Loading...

LA CASA DE LOS SIETE TEJADOS (LOS MEJORES CLáSICOS)

Nathaniel Hawthorne  

0


Fragmento

PRÓLOGO DEL AUTOR

Cuando un escritor llama a su obra romance, no es muy necesario añadir que desea señalar un enfoque determinado, tanto en lo referente a la forma como al contenido, lo que no se habría sentido obligado a especificar de haber decidido escribir una novela. Se supone que esta última modalidad de composición presenta los hechos con una fidelidad descrita al minuto, no solamente en lo relativo a la experiencia posible del ser humano, sino al transcurso probable y habitual de la misma. El romance, en cambio —que, aunque como pieza artística debe ceñirse con rigidez a las normas, y aunque transgreda las mismas al apartarse de la verdad del sentimiento albergado por el corazón humano—, permite al autor presentar cierta realidad en circunstancias que sean de su propia elección o creación. Además, si el creador lo considera apropiado, puede manipular el medio para intensificar o atenuar las luces de la obra, así como profundizar y enriquecer sus sombras.

El autor será capaz, sin duda, de hacer un uso en extremo moderado de los privilegios aquí mencionados, con especial atención a la proporción del elemento fantástico, que añadirá para dar a su obra un toque ligero, delicado y evanescente, más que como ingrediente básico del plato que ofrece a su público. Difícilmente se le puede acusar, no obstante, de cometer un crimen literario aun cuando descuide dicha moderación.

En la presente obra, el autor se ha propuesto —aunque con qué grado de éxito, por suerte, no le corresponde juzgarlo— no traspasar los límites de la inmunidad creativa. Este relato se enfoca como obra romántica por el intento de relacionar un tiempo ya pasado con el momento presente. Se trata de una leyenda que se prolonga por sí misma, desde una época ahora difuminada por la distancia hasta llegar a la luz de nuestros días. Por otro lado transporta hasta el presente parte de esa mítica bruma que la acompaña, y que el lector, dependiendo de sus gustos, puede o bien pasar por alto o bien dejar flotar de forma casi imperceptible sobre los personajes y hechos por mor del efecto pintoresco. Quizá el entramado narrativo posea una urdimbre tan simple que requiera este recurso, y, al mismo tiempo, dificulte más aún su entendimiento.

Muchos escritores hacen hincapié en una moraleja definida a la que destinan sus obras. Con tal de no carecer de ella, el autor ha ideado una moraleja propia. A saber: la realidad de que el mal obrado por una generación pervive en las siguientes, y que, al no contar este con la ventaja del paso del tiempo, se convierte en un menoscabo genuino e incontrolable. Al respecto, el autor sentiría una gratificación singular si este romance convenciera a la humanidad —o, de hecho, a cualquiera de su componentes— del despropósito que supone verter sobre las cabezas de desafortunados herederos una montaña de oro o propiedades mal habidos, que, desde ese instante, no harían otra cosa que aplastar y demoler a los receptores hasta que la masa acumulada se desintegrara y solo quedasen los átomos originales.

Pese a actuar de buena fe, el autor no osa imaginar ni por un segundo la posibilidad de albergar tal esperanza. Cuando los romances enseñan algo o producen cualquier resultado efectivo, suele ser gracias a un proceso mucho más sutil que no tan manifiesto. Por ello, el escritor no ha considerado útil ensartar la historia en una moraleja, como si de una picana de acero se tratara —o, mejor dicho, como si clavara una mariposa en un alfiler—, privándola así de vida y provocando que se convirtiera en un ser rígido con una apostura desgarbada y poco natural. Una verdad rotunda, de hecho, forjada con detenimiento, habilidad y atención al detalle, que se intensifica a cada paso y que culmina al final del desarrollo de una obra de ficción, puede contribuir a la gloria artística, pero jamás será más cierta, y pocas veces más evidente, en la última página que en la primera.

Tal vez, el lector decida situar en una localidad real los hechos imaginarios descritos en esta narración. De haberlo permitido la relación histórica —que fue esencial para la planificación inicial, aunque ligeramente—, el autor lo habría impedido por todos los medios. Por no mencionar otras objeciones, esto expone el romance a un tipo de crítica inflexible y en extremo peligrosa, pues acerca las descripciones imaginadas por el autor al momento en que entrarán en contacto, de forma casi segura, con las realidades del momento. No era parte de su objetivo, no obstante, describir costumbres locales, ni entrometerse en los rasgos definitorios de una comunidad por la cual profesa el debido respeto y siente la natural consideración. El autor confía en que no se considere una ofensa imperdonable el hecho de que haya creado una calle cuya existencia no viola los derechos individuales de nadie, ni el apropiarse de una gran extensión de terreno sin propietario visible, ni el construir una casa con unos materiales que llevan siglos usándose para la construcción de castillos en el aire.

