. «¡Dios mío!» Era un cadáver. El olor era cada vez más fuerte, mareante. En aquel momento su cerebro procesó lo que veía. Sentía el hedor de un cuerpo en descomposición. A pesar del dolor, se echó aún más atrás y se golpeó con algo. Algo blando. No era la pared porque se movía al tocarlo. Se llevó una mano a la espalda, luego la otra. Alguien se le agarró. Trató de gritar, pero no oyó nada. Intentó chillar. Se había quedado sin voz. Sacudió el brazo, y la mano que le había agarrado cayó inerte. Otro cadáver.

Volvió la luz. Y también el ruido. Ambos crecían en intensidad. El habitáculo se iluminó un poco, y pudo observarlo con más claridad. Frente a él yacía un cadáver desnudo y amarillento, quizá por culpa de la luz, que titilaba. Provenía de una vela. Detrás, otro cadáver. Y entonces vio pasar la sombra por encima de los cuerpos, levitando torpemente como los pasos de afuera. Chocó con un cadáver, tropezó con otro, pálido, con los ojos desencajados. Se le puso la piel de gallina. El corazón casi se le salió del pecho. No eran ojos: eran agujeros. El cadáver que tenía delante no tenía ojos, solamente unos grandes agujeros donde la oscuridad parecía no tener fin. La sombra continuaba su camino y se proyectaba sobre la pared. Era terrorífica.

Se puso de pie para defenderse, a pesar de que estaba muerto de miedo, tenía la sensación de haber encanecido de golpe y sentía que una losa, una lápida que pesaba una tonelada, le aprisionaba el pecho. Tenía que defenderse ocurriera lo que ocurriese. Oyó un chirrido de bisagras oxidadas. Una puerta de hierro a sus espaldas. Intentó darse la vuelta, pero no le dio tiempo. El miedo se apoderó de él, lo paralizaba, pero a la vez lo protegía. No sintió nada cuando una mano de acero lo agarró por detrás. La mano lo cogió por la nuca, pasó por debajo de su brazo y lo inmovilizó. Tenía un miedo atroz. Estaba aterrorizado. Quizá era mejor así, se sentía un antílope atrapado por un tigre. La adrenalina anuló el dolor, el terror lo anestesió. También sintió un ligero pinchazo en el cuello. Luego empezó a tener frío. Cada vez más frío. Era lo único que notaba. Lianas de hielo empezaron a treparle, a envolverle. Y, en ese momento, dejó de sentir.

1

El discurso de Charles Baker fue interrumpido exactamente en el momento en que los tañidos de la campana de la iglesia anunciaban el mediodía. En la pequeña pero coqueta sala de conferencias del hotel Central Park casi no había necesidad de usar el micrófono. Todo el mundo se conocía y estaba muy interesado en las presentaciones de los demás colegas. Los sesenta y ocho invitados volvieron la cabeza a la vez cuando la puerta de la sala se abrió de repente golpeando la pared y un manojo de hombres en uniforme y cazadora de piel invadió el espacio. Los intelectuales no están muy acostumbrados a los burdos modales de los policías, y todavía menos a los de los países cuya reciente desmilitarización no les ha dado tiempo para aprender a comportarse. Desde la tarima, Charles Baker hizo un chascarrillo sobre una invasión ostrogoda. Los que acababan de irrumpir sin invitación se habían quedado en la puerta. Uno de ellos se acercó con pasos agigantados y le susurró algo al oído al profesor Baker, que con un gesto reflejo, tapó el micrófono con la mano. Después de escuchar con atención lo que le decía el policía, preguntó:

—¿Durará mucho?

El policía se encogió de hombros, su inglés dejaba mucho que desear. Contestó brevemente, intentando hacerse comprender.

