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LA CICATRIZ (BAS-LAG 2)

China Miéville  

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Fragmento

Título original: The Scar 

Traducción: Manuel Mata Álvarez-Santullano 

1.ª edición: junio 2017 

© Ediciones B, S. A., 2017 

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España) 

www.edicionesb.com 

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-751-1 

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos. 

Contenido Dedicatoria Agradecimientos Cita Dos kilómetros bajo la nube más baja Primera parte. CANALES Capítulo uno Capítulo dos Capítulo tres Capítulo cuatro Capítulo cinco Primer interludio: en otro lugar Segundo interludio: Bellis Gelvino Segunda parte. SAL Capítulo seis Capítulo siete Capítulo ocho Capítulo nueve Capítulo diez Capítulo once Capítulo doce Capítulo trece Capítulo catorce Tercer interludio: en otro lugar Tercera parte. LA FÁBRICA DE BRÚJULAS Capítulo quince Capítulo dieciséis Capítulo diecisiete Capítulo dieciocho Capítulo diecinueve Capítulo veinte Cuarto interludio: en otro lugar Cuarta parte. SANGRE Capítulo veintiuno Capítulo veintidós Capítulo veintitrés Capítulo veinticuatro Capítulo veinticinco Capítulo veintiséis Quinto interludio: Tanner Sack Sexto interludio: en otro lugar Quinta parte. TORMENTAS Capítulo veintisiete Capítulo veintiocho Capítulo veintinueve Capítulo treinta Capítulo treinta y uno Capítulo treinta y dos Séptimo interludio: el Canal Basilisco Octavo interludio: en otro lugar Sexta parte. EL CAMINANTE DE LA MAÑANA Capítulo treinta y tres Capítulo treinta y cuatro Capítulo treinta y cinco Capítulo treinta y seis Capítulo treinta y siete Capítulo treinta y ocho Capítulo treinta y nueve Capítulo cuarenta Noveno interludio: el Brucolaco Séptima parte. EL VIGÍA Capítulo cuarenta y uno Capítulo cuarenta y dos Capítulo cuarenta y tres Capítulo cuarenta y cuatro Capítulo cuarenta y cinco Capítulo cuarenta y seis Capítulo cuarenta y siete Coda Tanner Sack Polvo 2 de Tathis de 1780. Armada

A Claudia, mi madre

Agradecimientos

Con profundo amor y agradecimiento a Emma Bircham, una vez más y siempre.

Toda mi gratitud para la gente de Macmillan y Del Rey, en especial mis editores, Peter Lavery y Chris Schulep. Y, como de costumbre, me faltan palabras para expresar lo mucho que le debo a Mic Cheetham.

Estoy en deuda con todos aquellos que leyeron el manuscrito y me dieron consejo: mi madre, Claudia Lightfoot; mi hermana, Jenima Miéville; Max Schaefer; Farah Mendelsohn; Mark Bould; Oliver Cheetham; Andrew Butler; Mary Sandys; Nicholas Blake; Jonathan Strahan; Colleen Lindsay; Kathleen O’Shea; y Simon Kavanagh. Sin ellos, este hubiera sido un libro mucho peor.

Pero la memoria no se pondría en el sol poniente, esa mirada verde y congelada dirigida al ancho mar azul que cura a golpes todas las heridas. Un cielo del todo ciego ha roído hasta dejar pelado el intelecto de los humanos huesos y, al desollar las emociones de la fractura, ha revelado la congoja que se escondía debajo. Y el espejo me muestra a mí, un hecho desnudo y vulnerable.

DAMBUDZO MARECHERA,

Black Sunlight

Dos kilómetros bajo la nube más baja, la roca perfora las aguas y el mar da comienzo.

Le han dado muchos nombres. Cada ensenada y cada bahía y cada arroyo han sido clasificados como si fueran diferentes. Pero son una sola cosa, en cuyo seno las fronteras son absurdas. Llena el espacio entre las piedras y la arena, se arrolla alrededor de las riberas y une entre sí los continentes.

En el extremo del mundo, el agua salada está tan fría que quema. Enormes sillares de agua helada imitan la tierra y se parten y se hacen pedazos y cambian de forma, hogar de gelo-jaibas, filósofos con caparazones de hielo vivo. En los bajíos del sur hay bosques de gusanos-tubería y quelpos y corales carnívoros. Los pejesoles se mueven con elegancia imbécil. Los trilobites anidan en los huesos y disuelven el hierro.

El mar hierve de vida.

