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LA CIUDAD DEL ALMA DORMIDA

Félix G. Modroño  

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Fragmento

1

En aquellas Navidades de 1935 los comercios bilbaínos aún destilaban la luz y la alegría de siempre. Ignacio Segurola se subió el cuello de la gabardina y se ajustó bien el sombrero antes de abandonar la redacción del periódico Euzkadi en la calle Correo, muy transitada a pesar de la lluvia, sin saber que estaba a punto de enamorarse.

Se sonrió pensando en que su prodigiosa memoria le traicionaba sin remedio a la hora de acordarse de recoger sus paraguas, los cuales dormían fugazmente en los rincones olvidados de las cafeterías bilbaínas hasta ser rescatados por sus nuevos dueños de circunstancias. No en vano, el bueno de Juan Leoz le hacía descuento cada vez que asomaba la nariz por su paragüería de Belostikale. Al pasar por La Oriental dudó si adquirir uno de urgencia, pero al final decidió guarecerse bajo los escasos aleros y marquesinas que le separaban de su destino.

Se sacudió el agua de su gabardina antes de empujar la puerta de la flamante librería de don Emeterio Verdes Achirica. Enseguida vio a su dueño, sentado en su puesto de mando, atento a cuanto acontecía a su alrededor. Aunque ya estaba retirado y delicado de salud, se negaba a quedarse en su casa y disfrutaba acudiendo al negocio en el que empezó de aprendiz de la mano de su antiguo dueño, el ilustre impresor y librero don Juan Eustaquio Delmás.

En su negocio, don Emeterio no se limitaba a vender libros sino que, tal y como rezaba en sus rótulos exteriores, ofrecía objetos de dibujo y artículos de papelería; además, en sus talleres se realizaba todo tipo de impresiones, incluidos los títulos que acreditaban los derechos en cualquiera de las pujantes empresas establecidas en la villa y sus alrededores. Sin embargo, lo que más popularidad y réditos le proporcionaba eran las publicaciones de libros de temas locales, así como los folletos y carteles relacionados con el Partido Nacionalista Vasco, al que pertenecía desde su fundación en 1895. Para poder atender a tanta demanda, tuvo que ampliar sus instalaciones adquiriendo la antigua librería de Agustín Emperaile en la cercana calle de la Cruz.

A pesar de que se sabía bien sucedido por sus hijos, a don Emeterio le gustaba formular un comentario o hacer algún gesto puntual, un poco por no dejar de sentirse imprescindible, un mucho porque llevaba tinta en las venas. Al ver entrar al periodista, el viejo librero susurró algo, rozándose la chapela. A Ignacio Segurola le pareció leer un «aupa» en sus labios y le sonrió, máxime al comprobar que sobre el regazo de don Emeterio descansaba un ejemplar del Euzkadi. Quizá hasta hubiese leído su crónica del último partido del Athletic que, tras un comienzo titubeante de temporada, ya se encontraba líder de la liga con el Madrid F.C. pisándole los talones.

El hecho de que el Euzkadi fuese un periódico de ideología nacionalista, en el que la política cobraba un innegable protagonismo, no impedía que sus páginas se ocuparan de temas sociales, económicos e incluso deportivos. Su director, Pantaleón Ramírez de Olano, se dio cuenta enseguida de la relevancia que adquiría el deporte y se encargó de que su diario recogiese noticias de montañismo, pelota, ciclismo y, por supuesto, de fútbol. Ignacio Segurola se ocupaba de cubrir algunos de estos eventos. De vez en cuando, don Pantaleón accedía a acompañar estas crónicas con alguna fotografía tomada por el propio Ignacio, que también colaboraba en el Excelsius, el periódico deportivo del grupo, por lo que su nombre iba adquiriendo cierta popularidad entre los bilbaínos, a pesar de su juventud. Suya era la crónica del último partido del Athletic en Sevilla en el que Gorostiza había marcado los dos goles de la victoria tras haberse pasado la noche entera de juerga.

Como cliente habitual de la librería conocía a todos sus empleados, al menos de vista y saludo. Sin embargo, aquella tarde descubrió por primera vez a una chica pelirroja de aspecto frágil que vendía un ejemplar de Marxismo y antimarxismo, de Julián Besteiro, a uno de sus clientes bajo la atenta mirada de Tere, una de las hijas de don Emeterio. Ignacio se hizo el distraído a la espera de que la muchacha quedase libre y, después de que el cliente abonara las cinco pesetas y se marchara con su libro bajo el brazo, se acercó al mostrador donde ella se encontraba. Tere Verdes se percató de la maniobra del periodista y se situó junto a la joven al tiempo que esta le sonreía con timidez.

—Arratsalde on, Ignacio —saludó la hija del dueño, arreglándose el lazo con el que se aseguraba que su vestido oscuro quedase totalmente ceñido al cuello—. Ya veo que prefieres que te atienda Irene.

El comentario de Tere Verdes provocó que ambos se azoraran, aunque apenas se apartaron la mirada.

