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LA CASA DE LOS AMORES IMPOSIBLES

Cristina López Barrio  

5


Fragmento

1

Olía a pólvora en el pueblo castellano, a sangre de perdiz y de conejo, a humo de chimenea. Los cazadores, envueltos por el otoño, lucían sus presas entre las primeras ráfagas de un viento dorado. En las puertas de las casas, las ancianas se sentaban formando hileras de toquillas de luto con las vecinas para murmurar acerca de los que pasaban junto a ellas. Sus voces, curtidas por una vida de sabañones, pucheros y misas, se confundían con el arrastrar de las hojas secas. En cambio, las mujeres más jóvenes se ocultaban tras los visillos de las ventanas para mirar a los cazadores sin que las vieran, para hablar de ellos sin sentir la cercanía de la muerte.

Con la última luz del atardecer y después de haberse desollado los hocicos rastreando los montes, las jaurías tomaban la plaza y orinaban contra el pilón de la fuente de piedra con tres caños. También, si se les antojaba, orinaban en los portones de la iglesia cuyo campanario ofrecía vistas del Duero, o en las casas que mostraban escudos de armas erguidos en sus fachadas. Los ladridos asustaban a los burros, a los niños de las casas nobles y a los gatos, que se escondían entre los haces de leña apilados en los patios. Pero los cazadores, ajenos al escándalo, se entregaban al calor de la taberna de la plaza, donde el vino tinto y el cabrito asado los ayudaban a desprenderse de las serranías. A la salida, ebrios, encontraban a los perros apuñalados por las estrellas.

Acudían al pueblo con la esperanza de cazar, además de perdices y conejos, un jabalí o un ciervo; y ese deseo fue el que, a finales de 1897, arrastró a un joven hacendado andaluz hasta el pueblo castellano. Llegó en la diligencia de la tarde acompañado de dos criados y un carro con la jauría de podencos canela que los había seguido a través de Despeñaperros y la meseta. Ocupó tres habitaciones de la mejor posada y un corral entero para los podencos canela. Sin embargo, las cuernas del ciervo que traía reflejadas en sus pupilas de aceituna se le borraron de golpe al amanecer del día siguiente, cuando salió a pasear y se chocó en una callejuela con unos ojos ámbar, los ojos de Clara Laguna.

—Parecen de oro, chica, qué hermosa eres. —La tomó de un brazo.

Ella intentó zafarse y derramó el cántaro que llevaba apoyado en la cintura. El agua resbaló como una culebra por las piedras de la callejuela.

—Yo te lo llenaré otra vez en la fuente.

—Puedo hacerlo sola. —Clara escapó hacia la plaza, pero él, riendo, la siguió.

En aquella época del año, una niebla metálica cubría de madrugada la plaza. El hacendado andaluz vio cómo la silueta de la muchacha se hundía en ella hasta desaparecer. Detuvo sus pasos. Un viento gélido le azotaba el rostro y le despeinaba los rizos aceitados de la nuca. El mundo se había espesado de repente, sumiéndolo en una ceguera que le impedía seguir a la muchacha. Quiso llamarla, pero la niebla era una mordaza de hielo. Le asaltó el recuerdo templado de su cortijo, de los naranjos reventando de azahar bajo la brisa, hasta que las campanas de la iglesia tocaron las ánimas y su recuerdo se desvaneció lentamente junto con la niebla. Tras aquel tañido de muerto, Clara Laguna apareció en la fuente llenando el cántaro.

—Está pálido —le dijo cuando él se le acercó atusándose los rizos—. Le está bien empleado por no dejarme en paz.

—La culpa es de este tiempo castellano; cuesta acostumbrarse a él.

—Si no le gusta, váyase por donde ha venido.

Él se apoyó en el borde del pilón, sonriéndole. En sus botas de montar estallaba el último resplandor del amanecer.

—Pero qué bonita eres, chica, y qué hosca.

—Usted debería interesarse por saber ciertas cosas, como por qué sólo aparece esa niebla espesa en la plaza cuando se acerca el día de los difuntos.

—Lo que quiero saber es tu nombre para adornar con él tus ojos.

—Disimule ahora con galanterías, pero hace unos minutos estaba blanco del susto que traía encima.

—Está bien, muchacha, reconozco que me asusté, pero no de la niebla, ni del repicar triste de las campanas. Me asusté al no verte de pronto, al creer que ya te había perdido, así, nada más encontrarte; me asusté de que hubieras desaparecido como desapareció después esa niebla del demonio, que no me importa de dónde viene ni adónde va, porque sólo me importa mirarte.

Clara contempló el brillo de sus ojos.

