Loading...

LA BOLIVIA

Marian Izaguirre  

0


Fragmento

La Bolivia, agosto de 1993

Querido Richard:

Te extrañará saber que estoy de nuevo en La Bolivia, el lugar en el que vivió mi familia durante tantos años y del que luego fuimos alejándonos, hasta que todo quedó reducido a un simple recuerdo enterrado entre montañas de polvo.

Tendrías que ver el estado en el que se encuentran la Casa Grande, el cenador de las glicinias, las laderas del mirador... Algunas cosas se conservan milagrosamente. Otras han perdido todo sentido y parecen decorados de una obra que nadie se molestará en representar jamás. La casa y el resto de las dependencias están enmohecidas. El enfoscado se ha caído en la fachada principal y una de las habitaciones de la segunda planta tiene el tejado hundido. Los pájaros anidan dentro, al amparo de las vigas, y el diván está enterrado entre un centenar de tejas y cascotes. Desde el centro de la habitación se puede ver el cielo. Es un efecto extraño, desconcertante, porque se oye un rumor continuo de seres vivos, el olor del campo invade la estancia y tienes la sensación de que hay alguien escondido entre las sombras. Por las noches me gusta asomarme a ese pequeño hueco a través del cual puedo contemplar las estrellas y, en cierto modo, la cara oculta del pasado.

Mi padre hacía eso mismo. Intentar desentrañar los secretos dormidos en la alacena de la historia. En esa habitación de la que te hablo estaba su santuario. Allí pasaba horas y horas con sus papeles y sus extrañas caligrafías sin sentido. ¡Qué par de locos nuestros padres! ¿Recuerdas el gimnasio? Está totalmente destruido. Alguien se ha llevado los aparatos en los que esos dos krausistas chiflados se retorcían cada día. Solo queda la escala que hizo tu padre y el viejo plinto de madera, que ahora tiene las tripas de gomaespuma al aire. Me apena ver todo este abandono, pero al mismo tiempo siento un nudo de emoción en el pecho, como si estuviera a punto de descifrar el último párrafo de un manuscrito inacabable.

El abandono es una idea terrible, una amenaza que va cosida a las personas como si se tratara de su sombra. La parte humana de La Bolivia, las edificaciones, los muebles, todo aquello que hicieron los hombres, sufre su ausencia y decae hasta su pronta desaparición. Pero el resto de la finca, su lado salvaje, ha mejorado considerablemente. Solo la naturaleza es capaz de regenerarse a nuestras espaldas, solo los árboles, las plantas, el campo, sobreviven a esta brutal ausencia de seres humanos. El yélamo parece más verde y frondoso que nunca y los alcornoques, ahora que la Compañía Corchera ha dejado de explotarlos, surgen por todo el monte. Los caminos que se abrieron para las recuas de mulas han desaparecido y ahora todo el sobral es un bosque salvaje en el que los árboles crecen deformes, pegados los unos

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta