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LA CASA ENTRE LOS CACTUS

Paul Pen

5


Fragmento

 

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Rose abrió los ojos con la certeza de que había ocurrido algo malo. Deslizó la mano sobre el colchón para avisar a su marido.

—Elmer —susurró.

Él se giró hacia el otro lado.

—Despierta. —Le pellizcó la espalda—. Ha entrado alguien en casa.

Elmer respondió con un ronquido, se apropió de la sábana.

Rose bajó de la cama. Caminó hacia la puerta de puntillas, pisando el suelo donde no crujía.

Pegó la oreja a la madera.

Se oyó a sí misma tragando saliva.

Sin respirar, rodeó el pomo con los dedos. Lo giró atenta a los chasquidos del mecanismo. Abrió el espacio mínimo que le permitía asomar un ojo. La luz lunar que inundaba la habitación se derramó por la rendija, entre sus pies, dibujando una franja plateada sobre el pasillo.

Todas las puertas de las habitaciones de sus hijas estaban cerradas.

También la del baño.

Aliviada, dejó escapar el aire que había estado conteniendo.

Pero la puerta de Melissa osciló, mecida por alguna brisa nocturna.

Las bisagras rechinaron.

—¡Melissa!

Rose salió del cuarto con un grito. Soltó la puerta con tanta fuerza que el pomo golpeó la pared. Sus pasos retumbaron en el pasillo, en la casa entera. Encendió la luz de la habitación de Melissa. Desde la estantería la observaron un montón de piedras con ojos.

La cama estaba vacía.

—¡Melissa!

Revolvió la sábana. Miró debajo del somier. Giró sobre sí misma con las manos en la cabeza, mareada en aquel cuarto que parecía enorme.

—Se la han llevado —susurró.

Apretó las manos contra su vientre, retorciendo el camisón como si acabaran de arrebatarle a su hija después del parto. Elmer apareció en la puerta.

—Se la han llevado, Elm —le dijo—. Se han llevado a Melissa.

—No se han llevado a nadie.

—¿Y dónde está?

La pregunta culminó en un sollozo. Elmer la abrazó contra su pecho descubierto, protegiéndola entre sus brazos, calmándola con el calor de su cuerpo. Ella frotó la cara contra el vello de su marido, se dejó acunar por la contundencia del latido de su corazón.

—Nos la han quitado…

Elmer la llevó a la ventana de la habitación. La invitó a mirar al exterior guiando su barbilla con los dedos. Sólo una bombilla brillaba en lo alto de un poste de madera, proyectando un campo de luz en la arena rojiza del terreno. Iluminaba también la pick-up de Elmer, aparcada junto a un cactus más alto que la camioneta.

—¿Ves? —dijo él—. No hay nada allí fuera, no hay nadie.

Más allá del poste, todo estaba oscuro. Tan sólo el brillo de la luna permitía adivinar las siluetas de las rocas y cactus que completaban el paisaje hasta donde alcanzaba la vista.

—Nadie va a venir tan lejos.

Rose miró la cama vacía.

—¿Y dónde está mi hija?

Sintió la ausencia en su pecho, en su vientre.

—Estoy aquí, mamá. —Melissa habló desde el umbral, llevaba una roca con ojos en las manos. Dirigió una pregunta a su padre—: ¿Otra vez?

Elmer asintió.

—Salí a hablar con los cactus, mamá. —Mostró las zapatillas llenas de polvo como prueba—. Aunque el único que me ha hecho caso ha sido Needles, no sé qué le pasaba hoy a Pins.

Rose la abrazó.

—Me he asustado mucho —susurró en su oído—, os quiero tanto…

Aspiró el olor del cabello de su hija, inflando el vacío en su pecho. Sobre el hombro de la niña, preguntó a Elmer si había despertado al resto de las hermanas con tanto escándalo.

—Ni se han enterado —respondió él.

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Melissa cerró los ojos y se los tapó con las manos para dejar claro a sus hermanas que no pensaba hacer trampas.

—¿Seguro que no ves nada? —preguntaron ellas a la vez.

—¿Cómo voy a ver?

Melissa oyó reír a las dos. Las imaginó haciendo aspavientos frente a ella, fingiendo que iban a pegarle un puñetazo o poniendo caras raras para hacerla reaccionar.

—Venga, parad. Escondeos ya.

Cuatro pies zapatearon a su alrededor, la arena crujió bajo el calzado mientras se alejaban. Melissa notó que habían sincronizado sus zancadas para apoyar el mismo pie a la vez, tratando de reducir al máximo las pistas sonoras. Cuando llegaron al lugar acordado, las oyó dar un salto.

—¿Ya? —preguntó.

—No, espera.

