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LA CASA DE LAS OLAS

Jojo Moyes  

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Fragmento

AGRADECIMIENTOS

Me gustaría agradecer la ayuda que, de muy diversos modos, me han prestado las personas que han hecho posible este libro, sobre todo Nell Crosby, del Instituto de la Mujer Saffron Walden, y su marido Frederick, por compartir conmigo sus recuerdos de la vida en un pueblo costero durante la década de 1950.

Asimismo, quiero hacer mención de Neil Carter, director general de la mansión Moonfleet de Dorset, por su perspicacia en el campo de la restauración y la gestión de un hotel rural; y de la esteticién Tracie Storey, quien, entre otras cosas, tuvo la amabilidad de explicarme lo que significa «piquelado».

Mi más sincero agradecimento a Jo Frank, de AP Watt, por su empeño motivador, su apoyo infinito y sus ocasionales latigazos como acicate de mi escritura. A Carolyn Mays, de Hodder y Stoughton, y a Carolyn Marino, de HarperCollins, de Estados Unidos, que no se limitaron a señalar con tacto las arrugas del texto sino que me concedieron el tiempo y el espacio necesarios para que yo misma pudiera plancharlas. Debo también agradecer a Hazel Orme su técnica forense en el ámbito de la edición, y el hecho de haberme enseñado muchísima más gramática de la que aprendí jamás en la escuela... Deseo igualmente levantar mi metafórica copa por Sheila Crowley, por su fuerza imparable, y también por haberme mostrado los recovecos de algunos de los mejores pubs y restaurantes de Londres; y por Louise Wener, caja de resonancia y compañera en el crimen, la cual jamás dejó de recordarme de vez en cuando que, tal y como salta a la vista, los cócteles son un elemento indispensable en todo proceso editorial.

Gracias, finalmente, a Emma Longhurts por persuadir a esta escritorzuela ya entrada en años para que crea que la publicidad puede ser divertida, y a Vicky Cubitt, por su predisposición infinita a perdonar los fallos de los que trabajamos en casa y de cualquier manera. En el ámbito doméstico, querría agradecer a Julia Carmichael y a su personal todo el apoyo que me han prestado, dar las gracias a Lucy Vincent, sin la cual no habría podido sacar adelante mi trabajo, y a Saskia y a Harry, por dormir de vez en cuando y permitirme así realizarlo. A mamá y a papá, como siempre; y, sobre todo, a Charles. Charles, capaz de soportarlo todo, y de soportarme a mí. No necesariamente en este orden. Un día hablaremos de otras cosas por la noche... Palabra de honor...

Cada cual encierra en sí mismo el pasado como las hojas de un libro que conoce de memoria, y del cual sus amigos solo pueden leer el título.

VIRGINIA WOOLF

PRÓLOGO

Mi madre una vez me dijo que cualquier persona podía descubrir la identidad del hombre con quien se casaría pelando una manzana y tirando la piel, entera, por encima de su hombro. Parece ser que caía en forma de letra; o digamos, más bien, que eso era lo que ocurría en ciertas ocasiones. Mamá deseaba con tanta desesperación que las cosas encajaran que sencillamente se negaba a admitir que se pareciera a un siete o a un dos, y sacaba a relucir toda clase de «bes» y «des» donde no había nada. Incluso cuando yo ni siquiera conocía a un B ni a un D.

Sin embargo, no necesité manzanas con Guy. Lo supe desde el primer momento en que lo vi; supe que era su rostro con la misma certeza que sé cuál es mi propio nombre. Suyo era el rostro que me apartaría de mi familia, el que me amaría, me adoraría, y el que tendría preciosos bebés conmigo. Suya era la faz que yo contemplaría, sin palabras, mientras él repetía sus votos nupciales. Su cara sería la primera forma en desvelarse para mí por la mañana y la última en palidecer en el dulce aliento de la noche.

