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LA CHICA

Edna O'Brien  

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Fragmento

 

En otro tiempo fui una chica, pero ya no lo soy. Huelo mal. Tengo sangre reseca y costras por todo el cuerpo, y llevo la tela de la iro hecha jirones. Mi interior, una ciénaga. Me precipito por este bosque que vi aquella primera noche horrenda en la que nos raptaron en el colegio a mis amigas y a mí.

El repentino pam, pam de los disparos en nuestro dormitorio de la residencia y muchos hombres, con la cara tapada y los ojos feroces, que dicen que son las fuerzas militares que van a protegernos porque hay una insurrección en el pueblo. Tenemos miedo, pero los creemos. Algunas chicas bajaron trastabillando de la cama y otras entraron desde la galería, donde se habían tumbado a dormir porque la noche era bochornosa.

En cuanto oímos «Allahu Akbar, Allahu Akbar», lo supimos. Habían robado los uniformes de nuestros soldados para burlar la seguridad. Nos acribillaron a preguntas: «¿Dónde estudian los chicos? ¿Dónde guardan el cemento? ¿Dónde están las provisiones?». Cuando les dijimos que no lo sabíamos, se volvieron locos. Entonces entraron algunos más y dijeron que no encontraban piezas de recambio ni gasolina en los cobertizos, y a partir de ahí se pusieron a discutir.

No podían irse con las manos vacías o su comandante se enfurecería. Entonces, en medio del clamor, uno sonrió con malicia y dijo: «Las chicas servirán», y enseguida oímos que ordenaban traer más camiones. Una compañera sacó el móvil para llamar a su madre, pero se lo quitaron al instante. Se puso a llorar; otras también se echaron a llorar, suplicando que las dejaran volver a casa. Una se arrodilló y repitió: «Señor, señor», pero su ruego solo sirvió para enfurecer aún más a quien había dado la orden, que empezó a maldecir y a mofarse de nosotras; nos insultaba diciendo que éramos zorras, putas, que debíamos casarnos cuanto antes.

Nos separaron en grupos de veinte y tuvimos que esperar, alborotadas y cobijándonos las unas en las otras, hasta que nos ordenaron vaciar el dormitorio de inmediato y dejar allí todo lo que tuviéramos.

El conductor del primer camión que esperaba junto a las puertas de la escuela tenía una pistola en la sien, así que condujo como un loco por el pueblo. No había nadie que pudiera dar aviso de un camión sospechoso, a una hora tan intempestiva y con un montón de chiquillas apretujadas dentro.

No tardamos en llegar a un pueblo fronterizo que se abría a un paisaje de selva tupida. Mandaron al conductor que parase el vehículo, y unos minutos después de que lo obligaran a salir oímos una ráfaga de disparos.

Habían llegado más conductores, y oímos gritos y discusiones sobre qué chicas iban a meter en cada camión. El terror nos había paralizado. La luna que habíamos perdido durante un rato reapareció más alta en el cielo; sus fríos rayos relucían sobre los árboles oscuros que se extendían sin fin, como si anticiparan la negrura de nuestro destino. No era como la luna que brillaba en el suelo del dormitorio del internado mientras recogíamos la ropa pero dejábamos atrás los cuadernos, las mochilas y las demás pertenencias, tal como nos habían mandado. Yo escondí mi diario, porque era el último vínculo con mi vida.

Sin embargo, todavía no habíamos perdido la esperanza. Sabíamos que a esas alturas ya habrían salido las partidas de búsqueda y rescate; sin duda nuestros padres, nuestros mayores, nuestros profesores estarían en marcha. Por los la

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