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LA CANCIóN DE AQUILES

Madeline Miller  

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Fragmento

1

MI PADRE FUE REY e hijo de reyes. Era pequeño de estatura, al igual que la mayoría de nuestra gente, y tenía unos hombros enormes, como los de un toro. Desposó a mi madre cuando esta tenía catorce años y la sacerdotisa la declaró núbil. Se trataba de un buen partido: era hija única y el esposo recibiría la fortuna del padre.

No averiguó que su mujer era una simple hasta después de la boda. Mi abuelo materno tuvo buen cuidado de mantenerla con el rostro cubierto hasta después de la ceremonia y mi progenitor le siguió la corriente. Siempre iba a haber esclavas y efebos si resultaba ser fea. Según dicen, mi madre sonrió cuando al fin le retiraron el velo. Así es como supieron que era imbécil. Las novias jamás sonríen.

Mi padre me cogió de sus brazos en cuanto ella me alumbró y me confió a los cuidados de un ama. La partera se compadeció de la parturienta y le dio una almohada para que la abrazara en vez de a mí. Ella así lo hizo, sin darse cuenta del cambio operado.

Enseguida fui una decepción, pues salí pequeño y escuchimizado. No era veloz ni fuerte, y tampoco tenía buena voz para cantar. Lo mejor que podía decirse sobre mí era que jamás enfermaba. Los niños sufrían resfriados y cólicos a esa edad, pero yo nunca. Eso fue lo único que hizo recelar a mi padre. ¿No sería yo un niño no humano al que habían cambiado por su hijo? Cada vez que sentía sobre mí el peso de su mirada me temblaban las manos y mi madre chorreaba vino por la boca y se manchaba.

El turno de organizar los juegos le llegó a mi progenitor cuando yo tenía cinco años. Venían hombres desde lugares tan lejanos como Tesalia y Esparta, gracias a los cuales nuestros almacenes rebosaban de oro. Un centenar de siervos trabajaron durante veinte días para alisar las pistas de carreras y retirar las piedras. Mi padre estaba decidido a ofrecer los mejores juegos de su generación.

Recuerdo los cuerpos de los mejores corredores, morenos y relucientes a causa del aceite, mientras realizaban los estiramientos en la pista bajo el sol. En la liza se daban cita maridos de amplios hombros, jóvenes imberbes y chiquillos. Todos tenían unas pantorrillas muy musculosas.

Antes de la carrera sacrificaron al toro y vertieron la sangre del astado en la tierra y en cuencos de bronce. El animal murió en silencio, un magnífico augurio para los juegos en ciernes.

Los corredores se congregaron delante de la tarima donde mi padre y yo estábamos sentados alrededor de los trofeos reservados a los ganadores: cráteras de oro donde mezclar agua y vino, trípodes de bronce y lanzas de fresno rematadas con puntas del valioso hierro, pero el verdadero trofeo descansaba en mis manos: una corona de laurel recién cortado; el verde de las hojas era agrisado y yo lo frotaba con el pulgar para sacarle brillo. Mi padre había acabado dándomelo a regañadientes. Se tranquilizaba a sí mismo diciendo que solo debía sujetarlo.

Los más jóvenes competían primero. Habían hundido los pies en la arena, donde se removían, a la espera de que el sacerdote asintiera con la cabeza. Todos estaban en pleno estirón. Eran chicos larguiruchos de huesos muy marcados sobre la piel tensa. Mi mirada recayó sobre un muchacho rubio entre docenas de jóvenes de negros cabellos alborotados. Me incliné hacia delante para verle mejor. Su pelo parecía miel bajo la luz del sol y entre sus mechones podía atisbarse el aro de un príncipe.

Era algo más bajo que los demás y su figura tenía esa redondez propia de la niñez que el resto de los competidores ya había perdido. Lucía una larga melena anudada atrás con un lazo de cuero; refulgía sobre la piel morena de su espalda. Cuando se daba la vuelta podía verse su rostro, serio como el de un adulto.

Rebasó a los muchachos más corpulentos de mayor edad en cuanto el sacerdote golpeó el suelo con el pie. Se movía con suma facilidad. Sus talones levantaban destellos rosáceos como lenguas al relamerse. Ganó el muchacho de cabellos dorados.

Le miré fijamente cuando mi padre tomó la corona de laureles de mi regazo y se la puso en las sienes. Sus cabellos eran de un rubio tan intenso que las hojas verdes parecían casi negras. Su progenitor, Peleo, acudió a felicitarle con una sonrisa de orgullo en los labios. Su reino era más pequeño que el nuestro, pero se rumoreaba que su esposa era una diosa y su pueblo le adoraba. Mi propio padre le observaba con envidia. Su esposa era estúpida y su hijo demasiado lento para tomar parte siquiera en la carrera de los de menor edad. Se volvió hacia mí y me soltó:

—Así es como debería ser un hijo.

Sentí las manos vacías sin la corona. Observé cómo Peleo abrazaba a su heredero. El muchacho lanzó al aire la laureola y volvió a cogerla. Estaba riendo con el rostro iluminado por la victoria.