—I hope no. My chief tell you.[1]

Charles se preguntó qué tenía que ver él con lo que pudiera suceder en aquella pequeña ciudad del corazón de Transilvania. En sus libros apenas citaba el lugar y la conferencia que participaba en aquel momento era sobre historia medieval. Los policías estaban quietos, con los pies clavados en la alfombra de doce centímetros de grosor que cubría la sala. Entre ellos llamaba la atención una mujer con un corte de pelo juvenil que paseó su mirada por los asistentes y se detuvo para leer el cartel que anunciaba la conferencia extraordinaria sobre historia medieval que daría el famoso profesor de Princeton, Charles S. Baker. Charles pensó que su celebridad había traspasado fronteras y que solicitaban su colaboración para resolver un caso. Sin embargo, le pareció exagerado tal despliegue de fuerzas.

—Las autoridades locales necesitan que les ayude con mis conocimientos detectivescos por unas horas. Propongo hacer un receso y que nos veamos a las cuatro de la tarde, según el programa, me gustaría escuchar las exposiciones de mis colegas Johansson y Briot, de las Universidades de Uppsala y de La Sorbona. Espero que me disculpen, mi segunda profesión me requiere.

Pronunció esas últimas palabras en tono irónico. Sabía que desde que había tenido sus dos «éxitos» —cuando descubrió y dio a conocer el secreto más guardado de Abe Lincoln y el misterio de la joroba perdida, tal como llamaba a Ricardo III—, la gente lo tomaba por una especie de Sherlock Holmes de la cultura. Las cosas llegaron hasta tal punto que a menudo recibía cartas de individuos que lo querían contratar para resolver todo tipo de misterios, desde tesoros enterrados por los aztecas, hasta la identidad de los fantasmas que azotaban un castillo de Cornualles recién comprado por un millonario ruso.

Tenía la costumbre de entablar conversación con cualquier loco que se le acercara, de modo que, dada su categoría, las autoridades locales insistieron en asignarle un escolta. Como no le gustaba nada tener la misma protección que un alto mandatario o algún mafioso de un país del Este, rechazaba siempre ese tipo de ofertas. Pero el alcalde lo apremió tanto y tan firmemente, que Baker pensó que al fin y al cabo dos días no suponían el fin del mundo, sobre todo, cuando le vio la cara al que le iba a proteger. Puso una condición: que se cumpliera su deseo de quedarse a solas en algún momento por razones personales, sin comentario alguno del improvisado escolta.

La noche anterior, durante la cena de bienvenida en el barrestaurante del hotel, un individuo intentó acercársele demasiado. Parecía ansioso por entregarle algo: una carpeta marrón repleta de documentos. Al final intervino el vigilante del hotel y lo echó. El hombre se resistió, clavando las botas en el suelo. Luego, esa misma mañana, en el desayuno sueco colmado de manjares, una mujer de mediana edad logró colarse hasta su mesa, entregarle una nota y retirarse rápidamente antes de que Baker pudiera reaccionar. No consideró necesario recurrir al obeso policía que tenía que protegerle, demasiado preocupado por engullir a cuatro manos las maravillas desplegadas en las seis mesas de la planta baja del restaurante. Sin pensar, Baker se metió la nota en el bolsillo y se olvidó de ella.

Para Charles la comida de la mañana era la más importante del día. En su juventud muchas veces no desayunaba y comía por la noche, pero cambió rápida y definitivamente esta costumbre cuando empezó a engordar. Además, nunca sabía a dónde lo llevaría el día y con qué tipo de tentempié tendría que contentarse para toda la jornada. Así que desde hacía un tiempo se atiborraba por la mañana y por la noche se acostaba con el estómago casi vacío. De esta manera compensaba los pequeños excesos, pues cada vez que llegaba a un lugar como este, no podía resistirse al banquete que le ofrecían aquellas mesas cargadas de platos tradicionales, cocinados según se hacía en el Medievo.

