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LA CANCIóN DE LOS MAORíES (NUBE BLANCA 2)

Sarah Lark

0


Fragmento

Título original: Das Lied der Maori

Traducción: Susana Andrés

1.ª edición: febrero 2012

 

© 2008 by Bastei Lübbe GmbH & Co. KG, Köln

© Ediciones B, S. A., 2012

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

 

Deposito Legal: B.8221-2012

 

ISBN EPUB:  978-84-15389-85-9

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

Créditos

Mapas

 

La heredera

1

2

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8

Voluntad es vida

1

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9

10

11

La huida

1

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6

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8

9

10

La sanación

1

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3

4

5

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8

9

10

Las voces de los espíritus

1

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3

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5

6

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8

9

10

11

Nota final

LA HEREDERA

Queenstown, llanuras de Canterbury

 

1893

1

 

—¿Usted es la señora O’Keefe?

William Martyn miraba perplejo a la pelirroja y grácil muchacha que lo había atendido en la recepción del hotel. Los hombres del campamento de buscadores de oro le habían descrito a Helen O’Keefe como una señora mayor, una especie de dragón hembra de esos que, con el paso de los años, vomita fuego. Se decía que en el hotel de la señorita Helen regían normas estrictas. Estaba prohibido fumar, también el alcohol y, con más razón todavía, invitar a personas del sexo opuesto si no se presentaba un certificado de matrimonio. Por lo que los buscadores de oro contaban, uno esperaba una cárcel más que un hotel. A pesar de ello, en aquel lugar no había pulgas ni piojos, pero sí baños para los huéspedes.

Era esto último lo que había acabado por convencer a William de hacer caso omiso de las advertencias de sus conocidos. Después de pasar tres días en el solar de la vieja granja de ovejas que los buscadores se habían adjudicado como refugio, estaba dispuesto a todo para librarse de los insectos. Incluso aguantaría a la «dragón» Helen O’Keefe.

Sin embargo, quien lo saludaba no era en absoluto una dragón, sino una bellísima criatura de ojos verdes, cuyo rostro se hallaba enmarcado por una rebelde melena rizada de un dorado rojizo. En todos los sentidos, era la visión más agradable que William contemplaba desde que había desembarcado en Dunedin, Nueva Zelanda. Su ánimo, por los suelos durante semanas, se levantó de forma instantánea.

La joven rio.

—No, yo soy Elaine O’Keefe. Helen es mi abuela.

William sonrió, consciente de que así causaba buena impresión. En Irlanda siempre asomaba una expresión de interés en las chicas cuando vislumbraban una chispa de picardía en sus ojos azules.

—Qué pena. De golpe se me había ocurrido un anuncio comercial: «Agua de Queenstown: ¡descubra la fuente de la juventud!»

Elaine rio por lo bajo. Tenía un rostro delgado y pequeño, la nariz tal vez una pizca demasiado afilada y con un montón de pecas.

—Debería juntarse con mi padre. No para de inventarse lemas de ese tipo: «Si la pala es buena, olvídese de su pena», «¡Buscadores de oro: las herramientas de Almacenes O’Kay son más fuertes que un toro!».

—Lo tendré en cuenta —sonrió William, memorizando el nombre—. ¿Me dará una habitación?

La muchacha vaciló.

—¿Es usted buscador de oro? Entonces... bueno, todavía quedan habitaciones libres, pero son bastante caras. La mayoría de los buscadores no pueden permitírselas...

—¿Parezco uno de ellos? —repuso William con fingida gravedad, frunciendo el ceño bajo su abundante cabello rubio.

Elaine lo observó con franqueza. A primera vista no se diferenciaba demasiado de los buscadores que veía a diario en Queenstown. Su aspecto era algo sucio y desaliñado, llevaba un abrigo encerado, pantalones de montar azules y botas recias. Sin embargo, tras un segundo repaso, Elaine —como buena hija de comerciante— reconoció la calidad del atuendo del joven: bajo el abrigo abierto se entreveía una chaqueta de piel cara; unos zahones de cuero le cubrían las piernas; las botas eran de primera calidad y la cinta del Stetson de ala ancha era de crin. En total, una pequeña fortuna. También las alforjas —al principio las tenía echadas descuidadamente al hombro, pero luego las había depositado en el suelo, entre las piernas— parecían elaboradas y caras.

Todo ello no era habitual, ni mucho menos, entre los aventureros que llegaban en busca de oro en los ríos y montañas de los alrededores de Queenstown, ya que eran muy pocos los que obtenían ganancias. Antes o después, casi todos abandonaban la ciudad tan pobres y harapientos como habían llegado. Eso también se debía a que los hombres, por lo general, no ahorraban lo que ganaban en las minas, sino que corrían a gastárselo en Queenstown. Sólo se enriquecían los inmigrantes que se asentaban allí para abrir un negocio. Entre éstos se contaban los padres de Elaine, la señorita Helen con su pensión y los dueños de establecimientos, como Stuart Peter de la herrería y cuadra de alquiler, Ethan con la oficina de correos y telégrafos y, sobre todo, la propietaria del llamado Hotel de Daphne, un local situado en la calle Mayor, de mala reputación pero en general aceptado, que albergaba el burdel.

