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LA CAZA DE LAS áGUILAS (ÁGUILAS DE ROMA 2)

Ben Kane  

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Fragmento

Contenido

Lista de personajes

Prólogo

PRIMERA PARTE

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  2

  3

  4

  5

  6

  7

  8

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SEGUNDA PARTE

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Nota del autor

Glosario

Para Selina Walker,
una de las mejores editoras que existen.

¡Gracias!

Lista de personajes

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(Los que están marcados con un * son personajes históricos)

Romanos/aliados

LUCIO COMINIO TULO: centurión veterano. Había pertenecido a la legión XVIII y ahora está en la V.

MARCO CRASO FENESTELA: optio de Tulo o segundo al mando.*

MARCO PISO: uno de los soldados de Tulo.

VITELIO: otro de los soldados de Tulo, y amigo de Piso.

SAXA: otro de los soldados de Tulo, y amigo de Piso.

METILIO: otro de los soldados de Tulo, y amigo de Piso.

AMBIORIX: sirviente galo de Tulo.

DEGMAR: sirviente de Tulo perteneciente a la tribu de los marsos.

LUCIO SEYO TUBERO: noble romano, legado de los legionarios y enemigo de Tulo.*

SEPTIMIO: centurión veterano de la VII cohorte, legión V y comandante de Tulo.*

FLAVOLEYO CORDO: centurión veterano, II cohorte, legión V.

CASTRICIO VÍCTOR: centurión veterano, III cohorte, legión V.

PROCULINO: centurión veterano, VI cohorte, legión V.

GERMÁNICO JULIO CÉSAR: nieto adoptivo de Augusto, sobrino de Tiberio y gobernador imperial de Germania y de las Tres Galliae.*

TIBERIO CLAUDIO NERÓN: emperador y sucesor de Augusto.*

AUGUSTO: conocido también como Cayo Octavio y por otros nombres, sucesor de Julio César y primer emperador romano. Murió a finales de 14 d.C. tras más de cuarenta años en el poder.

AULO CECINA SEVERO: gobernador militar de Germania Inferior.*

LUCIO ESTERTINIO: uno de los generales de Germánico.*

CALUSIDIO: soldado raso que se enfrentó a Germánico.*

BASIO: primus pilus de la legión V.

CAYO y MARCO: soldados rebeldes.

EMILIO, BENIGNO, GAYO: soldados con quienes juega Piso.

PUBLIO QUINTILIO VARO: el difunto gobernador de Germania que cayó en una terrible emboscada tendida a su ejército en el 9 d.C.*

Germanos/otros

ARMINIO: jefe de la tribu germana de los queruscos, cerebro de la emboscada tendida a las legiones de Varo y enemigo acérrimo de Roma.*

MAELO: mano derecha de Arminio.

TUSNELDA: esposa de Arminio.*

OSBERT: uno de los guerreros de Arminio.

FLAVO: hermano de Arminio.*

INGUIOMERO: tío de Arminio y aliado reciente, jefe de una facción muy numerosa de la tribu de los queruscos.*

SEGESTES: padre de Tusnelda, aliado de Roma y jefe de una facción de la tribu de los queruscos.*

SEGISMUNDO: hijo de Segestes y hermano de Tusnelda.*

ARTIO: niña huérfana que Tulo rescata en Águilas en guerra.

SIRONA: mujer gala que está a cargo de Artio.

SCYLAX: perro de Artio.

Prólogo

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Roma. Otoño, año 12 d.C.

El centurión Lucio Cominio reprimió un juramento. La vida había cambiado de forma implacable desde la matanza del bosque, acaecida hacía tres años. Cualquier pequeño detalle, por nimio que fuera, lo transportaba al caos galopante de aquellos días sangrientos y embarrados, en los que miles de germanos habían tendido una emboscada y habían borrado de la faz de la tierra a tres legiones, incluida la suya. En esta ocasión la culpa la tenía el fuerte aguacero que caía en la ciudad de Roma y el fango resultante de la calle sin pavimentar que le salpicaba la parte inferior de las piernas y se le adhería a las sandalias.

Tulo cerró los ojos y volvió a oír el estridente y desgarrador barritus de los guerreros germanos: ¡¡¡HUUUUUMMMMM! ¡HUUUUUMMMMM! El grito de batalla, que entonaban hombres ocultos en lo más profundo del bosque, había agriado el valor de sus soldados igual que la leche se corta bajo el sol del mediodía. Si Tulo solo reviviera los cánticos habría sido soportable, pero también le resonaba en los oídos el sonido de los gritos de dolor de los hombres, llamando a sus madres, y exhalando sus últimos suspiros. Una lluvia de lanzas silbaba por encima de sus cabezas y se clavaban tanto en los escudos como en la carne, dejando una estela de discapacitados, mutilados y muertos. Las hondas crujían; los proyectiles rebotaban en los cascos con un sonido metálico; las mulas rebuznaban de miedo. Él mismo bramaba órdenes con la voz ronca por el esfuerzo.

