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LA CASA DE LOS SIETE TEJADOS (LOS MEJORES CLáSICOS)

Nathaniel Hawthorne  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

I

La casa de los siete tejados está curiosamente divorciada de los valores y la psiquis de la época en la que surgió (Hawthorne empezó el libro el 6 de marzo de 1850 y lo terminó el 27 de enero de 1851), y al mismo tiempo presenta un profundo arraigo en el ambiente y en el momento histórico de Hawthorne. F. O. Matthiessen resumió lo que todos los críticos han coincidido en decir desde la publicación de la obra al comentar que La casa de los siete tejados constituye el «mayor acercamiento a la vida cotidiana contemporánea» de todas las novelas de Hawthorne. Como tal, el libro conserva su puesto entre la literatura americana más leída e ilumina el empleo que hacía Hawthorne de sus materiales, empleo que revela un incómodo aunque firme rechazo de algunos de los rasgos distintivos más aceptados en su tiempo.

El tópico más básico, poderoso, manido, productivo y simplista de todo el repertorio de suposiciones que impregna la vida y la literatura americanas es el concepto del Nuevo Mundo como el lugar en el que se cumplen los sueños y anhelos que desde siempre han caracterizado a la civilización occidental. Los cristianos en general, y en particular los fundamentalistas protestantes que fundaron Nueva Inglaterra, vieron América como un modelo de la Ciudad de Dios. América es el país de Dios, y los americanos son su pueblo elegido. El gusto de los puritanos del siglo XVII por los nombres del Antiguo Testamento no era sino un reflejo de la certeza de que los pioneros disidentes del Viejo Mundo eran los nuevos israelitas construyendo la Nueva Canaán, la Nueva Jerusalén, la Ciudad de la Colina. Edward Johnson, en una famosa y representativa crónica con el título sintomático de Las milagrosas providencias del Salvador de Sión en Nueva Inglaterra (1654), se mostraba exultante, por ejemplo, ante una epidemia que casi aniquiló a los indios porque la consideró una «providencia», un portento milagroso de la intervención divina que señalaba la eliminación de los hijos de Satanás de la tierra con objeto de que quedara física y moralmente limpia para el advenimiento purificador del Elegido de Dios.

La mezcla de la identidad religiosa y patriótica en el sentido de un destino nacional especial no dejó de afectar en el siglo XIX a Nathaniel Hawthorne de Salem, cuyo tatarabuelo, John Hathorne, fue uno de los jueces más severos durante la histérica caza de brujas de 1692. En la Salem del siglo XIX, no creer patrióticamente en la providencia exclusiva y comercial del destino especial y trascendente de América, nuevo en toda la historia, no solo equivalía a negar la identidad nacional, sino además a ser considerado en cierto modo ateo, malvado o, como mínimo, no cristiano. Esa incredulidad parecía situarlo a uno contra la corriente del progreso democrático y volverlo cuestionable desde el punto de vista social. Aunque los contemporáneos de Hawthorne no acusaron de brujería a más de cuatrocientas personas y cuatro perros, como sí hicieron sus antepasados puritanos, las intolerantes afirmaciones y certezas de las antiguas generaciones se habían transmitido a la «confianza» yanqui, obtusa, mezquina y materialista de Salem, y a su invencible optimismo, que repugnaba a Hawthorne. En La casa de los siete tejados la repugnancia de Hawthorne se manifiesta en sombríos ejes centrales como el personaje del juez Jaffrey Pyncheon y en apartes divertidos sobre los niños aficionados a regatear, que compran pan de jengibre o escuchan a organilleros.

Los americanos están tan acostumbrados a que la palabra mágica «Nueva» preceda a los topónimos del Viejo Mundo, como Hampshire, Inglaterra, Jersey y York, que las denominaciones ya no llevan la carga política y psicológica que antaño trajeron a la Joven América de Emerson, en la que Hawthorne ocupó su lugar. (Conviene recordar que Hawthorne tenía ya uso de razón —contaba ocho años— cuando estalló la guerra de 1812, y que había cumplido veintiuno cuando llegó a su fin la llamada «era de los buenos sentimientos».) Sin embargo, la omnipresente insistencia en lo joven y nuevo —en el buen sentido de la oportunidad espiritual anunciada por el Trascendentalismo Americano y en el sentido explotador de la posibilidad económica y política celebrada por la incipiente democracia jacksoniana, dos conceptos que florecieron entre 1830 y 1840— creaba un estrépito ineludible en los oídos de Nathaniel Hawthorne.

