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LA CAíDA DE LOS GIGANTES (THE CENTURY 1)

Ken Follett  

5


Fragmento

Personajes

Estadounidenses

Familia Dewar

Senador Cameron Dewar

Ursula Dewar, su esposa

Gus Dewar, su hijo

Familia Vyalov

Josef Vyalov, hombre de negocios

Lena Vyalov, su esposa

Olga Vyalov, su hija

Otros

Rosa Hellman, periodista

Chuck Dixon, amigo de escuela de Gus

Marga, cantante de club nocturno

Nick Forman, ladrón

Ilya, matón

Theo, matón

Norman Niall, contable deshonesto

Brian Hall, jefe sindical

Personajes históricos reales

Woodrow Wilson, 28.º presidente de Estados Unidos

William Jennings Bryan, secretario de Estado

Joseph Daniels, secretario de la Armada

Ingleses y escoceses

Familia Fitzherbert

Conde Fitzherbert, llamado Fitz

Princesa Elizaveta, llamada Bea, su esposa

Lady Maud Fitzherbert, hermana de Fitz

Lady Hermia, llamada tía Herm, tía pobre de Fitz y Maud

Duquesa de Sussex, tía rica de Fitz y Maud

Gelert, perro de montaña de los Pirineos

Grout, mayordomo de Fitz

Sanderson, sirvienta de Maud

Otros

Mildred Perkins, inquilina de Ethel

Bernie Leckwith, secretario de la delegación de Aldgate del Partido Laborista Independiente

Bing Westhampton, amigo de Fitz

Marqués de Lowther, «Lowthie», pretendiente rechazado de Maud

Albert Solman, gestor de los negocios de Fitz

Doctor Greenward, voluntario de la maternidad

Lord «Johnny» Remarc, subsecretario del Ministerio de Guerra

Coronel Hervey, asesor de sir John French

Teniente Murray, edecán de Fitz

Mannie Litov, dueño del taller de costura

Jock Reid, tesorero del Partido Laborista Independiente de Aldgate

Jayne McCulley, esposa de un soldado

Personajes históricos reales

Rey Jorge V

Reina María

Mansfield Smith-Cumming, llamado «C», jefe del Departamento de Exteriores de los servicios secretos (posteriormente MI6)

Sir Edward Grey, secretario del Foreign Office

Sir William Tyrrell, secretario personal de Grey

Frances Stevenson, amante de Lloyd George

Winston Churchill, miembro del Parlamento

H. H. Asquith, miembro del Parlamento, primer ministro

Sir John French, comandante de la Fuerza Expedicionaria Británica

Franceses

Gini, chica de bar

Coronel Dupuys, edecán del general Galliéni

General Lourceau, edecán del general Joffre

Personajes históricos reales

General Joffre, comandante en jefe del ejército francés

General Galliéni, comandante de la guarnición de París

Alemanes y austríacos

Familia Von Ulrich

Otto von Ulrich, diplomático

Susanne von Ulrich, su esposa

Walter von Ulrich, hijo de Otto, agregado militar de la embajada alemana de Londres

Greta von Ulrich, hija de Otto

Graf (conde) Robert von Ulrich, primo segundo de Walter, agregado militar de la embajada austríaca de Londres

