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LA CASA DEL AZúCAR

Ángeles Gil  

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Fragmento

Estación de trenes de Terreros del Jalón. Vía de carga núm. 3

25 de julio de 1936

—Tiene que ser en esta vía. Me ha dicho que es el número 23. Allí nos espera.

Juana me acaba de confirmar la llegada del vagón y todavía no me lo creo. Hace más de una semana que había perdido la esperanza y, con lo que está pasando por todas partes, estaba segura de que se había quedado en algún pueblo por el camino, o en una vía muerta, y que no iba a llegar nunca a Terreros.

Pero aquí está.

—Mira, allí, Manuela —me dice señalando con el dedo al final de la fila de vagones—. Es ése, el 23.

Bajamos a la vía. Tengo que hacer equilibrios entre el balasto con los zapatos que llevo y, mientras nos acercamos, distingo a Venancio, el jefe de estación desde hace más de veinte años. Lleva los papeles en su tablilla, que sostiene con una mano, y en la otra lleva la cadena con las llaves. Nos saluda y, mientras me pasa los formularios, abre el candado, pero no la puerta.

—Aquí lo tienes, todo tuyo. —Me pone el candado en las manos.

Me alivia comprobar que se marcha y que no hace ni el intento de ayudarme a abrir el portón, como tantas otras veces. Debe de ser verdad lo que le ha comentado a Juana hace un rato: que desde la sublevación de los militares africanos tiene más trabajo del que puede abarcar. Se para un segundo, como recapacitando, y se vuelve hacia nosotras.

—Se ha de descargar como máximo en veinticuatro horas, ya lo sabes. —Lo sé, pero me callo—. Ahora están muy rigurosos y no quiero retrasos. Se conoce que los necesitan para los suministros. Así que, cuando acabéis, me avisas y, si todo es conforme, firmamos.

Veinticuatro horas para vaciarlo, lo sé, pero esta vez tengo un problema que él no sabe: no tengo a los hombres que preciso para descargarlo.

Juana abre el portón con esfuerzo y entramos en la franja estrecha que queda entre tanto bulto. La noto mucho más inquieta que yo, aunque intente disimularlo. Se sienta en una de las pilas de sacos y se coge las manos con fuerza en el regazo.

—¿Cómo demonios nos vamos a llevar todo esto? —me dice estirando los brazos como si abarcara todo el vagón.

Estoy segura de que intenta que no note su desazón, pero jamás ha podido engañarme en eso. Son demasiados años. Me siento frente a ella y la miro, sabe lo que pienso: que esta noche nos jugamos mucho. Lo que no sabe es que igual nos lo jugamos todo. Juana calla y mira al suelo mientras intento encontrar una solución entre las tinieblas que nos envuelven. La busco, pero sigo sin verla. Qué duros pueden ser los sacos de azúcar, y éstos son como rocas. Mi trasero puede dar fe de ello. Juana también debe de estar incómoda, o me ha leído el pensamiento como tantas otras veces, porque se incorpora y, mientras se masajea el costado, apoyada en la pared de sacos más baja, levanta la vista y me mira en silencio.

—Verás —le digo. Quiero que sepa el problema que se nos viene encima y se lo suelto a bocajarro—: lo que me preocupa no es sólo encontrarles sitio a todos estos sacos, que ya va a ser muy complicado; lo que de verdad me tiene con el alma en vilo es el pago. Ahora que ya han llegado, si pasa algo...

No me deja acabar la frase.

—No me asustes, Manuela.

Pobre, a ella sólo le preocupaba el traslado, lo más inminente, pero yo voy más lejos.

—Lo que viene no va a ser bueno —le digo—. Mira cómo está todo desde Zaragoza hasta aquí. En el parte de anoche ya lo decían: Aragón es un caos si el gobierno no lo remedia y el dinero no va a valer para nada con lo que está por llegar. El azúcar puede ser nuestro único escudo. Cuando hice el pedido, hace mes y medio, también hice una apuesta sin saber lo que se avecinaba: compré más de la cuenta para tener mayor beneficio y estaba segura de que íbamos a venderlo, pero ahora... con lo que está pasando, no sé... Y lo que es peor: si nos lo quitan, no tengo suficiente para pagarlo. Hasta podría perder la casa.