Por un lado, Hawthorne deseaba apartarse del tumulto del progreso proclamado con tanto júbilo. Todo lo que escribía insinuaba su desconfianza en un cambio revolucionario en la naturaleza y en las perspectivas humanas, y algunas obras, como El holocausto del mundo, proclamaban de forma explícita esa desconfianza. Por otro lado, se cansó de los «fantasmas», como él los llamaba, los personajes de ficción que le atormentaban en un paisaje nocturno en el que se representaba su visión de una hermandad humana universal esclavizada de forma ineludible por la limitación humana general. Anhelaba unirse a la «vulgar prosperidad a la simple luz del día de mi querida tierra natal», como afirmaba en el prólogo de El fauno de mármol. Sus obras de ficción —y La casa de los siete tejados no supone ninguna excepción— están llenas de oposiciones y contrastes entre la luz del sol y la luz de la luna, entre la luz del día y la sombra. La luz del sol es o bien la luz dura y clara del mundo práctico, despiadado, metódico e insaciable de los hechos, los negocios y la política (por ejemplo, la sonrisa indolente del juez Pyncheon), o bien la luz alegre y redentora del mundo práctico y doméstico de los hechos y la vida diaria y corriente. (Por ejemplo, el autor describe constantemente a Phoebe como «un rayo de sol» o «radiante». Hawthorne sabía muy bien que la palabra griega phoibos —que significa «luminoso», «brillante»— daba nombre no solo a la diosa de la luna, Artemisa, sino también a Apolo Febo, dios del sol.) En los escritos de Hawthorne el mundo del sol y del día es el mundo de la sociedad y de lo práctico, a veces redentor y a veces destructor. La luz de la luna o la sombra representa la atmósfera del mundo invisible del mal, del pasado y de los recovecos ocultos del corazón (la propia casa de los siete tejados se describe como un corazón), o bien es el mundo de la creación artística, que aísla al artista de la sociedad (aunque Holgrave es un artista que explora el pasado de Maule y de Pyncheon, vive en una casa vieja y oscura). En las obras de Hawthorne el mundo crepuscular representa el mundo de la imaginación fértil, redentora en unos casos y destructora en otros. En su fuero interno, en lo que él denominaba una «atmósfera nebulosa», Hawthorne rechazaba las suposiciones más apreciadas y poderosas de una sociedad a la que —también en su fuero interno— ansiaba incorporarse como un respetable y representativo burgués de domingo. Su yo de ciudadano vivía en constante tensión con su yo de artista, y La casa de los siete tejados es el libro que mejor representa desde un punto de vista temático el momento de la supremacía del mundo diurno en Hawthorne. La fuerza redentora del sol radiante gana el día, y también la noche.

Sin forzar demasiado las cosas, puede verse la vida de Hawthorne como un ritmo de impulsos opuestos, de alternancias entre la necesidad de pertenencia al mundo diurno de la sociedad y la necesidad de retirada al crepúsculo de la reflexión pesarosa sobre el significado de ese mundo. Nació en un día sin duda muy público: el Cuatro de julio de 1804; en una sociedad sin duda muy convencional: Salem, Massachusetts; y en una familia sin duda muy establecida en esa sociedad: los Hathorne, de la vieja estirpe puritana. La identidad implícita en su herencia se alternaba con soñadoras visitas de juventud a la familia de su madre, en Maine. En 1821 ingresó en una universidad respetable, Bowdoin, donde recibió una formación respetable y, en 1825, un título también respetable. Con su primera novela, Fanshawe, alcanzó cierta fama en 1828. Pero luego, avergonzado de esa primera obra un tanto embarazosa, se refugió en el silencio, trató de hacer desaparecer el libro y destruyó tantos ejemplares como pudo. Incluso negó ser su autor.

Volvió con su madre a Salem, donde transcurrieron doce años de aprendizaje literario. Durante estos años alternó de nuevo los encierros reflexivos en su habitación, conjurando en su mente ficciones y moralejas, con los intentos de convertirse en una voz pública, en un escritor aceptado y de éxito. Publicó obras ocasionales en la Gazette de Salem, en el Token y en otras revistas, algunas de las cuales fueron recogidas en 1837, como Cuentos contados dos veces. A continuación se retiró a escribir otra vez, y luego, en 1839 y 1840, volvió a la vida pública como delegado demócrata en la oficina de aduanas de Boston. En 1841 pasó siete meses en la granja Brook, y en 1842 contrajo matrimonio con su amada Sophia Peabody, representante de la comunidad más respetable. Se llevó a su esposa, presencia venerada de la sociedad y el decoro, a Concord, donde se dedicó a escribir durante cuatro años de feliz encierro relativo en la Old Manse, la casa ancestral de Ralph Waldo Emerson (en 1846 publicó Musgos de una vieja casa parroquial).* Pero ese año, una vez más como delegado demócrata en una aduana, volvió a la vida pública de Salem, esta vez para permanecer allí tres años. En 1850 se retiró de nuevo durante un año en una casa situada cerca de Lenox, en las colinas de Berkshire, donde escribió La casa de los siete tejados. Regresó a la casa Wayside de Concord en 1852 y durante otro año disfrutó de su vida privada y familiar. Sin embargo, en 1853 aceptó un cargo en el consulado de Estados Unidos en Liverpool (era compañero de clase y amigo del presidente Franklin Pierce, cuya biografía había escrito en 1852 para la campaña electoral), donde permaneció los cuatro años siguientes. De 1858 a 1860 él y su familia viajaron por Francia e Italia. Regresaron a la casa Wayside en 1860, donde Hawthorne permaneció hasta su muerte, acaecida en un viaje por New Hampshire en compañía de Franklin Pierce.

Se discute entre los biógrafos si la vida recluida de Hawthorne era o no una leyenda. Mientras unos pretenden ofrecer la imagen de un solitario soñado

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