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LA BúSQUEDA DEL ASESINO (TRILOGíA DEL ASESINO 3)

Robin Hobb  

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Fragmento

PRÓLOGO

El olvidado

Despierto cada mañana con las manos sucias de tinta. En ocasiones estoy tumbado, boca abajo, sobre mi mesa de trabajo, en medio de una maraña de pergaminos y papeles. Mi chico, cuando entra con mi bandeja, a veces se atreve a regañarme por no haberme ido a la cama la noche anterior. Pero a veces me mira a la cara y no dice nada. No intento explicarle por qué hago lo que hago. No es un secreto que se le pueda confiar a alguien más joven; tendrá que ganárselo y aprenderlo por méritos propios.

Las personas tienen una finalidad en la vida. Esto lo sé ahora, pero tardé los primeros veinte años de mi vida en aprenderlo. No me considero extraordinario por eso. Empero, es una lección que, una vez aprendida, nunca he olvidado. De modo que, con poco más que el dolor para distraerme últimamente, me he procurado una finalidad propia. Me he volcado en una tarea a la que lady Paciencia y el escribano Cerica renunciaron hace mucho tiempo. Comencé estas páginas en un esfuerzo por redactar una historia coherente de los Seis Ducados. Pero tuve dificultades para mantener mi mente fija en un mismo tema por mucho tiempo, por eso me distraigo con tratados de menor importancia, con mis teorías sobre la magia, con mis observaciones sobre estructuras políticas y mis reflexiones sobre otras culturas. Cuando la incomodidad alcanza su punto álgido y no consigo tamizar mis ideas lo suficiente para plasmarlas sobre el papel, traduzco, o intento copiar de forma legible documentos antiguos. Ocupo mis manos con la esperanza de distraer mi mente.

La escritura es para mí lo que era la cartografía para Veraz. El detalle del trabajo y la concentración requerida basta casi para hacer que uno olvide los anhelos de la adicción, y los dolores residuales que resultan de haberla satisfecho en el pasado. Se puede perder uno en semejante trabajo, olvidarse de sí. O puede profundizar y encontrar numerosos recuerdos en lo hondo de su ser. Con demasiada frecuencia descubro que me he alejado de la historia de los ducados para adentrarme en la de Traspié Hidalgo. Esos recuerdos me dejan cara a cara con aquel que fui una vez, y con aquel en que me he convertido.

Cuando uno está tan profundamente absorto en dichas memorias, resulta sorprendente cuántos detalles es capaz de recordar. No todos los recuerdos que conjuro son dolorosos. He tenido no pocos buenos amigos, y han sido más leales de lo que tenía derecho a esperar. He conocido bellezas y gozos que pusieron a prueba la fortaleza de mi corazón tanto como las tragedias y fealdades. Pese a lo que poseo, tal vez una mayor cantidad de recuerdos oscuros que el resto de los hombres; pocas personas han conocido la muerte en una mazmorra, o pueden recordar el interior de un ataúd enterrado bajo la nieve. La mente huye de los detalles de semejantes vivencias. Una cosa es recordar que Regio me asesinó, y otra muy diferente demorarse en los detalles de los días y las noches que hube de soportar mientras me sometía a la inanición y las palizas que terminaron con mi muerte. Cuando lo hago, hay momentos que todavía me hielan las entrañas, aun después de todos estos años. Puedo recordar los ojos del hombre y el sonido de su puño aplastándome la nariz. Aún existe para mí un lugar que visito en mis sueños, donde lucho por seguir de pie, intentando no pensar en cómo será mi último intento por matar a Regio. Recuerdo el golpe que me agrietó la piel abotargada y me dejó en la cara la cicatriz que todavía conservo.

Jamás he olvidado el triunfo que le concedí cuando ingerí el veneno y morí.

Pero más dolorosos que los sucesos que puedo recordar son aquellos que he olvidado. Cuando Regio me mató, morí. Nunca se me volvió a conocer por Traspié Hidalgo, nunca renové los lazos con las personas de Torre del Alce que me habían conocido desde que tenía seis años. Nunca volví a vivir en el Castillo de Torre del Alce, nunca más visité a lady Paciencia, nunca volví a sentarme en las piedras de la chimenea a los pies de Chade. Perdí aquellos ritmos vitales que se habían imbricado con el mío. Algunos amigos perecieron, otros se casaron, nacieron bebés, los niños se convirtieron en hombres y yo me lo perdí todo. Aunque ya no poseo el cuerpo de un joven robusto, podría vivir aún alguien que antaño me consideraba su amigo. A veces, todavía anhelo verlos, tocar sus manos, enterrar la soledad de todos estos años.