Hay criaturas que viven y mueren en el oleaje, arrastradas por las mareas sin que jamás lleguen a ver la suciedad que hay debajo de ellas. En las lagunas neríticas y los lechos llanos florecen complejos ecosistemas que se extienden sobre los conos de derrubios hasta llegar a los extremos de las plataformas de roca y aún más allá, a zonas que no alcanza la luz.

Hay fosas abisales. Presencias que son en parte moluscos y en parte deidades descansan morosamente bajo quince kilómetros de agua.

En la fría negrura impera la brutalidad de la evolución. Toscas criaturas emiten limo y fosforescencia y se mueven con una trepidación de miembros inciertos. La lógica de sus formas deriva de las pesadillas.

Hay pozos sin fondo. Existen lugares en los que el granito y los sedimentos del fondo del mar descienden en túneles verticales de kilómetros de profundidad, bajo presiones tan grandes que el agua fluye espesa y untuosa. Supura a través de los poros de la realidad, formando peligrosas fuentes, fisuras por las que pueden emerger fuerzas desplazadas. En las frías profundidades medias se abren chimeneas hidrotérmicas entre las rocas que expulsan nubes de agua a gran temperatura. En este medio cálido pasan sus ociosas vidas unas criaturas intrincadas, sin saber que ni a medio metro del calor rico en sales minerales de las aguas la temperatura desciende tanto que bastaría para matarlas.

Bajo la superficie, el paisaje está erizado de montañas y cañones y bosques, cambiantes dunas, cavernas de hielo y cementerios. El agua está densa de materia. Islas imposibles flotan en las profundidades, a merced de mareas de ensueño. Algunas de ellas son del tamaño de ataúdes, pequeñas lascas de pedernal y granito que se niegan a hundirse. Otras son rocas nudosas de un kilómetro de longitud, suspendidas a centenares de metros de profundidad, arrastradas a lomos de corrientes lentas, arcanas. Hay comunidades en estas tierras insumergibles: hay reinos secretos.

Existe heroísmo y se libran brutales guerras en el lecho del océano, sin que los moradores de la superficie sepan nada de ello. Hay dioses y catástrofes.

Pasan navíos intrusos entre el mar y el aire. Sus sombras motean el fondo hasta donde alcanza la luz. Los barcos y barcazas mercantes, los balleneros, navegan sobre los restos putrefactos de otras embarcaciones. Los cuerpos de los marineros fertilizan el agua. Los peces carroñeros se alimentan de ojos y labios. Los dientes de la arquitectura coralina han reclamado mástiles y anclas. Se llora o se olvida a los barcos perdidos y el suelo viviente del mar los acoge y los oculta con percebes, se los entrega como cuevas a las morenas, los peces-rata y las jaibas ermitañas, y a cosas aún más salvajes.

En los lugares profundos, donde las leyes físicas se colapsan bajo la presión aplastante de las aguas, los cuerpos siguen cayendo muy despacio en la oscuridad, días después de que sus navíos hayan zozobrado.

Se pudren en su larga marcha hacia el fondo. Nada llegará a la negra arena de las profundidades del mundo salvo huesos cubiertos de algas.

En las faldas de las plataformas rocosas, donde el agua fría y liviana cede paso a una oscuridad que se aferra a todas las cosas, avanza pesadamente una jaiba. Avista una presa, profiere un chasquido y traquetea en el fondo de la garganta, mientras le quita la capucha a su calamar de caza y lo deja libre.

Este vuela como un rayo hacia el banco de lustrosas caballas que, semejante a una nube, se funde y cambia de forma a cinco metros de distancia. Los treinta centímetros de sus tentáculos se abren y vuelven a cerrarse con un latigazo. El calamar regresa junto a su amo, arrastrando un pez moribundo y el banco vuelve a formarse tras él.

La jaiba arranca la cabeza y la cola a la caballa y guarda el resto en una bolsa que lleva en la cintura. Le da la cabeza llena de sangre a su calamar para que la sorba.

La parte superior del cuerpo de la jaiba, la sección blanda, sin caparazón, es sensible a los minúsculos cambios de las mareas y la temperatura. Siente un hormigueo en la cetrina carne mientras complejas masas de agua se encuentran e interaccionan. Con un abrupto espasmo, la nube de caballas se coagula y desaparece entre el arrecife de coral.

La jaiba levanta el brazo y llama a su calamar, lo calma y lo acaricia con suavidad. Saca su arpón.