En cuanto a los personajes de la historia —aunque ellos se jacten de pertenecer a un antiguo linaje de renombre— son fruto de la imaginación del autor, o, en todo caso, una combinación de características de creación propia. Las virtudes de estos individuos no enaltecen, ni sus defectos redundan, en lo más mínimo, en el descrédito de la venerable ciudad en la que aseguran habitar. El autor se sentiría feliz, por tanto, si el libro se leyera estrictamente como un romance —y sobre todo en la zona en la que se ha inspirado—, pues la obra está mucho más vinculada a las nubes que nos cubren que a cualquier porción del suelo real del condado de Essex.

Lenox, 27 de enero de 1851

1

LA ANTIGUA FAMILIA PYNCHEON

En una de nuestras ciudades de Nueva Inglaterra, a medio camino de una calle secundaria, se levanta una casa de madera desvaída por el paso del tiempo, con siete tejados de puntiagudos hastiales, orientados hacia diversos puntos cardinales, y una imponente chimenea encerrada en medio de todos ellos. El lugar es la calle Pyncheon, la casa es la antigua casa Pyncheon, y un olmo de amplia circunferencia, plantado justo delante de la puerta, es conocido por todo hijo de vecino con el pomposo nombre de Olmo Pyncheon. En mis visitas ocasionales a la mencionada ciudad, pocas son las veces en que no paso por la calle Pyncheon para darme el gusto de atravesar las sombras de esas dos antigüedades: el imponente olmo y el edificio deteriorado por los rigores climatológicos.

El aspecto de la venerable mansión siempre me ha conmovido cual semblante humano, pues no solo tiene impresas las huellas externas de las tormentas y la luz solar, sino que también se refleja en su fachada la expresión del largo lapso de la vida mortal y de las consecuentes vicisitudes que allí han acontecido. De tener que relatarse estas con fidelidad, obtendríamos una narración de no poco interés e ilustración, poseedora, además, de una unidad ciertamente notable, que podría antojarse el resultado de una composición artística. No obstante, la historia incluiría una sucesión de hechos que se desarrollarían durante buena parte de dos siglos, y, escritos con mesura razonable, ocuparían un volumen con hojas de folio o duodécimos más largo que el apropiado para los anales históricos de toda Nueva Inglaterra sobre un período similar. Por todo ello es un imperativo resumir la mayoría de las anécdotas en las que tradicionalmente la antigua casa Pyncheon, también conocida como la casa de los siete tejados, ha sido la protagonista. Así pues con un breve resumen de las circunstancias en las que se construyó la casa y un rápido vistazo a su pintoresco exterior a medida que, bajo el azote del predominante viento del este, va oscureciéndose —y aún con mayor intensidad en los rincones más verdosos de muros y tejados, por efecto del musgo—, daremos inicio a la verdadera acción de nuestro relato en una época no muy alejada de la presente. Con todo, habrá cierta conexión con el pasado remoto —una referencia a hechos y personajes olvidados, y a actitudes, sentimientos y opiniones, práctica o totalmente obsoletos—, que, si se transmite de forma adecuada al lector, servirá para dar muestra de la cantidad de antiguos ingredientes necesarios para crear el más fresco enfoque de la vida humana. Teniendo esto en cuenta deberían extraerse importantes conclusiones de una verdad no considerada en su justa medida: que la actuación de la generación pasada es el germen que puede y debe dar un fruto bueno o malo en un tiempo muy distante; que, junto con la semilla de la cosecha meramente temporal —conveniencia, según los mortales—, se siembran de forma inevitable las simientes de una cosecha más perdurable, que puede ensombrecer su posteridad.

La casa de los siete tejados, pese a lo antigua que parece ahora, no fue la primera residencia erigida por el hombre civilizado en ese punto exacto del territorio. La calle Pyncheon antes tenía el nombre más humilde de Maule’s Lane, por el apellido del ocupante primigenio del terreno, cuya granja estaba al final de un camino de vacas. Una fuente natural de agua fresca y deliciosa —extraño tesoro en una península rodeada por el mar, donde se había construido el asentamiento puritano— había inspirado a Matthew Maule para construir una cabaña, enclenque y con techo de paja, en ese preciso lugar, aunque en esa época quedaba bastante alejada del centro de la aldea. Con el crecimiento de la población, no obstante, transcurridos unos treinta o cuarenta años, el paraje ocupado por esa rudimentaria casucha se convirtió en un solar en extremo codiciado por un importante y poderoso personaje. Con objeto de adueñarse del solar, argumentó convincentes razones al propietario del mismo y de un trecho adyacente de terreno, aduciendo ser poseedor de un permiso legal. El coronel Pyncheon, el solicitante, como hemos deducido gracias a las descripciones que de él se conservan, era conocido por una

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta