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LA CHICA DE ANTES

J.P. Delaney  

4


Fragmento

El señor Darkwood, antaño tan interesado en el amor romántico y lo que cualquiera tuviera que decir sobre el mismo, está ahora más que harto del tema. ¿Por qué los amantes siempre se repiten? ¿Es que nunca se cansan de oírse hablar?

EVE OTTENBERG, The Widow’s Opera

 

Como todos los adictos, los asesinos en serie trabajan con un guion, adoptando una conducta repetitiva hasta el punto de la obsesión.

ROBERT D. KEPPEL Y WILLIAM J. BIRNES,

Signature Killers

 

Podemos decir que el paciente no recuerda nada de lo que ha olvidado o reprimido, pero lo representa. Lo reproduce no como un recuerdo, sino como una acción; lo repite sin saber, por supuesto, que lo está repitiendo.

SIGMUND FREUD, Recordar, repetir y reelaborar

 

Mi fascinación por dejar que las imágenes se repitan una y otra vez o, en el caso del cine, que se sucedan manifiesta mi creencia de que pasamos buena parte de nuestra vida viendo sin observar.

ANDY WARHOL

1. Por favor, haga una lista con todas las posesiones que considere imprescindibles en su vida.

Antes: Emma

Es un pisito encantador, dice el agente con lo que cabría definir como un sincero entusiasmo. Está cerca de todos los servicios. Y dispone de un trocito privado de azotea. Podría transformarse en un solárium, previo consentimiento del casero.

Genial, conviene Simon, procurando no llamar mi atención.

Supe que el piso no era el adecuado nada más entrar y ver esa extensión de poco más de un metro ochenta de azotea debajo de una de las ventanas. Simon también lo sabe, pero no quiere decírselo al agente, o al menos no tan pronto que parezca una grosería. Hasta es posible que confíe en que me entren dudas si escucho la estúpida cháchara de este tipo el tiempo suficiente. El agente es un hombre del estilo de Simon: avispado, desenvuelto, entusiasta. Seguro que lee la revista para la que Simon trabaja. Ya se habían puesto a hablar de deportes antes incluso de subir la escalera.

Y aquí hay un dormitorio de buen tamaño, dice el agente. Con una amplia…

No es adecuado, interrumpo poniendo fin a esta farsa. No es adecuado para nosotros.

El agente enarca las cejas.

No se puede ser demasiado exigente teniendo en cuenta cómo está el mercado, alega. Esta noche ya estará alquilado. Hoy hay previstas cinco visitas, y ni siquiera lo hemos anunciado aún en nuestra página web.

No es lo bastante seguro, insisto, y soy tajante. ¿Nos vamos?

Hay pestillos en todas las ventanas, dice, además de una cerradura Chubb en la puerta. Por supuesto, pueden instalar una alarma antirrobos si la seguridad les preocupa especialmente. No creo que el casero ponga objeciones.

Se dirige a Simon, que se encuentra detrás de mí. Si nos «preocupa especialmente»… Para el caso, podría haber dicho: «Oh, ¡qué novia tan histérica…!».

Esperaré fuera, anuncio mientras me vuelvo ya para marcharme.

Si el problema es la zona, tal vez deberían buscar más al oeste, añade el agente al darse cuenta de que ha metido la pata.

Ya lo hemos hecho, responde Simon. Se sale de nuestro presupuesto. Exceptuando, claro, los que tienen el tamaño de una caja de cerillas.

Intenta que su voz no trasluzca su frustración, pero que tenga que hacerlo me saca aún más de quicio.

Hay un piso de un solo dormitorio en Queen’s Park, comenta el agente. Está un poquito cochambroso, pero…

Ya le echamos un vistazo, replica Simon. Y nos pareció que estaba un poquito bastante cochambroso. Su tono deja claro que al decir «nos» quiere decir «le», refiriéndose a mí.

O hay un tercero justo al llegar a Kilburn…

Lo vimos también. Había una tubería de desagüe junto a una de las ventanas.

El agente parece perplejo.

Alguien podría encaramarse por ella, explica Simon.

En fin… La temporada de alquileres acaba de empezar. Tal vez si esperan unos días…

Es evidente que el agente considera que con nosotros pierde el tiempo. Él también se dirige a la puerta. Yo salgo y me planto fuera, en el descansillo, de forma que se detiene a unos pasos de mí.