Charles Baker no era muy sofisticado, y mucho menos un engreído, pero lo cierto era que últimamente lo buscaba por diferentes motivos gente de toda índole. Se decía para sus adentros que, si hubiera sabido que sería tan famoso, habría preferido ser una estrella de rock. Eso en el caso de que fuera capaz de entonar alguna melodía, porque la única canción que le salía más o menos bien era el himno de Estados Unidos, que aprendió gracias a la paciencia de sus abnegados amigos. Las melodías le costaban mucho, pero las letras se las sabía a la perfección. Recordó la canción de Phil Collins «You can wear my hat» y pensó que quizá tendría que encargar pañuelos y corbatas con el estribillo serigrafiado para sus seguidores.

Bajó las escaleras, flanqueado por el pequeño ejército de acompañantes que lo llevaron hacia los dos coches. Lo invitaron a subir al más lujoso, el único Volkswagen de la policía municipal. A su lado subió la mujer del peinado juvenil, que le tendió la mano como un hombre y se presentó fríamente:

—Soy Christa Wolf.

—Charles Baker. Necesito que me ponga al tanto mientras vamos hacia la comisaría. Así ganamos tiempo, quizá pueda resolver el enigma en el trayecto.

Para su sorpresa, la mujer le respondió en un fluido inglés con un marcado acento británico, con una gramática perfecta.

—No vamos a la comisaría ni tampoco le hemos invitado por su capacidad de deducción.

Su tono era neutro y directo, sin rastro de arrogancia. Baker la miró con más detenimiento y decidió que le gustaba. Siempre le ocurría así: la primera impresión era la definitiva. Aunque mantenía la mente abierta en absolutamente todas las cosas que hacía y estaba siempre preparado para aceptar una opinión bien argumentada que le llevara la contraria —incluso cambiaba su parecer si el interlocutor conseguía convencerlo—, en cuanto a las mujeres, la primera impresión era la que valía. De Christa Wolf le atrayeron los grandes ojos y la piel aceitunada, el corte de pelo masculino y la intrigante cicatriz que le bajaba por detrás de la oreja hasta perderse por el cuello en la camisa de corte militar.

—Y entonces ¿para qué?

—No se lo puedo decir ahora mismo, pero en pocos minutos lo sabrá.

Parecía que la mujer había dado por acabada la conversación, así que a Charles no le quedó otra cosa que admirar por la ventana del coche la entrada a la ciudad medieval de Sighișoara, que conocía tan bien. Era la cuarta vez que la visitaba y continuaba fascinado por las casas torcidas que se apoyaban entre ellas como viejos en apuros, obligados a confiar el uno en el otro. El motivo que lo había traído la primera vez fue un libro que gozó de bastante éxito entre sus lectores habituales. Había alcanzado la fama académica mucho tiempo atrás, igual que la celebridad política como jefe de las campañas electorales de seis senadores y un presidente de Estados Unidos. Las había ganado todas. Su libro sobre la propaganda y la manipulación a lo largo de algunos milenios de historia se había convertido en los últimos diez años en la segunda fuente más citada en todas las publicaciones y tesis doctorales sobre comunicación.

El coche pasó por debajo del estrecho portal de la plaza central de la ciudad, giró enseguida a la derecha, subió con un chirrido el suelo de piedras cúbicas irregulares y paró casi al pie de las escaleras. Enfrente había multitud de coches de policía con las sirenas en marcha y un cordón de agentes intentando contener a los numerosos curiosos. Era principio de verano y Sighișoara se llenaba de turistas, especialmente extranjeros, deseosos de visitar una ciudadela medieval perfectamente conservada en el confín del mundo y ver la casa donde podría haber nacido el Príncipe de las Tinieblas, Vlad III Țepeș, también conocido como Drácula.

2

Al bajar del coche lo recibió el comisario de policía Gunther Krauter, que le estrechó la mano y se presentó formalmente.

Charles estaba dispuesto a montar un pequeño escándalo por haber sido molestado en plena conferencia entre tanto misterio y falta de delicadeza. Odiaba las intervenciones de la policía incluso cuando eran

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