Sus hermanas contestaron en sincronía. Consonantes y vocales coincidieron de tal forma que podría haber sido una sola persona la que hablara. Eran expertas en hacer eso. Melissa las imaginó atusándose el pelo, comprobando cada pliegue de sus vestidos, acordando la manera exacta en que le mostrarían el pie o la mano cuando se lo pidiera, si con los dedos juntos o separados. Ella tomó aire. El desierto olía a tierra, a piedra caliente. Justo cuando cambió la cadera sobre la que reposaba el peso de su cuerpo, las niñas terminaron de prepararse.

—¡Ya! —gritaron a la vez.

Melissa abrió los ojos. Sus pupilas se ajustaron sin esfuerzo a la luz del ocaso. Decenas de cactus, todos más altos que ella, se erigían por el terreno. Las rocas mostraban el color naranja profundo habitual a esa hora de la tarde. Algún reptil se escondió debajo de una de las piedras cuando ella se movió. La risita simultánea de sus hermanas emanó de detrás de los dos cactus enormes que habían acordado como escondite. Ambos contaban con un gran tronco central del que surgían a cada lado ramificaciones que parecían brazos flexionados.

—Voy a empezar —avisó a sus hermanas.

—Tres órdenes y un solo paso. Si pides más, no hacemos caso —canturrearon ellas en sincronía.

—Primera orden: quiero ver la palma de la mano derecha.

Dos manos asomaron tras el tronco central de ambos cactus, a unos diez pasos de ella. Las observó con atención. A esa distancia no podía distinguir las líneas de cada palma, que siempre eran una buena pista. Entornó los párpados tratando de discernir la forma de cada meñique. Se había propuesto acertar a la primera orden, pero era casi imposible estando tan lejos.

—Voy a dar el paso.

—Si pides más, no hacemos caso —entonaron las niñas, entre risas.

Melissa se acercó a los cactus mientras las manitas de las niñas desaparecían tras el tronco.

—¿Segunda orden? —preguntaron al unísono.

—Brazo izquierdo.

Las dos lo mostraron. Más cerca que antes, Melissa pudo distinguir los pliegues marcados en las muñecas de sus hermanas. Veía también el lunar repetido en la piel pálida de los antebrazos. Se esforzó por diferenciar el grosor de cada uno de los pulgares.

—¿Tercera orden? —solicitaron a la vez las niñas.

—Esperad, que sigo mirando.

Ver los codos le serviría de más ayuda, pero hacerlas girar el brazo contaría como orden y prefería apostar por otro rasgo con el que tendría más posibilidad de acertar.

—Tercera orden —anunció—: quiero ver el pie izquierdo.

Dos zapatos brotaron de cada cactus como flores rastreras. Eran blancos, ajustados con una correa que atravesaba el empeine. Melissa se arrepintió de su estrategia, las niñas habían tenido la precaución de subirse al máximo los calcetines de color rosa. A una de ellas le había picado un escorpión en el tobillo y la marca de la cicatriz hubiera servido como pista definitiva.

—Veo que ésta ya os la habéis aprendido.

Las niñas rieron, creyéndose ganadoras. Melissa se percató entonces de que uno de los calcetines se ajustaba con menos tensión a la pierna de su dueña. La goma estaba dada de sí por culpa de la propia Melissa, que la había estirado hacía dos tardes, al lanzarse al suelo para agarrar a la niña mientras jugaban entre las rocas. Ésa era información suficiente para descifrar el enigma.

—Daisy a la izquierda y Dahlia a la derecha.

Las niñas permanecieron en silencio. Las imaginó intercambiando miradas incrédulas de cactus a cactus, encogiendo los hombros, quizá dibujando algunas palabras sólo con los labios.

—No puede ser —dijeron a la vez desde sus escondites.

—¿He acertado? —Melissa ya sabía la respuesta—. Venga, salid.

Emergieron por los laterales más próximos de cada cactus.

—¡Acerté!

—Es imposible que lo sepas. Somos igualitas.

Las niñas se examinaron la una a la otra de arriba abajo, compararon los brazos y las manos mostradas, inspeccionaron los zapatos. Dahlia repasó el calcetín más holgado de su hermana gemela, pero no lo identificó como la prueba reveladora. Susurró al oído de Daisy.

—Nos has hecho trampa —dijeron a la vez.

—No hago trampa. Sólo soy más lista que vosotras.

—Ya, ya, seguro —añadieron.

A Melissa aún le sorprendía la facilidad con la que las dos niñas hablaban a la vez, usando las mismas palabras. En ocasiones cuchicheaban entre sí antes de soltar una frase idéntica, pero otras lo hacían sin prepararse, de manera natural. Se rió al verlas subirse los calcetines para que estuvieran a la misma altura, ajustar la correa del calzado al mismo agujero, deslizar los tirantes del vestido blanco para que mostraran la misma cantidad de hombro. Dai

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