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LA CHICA DEL ABRIGO AZUL

Monica Hesse  

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Fragmento

 

Prólogo

Mucho tiempo antes de que Bas muriera, nos enzarzamos en una pelea de mentirijillas acerca de quién tenía la culpa de que se hubiera enamorado de mí. «Es culpa tuya —me dijo—, porque eres adorable.» Le dije que se equivocaba. Que era desidia culparme de su amor por mí. Irresponsable, en realidad.

Lo recuerdo todo de esa conversación. Tuvo lugar en la sala de estar de sus padres y oíamos la radio nueva de la familia mientras le preguntaba la lección para un examen de geometría que ninguno de los dos consideraba importante. La cantante estadounidense Judy Garland cantaba «You Made Me Love You». Así empezó la conversación. Bas dijo que yo le había obligado a amarme. Me burlé de él porque no quería que supiera lo rápido que me latía el corazón al oírle decir las palabras «amar» y «tú» en la misma frase.

A continuación afirmó que yo también tenía la culpa de que quisiera besarme. Y yo le dije que si se lo permitía sería culpa suya. En ese momento su hermano entró en la sala y dijo que los dos teníamos la culpa de que al oírnos le entraran ganas de vomitar.

Horas después, camino de casa —cuando podía ir a casa a pie sin preocuparme de que me pararan los soldados, de saltarme el toque de queda o de que me detuvieran—, caí en la cuenta de que no le había dicho que yo también le amaba. La primera vez que Bas me declaraba su amor, y me había olvidado de decirle que le correspondía.

Tendría que haberlo hecho. Si hubiera sabido lo que sucedería y lo que descubriría acerca del amor y la guerra, me habría asegurado de decírselo entonces.

Esa es mi culpa.

1

Enero de 1943

Martes

—Hola, preciosa. ¿Qué lleva ahí? ¿Algo para mí?

Me paro porque el soldado es joven y guapo, y porque su voz contiene un guiño, y porque apuesto a que me haría reír una tarde en el cine.

Es mentira.

Me paro porque el soldado podría ser un buen contacto, porque quizá podría conseguirme artículos que ya no podemos comprar, porque es probable que tenga los cajones de la cómoda repletos de filas y filas de tabletas de chocolate y de calcetines sin agujeros en la puntera.

En realidad eso tampoco es cierto.

En ocasiones prescindo de la verdad porque resulta más fácil fingir que tomo decisiones por motivos racionales. Resulta más fácil fingir que puedo elegir.

Me paro porque el uniforme del soldado es verde. Es la única razón por la que me paro. Porque viste uniforme verde, lo cual significa que no puedo elegir.

—Son muchos paquetes para una chica tan guapa.

Su holandés tiene un leve acento, pero me sorprende que lo hable tan bien. Algunos agentes de la policía verde no lo hablan y se enfadan al ver que no dominamos el alemán, como si hubiéramos debido prepararnos toda la vida para el día en que invadirían nuestro país.

Aparco la bicicleta, pero no desmonto.

—Es la cantidad justa de paquetes, creo yo.

—¿Qué lleva en ellos? —Se inclina sobre el manillar y palpa con mano indolente la cesta sujeta a la parte delantera.

—¿No le gustaría verlo? ¿No le gustaría abrir todos mis paquetes? —Suelto una risita y bajo las pestañas para que no se percate de que se trata de una frase bien ensayada.

En la postura en que estoy, el bajo del vestido se me ha subido por encima de la rodilla y el soldado lo advierte. Es azul marino, de varios años antes de la guerra, me queda demasiado estrecho y tiene el dobladillo deshilachado. Me muevo un poco para que el bajo suba aún más, hasta la mitad del muslo, donde tengo la carne de gallina.

Esta interacción sería peor si el policía fuera mayor, si tuviera arrugas, los dientes manchados o una panza fofa. Sería peor, pero yo coquetearía de todas formas. Lo he hecho docenas de veces.

Se inclina más. Detrás de él, el agua del Herengracht está turbia y apesta a pescado. Podría empujarlo al canal y recorrer medio camino hasta casa en esta vergonzosa bicicleta de segunda mano antes de que él lograra salir chapoteando. Es un pasatiempo que me gusta practicar con cada agente de la policía verde que me para. «¿Cómo podría castigarte y cuánto me habría alejado cuando me atraparas?»

—Esto es un libro que le llevo a mi madre. —Señalo el primer paquete envuelto en papel—. Y ahí hay patatas para nuestra cena. Y esto es un jersey que me han remendado y que he ido a recoger.

—Hoe heet je? —me pregunta.

Quiere saber cómo me llamo y me lo pregunta con el estilo informal y desenfadado en que un chico preguntaría en una fiesta a una jovencita dentuda cómo se llama, y esto es una buena señal, pues prefiero con mucho que se interese por mí antes que por los paquetes de la cesta.

—Hanneke Bakker. —Mentiría, pero no tiene sentido ahora que todos estamos obligados a llevar encima los documentos de identidad—. ¿Y cómo se llama usted, soldado?

Saca pecho cuando le llamo «soldado». Los jóvenes todavía están encantados con el uniforme. Cuando se mueve, veo un destello dorado alrededor de su garganta.

—¿Y qué tiene en el medallón? —le pregunto.

Su sonrisa flaquea mientras se lleva la mano volando al colgante que pende bajo el cuello de la camisa. El medallón, dorado y en forma de corazón, probablemente contenga la fotografía de una muchacha alemana con cara de pan que ha prometido serle fiel en Berlín. La pregunta ha sido una apuesta arriesgada, pero una apuesta que da buen resultado siempre que acierto.

—¿Una fotografía de su madre? Debe de quererle mucho para haberle regalado un colgante tan bonito.

Se pone colorado mientras se mete la cadena bajo el cuello almidonado.

—¿De su hermana? —prosigo—. ¿De su perrito? —Cuesta encontrar el equilibrio, la dosis adecuada de ingenuidad. Mis palabras han de contener la inocencia suficiente para no justificar que se enfade conmigo, y la mordacidad necesaria para que prefiera deshacerse de mí a tenerme aquí parada e interrogarme sobre lo que llevo—. No le había visto nunca —añado—. ¿Está apostado en esta calle todos los días?

—No me gustan las chicas tontas como usted. Váyase a casa, Hanneke.

Cuando me alejo en la bicicleta, los mangos del manil

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