Ya hemos dado el aviso en nuestro piso, oigo decir a Simon. Estamos quedándonos sin opciones. Baja la voz. Mire, amigo, nos robaron. Hace cinco semanas. Entraron dos hombres en casa y amenazaron a Emma con un cuchillo. Entenderá que esté un poco nerviosa.

Oh, dice el agente. Mierda. Si alguien le hiciera eso a mi chica no sé cómo reaccionaría. Escuche, puede que las posibilidades sean escasas, pero… Su voz se apaga lentamente.

¿Sí?, lo anima Simon.

¿Alguien de la oficina les mencionó la casa del número uno de Folgate Street?

Creo que no. ¿Acaba de entrarles?

No, no para ser exacto.

El agente parece no tener claro si debe seguir hablando.

Pero ¿está disponible?, insiste Simon.

Técnicamente, sí, responde el hombre. Y es una propiedad fantástica. De verdad, es fantástica. Mucho mejor que esta. El propietario, sin embargo… Decir que es puntilloso es quedarse corto.

¿En qué zona está?, pregunta Simon.

En Hampstead, contesta el agente. Bueno, más bien en Hendon. Pero en realidad es un sitio muy tranquilo.

¿Emma?, me llama Simon.

Vuelvo a entrar.

Podríamos ir a verlo, digo. Nos pilla a medio camino.

El agente asiente.

Me acercaré a la oficina antes y veré si puedo encontrar los datos, dice. Es que ha pasado un tiempo desde que la enseñé por última vez… No es un lugar que se adecue a todo el mundo. Pero creo que podría irles como anillo al dedo. Lo siento, no me malinterpreten.

Ahora: Jane

—Este era el último. —La agente, que se llama Camilla, tamborilea con los dedos sobre el volante de su Smart—. Así que, ahora en serio, tiene que decidirse ya.

Suspiro. El apartamento que acabamos de ver, en una manzana de edificios ruinosos en West End Lane, es el único que se adapta a mi presupuesto. Y casi me había autoconvencido de que estaba bien —pasando por alto que el papel de las paredes se estaba levantando, que del piso de abajo llegaba tufo a comida, que el dormitorio era enano y había manchas de moho en el aseo porque no tenía ventilación— hasta que oí sonar cerca una campana, mejor dicho, una campanilla de las de antes, y de repente estalló un griterío de críos. Me acerqué a la ventana y me encontré mirando un colegio. Se veía el interior de un aula de niños pequeños, de esas con recortes de papel con forma de animalitos en los cristales. Se me retorcieron las entrañas de dolor.

—Creo que voy a pasar de este —conseguí murmurar.

—¿En serio? —Camilla puso cara de sorprendida—. ¿Es por el colegio? A los anteriores inquilinos les gustaba oír jugar a los niños.

—Pero no tanto como para decidir quedarse, ¿verdad? —Me aparté de la ventana—. ¿Nos vamos?

En estos momentos Camilla guarda un prolongado y estratégico silencio mientras conduce de vuelta a su oficina.

—Si nada de lo que hemos visto hoy le interesa es posible que deba plantearse ampliar su presupuesto.

—Por desgracia, mi presupuesto es el que es —digo con sequedad mirando por la ventanilla.

—Entonces tal vez tenga que ser un poco menos exigente —repone con aspereza.

—En cuanto a este último apartamento, tengo… motivos personales para no vivir tan cerca de un colegio. Ahora mismo al menos no.

Veo que su mirada desciende hasta mi vientre, todavía un poco flácido tras mi embarazo, y sus ojos se abren de golpe cuando ata cabos.

—Oh —dice.

Camilla no es tan cortita como parece, algo por lo que doy gracias. No necesita que le explique nada.

Bien al contrario, creo que ha decidido hacerme una propuesta.

—Oiga, hay otra casa. Lo cierto es que no debemos enseñarla sin el expreso consentimiento del propietario, pero de vez en cuando la mostramos. A algunos les espanta, pero para mí es fantástica.

—¿Es fantástica y encaja en mi presupuesto? Vaya… No estamos hablando de una c

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