Se encuentra sobre una cresta de granito, donde las algas y los helechos marinos se mueven contra él, acariciándole el alargado abdomen inferior. A su derecha se alzan protuberancias de roca porosa. A su izquierda, la pendiente desciende con rapidez en dirección a unas aguas sombrías. Puede sentir el frío que emana de las profundidades. Su mirada se pierde en una aguda gradación de azul. Sobre su cabeza, en la superficie, se ven ondas de luz. Por debajo, los rayos no tardan en desaparecer. Solo está un poco por encima de la frontera de la oscuridad perpetua.

Camina con cuidado aquí, en el borde de la plataforma. A menudo viene a cazar a este lugar, donde las presas son menos cuidadosas, lejos de los más luminosos y cálidos bajíos. Algunas veces, emerge caza mayor de las profundidades, curiosa; no está preparada para sus astutas tácticas y sus arpones dentados. La jaiba se mece con nerviosismo en la corriente y escudriña el mar abierto. Algunas veces lo que escupe el crepúsculo no son presas sino depredadores.

Remolinos de frío dan vueltas a su alrededor. Arrastran algunos guijarros del suelo, que caen rebotando por la pendiente y se pierden en la oscuridad. La jaiba se agarra a las resbaladizas rocas.

Más abajo, en alguna parte, se produce una suave percusión de rocas. Un escalofrío que no es arrastrado por corriente alguna trepa por su piel. Las piedras se están realineando y las grietas vomitan una oleada de taumaturgia.

Algo funesto está emergiendo de las frías aguas, en el extremo de la oscuridad.

El calamar de la jaiba empieza a ceder al pánico y cuando este lo suelta, se lanza de inmediato ladera arriba, hacia la luz. La jaiba lanza una mirada atrás, a las tinieblas, buscando la fuente del sonido.

Hay una vibración ominosa. Mientras él trata de ver a través del agua teñida de polvo y plancton, algo se mueve. Allá abajo se estremece una roca más grande que un hombre. La jaiba se muerde el labio al tiempo que la gran piedra irregular sale despedida de repente y empieza a descender a saltos.

El estrépito de su paso sigue resonando mucho tiempo después de que haya dejado de verse.

Ahora hay un agujero en la ladera, un agujero que tiñe el mar de oscuridad. Nada se mueve y nada se oye durante un rato y los dedos de la jaiba acarician el arpón con ansiedad, lo aferran, lo empuñan y siente que todo su cuerpo tiembla.

Y, entonces, con suavidad, algo frío, algo que no tiene color, brota deslizándose de la oscuridad.

Confunde a la vista, revoloteando con una grotesca premura orgánica que parece carecer de propósito, como la sangre al manar de una herida. La jaiba no se mueve. Su miedo es intenso.

Emerge otra forma. Tampoco a esta puede distinguirla: lo evade, es como un recuerdo o una impresión, algo que no puede especificarse. Es rápida y corpórea y fríamente aterradora.

Aparece otra y luego otra más, hasta que la oscuridad supura una corriente rápida y constante. Las presencias se mueven y cambian, no del todo invisibles, fundiéndose y disipándose, con movimientos opacos.

La jaiba permanece inmóvil. Puede oír extraños conciliábulos susurrados en las mareas.

Sus ojos se abren al avistar enormes dientes retráctiles, cuerpos salpicados de concreciones y arrugas. Cosas sinuosas y fuertes que aletean en las gélidas aguas.

La jaiba empieza a retroceder con pasos que apenas rozan la roca de la ladera, tratando de moverse silenciosamente, pero demasiado despacio: hace pequeños ruidos.

Con un solo movimiento, una convulsión perezosa y predatoria, las siniestras cosas que farfullan apelotonadas debajo de él se mueven. La jaiba avista la oscuridad de una docena de ojos y sabe que lo están observando.

Y, entonces, con una elegancia monstruosa, se elevan y caen sobre él.

Primera parte

CANALES

Capítulo uno

Solo han transcurrido quince kilómetros desde la ciudad cuando el río pierde su impulso y se amolda con discurrir moroso al salobre estuario que alimenta la Bahía de Hierro.

Los barcos que salen de Nueva Crobuzon en dirección este llegan a unas tierras más bajas. Al sur hay cabañas y pequeños embarcaderos desde los que los campesinos pescan para complementar su monótona dieta. Los niños saludan a los viajeros con cautela. De vez en cuando se ve un afloramiento de roca o un pequeño bosque de arboscuros, lugares en los que no puede cultivarse la tierra, pero en su mayor parte esta es una zona de labranza.

