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LA CIUDAD Y LA CIUDAD

China Miéville  

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Fragmento

1

No podía ver la calle ni gran parte de la urbanización. Estábamos rodeados de bloques de edificios de color terroso en cuyas ventanas se asomaban las figuras de hombres y mujeres, con pelo de recién levantados y tazas en la mano, que desayunaban y nos miraban con interés. El espacio entre los edificios se abrió hace tiempo. Descendía como un campo de golf, una caricatura infantil de la geografía. Quizá hubo planes de plantar algunos árboles y poner un estanque. Había un bosquecillo, pero los árboles jóvenes estaban muertos.

El césped estaba lleno de maleza, atravesado por caminos que el paso de la gente había abierto entre la basura, surcado por las huellas de neumáticos. Los policías andaban ocupados en distintas labores. Yo no había sido el primer detective en llegar —vi a Bardo Naustin y a otros dos—, pero yo era el más veterano. Seguí al sargento hasta donde se concentraban la mayor parte de mis colegas, entre una ruinosa torre de baja altura y una pista de patinaje circundada por enormes cubos de basura con forma de tambor. A lo lejos se oían los ruidos provenientes de los muelles del puerto. Había un grupo de chavales sentados encima de un muro, frente a los policías que permanecían de pie. Las gaviotas volaban en círculos sobre la concentración de personas.

—Inspector.

Saludé con la cabeza a quienquiera que fuese esa persona. Otro me ofreció un café, pero lo rechacé y observé a la mujer que me había traído aquí.

Estaba tendida sobre las rampas de la pista de patinaje. No hay quietud como la quietud de los muertos. El viento puede agitar sus cabellos, como hacía con los suyos ahora, pero ellos no reaccionan de la misma manera. El cuerpo de la mujer estaba en una postura imposible, con las piernas torcidas como si estuviera a punto de levantarse y los brazos doblados en una extraña curva. Tenía la cara contra el suelo.

Era una mujer joven, el pelo castaño recogido en dos coletas a los lados que le brotaban como plantas. Estaba casi desnuda y daba pena ver que su piel estuviese lisa en aquella mañana, sin que se le hubiese erizado por el frío. Solo llevaba puestas unas medias llenas de carreras y un único zapato de tacón alto. Al ver que buscaba el par que faltaba, un sargento me saludó con la mano desde la distancia, donde custodiaba el zapato desaparecido.

Habían pasado ya un par de horas desde que descubrieron el cuerpo. Le eché un rápido vistazo. Contuve la respiración y me incliné hacia la tierra para verle la cara, pero lo único que vi fue uno de sus ojos abiertos.

—¿Dónde está Shukman?

—No ha llegado aún, inspector...

—Que alguien lo llame, díganle que se dé prisa.

Le di unos toquecitos a mi reloj. Yo estaba a cargo de lo que llamamos la mise-en-crime. Nadie iba a moverla hasta que Shukman, el patólogo, llegara, pero había más cosas que hacer. Comprobé la visibilidad del lugar. Nos hallábamos en una zona apartada y estábamos ocultos por los contenedores de basura, pero podía sentir ojos que se posaban sobre nosotros como insectos desde todos los rincones de la urbanización. Nos agrupamos.

Había un colchón mojado puesto de canto entre dos de los cubos de basura, junto a una multitud de piezas de hierro oxidado esparcidas por el suelo entreveradas con cadenas inservibles.

—Eso estaba encima de ella. —La agente que habló era Lizbyet Corwi, una chica joven y lista con la que ya había trabajado en un par de ocasiones—. No es que estuviera lo que se dice bien escondida, pero supongo que más o menos parecía un montón de basura. —Reparé en que había un rectángulo de tierra más oscuro alrededor del cadáver: los restos del rocío cobijados por el colchón. Naustin estaba acuclillado junto a él, con la mirada fija en esa tierra.

—Los chicos que la encontraron avisaron a la policía —dijo Corwi.

—¿Cómo la encontraron?

La agente apuntó a la tierra, señalando unas pequeñas raspaduras de animal.

—Evitaron que la magullaran. Luego salieron zumbando al darse cuenta de lo que era, y nos llamaron. Los nuestros, cuando llegaron... —Ella dirigió una mirada a dos policías que yo no conocía.

—¿Movieron el cuerpo?

Corwi asintió.

—Para ver si seguía viva, han dicho.

—¿Cómo se llaman?

—Shushkil y Briamiv.

—¿Y estos son los que la encontraron? —Señalé con la cabeza a los chicos que estaban bajo vigilancia. Había dos chicas y dos chicos. Adolescentes, decaídos, con la mirada baja.

—Sí. Mascadores.

—¿Un estimulante mañanero?

—Eso es dedicación, ¿eh? —dijo ella—. A lo mejor quieren presentarse al yonqui del mes o a cualquier otra mierda. Llegaron aquí antes de las siete. Parece que la pista de patinaje está organizada de esa forma. La construyeron hace solo un par de años, antes no había nada, pero la gente de aquí ya ha organizado sus turnos. Desde medianoche hasta las nueve de la mañana, solo los mascadores; de las nueve a las once, la pandilla local planea sus cosas del día; de las once a medianoche, los de los patines y monopatines.

—¿Llevaban algo encima?

—Uno de los chavales llevaba un pincho, pero muy pequeño. No podría ni amenazar a una rata con eso. Y una mascadura cada uno. Nada más. —Se encogió de hombros—. La droga no la llevaban encima, la encontramos junto al muro, pero... —volvió a encogerse de hombros— no había nadie más por aquí.

