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LA BRIGADA DE ANNE CAPESTAN (ANNE CAPESTAN 1)

Sophie Hénaff

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Fragmento

1.

París, 9 de agosto de 2012

De pie delante de la ventana de la cocina, Anne Capestan esperaba que clarease el día. Vació de un trago la taza de porcelana y la dejó encima del hule de vichy verde. Acababa de beberse su último café de poli. Quizá.

La brillantísima comisaria Capestan, estrella de su generación, campeona de todas las categorías de ascensos fulgurantes, había disparado una bala de más. Desde entonces, había comparecido ante la comisión disciplinaria y le habían caído varias amonestaciones y seis meses de suspensión de empleo. Y luego, silencio de radio, hasta el telefonazo de Buron. Su mentor, y ahora mandamás en el 36 del muelle de Les Orfèvres, por fin había roto su mutismo. Había citado a Capestan. Un 9 de agosto. Le pegaba mucho. Era una forma sutil de indicarle que no estaba de vacaciones sino suspendida de empleo. Saldría de aquella entrevista siendo poli o parada, en París o en provincias, pero al menos lo haría con una certeza. Cualquier cosa era mejor que andar flotando entre dos aguas, en esa especie de ambigüedad que le impedía seguir adelante. La comisaria enjuagó la taza en la pila, prometiéndose que la metería en el lavavajillas más tarde. Tenía que irse ya.

Cruzó el salón donde, como tantas veces, resonaban Brassens y sus pom-pom-pom de poeta. Era un piso amplio y cómodo. Capestan no escatimaba en mantas escocesas ni en luces indirectas. El gato, dichoso y ronroneante, parecía aprobar sus gustos. Pero el vacío había sembrado de huellas aquel entorno acogedor, como placas de escarcha en un césped primaveral. Inmediatamente después de que la suspendieran, Capestan vio que su marido se iba, llevándose consigo la mitad de los muebles del piso. Fue uno de esos momentos en los que la vida te arrea un buen sopapo en los morros. Pero Capestan no abusaba de la autocompasión, se había ganado a pulso todo lo que le estaba pasando.

Un aspirador, una tele, un sofá y una cama: en menos de tres días había sustituido lo esencial. Sin embargo, las marcas redondas en la moqueta seguían señalando dónde habían estado los sillones en su vida anterior. En el papel pintado, las zonas más claras hablaban por sí solas: aquí, la sombra de un cuadro, una estantería fantasma, una cómoda añorada. Capestan habría preferido mudarse, pero su situación profesional, con el trasero entre dos sillas, la tenía atrapada. Después de aquella cita, por fin sabría a qué vida iba a lanzarse.

Con la goma que llevaba en la muñeca se recogió el pelo. Como todos los veranos, se le había aclarado, pero pronto el castaño más oscuro volvería por sus fueros. Capestan se alisó el vestido con gesto maquinal y se calzó unas sandalias sin que el gato alzara el hocico de su reposabrazos. El pabellón de la oreja felina fue lo único que se movió en dirección a la entrada para ir siguiendo los preparativos de la partida. Capestan se colgó del hombro el asa del amplio bolso de cuero en el que metió La hoguera de las vanidades, un libro de Tom Wolfe que Buron le había dejado. Novecientas veinte paginas. «Así tendrá con qué entretenerse mientras tanto, en lo que la llamo», le había asegurado. Mientras tanto. Había tenido tiempo de sobra para enlazar con los trece tomos de Fortune de France y las obras completas de Marie-Ange Guillaume. Por no hablar de las pilas de novelas policíacas. Buron y sus frases sin fecha ni promesas. Capestan cerró la puerta con dos vueltas de llave y se engolfó en las escaleras.

La calle de la Verrerie estaba desierta bajo un sol que aún resultaba agradable. En el mes de agosto, tan de mañana. Era como si París hubiera vuelto a la naturaleza y se hubiese quedado sin vecindario, como si le hubiera caído una bomba de neutrones. A lo lejos, la luz giratoria de una camioneta de limpieza lanzaba destellos anaranjados. Capestan bordeó los escaparates del Bazar de l’Hôtel de Ville antes de atravesar la plaza de L’Hôtel-de-Ville. Cruzó el Sena y luego la isla de La Cité para llegar al pie del número 36 del muelle de Les Orfèvres.

Entró por la inmensa puerta cochera y giró a la derecha en el patio adoquinado. Fijó brevemente la mirada en el letrero desvaído: «Escalera A, Dirección de la Policía Judicial». Al tomar posesión de sus nuevas funciones, Buron se había instalado en un despacho del tercer piso, la planta en sordina de quienes toman las decisiones, el pasillo donde ni siquiera los vaqueros llevan encima la artillería.

Capestan empujó la puerta de doble hoja. Se le encogió el estómago al pensar que podían revocarla. Siempre había sido de la pasma y se negaba a contemplar cualquier otra posibilidad. No hay quien pueda volver a estudiar a los treinta y siete años. Aquellos seis meses de inactividad ya le habían hecho mella. Había andado mucho. Se había recorrido por la superficie todas las líneas del metro parisino, metódicamente, de la 1 a la 14, de principio a fin. Tenía la esperanza de que la reintegrasen al servicio activo antes de empezar con los trenes de cercanías. A veces se imaginaba corriendo a lo largo de las vías del TGV para tener donde ir.

Cuando estuvo delante de la flamante placa de cobre grabada con el nombre del director regional de la policía judicial, se irguió y llamó tres veces. La voz grave y timbrada de Buron le rogó que entrase.

2.

Buron se puso en pie para recibirla. El pelo y la barba grises, cortados al estilo militar, enmarcaban un rostro de basset artesiano. Recorría permanentemente con mirada afable, casi triste, el mundo que lo rodeaba. A Capestan, que ya era bastante alta, le sacaba una cabeza. Y a lo ancho le sacaba una barriga. A pesar de ese aspecto bonachón, de Buron emanaba una autoridad que nadie se tomaba a broma. Capestan le sonrió y le alargó el libro de Wolfe. Se le habían doblado las esquinas de la tapa y en el rostro del director apareció fugazmente una mueca de disgusto. Capestan, que no concebía que se les pudiera dar tanta importancia a los objetos, le dijo que lo sentía mucho. Él, sin ninguna convicción, contestó que no era para tanto, mujer.

Detrás de Buron, sentados en amplios sillones, Capestan reconoció a Fomenko, el antiguo jefazo de los estupas, que ahora era director adjunto, y a Valincourt, que había cambiado la dirección de la Criminal por la de las Brigadas Centrales. Se preguntó qué estarían esperando allí esos peces gordos. En vista de su reciente hoja de servicio, no parecía muy probable que fueran a reclutarla. Con expresión amable, se acomodó frente al triunvirato de dueños y señores de la policía y aguardó el veredicto.

—Tengo una buena noticia —le espet

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