No puedo.

Esos años se han perdido para mí, así como todos los años de sus vidas por venir. Perdido está también aquel período, no más de un mes, pero aparentemente mucho más, cuando se me confinó primero en un calabozo y después en un ataúd. Mi rey había muerto en mis brazos, mas no asistí a su funeral. Como tampoco estuve presente en el consejo posterior a mi muerte, cuando fui declarado culpable de practicar la magia de la Maña y, por consiguiente, merecedor de la muerte que se me había impartido.

Paciencia vino para reclamar mi cadáver. La esposa de mi padre, tan perturbada al principio por haber descubierto que su esposo había engendrado un bastardo antes de su enlace, fue la única persona que me sacó de aquella celda. Suyas fueron las manos que lavaron mi cuerpo para el entierro, que me enderezaron las extremidades y me envolvieron en la mortaja. La torpe y excéntrica lady Paciencia, por el motivo que fuere, me limpió las heridas y las curó con tanto mimo como si yo aún estuviera vivo. Ella sola fue la que ordenó que se cavara mi fosa y la que presenció el descenso de mi féretro. Ella y Cordonia, su dama de compañía, lloraron mi muerte, cuando todos los demás, por miedo o por rechazo a mi crimen, me abandonaron.

Nada sabía ella de cómo Burrich y Chade, mi mentor asesino, se acercaron noches después a esa tumba y retiraron la nieve caída y los terrones congelados que tapaban mi ataúd. Sólo ellos dos estaban presentes cuando Burrich rompió la tapa de mi féretro y sacó mi cadáver para llamar después, con su propia Maña, al lobo al que se le había confiado mi alma. Arrebataron esa alma al lobo y la encerraron de nuevo en el cuerpo del que había huido. Me resucitaron para caminar de nuevo con forma humana, para recordar lo que era tener un rey y estar vinculado por un juramento. Hasta este día, sigo sin saber si les doy las gracias por eso. Es posible, como insiste el Bufón, que no tuvieran otra elección. Es posible que no pueda haber agradecimientos que dar ni culpas que echar, que sólo podamos reconocer las fuerzas que nos condujeron y ataron a nuestros inevitables destinos.

La búsqueda del asesino

1

La tumba de la vida

En los Estados de Chalaza tienen esclavos. Se ocupan del trabajo pesado. Ellos son los mineros, los herreros, los remeros, los que conducen las carretas cargadas de menudillos, los que aran los campos, las prostitutas. Curiosamente, esclavos son también los tutores de los pequeños, las niñeras, las cocineras, los escribanos y los artesanos. La rutilante civilización de Chalaza al completo, desde las grandes bibliotecas de Jep a las legendarias fuentes y baños de Sanguaza, se basa en la existencia de una clase esclava.

Los Comercios del Mitonar son la mayor fuente de abastecimiento de esclavos. En el pasado, la mayoría de los esclavos eran prisioneros capturados en la guerra, y Chalaza afirma todavía que esto es verdad. En los últimos años no ha habido guerras suficientes para satisfacer la demanda de esclavos cultivados. Los Comercios del Mitonar saben ingeniárselas a la hora de encontrar otros puntos de aprovisionamiento, y la piratería tan extendida que asola las Islas del Comercio se menciona a menudo asociada con esto. Quienes poseen esclavos en Chalaza sienten poca curiosidad por conocer el origen de sus criados, siempre y cuando éstos estén sanos.

La esclavitud es una costumbre que nunca ha arraigado en los Seis Ducados. El hombre condenado culpable de un delito podría ser sentenciado a servir a su víctima, pero siempre se estipula un límite de tiempo y jamás será considerado menos que una persona que cumple su pena. Si el crimen es demasiado atroz para redimirse por medio de los trabajos forzados, el criminal pagará con su vida. Nadie se convierte en esclavo en los Seis Ducados, como tampoco respaldan nuestras leyes la idea de que una casa entre con sus esclavos en el reino y los obligue a conservar su condición. Por este motivo, muchos esclavos de Chalaza que consiguen la libertad de manos de sus propietarios por uno u otro motivo escogen los Seis Ducados como nuevo hogar.