Tulo parpadeó sin ver la concurrida calle que tenía ante sí sino un camino embarrado. Discurría a lo largo de infinidad de millas entre árboles que parecían no tener fin y ciénagas en las que se les hundían las piernas. Había material desperdigado y cadáveres por todas partes. Legionarios. Sus legionarios. Antes del ataque sorpresa, Tulo se habría peleado con cualquiera que hubiera apenas apuntado la posibilidad de que todos los hombres a su mando —una cohorte de más de cuatrocientos hombres— fueran aniquilados por un enemigo armado sobre todo con lanzas. Si le hubieran insinuado que se podía masacrar a tres legiones del mismo modo, los habría tomado por locos.

Ahora era un hombre más sabio y humilde.

Aquella experiencia brutal y sus consecuencias también habían amargado a Tulo. Como su legión había perdido el águila, la XVIII había sido disuelta. Igual que las legiones XVII y XIX. Él y el resto de los supervivientes se habían repartido entre las demás legiones que servían en el río Rhenus. La humillación final había sido su degradación: de centurión veterano a centurión a secas. Teniendo en cuenta que le quedaba poco para jubilarse, aquel golpe resultaba demoledor para su carrera. La intervención de Lucio Seyo Tubero, uno de sus enemigos y tribuno senatorial en aquella época, había supuesto el golpe final que le garantizaba un ocaso ignominioso para su carrera militar. De no ser por Tubero, caviló Tulo, quizás habría podido dirigir una cohorte.

—¡TULO!

Se sobresaltó y se preguntó quién le había reconocido allí, a cientos de millas de donde se suponía que debía estar.

—¡TULO!

Aunque la calle estaba abarrotada y los ruidos cotidianos dominaban el ambiente (las voces de los tenderos compitiendo entre sí, dos perros callejeros que luchaban por un pedazo de carne, la cháchara de los transeúntes), le llegó la voz aguda de la mujer.

—¡TULO!

Tuvo que hacer acopio de todo su autocontrol para no reaccionar. Tulo se repitió por enésima vez ese día que en Roma no le conocía absolutamente nadie. Como mucho un puñado de personas y las posibilidades de encontrárselas eran ínfimas. «No soy más que un ciudadano más en un enjambre de personas, dedicado a mis quehaceres. Los oficiales imperiales desconocen mi identidad y no les importa lo que hago en la ciudad. Aunque me pararan, podría zafarme de ellos con una mentira. Soy un veterano convertido en comerciante, venido a Roma con un antiguo compañero para presenciar el triunfo de Tiberio, eso es todo.»

Tulo, un hombre corpulento bien entrado ya en la mediana edad, con el mentón largo y marcado con cicatrices y el cabello cortado al rape, seguía siendo apuesto aunque estaba un tanto ajado. El cinturón metálico denotaba su condición de soldado o, mejor dicho, ex soldado. Marco Craso Fenestela, su compañero pelirrojo, era menos agraciado, más delgado y fibroso que él, y el cinturón también denotaba su formación militar.

—Por fin, Tulo —dijo la voz femenina—. ¿Dónde demonios te habías metido?

Tulo giró la cabeza con la máxima serenidad posible y escudriñó los rostros de las personas que le rodeaban. El Tulo a quien llamaban, su mujer por lo que parecía, era un hombre achaparrado y con la mitad de años que él, pero más bajo y con una barriga el doble de prominente. La mujer que le esperaba junto al mostrador de un restaurante de frente abierto tampoco era gran cosa, sucia, harapienta, con las mejillas rojas y de pecho prominente. Tulo se relajó y entonces Fenestela le susurró al oído:

—¡Lástima que no te llamara a ti! ¡Te habría dado de comer y, con un poco de suerte, habrías mojado!

—¡Vete a la mierda, cerdo!

Tulo apartó a su optio con una sonrisa en los labios. La diferencia de rango había perdido importancia tras los innumerables años que llevaban juntos y tras sobrevivir a horrores difíciles de imaginar. Fenestela solo le llamaba «señor» en presencia de otros soldados o cuando estaba enfadado con Tulo.

Los dos hombres prosiguieron su camino hacia el centro de la ciudad. A pesar de lo temprano que era, las estrechas calles estaban abarrotadas. Habían llegado a la conclusión de que Roma era bulliciosa de día y de noche, pero la perspectiva de un triunfo en honor al heredero del emperador había hecho salir de casa a cualquiera que pudiera caminar, aunque fuera cojeando. Todo el mundo —ya fuera joven o viejo, rico o pobre, sano o enfermo, débil o fuerte— estaba ansioso por presenciar el desfil

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