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LA CIUDAD INFINITA

Sergio C. Fanjul  

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Fragmento

Introducción

Explorar lo urbano y lo cotidiano

La antigua estación de autobuses de Oviedo era uno de los círculos del infierno. Estaba en los bajos de un edificio llamado La Colmena y era de un gris mortecino, y amarillenta, y triste, y decían que por los baños pululaban los chaperos, como ángeles caídos sobre los azulejos. Los baños de las estaciones de autobuses siempre son sórdidos y sucios, un fracaso de la civilización, de la higiene y la convivencia. Yo no sé si había chaperos, aunque una vez en la puerta de aquella estación, siendo yo muy joven, un hombre con voz de serpiente y mirada afilada que fumaba Fortuna me propuso ir a pasarlo bien a un descampado cercano. Tenía viruelas y pústulas en la cara.

La nueva estación de autobuses de Oviedo es cómoda y reluciente, higiénica y apartada, lineal, todo sucede con brillo y fluidez, pero el espacio de aquella estación sumergida en los bajos de La Colmena era tan escaso que cada autobús tenía que hacer unas maniobras complicadísimas para salir. Era como estar en el interior de la Estrella de la Muerte. Yo tuve una novia que vivía en ese edificio y cuya habitación daba a la estación: recuerdo que vivir allí era convivir con el continuo terremoto mudo de los autobuses que entraban y salían constantemente y que solo se callaban durante la madrugada. Recuerdo aquellos amaneceres grises, de cielo asturiano de panza de burra, blanco como la leche, que eran anunciados por el rugido de los motores y los tubos de escape a través de los huecos de la persiana. Nosotros acabamos mal, todo era oscuro. Recuerdo mirar el mapa de las líneas de autobús que había en la pared de la cafetería de la estación y soñar con coger un autobús que me llevase muy lejos (había uno que llegaba hasta Pekín) o que me llevase por mucho tiempo. Un día lo cogí y me vine a Madrid.

El 1 de octubre del año 2001 metí un poco de ropa y algunos libros en una enorme mochila morada marca New Balance y cogí el ALSA Oviedo-Madrid de las nueve de la mañana. Estaba muy asustado porque ese día era el primer día del resto de mi vida, pero de verdad, porque mi vida iba a cambiar radicalmente a raíz de ese viaje, y la chica que viajaba sentada en el asiento contiguo iba llorando, lo que me parecía una premonición fúnebre.

Tenía ganas de irme a Madrid porque siempre había soñado con vivir en una gran ciudad de las que aparecían en el cine y la literatura, y aunque a veces intentaba imaginarme que Oviedo lo era, lo cierto es que Oviedo no daba para tanto. El alcalde plusmarquista y excéntrico del Partido Popular, Gabino de Lorenzo, había peatonalizado todo el centro y limpiado las calles, y la ciudad empezó a ganar el premio Escoba de Oro, de Plata y de Platino a la ciudad más limpia, y también era muy limpia la burguesía ovetense con sus premios Príncipe de Asturias y su temporada de ópera en el Teatro Campoamor, así que yo quería algo de realismo sucio y no tanta placidez de capital de provincias. «La heroica ciudad dormía la siesta», comenzaba con sorna Leopoldo Alas Clarín su novela La Regenta refiriéndose a Vetusta, su trasunto de Oviedo, y, aunque a mí me gustan las siestas, buscaba mayores heroicidades asfálticas.

Además, las ciudades de ese tamaño no dan gran opción al paseante: en veinte minutos de caminata a buen ritmo la ciudad se acaba y empieza lo rural, que implica otro tipo de andadura, menos relacionada con la flânerie urbana de Baudelaire en el París decimonónico y más con las caminatas campestres de Thoreau. Ya decía la Enciclopedia Larousse del siglo XIX, como recoge Rebecca Solnit en Wanderlust, que el flâneur «solo puede existir en la gran ciudad, la metrópoli, ya que una ciudad de provincias ofrecería un escenario muy restringido para su vagabundeo». En realidad, lo más cosmopolita y crudo del apacible Oviedo era aquella estación de autobuses, tan asquerosa y suburbana que podría haber sido sacada del Nueva York de los años setenta, cuando la city entró en bancarrota y se llenó de bandas, delincuencia, drogas y basura. Como digo, al final acabaron construyendo una estación nueva e inmaculada en otro lugar, aunque no muy lejos, como si no hubiera salvación para aquel lugar humeante.

Cuando llegué a Madrid me hospedé en la pensión Rubio, que había encontrado a muy buen precio en internet (internet, como quien dice, acababa de popularizarse entonces entre el ciudadano de a pie), muy cerca de la plaza de Tirso de Molina, punto de reunión de borrachos y yonquis en los días laborables y de activistas de extrema izquierda, con sus puestos de parafernalia, los domingos de Rastro. En la pensión renté una habitación sin baño, de modo que tenía que hacer cola en el estrecho pasillo cuando quería hacer uso del inodoro, en una fila formada por personas de dudosa procedencia, como si aquel fuera un puerto mercante donde se reuniesen rudos marineros de los siete mares. Aquello me producía una mezcla de excitación romántica, de incontinencia urinaria y de miedo.

Lo primero que hice la primera noche en mi nueva ciudad, después de dejar mi escueto equipaje en mi cuarto (donde, me explicitaron, no podía recibir visitas), fue salir a pasear. Fue aquel el primer paseo de aquella nueva vida capitalina: caminé hasta la Puerta del Sol al anochecer, y de ahí subí por la populosa calle Preciados hasta la plaza de Cal

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