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LA CATEDRAL DE LA LUZ

Ruben Laurin  

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Fragmento

Dramatis personae

Dramatis personae

Los personajes históricos están señalados con un asterisco (*)

Moritz: Chico huérfano de la tribu de los wendos, esclavo del castillo, cantero y escultor.

Maestro Bohnsack*: Maestro de obras.

Helena: Su hija.

Gotthart de Saint Leonard: Escultor.

Hubertus: Su cantero y criado.

Wastl: Su cantero y palafrenero.

Conrad: Su secretario.

Ansgar von Lund: Caballero.

Lothar von Magdeburg: Su escudero.

Matilde de Magdeburgo*: Para unos, una mística; para otros, una enferma mental; autora del libro La luz fluyente de la divinidad.

Mónica: Nuera del herrero del castillo, amiga de Moritz.

Benno: Su marido, herrero y amigo de Moritz.

Jacques von Strassburg: «Jakob», escultor.

Slawomir von Rügen: Caballero wendo.

Rochus: Monje y sacerdote.

Gabriel: Monje y sacerdote.

Botho von Schwerin: Caballero.

Dietrich von Dobin*: Canónigo de la catedral de Magdeburgo.

Conde Albrecht von Käfernburg*: Arzobispo de Magdeburgo.

Conde Wilbrand von Käfernburg*: Hermanastro de Albrecht, prepósito del cabildo de Magdeburgo; más tarde, arzobispo de Magdeburgo.

Burchard*: Burgrave de Magdeburgo.

Magdalena: La «sabia»; comadrona.

Hugo von Meissen: Caballero y alcaide del castillo.

Bodo: Su escudero.

Mauricio*: Oficial romano.

Cándido*: Oficial romano.

Inocencio*: Portaestandarte romano.

Exuperio*: Oficial de instrucción romano.

Maximiano*: Emperador romano.

Cuadro cronológico

Cuadro cronológico

Viernes Santo de 1207: Arde Magdeburgo; la catedral del emperador Otón I sufre grandes destrozos. El arzobispo Alberto II manda derribar las ruinas del incendio.

En torno a 1207: Nace Matilde de Magdeburgo.

1208: Se pone la primera piedra de la nueva catedral.

28 de septiembre de 1220: El arzobispo Alberto lleva la calavera de San Mauricio a Magdeburgo.

22 de noviembre de 1220: Federico II es coronado emperador en Roma por el Papa Honorio III.

1230 o antes: El arzobispo Alberto decide incorporar las columnas antiguas de la catedral vieja en el coro de la nueva catedral.

1222 hasta diciembre de 1224: Frailes franciscanos y dominicos se asientan en Magdeburgo.

1225 hasta 1235: Wilbrand, conde de Käfernburg y hermanastro de Alberto, es nombrado prepósito del cabildo de Magdeburgo.

2 de julio de 1227: En la batalla de Bornhöved, una coalición de príncipes del norte de Alemania, liderados por el duque Alberto de Sajonia, algunos príncipes wendos y el conde Enrique de Schwerin, vence al rey danés Valdemar II, acabando así con la supremacía de los daneses en la zona del mar Báltico.

1228 y 1231/32: El arzobispo Alberto participa en Italia en las Dietas del emperador Federico II.

1228/29: Cruzada de Federico II.

En torno a 1228: Dietrich, noble procedente de Dobin (también llamado Teodorico), asume las funciones de canónigo del cabildo catedralicio.

En torno a 1230: El maestro de obras Bohnsack, de Maulbronn, es conocido en algunos documentos como magister operis Bonsac. La figura —que probablemente le represente— en el modillón de un pilar toral de la catedral es una muestra del reconocimiento a su gran labor.

1230: Los franciscanos se mudan al casco antiguo de la ciudad y declaran a Magdeburgo una de sus principales sedes de Alemania. En esta época, la ciudad es un próspero centro cultural y un lugar célebre en materia de educación y enseñanza.

1231: Desde París es enviado a Magdeburgo el franciscano Bartholomeus Anglicus para que escriba allí una enciclopedia.

15/10/1232: El arzobispo Alberto muere en el viaje de vuelta de Italia.