Estos esclavos traen consigo las lejanas tradiciones y costumbres populares de sus tierras. Un relato que he conservado tiene que ver con una joven que era Vecci, o lo que nosotros llamaríamos Mañosa. Deseaba abandonar el hogar paterno, seguir al hombre que amaba y convertirse en su esposa. Sus padres no consideraban que él fuese un buen partido y le denegaron el permiso. Si ellos no querían dejarla partir, ella era demasiado obediente para contrariarlos. Pero también era demasiado apasionada para vivir sin su verdadero amor. Se tendió en su cama y murió de lástima. Sus padres la enterraron con gran pesar y reproche por haberle impedido seguir los dictados de su corazón. Pero sin que ellos lo supieran, ella estaba ligada por la Maña a una osa, que cuando murió la joven se hizo cargo de su alma y le impidió escapar del mundo. Tres noches después del entierro de la muchacha, la osa escarbó en su fosa y restauró el espíritu de la joven a su cuerpo. El renacimiento de la joven la convirtió en una persona distinta que ya no debía obediencia a sus padres. De modo que salió del ataúd destrozado y partió en busca de su verdadero amor. El cuento tiene un final triste, pues tras su existencia como osa fue incapaz de volver a ser completamente humana y su amor verdadero se resistió a aceptarla.

Este fragmento de historia fue lo que fundamentó la decisión de Burrich de intentar liberarme de la mazmorra del príncipe Regio envenenándome.

Hacía demasiado calor en el cuarto. Y era demasiado pequeño. Jadear ya no me refrescaba. Me levanté de la mesa y me acerqué al barril de agua que había en el rincón. Quité la tapa y bebí con avidez. Corazón de la Manada levantó la cabeza con algo parecido a un gruñido.

–Usa una taza, Traspié.

Me corría el agua por la barbilla. Lo miré fijamente, observándolo.

–Límpiate la cara.

Corazón de la Manada apartó los ojos de mí y se miró las manos. Las tenía sucias de la grasa que estaba untando en unas tiras. La olisqueé. Me relamí.

–Tengo hambre –le dije.

–Siéntate y termina tu trabajo. Luego comeremos.

Intenté acordarme de lo que quería de mí. Movió la mano hacia la mesa y lo recordé. Más tiras de cuero en mi lado de la mesa. Volví y me senté en la dura silla.

–Tengo hambre ahora –le expliqué.

Volvió a mirarme de esa manera, sin enseñar los dientes pero gruñendo de todos modos. Corazón de la Manada podía gruñir con los ojos. Suspiré. La grasa que estaba empleando olía muy bien. Tragué saliva. Luego agaché la cabeza. Ante mí, encima de la mesa, había tiras de cuero y trozos de metal. Me los quedé mirando un buen rato. Al cabo, Corazón de la Manada soltó sus tiras y se limpió las manos con un trapo. Vino a mi lado y tuve que girarme para poder verlo.

–Aquí –dijo, tocando el cuero que tenía delante–. Estabas arreglándolo aquí. –Se quedó a mi lado hasta que volví a cogerlo. Empecé a olisquearlo y me golpeó en el hombro–. ¡No hagas eso!

Fruncí los labios, pero no gruñí. Cuando le gruñía se enfadaba mucho. Me quedé con las tiras en la mano largo rato. Luego fue como si mis manos recordaran algo antes que mi mente. Vi cómo mis dedos trabajaban el cuero. Cuando terminé, lo sostuve ante él y tiré, con fuerza, para demostrarle que resistiría aunque el caballo lanzara la cabeza hacia atrás.

–Pero no hay ningún caballo –rememoré en voz alta–. Todos los caballos se han ido.

¿Hermano?

Voy. Me levanté de la silla. Caminé hacia la puerta.

–Vuelve aquí y siéntate –dijo Corazón de la Manada.

Ojos de Noche está esperando, le dije. Entonces recordé que no podía escucharme. Pensé que podría si lo intentaba, pero no quería intentarlo. Sabía que si volvía a dirigirme a él de esa manera, me empujaría. No me dejaba hablar mucho con Ojos de Noche de esa forma. Incluso empujaba a Ojos de Noche si el lobo hablaba mucho conmigo. Era algo muy extraño.

–Ojos de Noche está esperando –le dije con la boca.

–Ya lo sé.

–Ahora es un buen momento para cazar.

–Es un momento mejor todavía para que te quedes aquí. Te he preparado comida.

–Ojos de Noche y yo podríamos encontrar carne fresca.

Salivé al pensar en eso. Un conejo destripado, humeando aún en la noche de invierno. Eso era lo que quería.

–Ojos de Noche tendrá que cazar solo esta noche –me dijo Corazón de la Manada. Se acercó a la ventana y abrió un poco los postigos. Entró el aire frío. Podía oler a Ojos de Noche y, más lejos, un gato de las nieves. Ojos de Noche gañó–. Vete –le dijo Corazón de la Manada–. Vete, venga, ve a cazar, aliméntate. No tengo comida suficiente para ti.

Ojos de Noche se apartó de la luz que se derramaba por la ventana. Pero no se fue muy lejos. Me estaba esperando, pero yo sabía que no podía esperar mucho tiempo. Como yo, tenía hambre ahora.

Corazón de la Manada se acercó al fuego que provocaba que hiciera demasiado calor en el cuarto. Había una olla junto a él, la retiró del fuego y le quitó la tapa. Salió vapor, y con él olores. Cereales y raíces, y una traza diminuta de carne, evaporada casi por la cocción. Pero tenía tanta hambre que mi nariz siguió la dirección de los efluvios. Empecé a gañir, pero Corazón de la Manada volvió a gruñirme con los ojos. Así que regresé a la silla dura. Me senté. Esperé.

Tardó mucho tiempo. Quitó todo el cuero de la mesa y lo colgó de un gancho. Luego apartó el tarro de grasa. Luego trajo la olla caliente a la mesa. Luego sacó dos cuencos y dos tazas. Echó agua en las tazas. Sacó un cuchillo y dos cucharas. Del armario sacó pan y un tarro pequeño de mermelada. Echó caldo en el cuenco que tenía delante, pero yo sabía que no podía tocarlo. Tenía que quedarme sentado sin tocar la comida mientras él cortaba el pan y me daba un trozo. Podía tener el pan en la mano, pero no podía morderlo hasta que él también se sentara, con su plato, su caldo y su pan.

–Coge la cuchara –me recordó. Luego se sentó lentamente en su silla justo a mi lado. Yo sujetaba la cuchara y el pan y esperaba, esperaba, esperaba. No le quitaba la vista de encima, pero no podía dejar de mover la boca. Eso lo enfureció. Volví a cerrar la boca. Por fin, dijo–: Ahora comamos.

Pero la espera aún no había terminado. Se me permitía dar un bocado. Debía masticar y tragar antes de dar otro, si no me pegaba. Sólo podía tomar tanto caldo como cupiera en mi cuchara. Levanté la taza y di un sorbo. Me sonrió.

–Bien, Traspié. Buen chico.

Le devolví la sonrisa, pero luego me metí en la boca un trozo de pan demasiado grande y arrugó el entrecejo. Intenté masticarlo despacio, pero tenía tanta hambre ahora, y la comida estaba ahí, y no entendía por qué no dejaba que me la comiera ya. Tardaba mucho tiempo en comer. Había calentado demasiado el caldo a propósito, para que me quemara la boca si cogía una cucharada demasiado grande. Pensé en eso un momento. Luego dije:

–Has puesto la comida demasiado caliente a propósito. Para que me queme si como demasiado deprisa.

Su sonrisa asomó lentamente. Asintió.

Aun así acabé antes que él. Tuve que quedarme sentado en la silla hasta que también él hubo terminado.

–Bueno, Traspié –dijo al cabo–. No se ha dado tan mal el día. ¿Eh, chico?

Lo miré.

–Contesta –me dijo.

–¿Qué? –pregunté.

–Lo que sea.

–Lo que sea.

Frunció el ceño y quise gruñir, porque había hecho lo que me pedía. Después de un momento, se levantó y cogió una botella. Vertió algo en su taza. Me ofreció la botella.

–¿Quieres un poco? –Me aparté de ella. Hasta su olor me cosquilleaba en la nariz–. Contesta –me recordó.

