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LA CHICA QUE LEíA EN EL METRO (EDICIóN ILUSTRADA)

Christine Féret-Fleury   Nuria Díaz  

5


Fragmento

1

El hombre del sombrero verde siempre subía en Bercy, siempre por la primera puerta del vagón, y bajaba por la misma puerta en La Motte-Picquet-Grenelle exactamente diecisiete minutos después… los días en que las paradas, los pitidos y los golpes metálicos se sucedían a un ritmo normal, los días sin afluencia excepcional, sin accidentes, sin alertas, sin huelga y sin esperas para regular el tráfico. Los días corrientes. Esos días en los que te da la impresión de formar parte de una maquinaria bien engrasada, de un gran cuerpo mecánico en el que todo el mundo, le guste o no, encuentra su lugar y hace su papel.

Esos días en los que Juliette, protegida detrás de sus gafas de sol en forma de mariposa y la gruesa bufanda de punto que su abuela Adrienne le hizo a su hija en 1975 —una bufanda de dos metros y medio como mínimo, de un azul pálido, el de las cimas lejanas a las siete de la tarde en verano, pero no en cualquier parte, sino en las alturas de Prades mirando al Canigó—, se preguntaba si su existencia tenía más importancia en este mundo que la de la araña a la que aquella misma mañana había ahogado en la ducha.

No le gusta dirigir el chorro al cuerpecito negro y peludo, observar de reojo las delgadas patas agitándose frenéticamente y luego doblándose de golpe, ver al insecto arremolinarse, tan ligero e insignificante como una hebra de lana arrancada de su jersey preferido, hasta que el agua lo arrastra por el desagüe, que cierra inmediatamente con una palmada enérgica.

Asesinatos en serie. Las arañas subían cada día, emergían de las tuberías tras un periplo de orígenes inciertos. ¿Eran siempre las mismas, que, una vez proyectadas a oscuras profundidades difíciles de imaginar, en esas entrañas de la ciudad que parecen un inmenso criadero de vida bulliciosa y maloliente, se desplegaban, resucitaban y reemprendían una ascensión casi siempre destinada al fracaso? Juliette, asesina culpable y asqueada, se veía con los rasgos de una divinidad despiadada, aunque distraída, o casi siempre demasiado ocupada para cumplir su misión, velando de forma intermitente en la boca de acceso a los infiernos.

¿Qué esperaban las arañas, una vez con los pies secos, por así decirlo? ¿Qué viaje habían decidido emprender, y con qué fin?

Quizá el hombre del sombrero verde habría podido darle la respuesta, si Juliette se hubiera atrevido a preguntárselo. Cada mañana abría su cartera y sacaba un libro cubierto de un papel fino casi transparente, tirando también a verde, cuyas esquinas desplegaba con gestos lentos y precisos. Luego deslizaba un dedo entre dos páginas separadas por una tira del mismo papel y empezaba a leer.

El libro se titulaba Historia de los insectos útiles para el hombre, para los animales y para las artes, a la que se ha adjuntado un suplemento sobre cómo destruir a los insectos nocivos.

Acariciaba la encuadernación de cuero moteado y el

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