1232 hasta 1235: Burchard von Waldenburg es nombrado arzobispo de Magdeburgo.

1234: En el terreno de las obras de la catedral se oficia la primera misa.

A partir de aproximadamente 1235: Matilde escribe en Magdeburgo el libro La luz fluyente de la divinidad. En él alude a los conflictos con el clero y a su cercanía con el deán de la catedral, Dietrich de Dobin.

8 de febrero: El arzobispo Burchard muere durante una Cruzada en Constantinopla.

31 de mayo: Su sucesor, Wilbrand von Käfernburg, viaja a Italia para ser consagrado obispo por el Papa Gregorio IV.

1235: Wilbrand y sus acompañantes ven en Milán una estatua ecuestre que se asemeja al Jinete de Magdeburgo.

Verano de 1235: El emperador Federico convoca una Dieta en Maguncia. Entre su séquito figuran africanos y sarracenos.

En torno a 1237: En la ruta del comercio que va de Magdeburgo a Lebus, surge la colonia Berlín.

En torno a 1240: Escultores del mismo taller, hoy desconocidos, crean la estatua de San Mauricio (el «Jinete Negro») y la de Santa Catalina, el grupo escultórico de «Las Diez Vírgenes» y el monumento ecuestre del emperador Otón.

1245: El 12 de mayo, Dietrich, persona de confianza de Matilde, es elegido cantor de la catedral. En el año 1262 es nombrado deán de la catedral.

1248: Un tal maestro Gerhard empieza a construir la catedral de Colonia.

1250: Muere el gran emperador Federico II de Hohenstaufen.

1253: En otoño, muere el arzobispo Wilbrand.

En torno a 1282: Matilde muere en el convento de Helfta, cerca de Eisleben.

1520: Después de más de trescientos años de obras, se termina la construcción de la catedral de Magdeburgo.

Véase el Glosario

Prólogo

Prólogo

Los Alpes galos, verano de 285 d. C.

Remontada la cumbre, atrás quedaba la última pendiente. Por fin. A partir de ahora todo era cuesta abajo. Los caballos, aliviados, iniciaron un leve trotecillo. Al borde del camino aparecieron los primeros árboles. El centurión aspiró profundamente el aire, ahora mucho más cálido, y creyó notar la proximidad del valle fluvial y del lago. Aún conservaba el buen humor, todavía abrigaba esperanzas, y ardía en deseos de ir al encuentro de su emperador y general.

El camino conducía a un pequeño bosque. A derecha e izquierda, los campos cubiertos de nieve de las laderas parecían haber retrepado por la montaña, y entre los guijarros tan solo asomaban sus blancas y estrechas lenguas. Aquí la hierba crecía más tupida. El centurión descubrió unas cagarrutas de oveja al borde del camino. A su lado, un cardo ajonjero se había abierto al sol de la mañana.

El portaestandarte detuvo su caballo.

—¡Mirad esto, hermanos! —exclamó, señalando dos cardos ajonjeros con el estandarte.

Todos detuvieron sus caballos para contemplar las níveas flores plateadas de los cardos.

—Qué bonitas —dijo el centurión, a quien llamaban Mauricio—. ¡Qué preciosidad! —Giró en la silla de montar y miró hacia atrás—. Esperemos a los hombres.

Más de la mitad de la columna de marcha ya había coronado la cima. Los legionarios se acercaban a paso ligero; el ruido acompasado de sus pisadas iba en aumento. Nuevas hileras de puntas de lanza y cabezas protegidas por yelmos traspasaban la cima de la montaña.

La visión de su cohorte enardeció el corazón del centurión. Mauricio amaba a sus soldados. Ya las primeras filas los alcanzaron a él y a los jinetes. El centurión miró sus caras, bañadas en sudor, pero radiantes. La cercanía de la meta animaba a los hombres.

Aún creían que su meta era el campamento imperial de Octoduro; todavía contaban con que pronto podrían servir a Roma en la lucha contra los rebeldes galos. También Mauricio lo creía, en ese momento.

Ya no faltaba mucho para que todo cambiara. Y es que a Mauricio el Tebano le esperaban dos noticias. La primera, junto al desfiladero, desde donde la antigua calzada procedente de las altas montañas descendía hasta el valle del río; la segunda, apenas una legua después, al otro lado del desfiladero. Una de las noticias solo la entenderían las siguientes generaciones; la otra le llegaría inesperadamente al centurión.