Otros

Gottfried von Kessel, agregado cultural de la embajada alemana de Londres

Monika von der Helbard, mejor amiga de Greta

Personajes históricos reales

Príncipe Karl Lichnowsky, embajador alemán en Londres

Mariscal de campo Paul von Hindenburg

General de infantería Erich Ludendorff

Theobald von Bethmann-Hollweg, canciller

Arthur Zimmermann, ministro de Asuntos Exteriores

Rusos

Familia Peshkov

Grigori Peshkov, obrero metalúrgico

Lev Peshkov, mozo de caballos

Fábrica Putílov

Konstantín, operario de torno, moderador del círculo de debate

Isaak, capitán del equipo de fútbol

Varia, obrera, madre de Konstantín

Serge Kanin, supervisor de la sección de fundición

Conde Maklakov, director

Otros

Mijaíl Pinski, agente de policía

Ilia Kozlov, su compañero

Nina, doncella de la princesa Bea

Príncipe Andréi, hermano de Bea

Katerina, campesina recién llegada a la ciudad

Mishka, dueño de bar

Trofim, gángster

Fiódor, policía corrupto

Spiria, pasajero del Ángel Gabriel

Yákov, pasajero del Ángel Gabriel

Antón, empleado de la embajada rusa de Londres, también espía para Alemania

David, soldado judío

Sargento Gávrik

Teniente segundo Tomchak

Personajes históricos reales

Vladímir Iliich Lenin, jefe del partido bolchevique

León Trotski

Galeses

Familia Williams

David Williams, sindicalista

Cara Williams, su esposa

Ethel Williams, su hija

Billy Williams, su hijo

Abuelo, padre de Cara Williams

Familia Griffiths

Len Griffiths, ateo y marxista

Señora Griffiths

Tommy Griffiths, hijo de Len, mejor amigo de Billy Williams

Familia Ponti

Señora Minnie Ponti

Giuseppe «Joey» Ponti

Giovanni «Johnny» Ponti, su hermano menor

Mineros

David Crampton, Dai el Llorica

Harry el Seboso Hewitt

John Jones el Tendero

Dai Chuletas, hijo del carnicero

Pat el Papa, embarcador de superficie

Micky el Papa, hijo de Pat

Dai Ponis, mozo de caballos

Bert Morgan

Directivos de la mina

Perceval Jones, director de Celtic Minerals

Maldwyn Morgan, director de la mina de carbón

Rhys Price, capataz de seguridad de la mina de carbón

Arthur Llewellyn el Manchas, oficinista de la mina de carbón

Personal de Ty Gwyn

Peel, mayordomo

Señora Jevons, ama de llaves

Morrison, lacayo

Otros

Dai el Boñigas, encargado de la limpieza

Señora de Dai Ponis

Señora de Roley Hughes

Señora de Hywel Jones

Soldado George Barrow, Compañía B

Soldado Robin Mortimer, oficial apartado del servicio, Compañía B

Soldado Owen Bevin, Compañía B

Sargento Elijah Jones el Profeta, Compañía B

Teniente segundo James Carlton-Smith, Compañía B

Capitán Gwyn Evans, Compañía A

Teniente segundo Roland Morgan, Compañía A

Personajes históricos reales

David Lloyd George, miembro del Parlamento del Partido Liberal

PRÓLOGO

Iniciación

1

22 de junio de 1911

E l mismo día que Jorge V fue coronado rey en la abadía de Westminster, en Londres, Billy Williams bajó por primera vez a la mina en Aberowen, Gales del Sur.

El 22 de junio de 1911, Billy cumplía trece años. Su padre empleó su técnica habitual para despertarlo, un método que se caracterizaba por ser mucho más expeditivo y eficaz que cariñoso, y que consistía en darle palmaditas en la mejilla a un ritmo regular, con firmeza e insistencia, una y otra vez. El muchacho dormía profundamente y, por un momento, trató de hacer caso omiso de aquellos cachetes, pero los golpes se sucedían incesantes. Experimentó una brusca y fugaz sensación de enfado, pero entonces se acordó de que tenía que levantarse, de que hasta tenía ganas de hacerlo, de modo que abrió los ojos y se incorporó de golpe en la cama.

—Son las cuatro —anunció su padre antes de salir de la alcoba, y acto seguido se oyó el fuerte ruido de sus botas al bajar por los peldaños de la escalera de madera.

Ese día, Billy iba a empezar a trabajar como aprendiz minero, al igual que habían hecho la mayoría de los hombres de su ciudad a su misma edad. Le habría gustado sentirse más ilusionado ante la idea de ser minero, pero estaba decidido a no hacer el ridículo: David Crampton lloró en su primer día en la mina y aún lo llamaban Dai el Llorica, a pesar de que tenía veinticinco años y era la estrella del equipo de rugby local.

Era el día después del solsticio de verano, y la luminosa claridad de los primeros rayos del alba penetraba por el ventanuco del cuarto. Billy miró a su abuelo, acostado a su lado, y vio que tenía los ojos abiertos. Cuando Billy se levantaba, el anciano siempre estaba despierto, invariablemente; decía que los viejos no dormían demasiado.