Al margen de esta escena, solo recuerdo imágenes dispersas de mi vida en aquel entonces: mi padre sentado en el trono con cara de pocos amigos, un ingenioso caballito de madera que me encantaba, mi madre en la playa con la mirada fija en el Egeo. En esta última recordación yo estoy junto a ellos, lanzo piedras que rebotan varias veces sobre la piel del mar. A ella parece complacerle el modo en que las aguas se ondulan para retroceder de nuevo hacia la superficie cristalina del ponto, o tal vez fuera el océano mismo lo que le gustara. Ella había hundido en la arena los pies y sus dedos asomaban por debajo del sablón, pero yo me andaba con mucho cuidado a la hora de no tocarlos en mi búsqueda de piedras. No tengo otro recuerdo de mi madre y es tan perfecto que estoy casi convencido de que es fruto de mi imaginación. Después de todo, es muy improbable que mi padre nos permitiera acudir solos a la playa al tonto de su hijo y a su esposa aún más boba. Y además, ¿dónde estábamos? No reconozco la playa ni la línea costera. Ha llovido mucho desde entonces.

2

EL REY ME HIZO llamar. Según recuerdo, me fastidiaba mucho cruzar el gran salón del trono para luego arrodillarme frente al trono sobre el suelo de piedra. Algunos monarcas habían optado por poner alfombras a fin de aliviar las rodillas de los mensajeros que venían con nuevas y debían estar mucho rato hablando. No era el caso de mi padre.

—La hija del rey Tindáreo ya tiene edad para desposarse —anunció.

Me sonaba ese nombre. Tindáreo era rey de Laconia, en Esparta, y poseía grandes extensiones en las riquísimas tierras del sur, objeto de la codicia de mi progenitor. También había oído hablar de su hija, de quien se rumoreaba que era la mujer más hermosa de toda Hélade. Según se decía, Leda, su madre, había sido violada por el mismísimo Zeus, rey de todos los dioses, disfrazado de cisne. A los nueve meses nacieron dos grupos de gemelos, Cástor y Clitemnestra, hijos de su esposo mortal, y Pólux y Helena, deslumbrante prole de un dios, pero era bien sabido lo malos padres que eran los dioses. Se esperaba que Tindáreo proveyera a todos de su patrimonio.

Yo no respondí a las noticias de mi padre. Nada significaban para mí.

Se aclaró la garganta de forma muy audible en la silenciosa cámara del trono.

—Haríamos bien en tenerla en nuestra familia. Irás y te ofrecerás como pretendiente.

No había nadie más en la sala, así que solo él pudo oír mi resoplido, pero yo sabía bien que no convenía verbalizar mi disgusto. Mi progenitor ya conocía todo cuanto yo podía decirle: tenía nueve años, era feo, poco prometedor y menos interesante.

Partimos a la mañana siguiente con los fardos llenos de regalos y vituallas para el viaje. Nos escoltaban soldados engalanados con su mejor armadura. No me acuerdo mucho de aquel viaje por tierra, a través de unas comarcas que dejaron poca huella en mi memoria. Mi padre iba en la cabeza de la comitiva, desde donde dictaba órdenes a emisarios y secretarios que salían disparados en todas las direcciones. Yo mantenía la vista fija en las riendas de cuero y acariciaba con el pulgar su acabado aterciopelado. No entendía cuál era mi lugar allí porque era incomprensible, como tantas otras cosas que hacía mi padre. Mi burro se bamboleaba, y yo con él, feliz de contar con esa diversión.

No fuimos los primeros pretendientes en llegar a la ciudadela de Tindáreo. Los establos abarrotados de mulas y caballos eran un hervidero de criados. Mi progenitor parecía bastante descontento con la ceremonia de recepción que nos habían dispensado. Acariciaba la piedra del hogar de nuestros aposentos con cara de pocos amigos. Yo había traído de casa un juguete: un caballito de patas móviles. Movía una y luego otra e imaginaba que viajaba a lomos del mismo en vez de hacerlo sobre el burro. Pasaron los días y seguimos comiendo en nuestras habitaciones. Un soldado se compadeció de mí y me prestó sus dados. Estuve tirándolos en el suelo hasta que me salieron todo seises en una tirada.

Por último, una mañana, mi padre me ordenó que me lavara y me peinara. Me hizo cambiar de túnica una vez y después otra. Le obedecí, aun cuando no vi mucha diferencia entre el color de la primera, púrpura con bordadura de oro, y el de la segunda, carmesí con bordadura de oro. Ninguna de las dos ocultaba el tembleque de mis rodillas. Mi padre parecía poderoso y severo con esa barba negra acuchillándole el semblante. Ya teníamos preparado el regalo que íbamos a ofrecer a Tindáreo: una crátera de oro con un relieve donde se representaba la historia de la princesa Dánae, a quien Zeus dejó embarazada después de haberse transformado en lluvia de oro, y ella había alumbrado a Perseo, el que luego mató a la Gorgona, y se convirtió en uno de nuestros grandes héroes, solo superado por Heracles. Mi padre me la entregó con una advertencia:

—No nos avergüences.

Oí antes que vi el gran salón, contra cuyas paredes rebotaba el sonido de miles de voces, el tintineo de las armaduras y el golpeteo de las copas. Los criados habían abierto de par en par las ventanas con el fin de reducir el volumen del bullicio y habían colgado en las paredes grandes tapices de indiscutible riqueza. Jamás había visto tantos hombres juntos como había en el interior de aquella estancia. «Hombres no», me corregí, «reyes».

Se nos llamó para participar en el consejo sentados en bancos cubiertos con pieles de vaca. Los criados retrocedieron hasta desvanecerse entre las sombras. Mi padre me puso una mano encima y hundió los dedos en mi cuello para avisarme de que no se me ocurriera moverme.

Había mucha violencia contenida en aquella estancia, donde tantos príncipes, héroes y reyes s

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