Me mira incrédula. Estoy segura de que ella piensa que soy invencible y que puedo sortear cualquier contratiempo, pero yo me conozco y tengo claro cuáles son mis límites, sobre todo los económicos. Siempre ha confiado en mí ciegamente, pero yo sé que ahora no podemos afrontar una deuda como ésa, y menos aún si desaparece el azúcar.

Se me acerca y me coge de los hombros en un abrazo que me demuestra su lealtad y apoyo más allá de cualquier palabra.

—Mira lo que les pasó a los Luneros con su harina —le digo con sus brazos todavía alrededor de mi espalda—. No les quedó ni un gramo. —La verdad es que no hace falta que se lo recuerde porque estoy segura de que lo tiene presente, pero necesito hablar para no emocionarme—. Si vuelven a pasar los milicianos y encuentran los sacos, no me cabe duda de que se los llevan.

Quiere replicarme. Abre la boca para decir algo.

—Pero, Curro... —Intuyo lo que me quiere decir antes de que acabe la frase.

Me separo de sus brazos y le contesto:

—Por mucho que mi hermano conozca a los milicianos, no va a poder hacer nada por el azúcar. Y si los que llegan son los requetés, todavía va a ser peor. Ya nos podemos encomendar a la Virgen del Pilar y que nos coja confesadas. Va a ser tres cuartos de lo mismo, vengan los que vengan.

Juana se mueve nerviosa junto a mí y los pequeños montículos de granos que tapizan el suelo crujen bajo sus pies con ese ruido que me crispa los nervios.

—La descarga tendrá que ser esta noche sin falta —le digo intentando sonar firme—. No hay otra.

—La de viajes que tendremos que hacer al almacén.

—No, al almacén no. —Me mira sorprendida—. No podemos dejarlo allí. Nadie más que nosotras puede saber que ha llegado.

—Es cierto... —reconoce—, pero ¿dónde? ¿Dónde quieres que los metamos? No estamos hablando de cien sacos.

Juana está en lo cierto. No tenemos un lugar seguro para guardarlo. ¿Dónde? Es lo que llevo preguntándome desde que ha llegado.

—No es tan fácil, no. —Se calla un momento y piensa—. Igual, en el cobertizo —apunta al fin.

—No, tal como tiene el tejado y con las goteras de la primavera, imposible.

—¿Y en la bodega?

—Allí tampoco. En el calado no podemos meterlos con toda esa humedad, y si dejamos los sacos arriba, cualquiera podría encontrarlos. Además, ¿cómo vamos a explicar que cerramos la puerta de la bodega sin ningún motivo? Y, aunque la cerráramos, tantos sacos no se pueden esconder, quedarían a la vista; cualquiera podría mirar por la ventana del portón. Allí no puede ser. Imagina si se corriera la voz.

Me ha salido todo de corrido, sin pensarlo, y me doy cuenta de que, aun así, todo lo que acabo de decir es cierto.

—No, no. Me refiero al fondo de la bodega, a la sala noble —puntualiza Juana con una sonrisa de satisfacción y seguridad.

—La sala ¿qué? —le pregunto.

—Sí, la sala noble —repite—. Al fondo de la de fermentación había una puerta —dice moviendo los brazos como si estuviéramos en la parte más oscura de la bodega y me la señalara—. Nunca dejaban que me acercara, era sólo para los señores. ¿No te acuerdas? Allí guardaban el vino de más valor, el de las añadas especiales. Hace tanto que no veo esa puerta que ni me acordaba.

—No puede ser. Es mi casa, la conozco bien —atino a decirle.

Me pregunto cómo es posible que nadie me haya hablado jamás de esa sala y que nunca haya visto esa puerta. Seguro que mi cara tiene que ser de asombro porque Juana insiste:

—Que sí, Manuela, tiene que estar. Cuando jugaba cerca, o se me ocurría entrar, mi padre me regañaba.

No nos

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