–No. No, es agua mala.

–No. Es brandy malo. Brandy de mora, muy barato. Antes me repugnaba, a ti te gustaba.

Bufé para desprenderme del olor.

–Nunca nos ha gustado.

Dejó la botella y la taza en la mesa. Se levantó y se acercó a la ventana. Volvió a abrirla.

–¡Te he dicho que te fueras a cazar!

Sentí que Ojos de Noche daba un brinco y salía corriendo. Ojos de Noche teme a Corazón de la Manada tanto como yo. Una vez ataqué a Corazón de la Manada. Había estado enfermo una temporada, pero ya me encontraba mejor. Quería salir a cazar y él no me dejaba. Se plantó delante de la puerta y salté sobre él. Me golpeó con el puño y me aplastó contra el suelo. No es más grande que yo. Pero es más artero, y más astuto. Conoce muchas formas de sujetarte y casi todas duelen. Me sujetó contra el suelo, boca arriba, con la garganta expuesta y esperando sus dientes mucho, mucho tiempo. Cada vez que me movía, me pegaba. Ojos de Noche gruñía fuera de la casa, pero no muy cerca de la puerta, y no intentó entrar. Cuando gemí pidiendo clemencia, volvió a pegarme. «¡Cállate –dijo. Cuando me callé, siguió– eres joven. Yo soy más viejo y más listo. Peleo mejor que tú, cazo mejor que tú. Estoy siempre por encima de ti. Harás todo lo que yo quiera que hagas. Harás todo lo que te diga que hagas. ¿Entendido?»

Sí, le dije. Sí, sí, eso es una manada, lo entiendo, lo entiendo. Pero volvió a pegarme y siguió reteniéndome allí, con la garganta vulnerable, hasta que le dije con la boca:

–Sí, entendido.

Cuando Corazón de la Manada regresó a la mesa, echó brandy en mi taza. Me la puso delante, donde tenía que olerlo. Resoplé.

–Pruébalo –insistió–. Un poquito. Antes te gustaba. Lo bebías en la ciudad, cuando eras más pequeño y se suponía que no podías entrar en las tabernas sin mí. Y luego masticabas menta, pensando que no me daría cuenta de lo que habías estado haciendo.

Meneé la cabeza.

–Yo no haría lo que tú me dijeras que no hiciese. Lo entendí.

Hizo un ruido parecido a atragantarse y estornudar a la vez.

–Oh, muy a menudo hacías lo que te decía que no hicieras. Muy a menudo.

Volví a menear la cabeza.

–No lo recuerdo.

–Todavía no. Pero lo recordarás. –Señaló otra vez el brandy–. Vamos. Pruébalo. Sólo un poquito. Te sentará bien.

Como me había dicho que tenía que hacerlo, lo probé. Me picaba en la boca y en la nariz, pero no lograba librarme del sabor resoplando. Derramé lo que quedaba en mi taza.

–Bueno. Qué contenta se pondría Paciencia –fue lo único que dijo.

Y luego me hizo ir a buscar un trapo y limpiar lo que había derramado. Y también a fregar los platos con agua y secarlos.

A veces empezaba a temblar y me caía. Sin motivo. Corazón de la Manada intentaba mantenerme en pie. A veces los temblores hacían que me durmiera. Cuando me despertaba, me dolía todo. Me dolía el pecho, me dolía la espalda. A veces me mordía la lengua. No me gustaban esas ocasiones. Ojos de Noche se asustaba.

Y a veces había otro con Ojos de Noche y conmigo, otro que pensaba con nosotros. Era muy pequeño, pero estaba allí. No lo quería allí. No quería a nadie allí, nunca más, sólo Ojos de Noche y yo. Él lo sabía, y se hacía tan pequeño que la mayor parte del tiempo no estaba allí.

Más tarde, vino un hombre.

–Viene un hombre –dije a Corazón de la Manada.

Estaba oscuro y el fuego ardía bajo. El buen momento para cazar se había pasado. Fuera estaba completamente oscuro. Pronto diría que nos echásemos a dormir.

No me respondió. Se levantó deprisa y sin hacer ruido, y cogió el gran cuchillo que había siempre encima de la mesa. Me indicó que fuera a la esquina, fuera de su camino. Se acercó sigilosamente a la puerta y esperó. Fuera, oí al hombre que pisaba la nieve. Entonces lo olí.

