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LA CIUDAD EN INVIERNO

Elvira Navarro  

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Fragmento

EXPIACIÓN

El agua deja sobre la burbuja de corcho gotas muy pequeñas, de forma ovalada, que apenas resisten el vaivén imperceptible con el que la niña procura mantenerse a flote.

Está el deseo de que las gotas brillantes de sol no acaben resbalando sobre la superficie del corcho, pero es tremendamente difícil permanecer inmóvil, en primer lugar porque la burbuja se hunde un poco, y luego, una vez descartado este método, porque cualquier movimiento resulta excesivo para las gotas, que se deshacen a ambos lados dejando una estela de motitas demasiado imperceptibles para ser dignas de contemplarse.

Un estrecho cartel a la entrada del recinto advierte de que la piscina es para uso exclusivo de los habitantes de los chalets. Más allá, a la sombra de unos eucaliptos, dos mujeres están sentadas en unas hamacas. Una de ellas tiene la cabeza cubierta con una redecilla, y mira con angustia la quietud de la niña, imaginando tal vez que el asunto estriba en descubrir las fantásticas formas sugeridas por el trazado del agua en la burbuja. En todo caso toma por concentración lo que sólo es una desesperada tentativa de suprimir el movimiento, y se siente francamente alarmada; no es posible, musita, estarse quieta sin coger frío, y además la niña no sabe nadar bien, y con la burbuja desabrochada puede ahogarse. ¿Cómo obligarla a que se abroche la burbuja? A lo largo de los días, la mujer ha tomado franca aprensión a interrumpir los juegos de la niña, y cualquier decisión al respecto se presenta como una tarea humillante. La niña acostumbra a huir de ella, y se esconde por todos sitios obligándola a dar innumerables vueltas. Ella está gorda, hace calor y desde hace diez años envejece sin remedio.

Ahora la niña, que se sabe observada desde hace largo rato, con ese instinto del momento oportuno ha dado la vuelta a la piscina has

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