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LA CASA DEL SILENCIO

Blanca Busquets  

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Fragmento

Teresa

Encontré mi primer violín en un vertedero. Y era un violín buenísimo, aunque, claro, yo todavía no lo sabía. Lo que sabía era que se trataba de un violín mágico. De eso me di cuenta enseguida, con solo mirarlo, porque, aunque casi había anochecido, brillaba, y lo que brilla normalmente es mágico. No me lo invento, no. Mi madre y yo nos dedicábamos a menudo a rebuscar en el vertedero a ver qué encontrábamos para vender. Si ahora se lo contara a algunos de los que están aquí conmigo, se quedarían estupefactos.

De hecho, hasta hace un segundo no había nadie aquí conmigo, o sea, en el teatro. Y de pronto he oído unos pasos tenues que se acercaban a la boca del escenario. Ahora asoma la cabeza el primer músico, un trompetista desangelado con cara de no tener nada de valor en este mundo salvo la trompeta. Me saluda con un gesto de la mano y me dice algo que no entiendo. Creo que es rumano, me suena que alguien me lo dijo.

Yo llevaba rato contemplando el patio de butacas vacío, sentada en una silla con el violín en la mano porque me he cansado de calentar y añoraba el silencio. El silencio del patio de butacas y el que reina en esta ciudad, fuera, en las plazas, en las calles. Un silencio de hojas muertas. Desde la ventana del hotel, antes de venir, he visto caer hojas, hojas que tapizan todavía más este suelo de colores que el otoño vuelve tan atractivo. En casa, en Cataluña, para ver estos colores hay que ir a la montaña. A esa montaña que no conocí hasta la adolescencia porque de niña no había podido salir de Barcelona.

Todo cambió cuando encontré el violín. Dije, mira qué he encontrado, levantando el instrumento con una mano y el arco con la otra, en actitud triunfante. Y al levantarlo rocé las cuerdas con la mano sin querer y emitieron un sonido desgarrado y agudo que recuerdo que me partió el alma. No sabía si me gustaba o no, era un sonido extraño. Después lo miré con atención y clavé la vista en la efe, que entonces no sabía que se llamaba así, claro, porque solo veía un agujero alargado, pero al fondo se atisbaban unas letras escritas a mano y quería leerlas. Y las leí, pero no las entendí. Había una fecha, eso supe leerlo, 1672. Qué miras, se quejó mi madre, trae, que nos lo comprarán. Mi madre no se fijaba en la forma de lo que sacábamos del vertedero, solo en la materia, para ver si era vendible. No vivíamos en la calle ni en la miseria absoluta, o sí, depende de como se mire. Definitivamente sí si se mira con mentalidad actual, porque ahora está mal visto salirse de una dieta equilibrada que incluya fruta, verdura, hidratos de carbono y no sé cuántas cosas más. Entonces nuestra dieta equilibrada era lo que hubiera, y podía ser que un día solo hubiera pan y un poco de queso o unos garbanzos o unas lentejas. A mi padre no lo conocí pero, según me contó después mi madre, era un extranjero que vino, le hizo el amor unas cuantas noches y se marchó. Y mi madre, que sola más o menos iba tirando, se encontró con una cría que alimentar y ya no pudo tirar más.

Por eso eres rubia y tienes los ojos azules. Como él, me decía, acariciándome suavemente la mejilla con el dorso de los dedos. Me lo decía desde muy pequeñita y yo me fijaba en que a veces me miraba y rompía a llorar, quizá porque todavía se sentía unida a aquel hombre que había llegado con la tramontana y se había marchado con el viento del sur después de dejar una semilla mágica que crecería y acabaría siendo yo. Y cuando mi madre me decía que era como él, que tenía los ojos y el pelo como él, yo no sabía si tenía que quererlo y añorarlo o tenía que odiarlo por lo que había hecho. Era una sensación de incertidumbre, de no tener nada claro, de no saber dónde estaba la verdad y dónde la mentira. La misma que tuve cuando conocí a Karl muchos años después.

Aquel día en el vertedero, aquel día que habíamos ido más tarde que de costumbre porque recuerdo que se nos hizo de noche, pensé, qué será esto, parece una caja de madera. Estaba escondido entre la porquería y no se veía bien. Y entonces lo rescaté de debajo de la basura y, cuando comprendí que era un violín, instintivamente me afané en buscar el arco por allí. No es que hubiera visto muchos violines en mi vida, pero uno sí, porque en el colegio la maestra nos hacía leer un libro donde salía un violín con una chica que lo tocaba y cerraba los ojos y yo, sin oírlo, me imaginaba cómo sonaba dentro de la cabeza y lo más curioso era que sonaba realmente a violín, es decir, cuando escuché uno de verdad por primera vez, descubrí que era el mismo sonido que había imaginado. Y la primera vez que lo toqué, cerré los ojos como la chica

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