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LA CANCIóN DE LA LLANURA

Kent Haruf  

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Fragmento

GUTHRIE

Ahí estaba aquel hombre Tom Guthrie junto a la ventana en la cocina de su casa en Holt fumando y mirando la extensión de terreno por la que empezaba a asomar el sol. Cuando el sol alcanzó la parte alta del molino, observó cómo las aspas de acero y la veleta que había en lo alto de la estructura de madera se teñían de un rojo cada vez más intenso. Después apagó el cigarrillo y fue al piso de arriba y pasó por delante de la puerta cerrada tras la cual yacía ella, dormida o no, a oscuras en el cuarto de invitados, y siguió por el pasillo hasta la habitación acristalada que había encima de la cocina y en la que estaban los dos niños.

La habitación era un antiguo porche cerrado, amplio y diáfano, con ventanas sin cortinas en tres de las paredes y el suelo de madera de pino. Al fondo, bajo las ventanas que daban al norte, ellos seguían dormidos en la misma cama, acurrucados, aunque el otoño acababa de empezar y todavía no hacía frío. Llevaban un mes entero durmiendo en la misma cama y ahora el mayor tenía un brazo estirado sobre la cabeza de su hermano como si quisiera protegerle de algo y salvarse así los dos. Tenían nueve y diez años y el pelo castaño y las caras infantiles y las mejillas tan puras y entrañables como las de una niña.

Fuera se levantó un viento de poniente y la veleta se movió con el aire y las aspas del molino giraron en un zumbido rojo, pero el viento amainó y las aspas se movieron más despacio y dejaron de girar.

Ya es hora de levantarse, dijo Guthrie.

Todavía en albornoz, se quedó mirando a los niños a los pies de la cama. Era un hombre alto con gafas y el pelo negro y escaso. El mayor retiró el brazo y los dos se hundieron bajo las sábanas. Uno de ellos suspiró con placer.

Ike.

¿Qué?

Venga, levantaos ya.

Ya vamos.

Tú también, Bobby.

Guthrie miró por la ventana. El sol estaba más alto, la luz empezaba a descender por la escalera del molino, llenándola de claridad, creando peldaños de oro rosa.

Al volverse de nuevo hacia la cama vio en sus caras que ya estaban despiertos. Salió al pasillo y volvió a pasar por delante de la puerta cerrada y siguió hasta el cuarto de baño y se afeitó y se lavó la cara y volvió al dormitorio delantero, cuyas altas ventanas daban a Railroad Street, y sacó una camisa y un pantalón del armario y los dejó sobre la cama y se quitó el albornoz y se vistió. De vuelta en el pasillo, los niños hablaban en su habitación, sus voces finas y limpias, ya discutiendo, primero una, después la otra, intermitentes, las voces tempranas y llenas de naturalidad con las que hablan los niños cuando no hay adultos. Guthrie regresó al piso de abajo.

Diez minutos después, cuando los niños entraron en la cocina, él estaba delante del hornillo de gas removiendo los huevos en una sartén de hierro fundido. Los miró. Ellos se sentaron a la mesa de madera que había junto a la ventana.

¿No habéis oído el tren?

Sí, repuso Ike.

Tendríais que haberos levantado entonces.

Es que estábamos cansados, dijo Bobby.

Eso es porque os acostáis tarde.

Nos acostamos temprano.

Pero no os dormís. Os oigo hablar y hacer el tonto.

Miraron a su padre con idénticos ojos azules. Aunque se llevaban un año podrían haber pasado por gemelos. Se habían puesto pantalones vaqueros y camisas de franela y no se habían peinado y su pelo oscuro caía de la misma forma sobre sus frentes infantiles. Esperaron sentados el desayuno con cara adormilada.

Guthrie trajo dos gruesos platos de loza con los huevos recién hechos y unas tostadas con mantequilla y los dejó sobre la mesa y los niños untaron las tostadas con mermelada y empezaron inmediatamente a comer, inclinados sobre los platos, masticando con gestos mecánicos. Guthrie les llevó dos vasos de leche.

Se quedó de pie, mirando cómo comían.

Me voy, dijo. Esta mañana tengo que llegar pronto al instituto.

¿No vas a desayunar con nosotros?, preguntó Ike.

Dejó de masticar y levantó la cabeza.

Esta mañana no puedo.

Guthrie volvió a cruzar la cocina y dejó la sartén en el fregadero y le echó un poco de agua.

¿Por qué tienes que ir tan temprano al instituto?

Tengo que hablar sobre alguien con Lloyd Crowder.

¿Sobre quién?

Sobre un chico de la clase de historia de América.

¿Qué ha hecho?, quiso saber Bobby. ¿Ha copiado?

Todavía no. Pero tal como va, no me extrañaría que acabara haciéndolo.

Ike encontró algo en los huevos y lo dejó en el borde del plato. Volvió a levantar la cabeza.

Pero, papá, dijo.

Qué.

¿Es que mamá tampoco va a bajar hoy?

No lo sé, respondió Guthrie. No sé lo que va a hacer. Pero no os preocupéis. Intentad no preocuparos. Todo irá bien. Vosotros no tenéis la culpa de nada.

Los observó detenidamente. Habían dejado de comer y miraban por la ventana hacia el corral del establo donde estaban los dos caballos.

Venga, daos prisa, dijo. Todavía tenéis que repartir los periódicos y vais a llegar tarde al colegio.

Volvió al piso de arriba. Sacó un jersey de la cómoda del dormitorio y se lo puso y salió al pasillo y se detuvo delante de la puerta cerrada. Se quedó escuchando pero no oyó nada. Al entrar encontró el cuarto prácticamente a oscuras, silencioso y prohibido como una pequeña iglesia después del funeral de una mujer que ha muerto demasiado pronto. Una repentina sensación de aire estático y quietud forzada. Las persianas de las dos ventanas estaban bajadas hasta el alféizar. Se quedó mirándola en silencio. Ella. Que seguía tumbada en la cama con los ojos cerrados. Apenas podía distinguir su cara en la penumbra, esa cara tan pálida como la tiza del colegio y ese delicado cabello que caía enredado ocultando sus mejillas y su delgado cuello. No sabía si estaba dormida, pero le pareció que no lo estaba. Creía que solo estaba esperando a que él le dijera la razón por la que había venido y se marchara.

¿Necesitas algo?, preguntó él.

Ella no se molestó en abrir los ojos. Él esperó. Miró a su alrededor. No había retirado los crisantemos que había sobre la cómoda y el agua rancia del jarrón empezaba a oler mal. Le sorprendió que a ella no le molestase. En qué estaría pensando.

Entonces te veré esta noche, dijo él.

Esperó. Ella siguió sin moverse.

Está bien.

Salió al pasillo y cerró la puerta del cuarto y fue al piso de abajo.

Ella se dio la vuelta en la cama y miró hacia la puerta que él acababa de cerrar. Sus ojos tenían una mirada intensa, despierta, desproporcionada. Volvió a darse l

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