El muchacho salió de la cama; solo llevaba los calzoncillos. Cuando hacía frío, dormía con camisola, pero aquel año las islas británicas estaban disfrutando de un verano caluroso, y las noches eran suaves. Sacó el orinal de debajo de la cama y levantó la tapa.

No había habido ningún cambio en el tamaño de su pene, al que llamaba su «pito»; seguía siendo la misma colita infantil que había sido siempre. Tenía la esperanza de que hubiese empezado a crecerle la víspera de su cumpleaños, o si no, al menos, de ver brotar algún que otro pelo negro alrededor, pero se llevó una gran decepción. Para su mejor amigo, Tommy Griffiths, que había nacido el mismo día que él, la cosa había sido distinta: le había cambiado la voz y hasta le había salido una pelusilla oscura encima del labio superior. Además, para colmo, su pito era como el de un hombre hecho y derecho. Aquello era humillante.

Mientras usaba el orinal, Billy miró por la ventana. Lo único que se veía desde allí era la escombrera, un montículo gris pizarra de estéril, la materia inservible de la mina de carbón, esquisto y arenisca en su mayor parte. Aquel era el aspecto que debía de tener el mundo el segundo día de la Creación, pensó Billy, antes de que Dios dijese: «Produzca la tierra hierba verde». Una brisa suave levantó una fina capa de polvo negro de la escombrera y la derramó sobre la hilera de casas.

En el interior de su alcoba, todavía había menos objetos que contemplar. Se encontraba en la parte posterior de la casa, era un espacio angosto en el que a duras penas cabía la cama estrecha, una cómoda y el viejo baúl del abuelo. Colgado de la pared había un dechado bordado donde se leía:

CREE EN EL
SEÑOR JESUCRISTO

Y ESTARÁS

A SALVO

No había espejo.

Una puerta llevaba a lo alto de la escalera y la otra al dormitorio principal, al que solo podía accederse atravesando la pequeña alcoba. La otra habitación era más grande, con espacio para dos camas, y allí dormían mamá y papá; incluso las hermanas de Billy habían dormido allí, varios años antes. La mayor, Ethel, ya no vivía con ellos, y las otras tres habían muerto, una de sarampión, otra de tos ferina y la tercera de difteria. También había tenido un hermano mayor, que compartió la cama con Billy antes del abuelo. Se llamaba Wesley y murió abajo, en la mina, arrollado por una vagoneta fuera de control, por uno de los carros con ruedas que transportaban el carbón.

Billy se puso la camisa, la misma que había llevado a la escuela la jornada anterior. Ese día era jueves, y solo se cambiaba de camisa los domingos. Sin embargo, sí tenía un par nuevo de pantalones, sus primeros pantalones largos, hechos de un recio algodón impermeable al que llamaban piel de topo. Eran el símbolo del ingreso en el mundo de los hombres, y se los puso con orgullo, disfrutando de la sensación fuertemente masculina de la tela. Se ciñó un grueso cinturón de cuero y las botas que había heredado de Wesley y, a continuación, bajó las escaleras.

La mayor parte de la planta baja estaba ocupada por la sala de estar, de unos veinte metros cuadrados, con una mesa en el centro y una chimenea en un costado, amén de una alfombra tejida a mano sobre el suelo de piedra. El padre estaba sentado a la mesa leyendo un ejemplar atrasado del Daily Mail, con unas lentes apoyadas en el puente de la nariz larga y aguileña. La madre estaba preparando el té. Dejó la tetera humeante en la mesa, besó a Billy en la frente y le preguntó:

—¿Cómo está mi hombrecito el día de su cumpleaños?

Billy no contestó. El diminutivo le había dolido en lo más hondo, porque seguía siendo pequeño y no era un verdadero hombre todavía. Se dirigió a la recocina, en la parte de atrás. Sumergió un cuenco de hojalata en el barril de agua, se lavó la cara y las manos y, a continuación, tiró el agua en la pileta baja de piedra. En la recocina había un caldero con una parrilla para el fuego debajo, pero solo se empleaba las noches del baño, que eran los sábados.