–Es el gris –le dije–. Chade.

Después abrió la puerta muy deprisa y entró el gris. Estornudé por culpa de los olores que traía consigo. Siempre olía a polvos de hojas secas, y a humos de distintos tipos. Era viejo y delgado pero Corazón de la Manada siempre se comportaba como si fuese un líder de la manada. Corazón de la Manada echó más leña al fuego. La habitación se iluminó, y se caldeó. El gris se quitó la capucha. Me observó un momento con sus ojos claros, como si estuviese esperando. Luego habló con Corazón de la Manada.

–¿Cómo se encuentra? ¿Mejor?

Corazón de la Manada movió los hombros.

–Cuando te olió, dijo tu nombre. Lleva una semana sin sufrir ningún ataque. Hace tres días remendó un trozo de arnés para mí. E hizo un buen trabajo, además.

–¿Ya no intenta masticar el cuero?

–No. Al menos no cuando lo estoy mirando. Además, es un trabajo que conoce muy bien. Quizá apele a algo en su interior. –Corazón de la Manada soltó una risa corta–. Por lo menos, los arneses remendados se pueden vender.

El gris se acercó a la lumbre y tendió las manos hacia el fuego. Tenía manchas en las manos. Corazón de la Manada sacó su botella de brandy. Luego echó brandy en las tazas. Me hizo sostener una taza con un poco de brandy en el fondo, pero no me obligó a probarlo. Hablaron durante mucho, mucho, mucho tiempo, de cosas que no tenían nada que ver con comer, dormir ni cazar. El gris había oído algo de cierta mujer. Podía ser crucial, un punto de inflexión para los ducados.

–No quiero hablar de eso delante de Traspié –dijo Corazón de la Manada–. Se lo prometí.

El gris le preguntó si pensaba que yo lo entendía, y Corazón de la Manada dijo que eso daba igual, que él había dado su palabra. Yo quería irme a dormir, pero hicieron que me quedara quieto en una silla. Cuando el viejo tuvo que irse, Corazón de la Manada dijo:

–Es muy peligroso que vengas aquí. Es un largo camino para ti. ¿Podrás volver a entrar?

El gris se limitó a sonreír.

–Sabré apañármelas, Burrich –dijo.

Yo también sonreí, recordando que siempre se había sentido orgulloso de sus secretos.

Un día, Corazón de la Manada salió y me dejó solo. No me ató. Simplemente me dijo:

–Ahí tienes unos copos de avena. Si quieres comer mientras estoy fuera, tendrás que acordarte de cómo se preparan. Si sales por la puerta o por la ventana, si abres siquiera la puerta o la ventana, me enteraré. Y te daré una paliza de muerte. ¿Entendido?

–Entendido –dije.

Parecía muy enfadado conmigo, aunque no lograba recordar que hubiera hecho algo que me hubiese dicho que no hiciera. Abrió una caja y sacó unas cosas de ella. La mayoría eran redondas de metal. Monedas. De una cosa me acordaba. Era reluciente y curva como la luna, y olía a sangre la primera vez que la olí. Había peleado con otro por ella. No lograba recordar para qué la quería, pero había peleado y la había ganado. Ahora no la quería. La sostuvo de su cadena para examinarla y luego la metió en una bolsa. Me daba igual que se la llevara.

Tenía mucha, mucha hambre antes de que él volviera. Cuando lo hizo traía un olor consigo. Un olor a hembra. No muy fuerte, y mezclado con los olores de una pradera. Pero era un olor bueno que me hacía querer algo, algo que no era comida, ni agua, ni cazar. Me acerqué a él para olerlo, pero no se dio cuenta de eso. Cocinó las gachas de avena y comimos. Después se quedó sentado delante del fuego, muy, muy triste. Me levanté y cogí la botella de brandy. Se la llevé con una taza. Las aceptó pero no sonrió.

–A lo mejor mañana te enseño a traerme las cosas –me dijo–. A lo mejor eso se te da bien.

Luego se bebió todo el brandy que había en la botella, y después de eso abrió otra botella. Me senté y lo observé. Cuando se durmió, cogí su abrigo con ese olor. Lo dejé en el suelo y me tumbé encima, oliéndolo hasta quedarme dormido.

