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LA CLAVE SECRETA DEL UNIVERSO (LA CLAVE SECRETA DEL UNIVERSO 1)

Lucy Hawking  

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Fragmento

LA CLAVE SECRETA DEL UNIVERSO

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Los cerdos no desaparecen así como así, sin más, se dijo George, mirando embobado la desierta pocilga. Cerró los ojos y los volvió a abrir por si se trataba de una horrible ilusión óptica. Sin embargo, al mirar de nuevo, el cerdo no había aparecido milagrosamente, no vio por ninguna parte su mole rosada cubierta de barro hasta las orejas. De hecho, al reconsiderar la situación, comprendió que el asunto había empeorado en vez de mejorar: la puerta lateral de la pocilga se balanceaba sobre las bisagras, lo que significaba que alguien no se había preocupado de cerrarla. Y ese alguien seguramente había sido él.

—¡Georgie! —oyó que su madre lo llamaba desde la cocina— . Voy a empezar a hacer la cena, así que te queda una hora. ¿Ya has hecho los deberes?

—Sí, mamá —contestó, fingiendo tranquilidad. —¿Cómo está el cerdo?
—¡Está bien! ¡Perfecto! —aseguró, con voz de pito.

Lanzó unos cuantos gruñidos de prueba para que pareciera que todo estaba bajo control en el pequeño patio trasero,

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ocupado por un huerto lleno a rebosar de todas las hortalizas imaginables y una pequeña pocilga con un enorme aunque misteriosamente de saparecido cerdo. Volvió a gruñir un par de veces a modo de efectos especiales; era vital que su madre no saliera al huerto antes de que George hubiera tenido tiempo de concebir un plan. No tenía ni la más remota idea de cómo iba a encontrar y devolver el cerdo a la pocilga, cerrar la puerta y entrar en casa a tiempo para cenar, pero ya estaba en ello y lo último que necesitaba era que uno de sus padres apareciera antes de haber dado con la solución.

George sabía que su mascota no era precisamente santo de la devoción de sus padres: no querían un cerdo en el huerto de casa. A su padre en particular solían rechinarle los dientes al recordar al personaje que vivía al otro lado del espacio destinado a las hortalizas. Había sido un regalo: una fría Nochebuena de unos años atrás, les habían dejado una caja de cartón delante de la puerta de casa, de la que salían chillidos y resoplidos. Cuando la abrió, George encontró en su interior un cochinillo rosado muy indignado. Lo sacó con cuidado de la caja y contempló embelesado cómo su nuevo amiguito patinaba sobre sus diminutas pezuñas para esconderse detrás del árbol de Navidad. La caja llevaba una nota pegada en la tapa que decía: «Querida familia: ¡Feliz Navidad! Este amiguito necesita un hogar, ¿podéis proporcionarle uno? Besos. La abuela».

Al padre de George no le entusiasmó la nueva incorporación a la familia. Que fuera vegetariano no implicaba que le gustaran los animales; de hecho, prefería las plantas, que eran más fáciles de manejar: no ensuciaban, no dejaban manchas de barro en el suelo de la cocina y no irrumpían en cualquier momento para dar cuenta de las galletas que hubieran quedado en la mesa. Sin embargo, George estaba emocionado con

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la idea de tener su propio cerdo. Los regalos que había recibido de sus padres ese año habían sido, como venía siendo habitual, bastante decepcionantes. Las mangas del jersey de rayas moradas y naranjas que le había hecho su madre le llegaban al suelo, jamás había querido tener un flautín rústico y le costó lo suyo fingir entusiasmo cuando desenvolvió el kit para construirse su propio terrario.

Lo que George deseaba de verdad, más que cualquier otra cosa en el mundo, era un ordenador, pero sabía que era muy poco probable que sus padres le compraran uno. No les gustaban los inventos modernos e intentaban ir tirando con los mínimos aparatos domésticos posibles. En consonancia con su deseo de vivir una vida más sana y sencilla, lavaban la ropa a mano, no tenían coche e iluminaban la casa con velas para no tener que usar electricidad.

El objetivo último era proporcionar a George una educación natural e instructiva, libre de toxinas, aditivos, radiaciones y otros agentes nocivos por el estilo. El único problema era que, al renunciar a todo lo que pudiera perjudicar a George, sus padres habían conseguido eliminar montones de cosas que también le habrían resultado estimulantes. Tal vez a los padres de George les gustara bailar en la plaza del pueblo, manifestarse en las protestas ecologistas o moler la harina para hacerse su propio pan, pero a George no. Él deseaba ir a un parque temático y montarse en la montaña rusa, jugar con el ordenador o viajar en avión a algún lugar, lejos, muy lejos de allí. No obstante, por el momento, tendría que contentarse con su cerdo.

¡Y menudo cerdo! George lo llamó Freddy, y se pasaba las horas muertas mariposeando junto a la pocilga que su padre había construido en el huerto, contemplando cómo

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husmeaba la paja o removía el barro. Con

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