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LA CHICA DEL TROMBóN

Antonio Skármeta  

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Fragmento

En diciembre de 1944, me encontraba yo compartiendo un silencio con el inmigrante malicioso Esteban Coppeta, sentados ambos en el escaño del almacén en Prat esquina Esmeralda, cuando un fulminante destello que venía desde el bajo nos hizo saltar simultáneamente, ponernos las manos como viseras sobre las cejas y escudriñar la infinita luz que parecía un monopatín de oro o una antena de diamantes.

La magnífica fosforescencia enceguecía todo el contorno y no permitía discernir a las personas que la rodeaban. Sólo cuando éstas estaban a media cuadra me di cuenta que se trataba de un hombre joven y corpulento, a quien acompañaba una criatura de dos años vestida sólo con una solera roja muy apropiada para el brutal calor. La niña traía en sus manos un chupete triturado por sus dientecillos, y el muchacho un trombón que me impresionó por su tamaño. Un cañonazo de luz.

La pareja se detuvo frente a nosotros. El hombre extrajo de sus pantalones de pana, aquí y allá decorados por manchas aparentemente de larga data, un papel manoseado, se secó con él la transpiración de la frente, lo leyó, miró fijo a los ojos a Esteban Coppeta, como si estuviera leyendo en ellos sus huellas dactilares, se puso de nuevo la hoja en un bolsillo y exclamó un malicioso:

—Ha muerto Glenn Miller.

—¿Quién es ése? —pregunté, mientras la niña me tironeaba de la camisa.

—¿Glenn Miller? El más grande músico de este siglo. De buen humor, Jarrito Pardo, Pennsylvania 6500, Serenata a la luz de la luna… ¿No lo conocen?

El hombre acarició el trombón casi consolándolo y luego miró con tristeza a la chiquita.

—De música contemporánea no entiendo nada —dije conciliador—. Me quedé clavado en Mozart y Beethoven.

Esteban encendió un cigarrillo:

—En las noches de Año Nuevo los compatriotas bailan a veces turumbas. ¿Conoce La turumba de la fruta?

El trombonista ajustó la boquilla a sus labios y, sin sacarle ninguna nota, la apartó y se mojó los labios con la lengua.

—La turumba de la muerte —dijo con una sonrisa amarga—. Los nazis han entrado hasta el hígado de nuestra patria.

—¡Pero se resiste! —exclamó Esteban con más énfasis del que le conocía.

—¡Se resiste! —dijo el hombre agregando algo de desesperación a su mueca.

Volvió a humedecerse la lengua y se agachó para secar con el dorso de una mano la transpiración de la chica.

—¿Venden algo de beber en el almacén?

—Cerveza natural a un peso, cerveza helada a peso veinte. La chica podría tomar una Bilz o una Bidú.

—No tengo dinero local para asumir el consumo —confesó el hombre—. Pero tenemos sed.

—Está bien —dijo Coppeta—. Yo invito.

—No acepto caridad.

—No es caridad, hombre. Es sed.

—Me gusta pagarme con mi trabajo.

—Está bien —dijo Coppeta—. Le pago dos pesos si hace música con eso.

—De acuerdo.

Entonces sucedió algo que en ese momento me hizo reír, y que luego con los años me hizo llorar, y que ahora me produce simultáneamente ambos efectos al sostener este libro entre mis manos. El hombre extendió la vara de su trombón hasta al límite, y de un salto, diría angelical, la pequeña se colgó del instrumento, y balanceándose en él como una trapecista, le indicó con un gesto al hombre que comenzara a tocar.

—En homenaje a Glenn Miller, fallecido en un accidente de aviación mientras animaba a las tropas de los aliados a luchar contra los nazis en Europa.

A pesar de mi ignorancia en todo lo que se refiere a música contemporánea, reconocí de inmediato el tema, ayudado quizá por los adornos de pinos de cartón con que se celebra en el desierto el 25 de diciembre.

Se trataba de White Christmas y la niña que colgaba profesionalmente de esos bronces era Alia Emar Coppeta, la autora de La chica del trombón.

ROQUE PAVLOVIC

I

Lo primero que la gente te pregunta cuando no tienes papá ni mamá es cómo se llaman tus padres.

Y si no sabes sus nombres y papá se llama simplemente papá y mamá nada más que mamá, te dicen pobrecita y tan linda que eres con ojos azulitos y todo.

En el cine todas las chicas tienen ojos azules y hablan inglés. En Antofagasta, salvo mi abuelo Esteban, la gente tenía la piel oscura, los ojos cafés, y eran muy bajos. Cuando mi nono jugaba basketball, metía la pelota en el canasto sin saltar.

Para el desfile del 21 de Mayo me subía en sus hombros y mi cabeza sobrepasaba las de todos los mirones y podía ver arriba de un camión una réplica de cartón que era el Esmeralda, el gran barco de guerra chileno que habían hundido los peruanos en la guerra del siglo pasado, cuando nuestro capitán Arturo Prat gritó al abordaje, saltó al acorazado enemigo solo y los peruanos lo acribillaron, y en Chile todos dijeron que era un héroe. Yo siempre he estado enamorada de Arturo Prat.

Después la gente quería saber de dónde venía. Según cómo iba la guerra en la tienda de mis padres, Gema quedaba en un país o en otro. Entonces el nono me dijo que contestara que yo era de Europa. Por eso tenía el pelo rubio, era más larga y fuerte que las niñas de la escuela primaria y no sabía hablar bien ningún idioma porque, total, en Europa se hablaban tantos.

En la primera preparatoria me pusieron un traje con falda azul, como de marinera, y una boina granate que me caía hasta las cejas. Al principio fui buena en castellano e inglés, porque entendía todo mejor cuando lo escribía que al leerlo. Pero después gané la medalla en matemáticas. Mi abuelo dormía la siesta al lado de la caja registradora en un sillón de mimbre, y yo atendía a las señoras que venían a comprar un octavo de aceite, cien gramos de azúcar, un cuarto de pan, medio kilo de alubias, dos lonjas de mortadela.

Las tablas de multiplicar las había aprendido en el mesón del almacén antes que en la contratapa de los cuadernos.

Como era diferente a las otras chicas, mi máxima aspiración era ser igual a ellas. En primer lugar quería que la piel se me oscureciera. Me ponía al sol tendida sobre una toalla junto al gallinero y después de una hora mi piel no oscurecía sino que parecía un huevo frito. El nono me ponía mentolato, y yo calmaba el incendio apoyando mis mejillas sobre los sacos con hielo donde envolvían las cervezas.

En las fiestas de cumpleaños las mamás repartían papeles para los juegos infantiles y a mí siempre me daban o Blancanieves o Caperucita Roja porque decían que yo parecía de película. Y la primera vez que me llevaron al cine me gustaron mucho más los caballos y las malvadas que las heroínas. Las brujas, por ejemplo. Eran mi especialidad. Aprendí a decir Hocus Pocus y estaba convencida que si me ponían una escoba al alcance volaría con ella hasta Europa. Me fabriqué con cartón una nariz ganchuda que me amarré tras la nuca con un elástico y aterré a los chicos del juego hablándoles un idioma que los hacía llorar.

Después, mi segundo deseo era tener pa

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