William respondió pacientemente y con una sonrisa algo burlona a la mirada apreciativa de Elaine. Ésta contemplaba un rostro jovial en cuyas mejillas aparecieron unos hoyuelos cuando él esbozó una mueca con los labios. ¡Y acababa de afeitarse! También eso era inusual. Los buscadores de oro se limitaban a utilizar la navaja de afeitar cuando Daphne organizaba un baile.

Elaine decidió sondear un poco al recién llegado.

—Al menos no huele tanto como la mayoría.

William sonrió.

—Por el momento, el mar ofrece la posibilidad de baños gratuitos. Pero me han dicho que no será por mucho tiempo, ya que está llegando el frío. Además, según parece, al oro le agrada el olor corporal. Quien menos se baña es quien más pepitas extrae del río.

Elaine no pudo evitar reírse.

—No debería seguir usted ese ejemplo o tendrá problemas con la abuela. Tome, si quiere rellenarlo... —Le tendió un formulario de registro e intentó, con discreción, espiar lo que William anotaba con pulso firme. Algo también poco corriente, pues eran contados los buscadores de oro que escribían con fluidez.

William Martyn... El corazón de Elaine dio un brinco cuando lo leyó. Qué nombre más bonito.

—¿Qué he de poner aquí? —preguntó William, señalando una pregunta sobre su domicilio de origen—. Acabo de llegar. Éste es mi primer domicilio en Nueva Zelanda.

Elaine ya no logró disimular por más tiempo su interés.

—¿De verdad? ¿De dónde es usted? No, deje que lo adivine. Es lo que siempre hace mi madre con los nuevos huéspedes. Por el acento se conoce su procedencia...

Resultaba fácil con la mayoría de inmigrantes, aunque de vez en cuando se cometiesen errores. A Elaine le sonaba casi igual el acento de los suecos, holandeses y alemanes. Pero a los irlandeses y escoceses los distinguía casi siempre, y la gente de Londres era especialmente fácil de reconocer. Los expertos hasta lograban precisar de qué zona de la ciudad procedían. Sin embargo, William era difícil de distinguir. Parecía inglés, pero aun así hablaba de forma más dulce, alargando las vocales.

—Es usted galés —aventuró. Su abuela materna, Gwyneira McKenzie-Warden, era galesa y el acento de William le recordaba un poco al de ella. De todos modos, Gwyneira no hablaba ningún dialecto local. Era hija de un noble rural y sus institutrices siempre se habían ocupado de que su inglés careciera de acentos distintivos.

William negó con la cabeza, pero sin la sonrisa que Elaine había esperado.

—¿Cómo se le ocurre? —replicó el joven—. Soy irlandés, de County Connemara.

Elaine se ruborizó. Nunca habría sacado tal conclusión pese a que había muchos irlandeses en los yacimientos de oro. Ellos, sin embargo, solían hablar un dialecto bastante burdo, mientras que William hablaba de manera distinguida.

Como para subrayar su origen, escribió en letras mayúsculas su última dirección en la casilla correspondiente: Martyn’s Manor, Connemara.

Se diría que no se refería a la granja de un pequeño campesino, sino a una finca rural...

—Bien, ahora le enseño la habitación —dijo Elaine.

De hecho, ella no era quien acompañaba a los huéspedes, y menos aún si eran varones. La abuela Helen le había recomendado encarecidamente que siempre llamara a un sirviente o alguna doncella para cumplir tal tarea. Pero esta vez Elaine hizo de buen grado una excepción. Salió de detrás de la recepción, caminando tan recta como su abuela le había dicho que era «propio de una señorita»: la cabeza levantada con gracia natural y los hombros hacia atrás. ¡Y nada de abandonarse al balanceo provocador que tanto les agradaba exhibir a las chicas de Daphne!

Elaine esperaba que sus pechos, que aún no habían alcanzado la plenitud, y su cintura, desde hacía poco encorsetada y muy esbelta, llamaran la atención. Detestaba el corsé, pero si con ello atraía el interés de ese hombre...

William la siguió, contento de ir detrás. Apenas si lograba reprimir el deseo al contemplar su elegante silueta, que ya anunciaba unas suaves redondeces en los lugares apropiados. Tras su breve temporada en la cárcel, las ocho semanas de travesía posteriores y ahora la cabalgata de Dunedin hasta los yacimientos de oro de Queenstown... hacía casi cuatro meses que ni siquiera se acercaba a una mujer.