A esa hora, una radiante y despejada bóveda celeste cubría a la columna de marcha abarcando desde los cardos ajonjeros hasta la cresta de la montaña. Las cumbres nevadas lanzaban destellos a la luz del sol naciente. ¿Acaso no parecía que todo estaba en llamas? Mauricio no se cansaba de contemplar ese magnífico espectáculo de luces.

Al norte ya no se alzaba ninguna cresta; al oeste y al este, sin embargo, los últimos e imponentes macizos de los Alpes galos destacaban entre el cielo azul de finales del verano.

—¡Fíjate en esos macizos, centurión! —El portaestandarte de Mauricio no cabía en sí de entusiasmo—. ¿A que parecen cuernos incandescentes de dragones celestiales? —Inocencio balanceó el águila de la legión romana en todas direcciones—. ¡Mirad eso, hermanos!

Tanta sublime belleza le dejaba sumido en la perplejidad. Inocencio era, por lo demás, de naturaleza fácilmente inflamable.

—¡En el cielo no hay dragones! —refunfuñó Cándido, el segundo centurión, en su habitual tono arisco—. Allí abajo, en cambio, tras el bosquecillo, hay un desfiladero. Nuestro desfiladero, supongo. Calculo que, como mucho, tardaremos media hora en llegar.

Mauricio se llevó la mano a la frente a modo de visera y miró por encima de las copas de los árboles, hacia el norte, donde, tras una suave depresión en el terreno, se distinguía una edificación. Cándido tenía razón: ese era su desfiladero.

Exuperio, el oficial de instrucción, volvió grupas y recorrió las primeras filas de la cohorte.

—¡Pronto llegaremos al desfiladero! —gritó—. ¡Desde allí bajaremos hacia el río y el camino será más placentero!

La noticia se propagó como un reguero de pólvora entre los apenas setecientos legionarios y siervos palafreneros.

Ródano, se llama hoy el río; por aquel entonces se llamaba Rhodanus. En su curso, aproximadamente a medio camino en dirección al lago, se hallaba la población de Octoduro, hoy Martigny. Allí se había acantonado el emperador y general Maximiano con su legión.

Mauricio arreó a su caballo. Tras él, la columna de marcha se puso de nuevo en movimiento. Atravesaron el bosquecillo. El desfiladero quedaba cada vez más cerca; desde la edificación de piedra del camino, Mauricio ya podía ver bestias de carga, ganado menor y personas. La perspectiva de poder acampar esa noche en el más cálido valle fluvial le levantó considerablemente la moral.

—¡Un águila! —El lugarteniente señaló al cielo que cubría el desfiladero, donde una enorme ave rapaz trazaba círculos en el aire—. ¡Menudo animal! ¿Ha visto alguno de vosotros un águila tan grande alguna vez?

—¡Un buen presagio, Exuperio! —gritó desde la primera fila de la marcha el tercer centurión, uno de los pocos legionarios de Mauricio que no estaba bautizado—. ¡El águila romana se cierne sobre el infame rebelde y su maldita caterva! ¡Pronto se lanzará sobre ellos! —añadió, alzando el puño al cielo.

El tercer centurión hablaba del traidor que se había autoproclamado emperador de la provincia de la Galia. Incluso se había atrevido a acuñar monedas. Para aniquilarlo, el emperador Maximiano había mandado que Mauricio y su cohorte tebana cruzaran los Alpes y llegaran hasta el Ródano.

Más tarde, cuando ya había ocurrido lo que en ese momento nadie podía esperar, cuando lo inefable ya se había abierto camino en los relatos de los conmovidos testigos y en los escritos de los asombrados cronistas, más tarde, la gente empezó a hablar y a escribir de la «Legión Tebana». Pero Mauricio no condujo hasta el Ródano a siete mil soldados, es decir, a una legión, sino solo a una cohorte: seiscientos legionarios, unas doscientas mujeres y siervos palafreneros. Casi todos procedían, como el propio Mauricio, de la región desértica que rodeaba a la Tebas egipcia. Y la mayorí

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