Loading...

LA CIUDAD Y LOS PERROS (EDICIóN DEL CINCUENTENARIO) (EDICIóN CONMEMORATIVA DE LA RAE Y LA ASALE)

Mario Vargas Llosa  

0


Fragmento

cabecera_presentacion.jpg

Hace cincuenta y cinco años la editorial Seix Barral publicaba, tras muchas peripecias para sortear la censura española, La ciudad y los perros, primera novela de Mario Vargas Llosa. Cumplido el cincuentenario de su publicación, la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española rinden homenaje a nuestro premio nobel con una nueva edición de la obra que marcó el comienzo de su trayectoria.

En el congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española celebrado en Panamá en noviembre de 2011, se concretaron los detalles de la edición, que forma parte de la colección académica conmemorativa, y se confió su coordinación a la Academia Peruana de la Lengua. Su presidente, Marco Martos, ha cuidado minuciosamente todos los aspectos.

La obra gozó, desde su publicación, del reconocimiento de la crítica y de los lectores no solo del mundo hispánico; su traducción a más de treinta idiomas, confirma el éxito y el reconocimiento internacional.

La aparición de la novela marcó un paso importante en la superación de la temática indigenista, de la búsqueda de raíces y valores prehispánicos, avanzando hacia un terreno cotidiano, la realidad presente del ciudadano americano, vertebrado, todo ello, en nuevas formas de novelar para la literatura hispánica basadas en la experimentación con la técnica narrativa. Esta innovación de fondo y forma convierte a Vargas Llosa en punto de referencia fundamental de la narrativa hispanoamericana actual.

Fruto de esa técnica, de honda raíz faulkneriana, los personajes se presentan en su más compleja estructura mental y social, que se traduce formalmente en una alternancia de múltiples temas, acciones y pensamientos que aparecen y desaparecen hasta llegar a su resolución final. No encontramos juicios, solo exposición de una humanidad viciada y crudamente realista. Sin duda, Vargas Llosa inaugura con La ciudad y los perros el boom americano y abre al mundo un interés renovado por su narrativa.

Como es habitual en estas ediciones conmemorativas, la obra va acompañada de un conjunto de estudios que perfilan aspectos fundamentales de la novela y su autor. Abre la serie Marco Martos (Perú), que rastrea la fuentes literarias en Vargas Llosa; José Miguel Oviedo (Perú) analiza los distintos puntos de vista y espacios que conducen la novela; Víctor García de la Concha (RAE) marca el perfecto entramado entre estructura y contenido, y Darío Villanueva (RAE) caracteriza la novela de Vargas Llosa dentro de la más depurada teoría de la literatura.

En un amplio repaso de los cánones novelísticos, Javier Cercas (España) presenta a Vargas Llosa como un escritor comprometido; Carlos Garayar (Perú) repasa la gran variedad de recursos que se despliegan en la novela al subrayar su importante innovación formal; John King (Estados Unidos) expone una visión de los problemas de la traducción al inglés y la recepción internacional que tuvo la obra, especialmente en Estados Unidos y en el Reino Unido; cierra los trabajos Efraín Kristal (Perú) que indaga las fuentes biográficas y literarias en la obra.

Una vez más, el texto ha sido revisado completamente por el autor, que ha considerado las nuevas normas dictadas por la Real Academia Española y la Asociación de Academias, además de eliminar las erratas perpetuadas en otras ediciones.

Completan el volumen una «Bibliografía» de referencia preparada por Miguel Ángel Rodríguez Rea y un «Glosario » de voces utilizadas en la novela acompañado de un «Índice onomástico» para ayudar a su lectura, que han preparado conjuntamente Agustín Panizo y Carlos Domínguez.

La Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española quieren agradecer a todos ellos su participación en esta conmemoración del cincuentenario de La ciudad y los perros, a la que invitan a todos los hispanohablantes.