Desde las cubiertas, los marineros avistan los campos sobre el linde de setos y árboles y zarzas. Es el rastrojado extremo de la Espiral del Grano, la alargada colección de granjas que alimenta a la ciudad. Dependiendo de la estación del año, pueden verse hombres y mujeres entre las cosechas, o arando la tierra negra o quemando los rastrojos. Entre los canales se avista con asombro el paso despreocupado de barcazas que navegan por lugares escondidos por bancos de tierra y vegetación. Van y vienen sin descanso entre la metrópolis y las haciendas. Llevan al campo productos químicos y combustible, piedra y cemento y productos de lujo. Regresan a la ciudad cargadas de sacos de grano y carne atravesando acres de campos de cultivo salpicados de cabañas, grandes casas y molinos.

El tráfico nunca para. Nueva Crobuzon es insaciable.

La orilla norte del Gran Alquitrán es más amplia.

Es una gran extensión de maleza y pantanos. Se prolonga durante más de ciento veinte kilómetros, hasta que las colinas y las montañas bajas que se arrastran hacia ella la cubren por completo. Jalonado por el río, las montañas y el mar, este rocoso paraje es un lugar desierto. Si mora en él algo más que los pájaros, permanece oculto.

Bellis Gelvino embarcó rumbo al este en la última estación del año, una época de lluvias constantes. Los campos que vio eran extensiones de frío barro. Los árboles medio desnudos estaban empapados. Sus siluetas parecían recién pintadas con tinta china sobre las nubes.

Más tarde, cuando volvía a pensar en aquella época miserable, Bellis se asombraba de la cantidad de detalles que poblaban su memoria. Podía recordar la formación de una bandada de gansos que había pasado graznando sobre el barco, el olor de la savia y la tierra, la sombra plomiza del firmamento. Recordaba haber buscado la línea de setos con la vista y no haber visto ni uno. Solo hebras del humo de la madera sobre el aire empapado y las casas de techo bajo cerradas a cal y canto para proteger a sus habitantes de las inclemencias del tiempo.

El movimiento manso de lo verde al viento.

Erguida en la cubierta y envuelta en su chal, había observado y había escuchado, tratando de encontrar rastro de niños jugando o pescadores o cualquier persona que se ocupase de las humildes huertas que veía. Pero solo se oían los pájaros salvajes. Las únicas formas humanas que avistó eran las de los espantapájaros, cuyos rasgos rudimentarios permanecían impasibles.

No había sido un viaje largo, pero su recuerdo le inundaba el cuerpo como una infección. Se había sentido atada por el tiempo mismo a la ciudad que dejaba atrás y los minutos se habían alargado, tensos, mientras se marchaba, más y más lentos cuanto más se alejaba en su pequeña travesía.

Y entonces se habían partido con un chasquido y se había visto catapultada al aquí y ahora, sola y lejos de casa.

Mucho más tarde, encontrándose a kilómetros de distancia de todo cuanto conocía, Bellis despertaría, asombrada por no haber soñado con la ciudad que había sido su hogar durante más de cuarenta años. Había sido aquel pequeño trecho de río, aquel corredor de campo azotado por el tiempo lo que la había acompañado durante menos de un día.

Unos pocos cientos de metros más allá de la rocosa costa de la Bahía de Hierro, tres barcos decrépitos habían anclado en aguas tranquilas. Sus anclas estaban cubiertas por completo de sedimentos. Las amarras que los unían habían desaparecido bajo una costra de percebes de años de antigüedad.

Eran navíos poco marineros, pintados con brea negra, con grandes estructuras de madera a proa y a popa. Sus mástiles eran tocones. Las chimeneas estaban frías e incrustadas de guano viejo.

Los tres estaban muy juntos. Estaban rodeados por un círculo de boyas unidas entre sí con cadenas erizadas de púas, por encima y por debajo de la superficie del agua. Los tres viejos veleros estaban recluidos en su propio trecho de mar, inasequibles al movimiento de las corrientes.

Atraían la atención. Alguien los estaba observando.

En otro barco, a cierta distancia, Bellis se asomó por la portilla y los contempló, como había hecho varias veces a lo largo de las últimas horas. Cruzó los brazos por debajo del pecho y se inclinó sobre el cristal.

Su litera apenas se movía. El movimiento del mar era tan suave y lento que resultaba imperceptible.

El cielo estaba denso, pintado del gris del pedernal. La ribera y las colinas rocosas que jalonaban la Bahía de Hierro parecían gastadas y muy frías, salpicadas de cangrada y

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