Les habían prometido que no tardarían en tener agua corriente, y las casas de algunos mineros ya disponían de ella. La familia de Tommy Griffiths se hallaba entre las afortunadas. Cada vez que iba a casa de Tommy, a Billy le parecía un milagro poder llenar un vaso de agua fresca y clara con solo abrir un grifo, sin tener que transportar ningún balde hasta el surtidor de la calle. Sin embargo, el milagro no había llegado todavía a Wellington Row, la calle donde vivían los Williams.

Volvió a la sala de estar y se sentó a la mesa. Su madre le puso delante una enorme taza de té con leche y azúcar. Cortó dos gruesas rebanadas de una hogaza de pan casero y le llevó un pedazo de manteca de la despensa, situada debajo de la escalera. Billy entrelazó las manos, cerró los ojos y dijo:

—Gracias, Señor, por estos alimentos. Amén.

Acto seguido, bebió un sorbo de té y untó la manteca en el pan. Los ojos azul claro de su padre lo miraron por encima del periódico.

—Échate sal en el pan —le dijo—. Vas a sudar bajo tierra.

El padre de Billy era representante minero de la Federación Minera de Gales del Sur, el sindicato más fuerte de toda Gran Bretaña, tal como decía cada vez que tenía ocasión. Lo conocían como Dai el Sindicalista. A muchos hombres los llamaban Dai, el diminutivo de David, o Dafydd en galés. Billy había aprendido en la escuela que el nombre de David era muy popular en Gales porque era el nombre del santo patrón del país, como san Patricio en Irlanda. No se distinguía a un Dai de otro por el apellido —porque allí casi todos se apellidaban Jones, Williams, Evans o Morgan—, sino por el apodo. Los nombres verdaderos se utilizaban muy rara vez cuando había alguna alternativa jocosa. Billy se llamaba William Williams, así que para todos era Billy Doble. A veces las mujeres recibían el apodo del marido, de modo que la madre de Billy era la señora de Dai el Sindicalista.

El abuelo bajó cuando Billy estaba comiéndose la segunda rebanada de pan. A pesar del calor, llevaba chaqueta y un chaleco. Cuando se hubo lavado las manos, se sentó frente a Billy.

—No estés tan nervioso —le dijo—. Yo bajé al pozo cuando tenía diez años, y mi mismísimo padre bajó a la mina encaramado a la espalda del suyo cuando tenía cinco, y trabajaba desde las seis de la mañana hasta las siete de la tarde. De octubre a marzo no veía la luz del sol.

—No estoy nervioso —repuso Billy.

No era verdad. Estaba muerto de miedo.

Pese a todo, el abuelo se mostró benevolente y no siguió insistiendo. A Billy le caía bien. Su madre lo trataba como un crío pequeño, y su padre era severo y sarcástico, pero el abuelo era tolerante y se dirigía a Billy hablándole como a un adulto.

—Escuchad —dijo el padre.

Él era incapaz de comprar el Mail, un periodicucho de derechas, pero a veces se llevaba a casa el ejemplar de otra persona y les leía el periódico en voz alta, con tono desdeñoso y mofándose de la estupidez y la falta de honradez de la clase dirigente.

—«Lady Diana Manners ha sido objeto de severas críticas por acudir con el mismo vestido a dos bailes distintos. La hija menor del duque de Rutland recibió el galardón del “mejor vestido de señora” en el baile del Savoy por el cuerpo ceñido de escote barco y falda de miriñaque, y obtuvo un premio de doscientas cincuenta guineas.» —Bajó el periódico y dijo—: Eso es, al menos, tu salario de cinco años, hijo mío. —Reanudó la lectura—: «Sin embargo, suscitó la reprobación de los connoisseurs al lucir el mismo vestido en la fiesta que lord Winterton y F.E. Smith celebraron en el hotel Claridge. En contra de lo que afirma el dicho popular, lo que abunda, y en este caso repite, en ocasiones sí daña, fue el comentario de los asistentes». —Levantó la mirada del periódico y dijo—: Así que ya lo sabes, mamá, será mejor que te cambies de vestido si no quieres suscitar la reprobación de los connoisseurs.