¿Acaso él tuvo conciencia de eso? Por supuesto que sí. Me rescató, ¿sabéis? Como un caballero, pero con la ropa manchada de barro en lugar de con una armadura brillante. Un caballero que apareció entre las sombras y me condujo a la luz. Al menos, a la sala de espera de la estación, en cualquier caso. Unos soldados me habían estado molestando mientras yo esperaba el último tren. Había asistido a un baile con mi jefe y su esposa, y perdí el tren. El caso es que esos chicos habían bebido lo indecible y no paraban de hablarme, hablaban sin cesar, sin aceptar un no como respuesta, a pesar de que yo sabía perfectamente que no era correcto charlar con soldados rasos, a pesar de que me alejé de ellos todo lo que pude y me senté en un banco que había en la esquina. Entonces fue cuando empezaron a acercarse a mí, hasta que uno de ellos me agarró, fingiendo que bromeaba. Yo estaba terriblemente asustada, porque era tarde y no alcanzaba a ver ni a un solo mozo de estación ni a nadie a quien poder recurrir en aquel lugar. Les repetía sin cesar que me dejaran en paz, pero ellos no me hacían ningún caso. No atendían a mis razones. En ese momento el mayor de ellos (el que tenía un aspecto más brutal) se apretó contra mí, con esa cara horrible y mal afeitada, y ese aliento apestoso, y me dijo que me poseería, tanto si yo quería como si no. Deseé chillar con todas mis fuerzas, pero la verdad es que no pude porque estaba absolutamente paralizada por el terror.

Entonces apareció Guy. Irrumpió en la sala de espera, le pidió explicaciones a ese hombre y le dijo que iba a propinarle una paliza de padre y muy señor mío. Luego se cuadró y se enfrentó a los tres, y ellos empezaron a insultarle, incluso uno lo amenazó con los puños, pero al cabo de un rato, haciendo gala de la cobardía que los caracterizaba, siguieron insultándole y echaron a correr.

Yo estaba temblando, y no lograba dejar de llorar; entonces él me ofreció una silla para que descansara y me dijo que iba a buscarme un vaso de agua, que me sentaría bien. Fue muy amable. Se mostró tan dulce... Me dijo incluso que se quedaría conmigo hasta que llegara mi tren, y lo hizo.

Fue en ese lugar, bajo las luces amarillentas de la estación, cuando miré su rostro por primera vez. Quiero decir, cuando lo miré en realidad. Supe entonces que era él. Era él, sin duda alguna.

Mamá, tras habérselo contado, peló una manzana para comprobarlo, y tiró la piel por encima de mi hombro. A mí me pareció que se trataba de una D. Mamá siempre me ha jurado que era clarísimo que se trataba de una G. No obstante, en esos momentos ya estábamos muy lejos de creer en manzanas.

PRIMERA PARTE

1

Freddie se había vuelto a encontrar mal. En esa ocasión, por culpa del césped, según parecía. Aquello formaba un charco esmeralda y espumoso en una esquina, cerca de la cómoda, y se podían ver algunas hojas todavía intactas.

—¿Cuántas veces tengo que decírtelo, imbécil? —gritó Celia, que acababa de pisarlo con las sandalias de verano—. No eres precisamente un caballo.

—Ni una vaca —remedó Sylvia, echándole un cabo desde la mesa de la cocina, donde estaba pegando laboriosamente fotografías de electrodomésticos en un cuaderno.

—Ni un asqueroso animal. Deberías comer pan, y no hierba. Pasteles. Cosas normales. —Celia se sacó la sandalia y la sostuvo, con el índice y el pulgar, encima del fregadero de la cocina—. ¡Aj! ¡Eres asqueroso! ¿Por qué siempre estás haciendo tonterías? Mamá, díselo tú. Al menos, lo que podría hacer es limpiarlo todo.

—Haz el favor de limpiarlo, Frederick, cielo.

La señora Holden, sentada en la butaca de respaldo alto que había junto a la chimenea, revisaba el periódico para saber cuándo habían programado la siguiente emisión de Dixon of Dock Green. Había resultado ser uno de los pocos consuelos que le quedaban desde la dimisión del señor Churchill, y de la última historia de su marido. Claro que solo mencionaba al señor Churchill. «Al igual que la señora Antrobus —solía decirle a Lottie—, he visto todos los episodios desde el principio, y las dos consideramos que el programa es francamente maravilloso.» Claro que tanto ella como la señora Antrobus eran las únicas

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