—Al amanecer de los últimos días de octubre, nadie debe aventurarse en la plaza hasta que toquen las campanas. Las almas de los caballeros enterrados en la iglesia salen de sus tumbas, atraviesan los portones y forman esa niebla y ese viento. Están condenadas a luchar entre ellas con sus armaduras y espadas fantasmales hasta que consigan purgar sus culpas. Pero tras el toque de ánimas, regresan a los sepulcros, y el pueblo reza por su descanso en paz. ¿Comprende lo que le digo? Mientras no toquen las campanas, la plaza es de los caballeros difuntos, y eso se les dice bien clarito a los cazadores nuevos, y si no respetan la tradición, tendrán que atenerse a lo que pueda pasarles.

—¿Y tú, muchacha? Tú te internaste en la plaza y desapareciste.

—En este pueblo, yo prefiero a los muertos que a los vivos. Me llevo mejor con ellos.

—Parece que eres lista.

—Y por eso le digo que me deje en paz y se vaya a cazar.

—Llegué aquí con la ilusión de cazar un ciervo, pero creo que me he encontrado con algo mucho más hermoso.

Clara se pasó una mano por su larga cabellera castaña.

—No soy un animal, señor.

—Está bien, déjame entonces que te lleve el cántaro hasta tu casa para que me perdones. No quiero que se te quiebre la linda cintura con el peso.

—Mi linda cintura viene todos los días a por agua a la fuente y luego se dobla en mi huerta de tomates, así que no se preocupe por ella. Y no le conviene asomar la nariz por mi casa; sepa que mi madre es hechicera. Ella me ha hecho este amuleto para protegerme de hombres como usted. —Clara blandió un hueso de liebre emplumado, que llevaba en un cordel alrededor del cuello.

—Yo sólo soy un caballero que quiere ayudarte.

—Los únicos caballeros que quedan en este pueblo están bajo su sepultura en la iglesia… bueno, lo que queda de ellos.

—Yo no soy un caballero castellano, vengo de Andalucía.

—¿Y eso dónde está?

—Al sur, donde el sol se va tostando al atardecer y se parece a tus ojos.

—Mis ojos, entérese, son como las llanuras de un sitio que se llama La Mancha y se parecen a los de mi padre, que era de allí. Eso es lo que siempre me ha dicho mi madre.

Se ajustó el cántaro a una curva de su cintura y echó a andar hacia una de las calles estrechas que nacían en la plaza. En el cielo se acumulaban jirones de nubes grises. El amanecer se había agotado. Un aroma a tocino y a pan tierno recibió a la muchacha cuando se internó en la callejuela. Las puertas de los patios estaban abiertas y se podían ver los haces de leña brillantes de rocío, los burros con las alforjas ya cargadas de loza o vellones, los perros guardianes con las orejas alerta. Clara giró la cabeza y descubrió al joven a poca distancia. Caminaba muy erguido con los pantalones de montar.

—Dime tu nombre.

—Me llamo Clara, Clara Laguna. Y a mucha honra.

Al fondo de la callejuela, aparecieron dos mujeres de mediana edad con sus abrigos de paño grueso y cuello de pieles, y sus sombreritos de mañana coronados por una pluma de faisán. Clara entregó el cántaro al joven. Estiró su talle cuando las mujeres estuvieron más cerca y le dedicó, por primera vez, una sonrisa encantadora. Al contemplar aquello, una de las mujeres agarró el brazo de la otra y le murmuró algo al oído. El hacendado andaluz les cedió el paso mientras las señoras se lo agradecían con una ínfima inclinación de cabeza.

—Tienes una sonrisa preciosa, aunque se la hayas dedicado, en verdad, a aquellas damas y no a mí.

—Ya puede irse a cazar y dejarme tranquila. —Le arrebató el cántaro y se lo ajustó de nuevo en la cintura.

Pero permitió que el joven la acompañara hasta su casa a las afueras del pueblo, donde el empedrado de las calles se convertía en barro y la pobreza distanciaba unas viviendas de otras. Tenía las tejas descoloridas por la humedad y el abandono, y en la fachada se había instalado un musgo perpetuo. Alrededor deambulaban perros famélicos distrayendo sus rabos con los remolinos de hojas crujientes. La casa parecía despeñarse al borde de una torrentera seca en la que la muchacha había plantado una huerta de tomates. En la parte trasera había un corral con cuatro gallinas y una cabra. Más allá se extendía un pinar atravesado por la carretera de tierra que conducía hasta el pueblo vecino. La muchacha vivía con su madre, una mujer envejecida que inventaba hechizos para ahuyentar el mal de ojo o para curarlo, preparaba amuletos que proporcionaban buena caza, cosía virgos y leía el futuro en un esqueleto de gato que guardaba, como un tesoro, en un saco rígido tras untarlo con una mezcla de resina y savia de lirio.

Clara se detuvo ante la puerta. La envolvía el perfume de los pinos blandos por el relente del otoño y el de la tierra encharcada de setas. Del interior de la casa se escapaban los ronquidos de la madre, pues había pasado la noche leyendo el futuro en el esqueleto de gato a la mujer y a las hijas del boticario.

—Mañana, a esta hora, vendré a buscarte para dar un paseo.

—Haga usted lo que le venga en gana.

Cerró la puerta, pero se apresuró a asom

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