Aquello no hizo gracia a la madre de Billy. Llevaba un viejo vestido de lana de color pardo con los codos remendados y manchas bajo las axilas.

—Si tuviera doscientas cincuenta guineas, te aseguro yo que estaría mucho más elegante que ese adefesio de lady Diana Comosellame —dijo, no sin amargura.

—Es verdad —convino el abuelo—. Cara siempre fue la más guapa… igual que su madre. —La madre de Billy se llamaba Cara. El abuelo se dirigió entonces al chico—: Tu abuela era italiana, se llamaba Maria Ferrone. —Eso Billy ya lo sabía, pero al abuelo le encantaba relatar una y otra vez las viejas historias familiares—. De ahí heredó tu madre ese pelo negro tan brillante y esos hermosos ojos oscuros, y tu hermana también. Tu abuela era la mujer más guapa de Cardiff… ¡y yo me la quedé! —De pronto, una nube de tristeza le ensombreció el semblante—. Aquellos sí que eran buenos tiempos… —añadió en voz baja.

El padre frunció el ceño con aire reprobador porque, a su juicio, aquella conversación evocaba los placeres de la carne, pero la madre se sintió halagada con los cumplidos de su padre y sonrió contenta mientras le servía el desayuno.

—Huy, sí, ya lo creo —intervino—. A mis hermanas y a mí todo el mundo nos consideraba unas bellezas. Se iban a enterar esos duques de lo que es una mujer guapa si tuviéramos dinero para sedas y encajes…

Billy se quedó pasmado, pues nunca se le había pasado por la cabeza considerar guapa ni nada por el estilo a su madre, aunque cuando se vestía para las reuniones del templo el sábado por la tarde sí estaba radiante, sobre todo cuando llevaba sombrero. Suponía que debía de haber sido guapa alguna vez, hacía muchos años, pero le costaba imaginarlo.

—Y además, para que lo sepas —dijo el abuelo—, en la familia de tu abuela eran todos muy listos. Mi cuñado era minero, pero dejó la mina y abrió un café en Tenby. ¡Eso sí que es vida! Disfrutar de la brisa marina y sin hacer nada en todo el día más que preparar el café y contar el dinero de la caja.

El padre leyó otra noticia.

—«Como parte de los preparativos para la coronación, el palacio de Buckingham ha elaborado un manual de protocolo de doscientas doce páginas.» —Levantó de nuevo la vista del papel—. No te olvides de mencionar eso hoy abajo en el pozo, Billy. Los hombres se alegrarán de saber que, cuando de la coronación se trata, no se ha dejado nada al azar.

A Billy la realeza le traía sin cuidado; lo que le gustaba eran las historias de aventuras que el Mail solía publicar sobre corpulentos y valerosos alumnos de colegios privados que jugaban al rugby y atrapaban a escurridizos espías alemanes. Según el periódico, dichos espías infestaban las ciudades de toda la geografía británica, aunque, por desgracia, no parecía haber ninguno en Aberowen.

Billy se levantó de la mesa.

—Voy calle abajo —anunció.

Salió de la casa por la puerta principal. Lo de ir «calle abajo» era un eufemismo familiar: significaba ir a las letrinas, que quedaban a medio camino de Wellington Row. Había una choza baja de ladrillo con el techo de chapa ondulada, construida encima de un profundo hoyo excavado en el suelo. La choza estaba dividida en dos compartimientos, uno para los hombres y otro para las mujeres, y cada uno de ellos contaba, a su vez, con un asiento doble, para que la gente pudiese hacer sus necesidades de dos en dos. Nadie sabía por qué quienes habían construido las letrinas lo habían dispuesto de ese modo, pero todos lo aprovechaban al máximo: los hombres se limitaban a mirar hacia delante y no decían nada, pero, tal como Billy comprobaba a menudo, las mujeres charlaban alegremente. El olor era nauseabundo, a pesar de la costumbre y del hecho de ser un acto cotidiano que se repetía todos los días. Billy siempre intentaba contener la respiración con todas sus fuerzas para luego, al salir, inspirar desesperadamente. Un hombre al que todo el mundo llamaba Dai el Boñigas se encargaba de vaciar el hoyo periódicamente.

Cuando Billy volvió a la casa, se llevó una gran alegría al ver a su hermana, Ethel, sentada a la mesa.

—¡Feliz cumpleaños, Billy! —exclamó al verlo—. Tenía que venir a darte un beso antes de que bajaras al pozo.

Ethel tenía dieciocho años y, a diferencia de lo que le ocurría con su madre, a Billy no le costaba ningún esfuerzo ver lo guapa que era. Tenía el pelo de color rojo caoba, ensortijado, y los ojos negros centelleaban con un brillo pícaro. Tal vez su madre hubiese tenido aquel aspecto alguna vez, hacía mucho tiempo. Ethel llevaba el sencillo vestido negro y la cofia blanca de algodón que caracterizaba a las doncellas, un uniforme que le sentaba francamente bien.

Billy adoraba a su hermana. Además de hermosa, era divertida, lista y valiente, y a veces hasta le plantaba cara a su padre. Le explicaba a Billy cosas que ninguna otra persona era capaz de contarle, como lo de ese trance mensual al que las mujeres llamaban el «período», o en qué consistía ese delito contra la moral pública que había obligado al párroco anglicano a abandonar la ciudad con tanta precipitación. Había sido la primera de la clase durante su paso por la escuela, y su redacción sobre el tema «Mi ciudad o pueblo» ganó el primer premio en un concurso organizado por el South Wales Echo. La habían obsequiado con un ejemplar del Atlas Mundial de Cassell.

Ethel besó a Billy en la mejilla.

—Le he dicho a la señora Jevons, el ama de llaves, que nos estábamos quedando sin betún y que lo mejor sería que fuese a comprarlo a la ciudad. —Ethel vivía y trabajaba en Ty Gwyn, la mansión inmensa del conde Fitzherbert, a un kilómetro y medio colina arriba. Le dio a Billy algo envuelto en un trapo limpio—. He birlado un trozo de tarta para traértelo.

—¡Muchas gracias, Eth! —exclamó Billy. Le encantaban las tartas.

—¿Quieres que te la ponga con el almuerzo? —preguntó su madre.

—Sí, por favor.

La madre sacó una caja de hojalata de la alacena y guardó en ella la tarta. Cortó dos rebanadas más de pan, las untó de manteca, añadió sal y las metió en la caja. Todos los mineros se llevaban el almuerzo en una caja de hojalata, porque si bajaban la comida a la mina envuelta en un trapo, los ratones habrían dado buena cuenta de ella antes del receso de media mañana.

—Cuando me traigas el primer salario, podrás llevarte una loncha de tocino hervido en la caja del almuerzo.

Al principio, el sueldo de Billy no iba a ser gran cosa, pero a pesar de ello para su familia sí supondría una gran diferencia. Se preguntó con cuánto dinero le dejaría quedarse su madre para sus gastos, y si podría ahorrar suficiente para comprarse esa bicicleta que deseaba más que cualquier otra cosa en el mundo.

Ethel se sentó a la mesa y su padre le preguntó:

—¿Cómo van las cosas en la casa grande?

—Todo bien, sin novedades —contestó ella—. El conde y la princesa están en Londres, para la coronación. —Consultó el reloj de la repisa de la chimenea—. Se levantarán pronto, tienen que estar en la abadía muy temprano. A ella no le va a hacer ninguna gracia, claro, porque no está acostumbrada a madrugar, pero no puede presentarse tarde ante el mismísimo rey. —La esposa del conde, Bea, era una princesa rusa de ilustre cuna.

—Querrán sentarse delante, para poder ver mejor el espectáculo —dijo el padre.

—No, no… no puedes sentarte donde tú quieras —aclaró Ethel—. Han encargado la fabricación especial de seis mil sillas de madera de caoba con los nombres de los invitados en letras doradas en el respaldo.

—¡Pues menudo derroche! —exclamó el abuelo—. ¿Y qué piensan hacer con ellas luego, eh?

—No lo sé, a lo mejor se las llevan a casa como recuerdo.

—Diles que nos manden alguna que les sobre —dijo el padre con sequedad—. Aquí solo somos cinco, y tu pobre madre tiene que quedarse de pie.

Cuando el padre de Billy se ponía sarcástico, casi siempre significaba que, en el fondo, estaba realmente enfadado. Ethel se puso en pie de un salto.

—Lo siento, mamá, no me había dado cuenta…

—Quédate donde estás, estoy demasiado ocupada para sentarme —repuso su madre.

El reloj dio las cinco.

—Billy, hijo mío, más vale estar allí pronto —dijo el padre—. Será mejor que te pongas en marcha.

Billy se levantó de mala gana y recogió su almuerzo.

Ethel lo besó de nuevo y el abuelo le estrechó la mano. Su padre le tendió dos clavos de quince centímetros, oxidados y un poco torcidos.

—Guárdatelos en el bolsillo de los pantalones.

—¿Para qué son? —quiso saber el muchacho.

—Ya lo verás —le contestó el padre, sonriendo.

La madre le dio a Billy una botella de litro con tapón de rosca, llena de té frío con leche y azúcar, y le dijo:

—Bueno, Billy, no olvides que Jesús está siempre contigo, incluso abajo en la mina.

—Sí, mamá.

Vio una lágrima en los ojos de su madre y se volvió rápidamente, porque a él también le entraban ganas de llorar. Tomó su gorra del colgador.

—Hasta luego, entonces —dijo, como si solo fuera a la escuela, y salió por la puerta principal.

Había sido un verano soleado y caluroso hasta entonces, pero ese día en concreto estaba nublado y parecía incluso a punto de llover. Tommy estaba apoyado en el muro de la casa, esperando.

—Eh, Billy —saludó.

—Hola, Tommy.

Echaron a caminar juntos por la calle.

Billy había aprendido en la escuela que, antiguamente, Aberowen había sido una población pequeña con un mercado que servía a los granjeros de los alrededores. Desde lo alto de Wellington Row se veía el viejo núcleo comercial, con los corrales abiertos para las transacciones ganaderas, el edificio de la lonja de la lana y la iglesia anglicana, todo en la misma ribera del río Owen, que era poco más que un arroyo. Ahora, una línea ferroviaria atravesaba la ciudad como una cicatriz, e iba a morir a la entrada de la mina. Las viviendas de los mineros habían ido extendiéndose por las laderas del valle, centenares de casas de piedra gris con tejados de pizarra galesa de un gris más oscuro. Estaban construidas a lo largo de hileras serpenteantes que seguían el contorno de las pendientes, y las hileras estaban atravesadas por unas callejuelas más cortas que se precipitaban en vertical hacia el fondo del valle.

—¿Con quién crees que vas a trabajar? —le preguntó Tommy.

Billy se encogió de hombros. Los muchachos nuevos se asignaban a uno de los ayudantes del capataz de la mina.

—Ni idea.

—Yo espero que me pongan en los establos. —A Tommy le gustaban los caballos. En la mina vivían unos cincuenta ponis que tiraban de las vagonetas que llenaban los mineros, arrastrándolas por los raíles del ferrocarril—. ¿Qué trabajo te gustaría hacer?

Billy esperaba que no le diesen una tarea demasiado pesada para su físico de niño, pero no estaba dispuesto a admitirlo en voz alta.

—Engrasar las vagonetas —contestó.

—¿Por qué?

—Parece fácil.

Pasaron por delante de la escuela de la que, hasta el día anterior, habían sido alumnos. Se trataba de un edificio victoriano con ventanas ojivales como las de una iglesia. Había sido erigido por la familia Fitzherbert, tal como el director se encargaba de recordar de forma incansable a los alumnos. El conde aún contrataba personalmente a los maestros y decidía el contenido del programa académico. Las paredes estaban repletas de cuadros de heroicas victorias militares, y la grandeza de Gran Bretaña era un tema constante. En la clase sobre las Escrituras con la que daba comienzo cada jornada escolar se impartían estrictas doctrinas anglicanas, a pesar de que casi todos los niños provenían de familias pertenecientes a sectores disidentes, escindidos de la Iglesia anglicana, también llamados no conformistas. Había una junta escolar de la que formaba parte el padre de Billy, pero carecía de poder auténtico y sus funciones se limitaban únicamente a aconsejar y asesorar. El padre del chico aseguraba que el conde trataba la escuela como si fuese una propiedad personal.