—Arratsalde on —atisbó a decir Ignacio, contrariado consigo mismo por no haber podido esconder su turbación. Quiso creer que su reacción fue instantánea—. No quería molestar a la jefa —murmuró, ladeando las comisuras de sus labios.

Su sonrisa resultó más franca que sus palabras.

—Ya —rio Tere de buena gana, esta vez comprobando al descuido que su moño se encontraba en su sitio—. No seas adulador. De sobra sabes que aunque sea la hija del dueño, el jefe es mi hermano Pepe.

—Para mí siempre serás la jefa, Tere —respondió Ignacio ante la atenta presencia de Irene.

La librera fijó sus ojos tristes en el periodista durante unos instantes antes de que sus finos labios esbozaran una sonrisa condescendiente. Su corta estatura no era óbice para aparentar una fortaleza fuera de lo corriente que se extendía a sus ideas políticas, identificadas con las de su padre y su hermano, hasta el punto de que pertenecía a Emakume Abertzale Batza, la asociación femenina del Partido Nacionalista Vasco.

—¿No vas a preguntarle qué se le ofrece al caballero? —dijo Tere, dirigiéndose a Irene, impostando una voz modulada con sorna cariñosa—. Te advierto, Ignacio, que esta niña se encuentra bajo mi protección.

—Señorita inquisidora —contestó el periodista, imitando el tono de Tere—, yo solo pretendía comprar un libro.

La respuesta de Ignacio provocó una tenue risita en Irene que no pasó inadvertida para su jefa.

—¿Vas a reírle las gracias a este sinsorgo? No te dejes embaucar, que los periodistas tienen mucho pico.

—¿Tienes algo contra los periodistas? —Su pregunta denotó cierta guasa.

—Nada, nada —replicó Tere del mismo modo—. Y menos si son del Euzkadi.

—¿Qué desea, señor? —quiso saber la muchacha sin poder disimular su retraimiento inicial, preguntándose si todos los periodistas serían tan apuestos, después de haber conocido a un colega suyo en su primer día de trabajo. No obstante, este parecía menos cultivado; eso sí, más atractivo.

—¡Vaya! Así que Irene tiene voz. —Pensó en añadir un «y muy bonita, por cierto», pero consideró que debía guardarse los halagos para una mejor ocasión—. Pues deseo que me tutees, Irene. Ya has oído que me llamo Ignacio —dijo el periodista, ofreciendo su mano a la muchacha. A ella le sorprendió la calidez de su piel a pesar del frío húmedo de la calle.

—Bueno, como ya os conocéis, voy a ver qué quiere mi aita, que veo que me está haciendo una mueca la mar de disimulada. Irene lleva con nosotros algo más de dos semanas. Es de Gernika. Trátamela en condiciones o tendrás que vértelas conmigo —bromeó la librera mientras se alejaba del mostrador.

Irene e Ignacio trataron de dominar sus pudores, aunque el modo en que se miraron no ayudó a normalizar la situación. A Ignacio le costaba apartar la mirada de aquellos preciosos ojos grises que destellaban como las chispas que se escapan de la lumbre.

—¿Qué deseas? —repitió Irene, procurando esconder su acento por considerarlo demasiado aldeano.

El periodista la miró y volvió a guardarse su primera respuesta para sus adentros. De buena gana le habría contestado que deseaba invitarla a dar un paseo y tomar un café en el Gayarre... o mejor en La Granja, más refinado para una dama. Sin embargo, una vez más, optó por la prudencia, si bien decidió cambiar el propósito de su visita. Su intención inicial era la de adquirir un ejemplar de Entre la libertad y la revolución, recién impreso en la propia librería, escrito por José Antonio de Aguirre, un joven abogado dedicado a la política, más carismático aún por sus arengas nacionalistas desde su alcaldía de Getxo que por haber jugado en el Athletic; no obstante, pensó que la lectura de aquel libro podía esperar.

—Buscaba algo de poesía, pero estoy dudando —respondió escuetamente, quizá pretendiendo evidenciar su sensibilidad.

—¿Te gusta la poesía? —preguntó ella, timorata, con un atisbo de asombro en la voz.

—Me gusta la buena poesía.

—Dime cuál es tu duda. Estoy aquí para ayudarte —dijo Irene, no sin cierta coquetería en su mirada miope parapetada tras sus gafas de pasta.

—Este año se rindió homenaje a Lope de Vega en la Feria del Libro de Madrid por el tercer centenario de su muerte y...

—Eso sí que no lo entiendo —lo interrumpió ella—. Habría que celebrar el nacimiento de los genios, no su muerte.

—Visto de esa manera...

—¿No tengo razón?

—No seré yo quien te la quite, además...

—Bien, así me gusta —sonrió satisfecha, consciente de que se había iniciado algo parecido a un flirteo mientras se apartaba de la frente un mechón de su flequillo—. ¿Vas a decidirte a contarme tu duda?

—¡Claro! —rio Ignacio—. En cuanto me dejes terminar una frase.

—¡Oh! No me estarás llamando charlatana...

—¡No! ¡Jamás se me ocurriría! —exclamó el periodista con aire jocoso.

—¡Vaya! Lo siento. Vas a pensar que soy una descarada.

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