Ella fue hacia uno de los nuestros y abrió la bolsa que este llevaba. Paquetitos de hierba densa y resinosa. En la calle lo llaman feld: una potente mezcla de Catha edulis con tabaco, cafeína y otras cosas más fuertes, e hilos de fibra de vidrio o algo similar para raspar la resina y que pase a la sangre. El nombre es un juego de palabras trilingüe: se llama khat en el lugar donde crece, y gato en inglés, cat, es feld en nuestro idioma. Lo olí un poco y era de muy mala calidad. Me acerqué hasta el lugar donde los cuatro adolescentes temblequeaban bajo sus abrigos de plumas.

—Qué hay, policía —dijo uno de los chicos con una entonación similar al hip-hop en inglés con acento besź.

Alzó la mirada y se encontró con la mía; estaba pálido. Ni él ni ninguno de sus compañeros tenían buen aspecto. Desde donde estaban sentados no hubieran podido ver a la mujer muerta, pero ni siquiera miraban en esa dirección.

Estaba claro que sabían que encontraríamos el feld, y que contaríamos con que era suyo. No había nada que pudieran haber dicho al respecto, no les habría quedado otra que escapar.

—Soy el inspector Borlú —dije—. De la Brigada de Crímenes Violentos.

No dije: «Soy Tyador». Una edad difícil para interrogar: demasiado mayores para los nombres de pila, eufemismos y juegos, pero no lo bastante como para oponerse claramente a los interrogatorios, al menos no cuando las reglas estaban claras.

—¿Cómo te llamas?

El chico dudó, se planteó usar el nombre de guerra que se hubiera puesto, pero no lo hizo.

—Vilyem Barichi.

—¿La encontraste tú? —El chico asintió, y sus amigos asintieron tras él—. Cuéntamelo.

—Vinimos aquí por... por... y... —Vilyem esperó, pero yo no dije nada de las drogas. Bajó la mirada—. Y vimos algo debajo del colchón y lo levantamos. Había...

Sus amigos levantaron la mirada al ver que Vilyem vacilaba, con claras muestras de superstición.

—¿Lobos? —pregunté. Se miraron todos.

—Sí, tío, había una manada apestosa metiendo las narices por aquí y... Y pensamos que...

—¿Cuánto lleváis aquí? —les pregunté.

El chico se encogió de hombros.

—No sé. ¿Un par de horas?

—¿Vino alguien más por aquí?

—Vi a unos tíos por ahí hace un rato.

—¿Camellos?

Se encogió de hombros otra vez.

—Y una furgo se metió en el césped y pasó por aquí; se marchó enseguida. No hablamos con nadie.

—¿Cuánto hace de lo de la furgoneta?

—No sé.

—Todavía estaba oscuro —dijo una de las chicas.

—Está bien. Vilyem, chavales, os vamos a dar algo de desayunar, algo de beber, si queréis. —Me acerqué a los policías que los vigilaban—. ¿Hemos hablado con sus padres?

—Están de camino, jefe, excepto los suyos —señaló a una de las chicas—, no logramos dar con ellos.

—Pues seguid intentándolo. Ahora lleváoslos a la comisaría.

Los cuatro adolescentes se intercambiaron miradas.

—Tío, vaya mierda —dijo el chico que no era Vilyem, sin demasiada convicción. Sabía que según cierta «política» debía oponerse a mis órdenes, pero en realidad quería ir con mi subalterno. Té negro, pan y papeleo; el aburrimiento y los tubos fluorescentes: nada como tener que retirar el aparatoso colchón empapado de humedad que esperaba en el patio, en la oscuridad.

Stepen Shukman y su ayudante Hamd Hamzinic llegaron al lugar de los hechos. Miré mi reloj. Shukman me ignoró. Resolló al agacharse hacia el cuerpo. Certificó la muerte. Hizo algunos comentarios que Hamzinic anotó.

—¿Hora? —le pregunté.

—Alrededor de las doce —respondió Shukman. Hundió los dedos en uno de los miembros de la mujer. El cuerpo osciló. Por la rigidez y lo inestable de su posición, era probable que hubiera adoptado la postura de su muerte en otro lugar—. No la mataron aquí.

Había oído decir muchas veces que era bueno en su trabajo, pero yo no había visto ninguna prueba de que fuera algo más que competente.

—¿Has terminado? —le preguntó a una de las fotógrafas forenses. Ella sacó dos fotos más desde diferentes ángulos y asintió. Shukman hizo rodar a la mujer con la ayuda de Hamzinic. Pareció que el cuerpo le opuso resistencia con su agarrotada inmovilidad. Girada resultaba grotesca, como alguien imitando a un insecto muerto, los miembros encorvados, balanceándose sobre la columna.

Nos miró por debajo del flequillo ondeante. Tenía la cara contraída en un rictus de perpleja tensión: estaba continuamente sorprendida de sí misma. Era joven. Iba muy maquillada y se le había corrido todo por el terriblemente magullado rostro. Era imposible saber qué aspecto había tenido en realidad, qué cara verían aquellos que la conocían cuando escucharan su nombre. Quizá lo sabríamos más tarde, cuando llegara la relajación de la muerte. Tenía marcas de sangre en la frente, oscuras como la mugre. Dos fogonazos más de las cámaras.

—Bueno, pues ahí tenemos la causa de la muerte —le dijo Shukman a las heridas que la mujer tenía en el pecho.

En la mejilla izquierda, extendiéndose en una curva hasta debajo de la barbilla, tenía una escisión larga y roja. Le habían hecho un corte que se prolongaba a lo largo de la mitad de su cara.

La herida era lisa durante varios centímetros y recorría la carne con la precisión del trazo de un pincel. Cuando alcanzaba la zona por debajo de la barbilla, debajo de la prominencia de la boca, cobraba un horrible aspecto dentado y terminaba o empezaba con un profundo desgarro en forma de agujero en el tejido blando detrás del hueso. El cadáver me miraba sin verme.

—Toma también

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