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LA CALAVERA BAJO LA PIEL (CORDELIA GRAY)

P.D. James  

0


Fragmento

Título original: The Skull Beneath the Skin

Traducción: Iris Menéndez

1.ª edición: junio, 2016

© 2016 by P. D. James

© Ediciones B, S. A., 2016

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Fotografía de cubierta: © GETTY IMAGES

Diseño de colección: Ignacio Ballesteros

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-489-3

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

Webster estaba obsesionado por la muerte

y veía la calavera bajo la piel;

las criaturas sin pecho bajo tierra

se echaban hacia atrás en una sonrisa sin labios.

Bulbos de narcisos en lugar de globos

miraban fijamente desde las cuencas de los ojos.

Él sabía que el pensamiento se abraza a miembros

muertos estrechando sus ansias y placeres.

(T.S. ELIOT: Murmullos de inmortalidad)

Contenido

Portadilla

Créditos

Cita

 

Prólogo

PRIMERA PARTE

1

2

3

4

5

6

7

SEGUNDA PARTE

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

TERCERA PARTE

18

19

20

21

22

CUARTA PARTE

23

24

25

26

27

28

29

30

31

32

QUINTA PARTE

33

34

35

36

37

SEXTA PARTE

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Otros títulos de esta colección

Prólogo

Ni la más diligente investigación de mapas y gráficos logrará descubrir Courcy Island o su castillo victoriano enclavados a la altura de la costa de Dorset, pues su realidad sólo existe en la imaginación de la autora y en la de sus lectores. De igual manera, los acontecimientos pasados y recientes de la historia de Courcy, manchada de sangre, y los personajes que participaron en ella, no guardan ninguna relación con hechos y personas reales.

PRIMERA PARTE

Visita a una isla cercana a la costa

1

Sin duda alguna, la nueva placa estaba ladeada. Cordelia no necesitaba apelar al recurso de Bevis —esquivar el tráfico de media mañana que atestaba Kingly Street y observarla con los ojos entornados a través de una masa de taxis y chirriantes furgonetas de reparto— para reconocer el hecho puramente matemático: el elegante rectángulo de bronce, tan detenidamente diseñado y tan caro, estaba desnivelado casi dos centímetros. Pensó que así ladeada parecía, pese a la sencillez de su inscripción, pretenciosa y ridícula, propia de una esperanza irracional y de una empresa desatinada:

AGENCIA DE DETECTIVES PRYDE

(Tercer piso)

Propietaria: Cordelia Gray

De haber sido supersticiosa, habría creído que el inquieto espíritu de Bernie protestaba contra la nueva placa y la supresión de su nombre. En verdad, en su momento le había parecido simbólica la eliminación definitiva de Bernie por sus propias manos. No se le había ocurrido cambiar el nombre de la agencia: mientras existiera, siempre sería Pryde. Pero le había resultado cada vez más fastidioso que los clientes, desconcertados tanto por su sexo como por su juventud, siempre le dijeran: «Pensé que me recibiría el señor Pryde». Sería mejor que supieran desde el principio que ahora sólo había un propietario y que era del sexo femenino.

Bevis se reunió con ella en la puerta. Acentuó su parodia de desolación con su cara graciosa y voluble, al tiempo que decía:

—La medí con todo cuidado desde el suelo, de veras, señorita Gray.

—Lo sé. La acera debe de estar desigual. Es culpa mía, tendría que haber comprado un nivel de burbuja.

Pero Cordelia había tratado de escatimar el dinero para los gastos menores, diez libras semanales que guardaba en la lata de cigarrillos abollada que había heredado de Bernie, con su grabado de la batalla de Jutlandia y de la que el dinero parecía escapar mediante un misterioso proceso no relacionado con el desembolso real. Le había resultado fácil aceptar la afirmación de Bevis en el sentido de que sabía manejar el destornillador, olvidando que para él cualquier tarea era preferible a la que se suponía debía estar haciendo.

—Si cierro el ojo izquierdo y mantengo así la cabeza, parece correctamente colocada —dijo Bevis.

—Pero no podemos confiar en una sucesión de clientes tuertos y con tortícolis, Bevis.

Al contemplar la expresión del chico, caído ahora en una desesperación extrema que habría sido adecuada para el anuncio de un ataque atómico, Cordelia sintió el oscuro deseo de consolarle por su propia incompetencia. Uno de los aspectos desconcertantes de ser empresaria —papel para el que se sentía cada vez más inepta— era ese exceso de sensibilidad ante sus sentimientos, asociado a una vaga sensación de culpa. Sabía que su actitud era irracional, pues en realidad no empleaba directamente a Bevis ni a la señorita Maudsley. Contrataba a ambos en la oficina de empleo de la señorita Feeley, por semana, cuando los fondos de su caja lo permitían. Rara vez tenía que competir para contar con sus servicios: los dos estaban invariable y sospechosamente disponibles cuando los solicitaba. Ambos le brindaban honradez, un estricto cumplimiento del horario y una fanática lealtad; sin duda alguna, ambos le habrían proporcionado un eficiente servicio administrativo, en caso de haber estado a su alcance. De hecho, aumentaban su propia ansiedad, pues sabía que el fracaso de la agencia sería casi un golpe tan duro para ellos como para sí misma. Quien más sufriría sería la señorita Maudsley, una bondadosa mujer de sesenta y dos años, hermana de un párroco, que estiraba su asignación en un cuchitril de South Kensington y cuya afabilidad, edad, incompetencia y virginidad la habían convertido en el hazmerreír de los innumerables servicios de mecanografía por los que había transitado desde la muerte de su hermano. Bevis, con su frívolo encanto ligeramente venal, estaba mejor equipado para sobrevivir en la jungla londinense. Pasaba por ser un bailarín que trabajaba temporalmente como dactilógrafo mientras descansaba, inapropiado eufemism

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