En su último año de estudios, Billy y Tommy habían aprendido las nociones básicas de la minería, mientras que las chicas aprendían a coser y a guisar. A Billy le había sorprendido descubrir que el suelo que había bajo sus pies estaba formado por capas de distintas clases de tierra, como si hubiera un montón de emparedados apilados unos encima de otros. Una «veta de carbón», una expresión que había oído toda su vida sin entenderla realmente, era una de dichas capas. También le habían explicado que el carbón estaba hecho de hojas muertas y otras clases de materia vegetal, acumuladas durante años y años y comprimidas por el peso de la tierra que tenían encima. Tommy, cuyo padre era ateo, aseguraba que eso demostraba que lo que decía la Biblia era mentira, pero el padre de Billy afirmaba que solo era una interpretación.

La escuela estaba vacía a aquellas horas, y el patio del recreo, también desierto. Billy se sentía orgulloso de haber dejado atrás la escuela, aunque una pequeña parte de su ser deseaba poder volver allí en lugar de tener que bajar al pozo.

A medida que iban aproximándose a la mina, las calles empezaron a llenarse de mineros, todos con su caja de hojalata y una botella de té. Iban vestidos igual, con trajes viejos de los que se despojarían en cuanto llegasen a su lugar de trabajo. Algunas minas eran muy frías, pero en la de Aberowen hacía mucho calor, y los hombres trabajaban en ropa interior y con botas, o con los pantaloncillos de hilo basto a los que llamaban bannickers. Todos llevaban una gorra acolchada siempre, porque los techos de los túneles eran muy bajos y era fácil golpearse la cabeza.

Por encima de las casas, Billy vio el cabrestante, una torre coronada por dos ruedas de grandes dimensiones que rotaban en sentido opuesto, tirando de los cables que subían y bajaban la jaula. En todas las cuencas mineras de Gales del Sur se veían estructuras similares de brocales de mina, del mismo modo en que las agujas de las iglesias dominaban las localidades y aldeas agrícolas.

Había otras construcciones diseminadas alrededor de la boca de la mina, como si hubiesen caído allí por casualidad: la lamparería, las oficinas, la herrería, los almacenes… Las líneas ferroviarias serpenteaban entre los edificios. Por el suelo aparecían desperdigados varios vagones averiados, viejos travesaños resquebrajados, sacos de comida y piezas de maquinaria oxidada y en desuso, todo cubierto por una capa de polvo de carbón. El padre de Billy decía siempre que habría menos accidentes si los mineros tuvieran las cosas más ordenadas.

Billy y Tommy entraron en las oficinas de la mina. En la antesala estaba Arthur Llewellyn el Manchas, un empleado no mucho mayor que ellos. Llevaba el cuello y los puños de la camisa blanca sucios. Estaba esperándolos, pues los padres de ambos habían dispuesto previamente que empezasen a trabajar ese día. El Manchas escribió sus nombres en un libro y luego los condujo al despacho del capataz.

—El joven Tommy Griffiths y el joven Billy Williams, señor Morgan —anunció.

Maldwyn Morgan era un hombre alto y vestía un traje negro. No había restos de carbón en los puños de su camisa, y tenía las mejillas rosadas, lisas y suaves, lo que significaba que, probablemente, se afeitaba todos los días. Su titulación de ingeniero lucía enmarcada en la pared, y su bombín —la otra señal distintiva de su estatus— colgaba del perchero que había junto a la puerta.

Para sorpresa de Billy, no estaba solo. Junto a él había una figura aún más pavorosa: Perceval Jones, director de Celtic Minerals, la compañía que poseía y explotaba la mina de carbón de Aberowen, además de otras. Un hombrecillo menudo y agresivo al que los mineros llamaban Napoleón. Iba vestido formalmente con un frac negro y pantalones a rayas grises, y no se había quitado el sombrero de copa.

Jones miró a los chicos con gesto de reprobación.

—Griffiths —dijo—, tu padre es un socialista revolucionario.

—Sí, señor —contestó Tommy.

—Y un ateo

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