orla_presentacion_final.jpg

Vargas-Llosa.jpg

Mario Vargas Llosa. © Morgana Vargas Llosa y Jaime Travezán

martos.jpg

MARCO MARTOS

LA CIUDAD Y LOS PERROS: ÁSPERA BELLEZA

Al final de la década del sesenta, en el siglo XX, llegó a Lima y se presentó en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Nathalie Sarraute, precedida de la fama del nouveau roman, que era la comidilla literaria de aquellos años. Ante un auditorio abarrotado de estudiantes y profesores, la novelista francesa explicó con gran precisión de detalles los postulados teóricos que enarbolaba, junto con sus colegas Alain Robbe-Grillet, Michel Butor, Claude Simon, y, según algunos, Samuel Beckett, aquella idea de que el tiempo, en los relatos de esos autores, se halla cortado en su temporalidad, que no conduce a ninguna parte, que no hay un destino, ni siquiera el más infausto, como ocurría en otras narraciones. Una escritura donde las anécdotas se suceden sin conducir a nada y está poblada de seres sin perfil definido, que apenas merecen el nombre de personajes y que ceden su importancia al lenguaje mismo, a la manera de narrar. El lector no recibe un mundo hecho, ni siquiera uno que se está haciendo, sino uno que no tiene sentido y tal vez por eso, queda sumido en la perplejidad. Flanqueada por dos reputados novelistas peruanos, Ciro Alegría y José María Arguedas, acostumbrada al diálogo con jóvenes en diferentes latitudes del mundo, Sarraute podía esperar todo, excepto lo que ocurrió: Ciro Alegría dio un golpe en la mesa y dijo con voz tronante: «Pero Natalia, en el Perú tenemos mucho que contar». Se refería, con seguridad, a la vocación realista de la tradición ficcional de los peruanos. Mario Vargas Llosa, tan diferente, por su manera de contar, a los novelistas de la nueva novela francesa, tiene en común con ellos la admiración por las formas, la necesidad de estructurar los relatos, exaltada con tanta precisión por Flaubert.

Si pensamos en una figura fundadora de la literatura peruana escrita en español, no cabe ninguna duda de que hablaremos del Inca Garcilaso (1539-1616) que con impecable castellano de estirpe renacentista nos entregó su particular visión del imperio incaico tan hermosa que se ha independizado de todo lo que pueden pensar, argumentar o aducir los historiadores. Precursor de los narradores del siglo XX, como escritor brillante, Garcilaso queda como una figura solitaria, complementada tal vez por Juan de Espinoza Medrano (1632-1688) cuya dicción oratoria de gran belleza sigue conmoviendo a los que alcanzan a conocerla. Tuvimos que esperar tres siglos para que surgiesen novelistas de garra, precisamente aquellos que compartieron la mesa, en esa conversación memorable, con Nathalie Sarraute. Puede decirse, sin riesgo a error, que La serpiente de oro (1935) de Ciro Alegría es el relato primigenio de la novela contemporánea en el Perú. Es cierto que en el momento de la anécdota contada arriba, Ciro Alegría y José María Arguedas, estaban cerrando su ciclo narrativo, pero es verdad también que sus relatos se habían distinguido por contar historias y no tanto hacer malabarismos con el lenguaje. Cuando esta mesa redonda ocurría, La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa ya estaba andando por el mundo. El paso de las décadas ha probado que con la aparición de ese libro, la primera novela de un joven autor, estábamos asistiendo a una segunda y más importante fundación de la novela peruana, equivalente, por su importancia, a la aparición del primer libro de poesía de César Vallejo, Los heraldos negros (1919). Con estos dos libros, obras iniciales de sus autores, la literatura del Perú, tantas veces vista como un espejo de lo que ocurría en la antigua metrópoli española, alcanzaba una autonomía creativa, corroborada en décadas siguientes por el propio Mario Vargas Llosa en sus innumerables escritos que le han dado el Premio Nobel de Literatura o por los versos originalísimos de Carlos Germán Belli que están mereciendo un reconocimiento creciente. Lo que resulta sorprendente, cuando leemos una y otra vez la primera novela de Mario Vargas Llosa, es que debajo de su rara belleza verbal, de sus estructuras percibidas con inteligencia por los críticos, no ha envejecido, conserva su encanto, su atracción absoluta para nuevos lectores. Leerla es la manera más eficaz de iniciarse en el conocimiento de la obra narrativa de Vargas Llosa.

