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LA CANCIóN DE SALOMóN

Toni Morrison  

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Fragmento

1

El agente de la Mutualidad de Seguros de Vida de Carolina del Norte prometió volar desde el hospital de la Misericordia hasta la orilla opuesta del lago Superior a las tres en punto. Dos días antes de que tuviera lugar el acontecimiento, clavó una nota en la puerta de su casita amarilla: «A las tres de la tarde del miércoles 18 de febrero de 1931, despegaré del hospital de la Misericordia y volaré con mis propias alas. Por favor, perdonadme. Os quise a todos. Robert Smith, agente de seguros.»

El señor Smith no atrajo una multitud semejante a la que había reunido Lindbergh cuatro años antes —no acudieron más de cuarenta o cincuenta personas— porque nadie leyó la nota antes de las once de la mañana del mismo miércoles que había elegido para volar. A esa hora de un día laborable las noticias corrían de boca en boca con increíble lentitud. Los niños estaban en el colegio, los hombres trabajando y la mayoría de las mujeres abrochándose el corsé y preparándose para ir a averiguar qué despojos y qué entrañas estaría dispuesto a regalar aquella mañana el carnicero. Sólo se hallaban presentes los parados, los que trabajaban por su cuenta y los muy jóvenes, unos deliberadamente, porque habían oído hablar del acontecimiento, y otros accidentalmente, porque acertaron a pasar en aquel preciso momento por el extremo norte de la calle No Médico, nombre no reconocido por la Oficina de Correos. En los planos de la ciudad esa calle figuraba con el nombre de avenida Mains, pero el único médico de color de la ciudad había vivido y muerto en ella, y cuando en 1896 se instaló allí, sus pacientes, ninguno de los cuales vivía ni en la avenida ni en sus alrededores, dieron en llamarla calle del Médico. Más tarde, cuando fueron a vivir allí otros negros y cuando el correo comenzó a constituir un medio de comunicación habitual entre ellos, empezaron a llegar a la Oficina Postal cartas procedentes de Luisiana, Virginia, Alabama y Georgia dirigidas a tal o cual número de esa calle. Los empleados de correos las devolvían a sus destinatarios o las enviaban a la oficina de cartas perdidas. Cuando en 1918 llamaron a filas a los hombres de color, varios de ellos dieron como dirección en la oficina de reclutamiento la calle del Médico, con lo que tal nombre llegó a adquirir reconocimiento casi oficial. Pero no por mucho tiempo. Varias autoridades municipales, cuya preocupación por los nombres apropiados y el mantenimiento de los monumentos de la ciudad constituía la parte principal de su actividad política, aplicaron todo su celo a evitar que la denominación de calle del Médico pasara a ser oficialmente reconocida. Y sabedores de que quienes mantenían el apelativo eran los habitantes de la zona sur de la ciudad, fijaron en tiendas, barberías y restaurantes de aquellos barrios unos carteles en que se afirmaba que la avenida que corría de norte a sur desde el paseo de la Ribera, que bordeaba el lago, hasta la confluencia de las carreteras 6 y 2 de Pensilvania paralelamente a las avenidas Rutheford y Broadway, era y sería siempre conocida con el nombre de avenida Mains y no Médico.

Aquel cartel aclaró definitivamente la cuestión, pues permitió a los residentes de los barrios del sur mantener vivos sus recuerdos y complacer al mismo tiempo a las autoridades municipales. La llamaron calle No Médico y con el tiempo tendieron a llamar igualmente hospital de la No Misericordia al establecimiento de caridad que se alzaba en el extremo norte de la calle, ya que sólo en 1931, al día siguiente de aquel en que el señor Smith saltara desde su cúpula, se permitió que una mujer de color diera a luz en su interior y no en las escaleras de la entrada. La generosa actitud del hospital con respecto a aquella mujer no se debió al hecho de que fuera precisamente la única hija del mencionado doctor, ya que éste no había disfrutado en toda su vida profesional de los privilegios que ofrecía dicho centro ni había visto admitidas en él más que a dos de sus pacientes, blancas ambas. Por otra parte, aquel médico había muerto mucho antes de 1931. Probablemente fue el hecho de que el señor Smith saltara desde aquel tejado por encima de sus cabezas lo que les impulsó a admitirla. En cualquier caso, contribuyera o no la fe del agente de seguros en que podía volar a determinar el lugar en que se desarrollara el parto, lo cierto es que sí influyó en determinar el momento en que tuvo lugar.

Cuando la hija del fallecido médico vio al señor Smith aparecer tras la cúpula tal y como había prometido, con las enormes alas de seda azul curvadas en torno al pecho, soltó la gran canasta que llevaba cubierta, salpicando el suelo de pétalos de terciopelo rojo. El viento los arrastró hacia arriba, hacia abajo y alrededor, para depositarlos finalmente sobre los pequeños montones de nieve. Sus hijas, ya medio crecidas, corrieron a recogerlos mientras la madre gemía abrazada a su vientre. El revuelo de los pétalos atrajo mucha atención, pero no así los gemidos de la embarazada. Todos sabían que las niñas habían pasado horas enteras marcando, cortando y cosiendo aquel preciado terciopelo, y que los almacenes Gerhardt no dudarían en rechazar cualquier flor que estuviera manchada.

Por unos momentos, la escena fue alegre y pintoresca. Los hombres ayudaron a recuperar los trocitos de tela rescatándolos de un remolino de viento o recogiéndolos delicadamente de la nieve. Los niños no sabían si mirar a aquel hombre del tejado envuelto en azul o los pétalos rojo vivo que salpicaban el suelo. El dilema se resolvió por sí mismo cuando una mujer entonó de pronto una canción. Estaba de pie a espaldas del grupo e iba tan pobremente vestida como elegante la hija del médico. Vestía esta última un buen abrigo de color gris con el tradicional lazo de embarazada en el vientre, un sombrero cloche negro y unos botines de goma abrochados con cuatro botones. La mujer que cantaba llevaba gorra de lana azul marino calada hasta media frente e iba envuelta en un edredón viejo que hacía las veces de abrigo. Con la cabeza ladeada y los ojos fijos en el señor Smith, cantaba con poderosa voz de contralto:

El hombre de azúcar voló,
el hombre de azúcar se fue,
el hombre de azúcar surcó los cielos,
el hombre de azúcar llegó a su hogar…

Del medio centenar de personas que se habían congregado en aquel lugar, unas cuantas comenzaron a darse codazos y otras a reír disimuladamente. Otras escuchaban como si se tratara de esa música de piano definidora y explicativa que acompaña a las películas mudas. Así permanecieron durante algún tiempo, sin gritar nada al señor Smith y atentas todas a los acontecimientos que les rodeaban, hasta que llegaron los empleados del hospital.

Habían estado mirando por las ventanas con una vaga curiosidad que fue transformándose en recelo conforme el grupo creció hasta llegar a la verja. Se preguntaban si se trataría de un motín de los que organizaban siempre aquellos que animaban a la rebeldía a la gente de color. Pero cuando vieron que no había ni pancartas ni oradores, se aventuraron a salir al frío: cirujanos de bata blanca, empleados de traje oscuro y tres enfermeras de uniforme almidonado.

La visión que ofrecía el señor Smith con sus enormes alas azules, la mujer que cantaba y los pétalos de rosa esparcidos por el suelo, los dejó paralizados durante unos segundos. Por la mente de algunos cruzó la idea de que se trataba de algún extraño rito. Filadelfia, donde se rendía culto al Divino Padre, no estaba tan lejos. Quizá aquellas dos niñas que llevaban cestos de flores fueran dos de sus vírgenes. Pero la risa de un hombre que lucía varios dientes de oro les hizo recobrar el juicio. Dejaron de soñar despiertos y se dedicaron rápidamente a dar órdenes. Sus gritos y apresuradas idas y venidas trajeron la confusión a donde momentos antes sólo había unos cuantos hombres, unas niñas jugando con trocitos de terciopelo y una mujer que cantaba.

Una de las enfermeras, guiada por el afán de imponer algo de orden en aquel caos, inspeccionó los rostros que la rodeaban hasta dar con el de una mujer tan fornida que parecía capaz de mover la tierra si se lo propusiera.

—Usted —le dijo acercándose a ella—. ¿Son suyos estos niños?

La mujer volvió la cabeza lentamente con las cejas levantadas ante la brusquedad de la que así le hablaba. Al ver de quién procedía la voz, bajó las cejas y veló la mirada.

—Diga, señora.
—Mande a uno de ellos a la sala de urgencias. Que le diga al celador que venga inmediatamente. Que vaya ese niño. Ése. —Señaló a un niño de ojos de gato y unos cinco o seis años de edad.

La mujer deslizó su mirada a lo largo del dedo de la enfermera y miró al niño a quien señalaba.

—Es Guitarra, señora.
—¿Qué?
—Guitarra.

La enfermera miró a la mujer como si le hubiera hablado en chino. Luego apretó los labios, volvió a mirar al niño de mirada gatuna y, entrelazando los dedos, le dijo muy lentamente:

—Escucha. Ve a la parte de atrás del hospital, al despacho del celador. En la puerta verás que dice Urgencia-Receción. r-e-c-e-c-i-ó-n. Pero le encontrarás allí. Dile que venga inmediatamente. ¡Vamos! ¡Corre!

Desenlazó los dedos e hizo un ademán ondulante empujando con las manos el aire invernal.

Un hombre vestido con traje marrón se acercó a ella exhalando pequeñas nubecillas blancas.

—Los bomberos vienen hacia acá. Vuelva adentro. Aquí va a helarse.

La enfermera asintió.
—Se ha comido una p, señora —dijo el niño. Hacía poco que había llegado al Norte y acababa de aprender que se podía responder a un blanco. Pero la enfermera ya había desaparecido frotándose los brazos para protegerse del frío.

—Abuelita, se ha comido una p —dijo el niño. —Y un «por favor».
—¿Crees que saltará?
—Un loco es capaz de todo.
—¿Quién es?
—Un agente de seguros. Un chiflado.
—Y

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