Desde luego, un tiempo inconcebiblemente largo. Y ya era hora de ponerle remedio. Los hombres del campamento hablaban maravillas de las chicas de Daphne. Al parecer eran bastante bonitas y los cuartos estaban aseados. Sin embargo, a William le atraía más la idea de cortejar a esa pequeña y dulce pelirroja que la de satisfacer en un periquete su deseo en brazos de una prostituta.

La habitación también fue de su agrado. Era pulcra y estaba amueblada sobria y esmeradamente con muebles de madera clara. De las paredes colgaban cuadros y ya había preparada una jofaina de agua para lavarse.

—También puede utilizar los baños —señaló Elaine, ruborizándose un poco—. Aunque debe avisar con antelación. Consulte con la abuela, Mary o Laurie.

Con estas palabras pretendía retirarse, pero William la retuvo con dulzura.

—¿Y a usted? ¿No puedo consultárselo a usted? —inquirió en voz baja y mirándola fijamente.

Elaine sonrió halagada.

—No, yo no suelo estar aquí. Hoy he venido a sustituir a la abuela. Pero yo... bueno, yo por lo general ayudo en los Almacenes O’Kay. El negocio es de mi padre.

William asintió. Así pues, no sólo era bonita sino de buena familia. Aquella muchacha le gustaba cada vez más. Además, necesitaría herramientas para buscar el oro.

—No tardaré en pasar por allí —anunció.

 

 

Elaine voló literalmente escaleras abajo. Su corazón parecía haberse transformado en un globo de aire caliente que la elevaba con ímpetu por encima de cualquier obstáculo. Los pies apenas si rozaban el suelo y se diría que el cabello ondeaba al viento, aunque en la casa no soplaba ni una brisa. La muchacha estaba exultante. Tenía la sensación de encontrarse al comienzo de una aventura y de ser tan hermosa e invencible como una de las protagonistas de las novelas que leía a escondidas en la tiendecita de Ethan.

Con expresión radiante brincó por el jardín de la gran casa que albergaba la pensión de Helen O’Keefe. Elaine la conocía a fondo, no en vano había nacido allí. Sus padres la habían erigido para la familia que estaban formando cuando obtuvieron las primeras ganancias del negocio. Luego, sin embargo, el centro de Queenstown les había resultado demasiado bullicioso y urbano, sobre todo a la madre de Elaine, Fleurette, que procedía de una de las grandes granjas de ovejas de las llanuras de Canterbury y añoraba los espacios abiertos. Por esa razón sus padres habían construido una nueva casa en un terreno de ensueño junto al río, al que sólo le faltaba una cosa: yacimientos de oro. En un principio, el padre de Elaine lo había solicitado como concesión para explotar, pero, pese a sus muchas virtudes, Ruben O’Keefe era un caso perdido como buscador de oro. Por fortuna, Fleurette no había tardado en percatarse de ello y no había invertido su dote en una mina de oro sin rendimiento, sino en el suministro de mercancías, sobre todo palas y bateas que los buscadores le arrebataban de las manos. De ahí habían surgido después los Almacenes O’Kay.

Fleurette bautizó en broma la mansión junto al río como «Pepita de Oro», pero en algún momento el nombre quedó acuñado. Elaine y sus hermanos habían crecido felices allí. Tenían caballos y perros, incluso un par de ovejas como en la casa familiar de Fleurette. Ruben renegaba cuando una vez al año había que esquilar a los animales, y tampoco los hijos varones, Stephen y George, eran aficionados a las labores de la granja. Todo lo opuesto a Elaine. Para ella la pequeña casa de campo nunca llegaría al nivel de Kiward Station, la gran granja de ovejas que su abuela materna Gwyneira administraba en las llanuras de Canterbury. Le habría encantado vivir y trabajar en una granja como aquélla y por eso estaba algo celosa de su prima, quien la heredaría más adelante.

Aun así, Elaine no era una joven que se devanara los sesos con tales cavilaciones. Encontraba casi igual de interesante ayudar en la tienda o sustituir a su abuela en la pensión. Por el contrario, tenía pocas ganas de asistir a la universidad como su hermano Stephen, quien en la actualidad estudiaba Derecho en Dunedin, haciendo realidad el sueño de ser abogado que su padre había acariciado siendo joven. Desde hacía casi veinte años, Ruben O’Keefe era juez de paz de Queenstown y para él no había nada más bello que conversar sobre temas jurídicos. El hermano menor de Elaine, George, todavía asistía a la escuela, aunque tenía visos de ser el comerciante de la familia. Ya colaboraba en la tienda con afán y tenía montones de proyectos para su mejora.

 

 

Helen O’Keefe, quien al comienzo nada sospechaba del entusiasmo de su nieta y del motivo del mismo, el recién llegado William Martyn, vertía con elegancia el té en la taza

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