Soñé, pero no tenía sentido. Había una hembra que olía como el abrigo de Burrich, y yo no quería que se fuera. Era mi hembra, pero cuando se fue, no la seguí. Eso era cuanto podía recordar. Recordarlo no era bueno, del mismo modo que no es bueno tener hambre o sed.

Me obligaba a estar encerrado. Llevaba mucho, mucho tiempo obligándome a estar encerrado cuando yo lo único que quería era salir. Pero esa vez llovía, mucho, con tanta fuerza que casi toda la nieve se había fundido. De pronto parecía buena idea no salir.

–Burrich –dije, y levantó la cabeza muy deprisa para mirarme.

Pensé que me iba a atacar, tan rápido se movió. Intenté no acobardarme. Cuando me acobardaba a veces se enfadaba.

–¿Qué pasa, Traspié? –preguntó, y su voz era amable.

–Tengo hambre –dije–. Ahora.

Me dio un gran trozo de carne. Estaba cocinada, pero era un buen pedazo. Me lo comí demasiado deprisa y él me observó, pero no me dijo que no lo hiciera, ni me pegó. Esa vez.

No paraba de rascarme la cara. La barba. Al final, fui y me planté frente a Burrich. Me la rasqué delante de él.

–No me gusta esto –le dije.

Pareció sorprenderse. Pero me dio agua muy caliente y jabón, y un cuchillo muy afilado. Me dio un cristal redondo con un hombre dentro. Me lo quedé mirando largo rato. Me producía escalofríos. Sus ojos eran como los de Burrich, rodeados de blanco, pero aún más oscuros. No eran ojos de lobo. Su pelaje era oscuro como el de Burrich, pero el vello que le cubría las mandíbulas era irregular y áspero. Me toqué la barba y vi unos dedos sobre la cara del hombre. Era extraño.

–Aféitate, pero ten cuidado –me dijo Burrich.

Casi recordaba cómo se hacía. El olor del jabón, el agua caliente en mi cara. Pero el cuchillo afilado, afilado no dejaba de cortarme. Pequeños tajos que escocían. Después observé al hombre del cristal redondo. Traspié, pensé. Casi como Traspié. Estaba sangrando.

–Sangro por todas partes –dije a Burrich.

Se rió de mí.

–Siempre sangras cuando te afeitas. Siempre corres demasiado. –Cogió el cuchillo afilado, afilado–. Estate quieto –me dijo–. Te has saltado algunas partes.

Me quedé sentado muy quieto y no me cortó. Era difícil estarse quieto cuando se me acercaba tanto y me miraba tan de cerca. Cuando acabó, me cogió la barbilla. Me giró la cara y me examinó. Me examinó detenidamente.

–¿Traspié? –dijo.

Giró la cabeza y me sonrió, pero la sonrisa se desdibujó cuando me limité a devolverle la mirada. Me dio un cepillo.

–No hay caballo que cepillar –le dije.

Casi parecía complacido.

–Cepilla esto –me dijo, y me alborotó el pelo. Hizo que me lo cepillara hasta aplastarlo. Había puntos magullados en mi cabeza. Burrich frunció el ceño cuando me vio hacer muecas. Me quitó el cepillo e hizo que me estuviera quieto mientras miraba y tocaba debajo de mi pelo–. ¡Bastardo! –dijo bruscamente, y cuando me acobardé, añadió–: Tú no. –Meneó la cabeza despacio. Me dio una palmada en el hombro–. El dolor desaparecerá con el tiempo –me dijo. Me enseñó a recogerme el pelo y atarlo con una cinta de cuero. Tenía la longitud suficiente–. Así está mejor –dijo–. Vuelves a parecer una persona.

Desperté de un sueño, retorciéndome y chillando. Me senté y empecé a llorar. Acudió a mi lado desde su cama.

–¿Qué ocurre, Traspié? ¿Te encuentras bien?

–¡Me apartó de mi madre! –exclamé–. Me apartó de ella. Yo era demasiado pequeño para que me apartaran de ella.

–Ya lo sé –dijo–. Ya lo sé. Pero eso fue hace mucho tiempo. Ahora estás aquí, a salvo.

Casi parecía asustado.

–Llenaron la guarida de humo –le dije–. Convirtió a mi madre y a mis hermanos en pieles.

Su

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