El libro La ciudad y los perros inicialmente se llamó Los impostores y obtuvo en 1962 en España el Premio Biblioteca Breve y el Premio de la Crítica en 1964. El texto impactó de inmediato a los lectores iniciales y las sucesivas reimpresiones y nuevas ediciones a lo largo de cincuenta años no han hecho otra cosa que convertir en clásico a un libro deslumbrante. El tiempo hace justicia a los vocablos exactos. Ahora mismo parecen precisas las palabras que José María Valverde escribió en un opúsculo que circuló con el libro galardonado: «Es la mejor novela de lengua española desde Don Segundo Sombra». El texto, para decirlo con palabras prestadas de Pío Baroja, abrió un camino de perfección, tanto en la obra del autor, como en las letras hispanoamericanas, enriquecidas, a partir de ese momento de un modo inédito, nunca visto, significó una revolución para las letras del Perú que alcanzaban una mayoría de edad literaria y el lanzamiento de un joven autor a la liza editorial del mundo, el comienzo de una merecida fama aumentada cada año con nuevos logros. Desde un punto de vista descriptivo, está ficción se refiere a las vidas de los cadetes en el colegio Leoncio Prado de Lima, a la relación de los jóvenes estudiantes con la estructura militarizada de la institución, a las reglas paralelas, absolutamente rígidas de la colectividad de los estudiantes, en convivencia, pero en clara contradicción, con las órdenes de los superiores. Los primeros lectores fueron inducidos a una lectura verista, tanto por la propia editorial Seix Barral que acompañó el texto con un plano de la ciudad de Lima, como por el propio libro que, leído con distracción, podía ser confundido con una crónica ficcional sobre el Colegio Militar Leoncio Prado, muy conocido en la sociedad peruana, institución a la que arribaban jóvenes de distintos estratos sociales, para alcanzar según la visión de sus progenitores, una inicial madurez. No otra cosa pensó el padre de Vargas Llosa que creía que en ese colegio su vástago podía «hacerse hombre» como se dice en la conversación (segunda parte, capítulo I). Según propia confesión, el joven cadete descubrió otra cara de la vida, la del horror. Los militares golpeaban a los jóvenes estudiantes y se golpeaban entre sí, siguiendo las estructuras jerarquizadas. Lo que contaba era la fuerza bruta y la astucia. Con esa experiencia, marcada a fuego en su propia biografía, Mario Vargas Llosa escribe una novela de áspera belleza, que no cabe sino llamar poética, simbólica, profunda, absolutamente humana.

Un modismo peruano, limeño, conocido por toda la sociedad, llama «perros» a los cadetes que ingresan al colegio Leoncio Prado y no a los de los años superiores. Un «perro» es, como lo diría Leónidas Andréiev, el que recibe las bofetadas, o el que recibe más bofetadas, no solo de los oficiales, sino también de sus propios compañeros, apenas mayores, que actúan con gran crueldad. Debajo de los «perros» quedan los otros animales, empezando por la Malpapeada, una perra que recibe el afecto, pero también la violencia y el bestialismo de los cadetes. Como lo advirtió en 1975 Joel Hancock (Hancock, 1975: 37-47), no es azar que en el relato muchos personajes tengan nombres de animales: Jaguar, Boa, Piraña, Gallo, Mono, Rata, Burro. Pero la semejanza de los humanos con los perros está más subrayada: la nariz aplastada de Jaguar recuerda la de un bulldog, un militar que husmea como un perro: «El suboficial Pezoa estaba allí, husmeando un cuaderno con su gran hocico y sus ojillos desconfiados» (segunda parte, capítulo IV). Hay una escena inolvidable que describe la iniciación de Ricardo Arana, alias Esclavo, a la vida militar. Sus compañeros le obligan a luchar, a arrastrarse en cuatro patas, a vociferar ladrando las palabras «soy un perro». Cuando se le ordena que ataque y muerda a un compañero de clase, Arana siente que su cuerpo se convierte en el de un perro rabioso:

—Bueno —dijo la voz—. Cuando dos perros se encuentran en la calle, ¿qué hacen? [...]

—No sé, mi cadete.

—Pelean —dijo la voz—. Ladran y se lanzan uno encima del otro. Y se muerden.

El Esclavo no recuerda la cara del muchacho que fue bautizado con él. Debía ser de una de las últimas secciones, porque era pequeño. Estaba con el rostro desfigurado por el miedo y, apenas calló la voz, se vino contra él, ladrando y echando espuma por la boca, y, de pronto, el Esclavo sintió en el hombro un mordisco de perro rabioso y entonces todo su cuerpo reaccionó, y mientras ladraba y mordía, tenía la certeza de que su piel se había cubierto de una pelambre dura, que su boca era un hocico puntiagudo y que, sobre su lomo, su cola chasqueaba como un látigo (primera parte, capítulo II).

Podemos leer todo el texto en clave animal. Se ha comparado muchas veces a la ciudad con la jungla, pero esa imagen que ha llegado al habla diaria es pobre para expresar lo que ocurre en la primera novela de Mario Vargas Llosa. En la ficción el Colegio Militar Leoncio Prado es un verdadero zoo humano: un oficial tiene pasos de gaviota, otro, dentadura

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta